Me ha mirado una tuerta...
Por si no tenía poco con ese gran amigo instalado en mi barbilla (aunque, bueno, no seamos drágsticas, ya reventó y su lugar lo ocupa ahora una mancha roja) todo empieza a confabularse para que yo mañana me quedé guardando la cama y no empleando mi tiempo libre en la noble tarea de irme de juerga...
Hoy, aparte de dormirme y llegar tarde al curro (esto ya empieza a ser recurrente), me he levantado con un inicio de trancazo de esos que te avisan de que lo peor está aún por llegar: congestión nasal, lagrimeo continuo, malestar generalizado y unas decimitas de fiebre que me han acompañado con gran fidelidad durante toda la jornada...
Y por si eso fuera poco, ese dolor pélvico-uterino tan conocido por casi todas las mujeres (los hombres os podéis imaginar un dolor de huevos que, pa'l caso, viene a ser casi lo mismo) ha comenzado a dar guerra, avisándome también de que mañana comenzaré esos bonitos días en los que tan poco orgullosa me siento de ser mujer y en los que tiraría el televisor por la ventana si tengo la mala suerte de que en algún anuncio una muchachuela sonriente y feliz de la vida me pregunte aquello de ¿a qué huelen las nubes...? (¿nubes? ¿qué nubes? Si últimamente no llueve ni aunque me ponga a cantar a grito pelao a todas horas...)
Con la de cosas que tengo que hacer mañana (ir de una vez a la peluquería, comprar el regalo para el cumpleaños, adecentar este, mi hogar, que diría el señor Cuesta, hacer algo de compra...) y yo con estos pelos...
Bueno, el tema de los pelos se solucionará en la peluquería (espero...). Pero me da a mí que en la fiesta de cumpleaños del Sevillano, voy a tomar por asalto el sofá del rincón y a dejarme hacer mimitos por mis amigos...
...de fondo Automatic imperfection de Marlango
Hoy, aparte de dormirme y llegar tarde al curro (esto ya empieza a ser recurrente), me he levantado con un inicio de trancazo de esos que te avisan de que lo peor está aún por llegar: congestión nasal, lagrimeo continuo, malestar generalizado y unas decimitas de fiebre que me han acompañado con gran fidelidad durante toda la jornada...
Y por si eso fuera poco, ese dolor pélvico-uterino tan conocido por casi todas las mujeres (los hombres os podéis imaginar un dolor de huevos que, pa'l caso, viene a ser casi lo mismo) ha comenzado a dar guerra, avisándome también de que mañana comenzaré esos bonitos días en los que tan poco orgullosa me siento de ser mujer y en los que tiraría el televisor por la ventana si tengo la mala suerte de que en algún anuncio una muchachuela sonriente y feliz de la vida me pregunte aquello de ¿a qué huelen las nubes...? (¿nubes? ¿qué nubes? Si últimamente no llueve ni aunque me ponga a cantar a grito pelao a todas horas...)
Con la de cosas que tengo que hacer mañana (ir de una vez a la peluquería, comprar el regalo para el cumpleaños, adecentar este, mi hogar, que diría el señor Cuesta, hacer algo de compra...) y yo con estos pelos...
Bueno, el tema de los pelos se solucionará en la peluquería (espero...). Pero me da a mí que en la fiesta de cumpleaños del Sevillano, voy a tomar por asalto el sofá del rincón y a dejarme hacer mimitos por mis amigos...
...de fondo Automatic imperfection de Marlango
Tengo un nuevo amigo...
...que ha aparecido en mi vida hace un par de días. Fue de repente. Sin avisar. Me levanté y ahí estaba, mirándome desde el otro lado del espejo. Primero era rojo pero poco a poco se fue poniendo blanquecino. Me sigue a todas partes y me precede allá a donde voy. Es un poco pesadito, la verdad.
No me siento cómoda con él así que, sintiéndolo mucho, voy a cortar esta insana relación que nos une con un certero golpe de uña antes de la fiesta del sábado...
Cada vez que oigo que los granos son una desorganización epidérmica no puedo evitar pensar en mis células buscando como locas un sitio en el que acoplarse, como cuando éramos niños y jugábamos al juego de las sillas...
...de fondo Feel good Inc. de Gorillaz
No me siento cómoda con él así que, sintiéndolo mucho, voy a cortar esta insana relación que nos une con un certero golpe de uña antes de la fiesta del sábado...
Cada vez que oigo que los granos son una desorganización epidérmica no puedo evitar pensar en mis células buscando como locas un sitio en el que acoplarse, como cuando éramos niños y jugábamos al juego de las sillas...
...de fondo Feel good Inc. de Gorillaz
Yo quiero ser políticamente incorrecta...
Pues sí, querid@s, me he hartado de la corrección política. Es más, estoy hasta los ovarios de ella.
