Así es la vida.
La vida a veces da giros imprevisibles. Incluso cuando tienes la certeza de que no hay nada que te pueda sorprender, de repente un día te das cuenta de que estabas equivocada, que has vuelto a meter la pata hasta el fondo, y que las frases "de ésta agua no volveré a beber" y "he aprendido a no tropezar una y otra vez en la misma piedra", se estampan de lleno en tus narices haciéndote sentir la persona más imbécil de este tierra.
Pero una vez llega la calma, te das cuenta de que no siempre podemos ser racionales, que somos personas, y que las cosas inevitablemente nos afectan. Antes de llegar a esta última reflexión han pasado dos meses.
Hace unos meses, Cris recibió la llamada de una "vieja amiga". Hasta ahí todo bien. Ella tenía pareja, ya no quedaba nada de aquello especial que compartimos en su momento, y por tanto era el mejor momento para retomar nuestra amistad, y la mejor manera para ello era vernos de nuevo. En realidad todo fue una excusa, y lo único que había detrás de esa llamada y de las que vinieron después, del volver a vernos y de todo lo que teníamos que contarnos, eran las ganas de echarse un polvo conmigo, y que, para qué engañarnos, ganas que terminaron viniéndome a mi también por mucho que intente controlarme. Pero sobretodo engañarme, y creerme y hacer creer a Fede, que no tenía nada de malo el tomar un par de cafés.
La historia acabó fatal, "mi amiga" terminó reservando la habitación de un hotel, y Fede terminó por enterarse.
Reaccione a tiempo. A tiempo para no cometer el error de echarlo todo a perder por un polvo, pero demasiado tarde, porque con o sin polvo, el daño ya estaba hecho.
El resultado de todo han sido dos meses vacíos; ni siquiera han habido reproches, lo que me hacía sentir lo lejos que estaba Fede de mí, y lo cerca que estaba yo de perderla. Dos meses de camas separadas; aunque hace un par de semanas me recogió del sofá creo que todavía pasará algún tiempo hasta que compartamos algo más que la cama (se que me lo merezco, pero la falta de sexo es insufrible). Y otra de las consecuencias, que me jode muchísimo porque estoy a punto de terminar la carrera, es que la convocatoria de exámenes también se ha ido a la mierda, en parte mea culpa (lo asumo) y en parte porque la zorra de "mi amiga" (lástima que el blog sea anónimo) se ha dedicado a montarme pollos por teléfono en plan loba herida y una mezcla con la canción "Tú me prometiste volver" de Pimpinela, hasta el punto de tener que desconectar el teléfono y decirle a mis padres que se me había jodido el móbil y que me llamasen al fijo de casa si querían saber si estoy viva.
De ahí viene mi reflexión final, de que como personas que somos, las cosas nos afectan. No podemos desconectar el chip y pretender que nada ni nadie nos afecte. No somos perfectos y muestra de ello es que nos equivocamos una y otra vez. Y aunque podamos llegar a aprender de nuestros errores, no siempre somos racionales cuando más necesario es serlo.
P.D.: Gracias por seguir leyendo, y perdonar el retraso entre post y post, pero entre mis historias y lo difícil que resulta en ocasiones acceder a Chueca, no he podido actualizar antes.
Un saludo,
Cris.
Pero una vez llega la calma, te das cuenta de que no siempre podemos ser racionales, que somos personas, y que las cosas inevitablemente nos afectan. Antes de llegar a esta última reflexión han pasado dos meses.
Hace unos meses, Cris recibió la llamada de una "vieja amiga". Hasta ahí todo bien. Ella tenía pareja, ya no quedaba nada de aquello especial que compartimos en su momento, y por tanto era el mejor momento para retomar nuestra amistad, y la mejor manera para ello era vernos de nuevo. En realidad todo fue una excusa, y lo único que había detrás de esa llamada y de las que vinieron después, del volver a vernos y de todo lo que teníamos que contarnos, eran las ganas de echarse un polvo conmigo, y que, para qué engañarnos, ganas que terminaron viniéndome a mi también por mucho que intente controlarme. Pero sobretodo engañarme, y creerme y hacer creer a Fede, que no tenía nada de malo el tomar un par de cafés.
La historia acabó fatal, "mi amiga" terminó reservando la habitación de un hotel, y Fede terminó por enterarse.
Reaccione a tiempo. A tiempo para no cometer el error de echarlo todo a perder por un polvo, pero demasiado tarde, porque con o sin polvo, el daño ya estaba hecho.
El resultado de todo han sido dos meses vacíos; ni siquiera han habido reproches, lo que me hacía sentir lo lejos que estaba Fede de mí, y lo cerca que estaba yo de perderla. Dos meses de camas separadas; aunque hace un par de semanas me recogió del sofá creo que todavía pasará algún tiempo hasta que compartamos algo más que la cama (se que me lo merezco, pero la falta de sexo es insufrible). Y otra de las consecuencias, que me jode muchísimo porque estoy a punto de terminar la carrera, es que la convocatoria de exámenes también se ha ido a la mierda, en parte mea culpa (lo asumo) y en parte porque la zorra de "mi amiga" (lástima que el blog sea anónimo) se ha dedicado a montarme pollos por teléfono en plan loba herida y una mezcla con la canción "Tú me prometiste volver" de Pimpinela, hasta el punto de tener que desconectar el teléfono y decirle a mis padres que se me había jodido el móbil y que me llamasen al fijo de casa si querían saber si estoy viva.
De ahí viene mi reflexión final, de que como personas que somos, las cosas nos afectan. No podemos desconectar el chip y pretender que nada ni nadie nos afecte. No somos perfectos y muestra de ello es que nos equivocamos una y otra vez. Y aunque podamos llegar a aprender de nuestros errores, no siempre somos racionales cuando más necesario es serlo.
P.D.: Gracias por seguir leyendo, y perdonar el retraso entre post y post, pero entre mis historias y lo difícil que resulta en ocasiones acceder a Chueca, no he podido actualizar antes.
Un saludo,
Cris.