Veréis, yo soy esa clase de idiota que recicla su basura, recoge las caquitas de su perro, respeta las señales (las de tráfico y las otras), saluda a sus vecinos cuando se cruza con ellos por la escalera (pese a no recibir más que una cara de vinagre y, con suerte, algún gruñido) e incluso ayuda a las viejecitas de su edificio a subir las bolsas de la compra. En la oficina cumplo escrupulosamente con mis tareas y no alargo ni un minuto más el tiempo del desayuno. Con la gente que me rodea trato de ser amable y servicial, quien quiera que me necesite me tendrá para lo que yo pueda ayudar con sólo darme un telefonazo. Con mis parejas trato de llevar la relación lo mejor posible, sin crear problemas innecesarios ni discusiones absurdas. Me desvivo por mis amigos (aunque algun@s no quieran, no les guste o no sean capaces de reconocerlo) y trato a mis conocidos con cordialidad y buen rollito. Y, que conste, sé distinguir a mis amigos de mis conocidos (aunque a veces los que yo consideraba amigos de verdad se quiten la careta y me descubran, tras años de trato y confidencias, que son para mí más extraños que la gente con la que me cruzo en la cola del súper, vease un claro ejemplo más abajo).
No es que me considere mejor persona que el resto. Siempre he tenido muy claro que tan sólo soy una más de las personas que pueblan este mundo surrealista. Y tengo toneladas de defectos que resultarían muy largos de enumerar aquí. Pero los reconozco. Los reconozco todos. Aunque me duela. Aunque me joda sobremanera. Pero también soy consciente de que la lista de defectos de los demás no tiene nada que envidiarle a la mía.
Y pese a toda mi buena voluntad, esto es lo único que he conseguido:
-Rebuscar en la basura inorgánica para rescatar las latas y bricks que mis compañeros (pese a mis indicaciones) no han tirado al cubo adecuado.
-Recibir reprimendas absurdas y desproporcionadas por parte de transeúntes extraños que piensan que el campo de minas que hay frente a mi casa ha aparecido por obra y gracia del culito de mi Chucho Infernal.
-Ser objeto de miradas de desaprobación por parte de mis amables vecinos cada vez que me atrevo (¡qué osadía la mía!) a murmurar un ¡buenos días! cuando bajo las escaleras.
-Asistir atónita cada mañana al entrar en la oficina al bonito espectáculo de mi menda currando como una loca para que los fontanerillos se puedan ir pronto a hacer sus trabajos mientras mis compañeras se dedican a contarse sus últimas compras, lo que hicieron el fin de semana o lo que van a hacer el próximo. Por no mencionar que algunas de ellas dilatan exageradamente el tiempo de su desayuno.
-Comprobar que las personas en las que tiempo atrás deposité mi amistad y mi confianza nunca fueron dignas de ellas.
-Con mis parejas sólo obtengo uno de estos dos resultados: O bien me dejan porque están esperando a una princesita azul que sólo vive en su imaginación o bien me dejan porque esperan de mí que sea una dominatrix que las maltrate y les haga la vida imposible porque sólo así son felices.
-Y, sobre todo, cabrearme. Cabrearme mucho viendo cómo personas sin una mínima escala de valores ni éticos ni morales, egoístas, materialistas, que maltratan a la gente que hay a su alrededor, que viven de las apariencias y que han hecho de la hipocresía y la falsedad un modo de vida son felices, todo les sale bien y están rodeadas de otras personas que, inexplicablemente, beben los vientos por ellas.
Así que, tras todo lo expuesto anteriormente, he decidido ser todo lo políticamente incorrecta que pueda. Tal vez así las cosas vayan mejor.
Aunque sé que no, que no seré capaz, que preferiré ser siempre la estúpida ingenua e ilusa a la que la caen palos por todos los lados antes que convertirme en alguno de esos repugnantes seres (repugnantes en mi opinión, claro, que ya tienen a muchos que les adora...) a los que cometí, tiempo atrás, el error de calificarlos como amigos míos.
De todas formas, sí que creo que iré a ver la obra. Paso todos los días frente al teatro. A ver si un día me paro a mirar los horarios.
Chascarrillo laboral de hoy:
-La Pija: Tías, ¿sabéis si por aquí hay alguna tienda de lencería masculina?
(¿Lencería masculina? Al escuchar eso, mi calenturienta cabecita, no me preguntéis por qué, se imagina a un señor muy serio vestido tan sólo con liguero, tanga y sujetador de encaje rojo…)
-Yo: ¿Lencería masculina? ¿A qué te refieres?
-La Pija: Pues a ropa interior para hombres, claro.
(¿Ropa interior para hombres? Al escuchar eso, mi picaruela cabecita, no me preguntéis por qué, empieza a recordar todas las tiendas de Chueca repletas de lo más variado en calzoncillos, slips, boxers, tangas y suspensorios, todos ellos la mar de apañados para cualquier tipo de fantasía…)
-Yo: Es que la lencería sólo se refiere a la ropa interior femenina.
-La Pija: ¿Y la ropa interior masculina cómo se llama?
-Yo: Pues… ropa interior masculina. ¿Qué es lo quieres comprar?_me atrevo a preguntar. Y es que mi curiosidad no escarmienta.
-La Pija: Pues un pijama de seda para mi chico…
O lo que es lo mismo, su chico lleva demasiado tiempo con ella. Si es que todo se pega menos la hermosura…
…de fondo My number one de Helena Paparizou (¡Pedazo de cacho de trozo de griega! El charco de baba que dejé en el salón de JM el día de Eurovisión fue de esas cosas que ninguno de los dos ha podido olvidar)
Veréis, yo soy esa clase de idiota que recicla su basura, recoge las caquitas de su perro, respeta las señales (las de tráfico y las otras), saluda a sus vecinos cuando se cruza con ellos por la escalera (pese a no recibir más que una cara de vinagre y, con suerte, algún gruñido) e incluso ayuda a las viejecitas de su edificio a subir las bolsas de la compra. En la oficina cumplo escrupulosamente con mis tareas y no alargo ni un minuto más el tiempo del desayuno. Con la gente que me rodea trato de ser amable y servicial, quien quiera que me necesite me tendrá para lo que yo pueda ayudar con sólo darme un telefonazo. Con mis parejas trato de llevar la relación lo mejor posible, sin crear problemas innecesarios ni discusiones absurdas. Me desvivo por mis amigos (aunque algun@s no quieran, no les guste o no sean capaces de reconocerlo) y trato a mis conocidos con cordialidad y buen rollito. Y, que conste, sé distinguir a mis amigos de mis conocidos (aunque a veces los que yo consideraba amigos de verdad se quiten la careta y me descubran, tras años de trato y confidencias, que son para mí más extraños que la gente con la que me cruzo en la cola del súper, vease un claro ejemplo más abajo).
No es que me considere mejor persona que el resto. Siempre he tenido muy claro que tan sólo soy una más de las personas que pueblan este mundo surrealista. Y tengo toneladas de defectos que resultarían muy largos de enumerar aquí. Pero los reconozco. Los reconozco todos. Aunque me duela. Aunque me joda sobremanera. Pero también soy consciente de que la lista de defectos de los demás no tiene nada que envidiarle a la mía.
Y pese a toda mi buena voluntad, esto es lo único que he conseguido:
-Rebuscar en la basura inorgánica para rescatar las latas y bricks que mis compañeros (pese a mis indicaciones) no han tirado al cubo adecuado.
-Recibir reprimendas absurdas y desproporcionadas por parte de transeúntes extraños que piensan que el campo de minas que hay frente a mi casa ha aparecido por obra y gracia del culito de mi Chucho Infernal.
-Ser objeto de miradas de desaprobación por parte de mis amables vecinos cada vez que me atrevo (¡qué osadía la mía!) a murmurar un ¡buenos días! cuando bajo las escaleras.
-Asistir atónita cada mañana al entrar en la oficina al bonito espectáculo de mi menda currando como una loca para que los fontanerillos se puedan ir pronto a hacer sus trabajos mientras mis compañeras se dedican a contarse sus últimas compras, lo que hicieron el fin de semana o lo que van a hacer el próximo. Por no mencionar que algunas de ellas dilatan exageradamente el tiempo de su desayuno.
-Comprobar que las personas en las que tiempo atrás deposité mi amistad y mi confianza nunca fueron dignas de ellas.
-Con mis parejas sólo obtengo uno de estos dos resultados: O bien me dejan porque están esperando a una princesita azul que sólo vive en su imaginación o bien me dejan porque esperan de mí que sea una dominatrix que las maltrate y les haga la vida imposible porque sólo así son felices.
-Y, sobre todo, cabrearme. Cabrearme mucho viendo cómo personas sin una mínima escala de valores ni éticos ni morales, egoístas, materialistas, que maltratan a la gente que hay a su alrededor, que viven de las apariencias y que han hecho de la hipocresía y la falsedad un modo de vida son felices, todo les sale bien y están rodeadas de otras personas que, inexplicablemente, beben los vientos por ellas.
Así que, tras todo lo expuesto anteriormente, he decidido ser todo lo políticamente incorrecta que pueda. Tal vez así las cosas vayan mejor.
Aunque sé que no, que no seré capaz, que preferiré ser siempre la estúpida ingenua e ilusa a la que la caen palos por todos los lados antes que convertirme en alguno de esos repugnantes seres (repugnantes en mi opinión, claro, que ya tienen a muchos que les adora...) a los que cometí, tiempo atrás, el error de calificarlos como amigos míos.
De todas formas, sí que creo que iré a ver la obra. Paso todos los días frente al teatro. A ver si un día me paro a mirar los horarios.
Chascarrillo laboral de hoy:
-La Pija: Tías, ¿sabéis si por aquí hay alguna tienda de lencería masculina?
(¿Lencería masculina? Al escuchar eso, mi calenturienta cabecita, no me preguntéis por qué, se imagina a un señor muy serio vestido tan sólo con liguero, tanga y sujetador de encaje rojo…)
-Yo: ¿Lencería masculina? ¿A qué te refieres?
-La Pija: Pues a ropa interior para hombres, claro.
(¿Ropa interior para hombres? Al escuchar eso, mi picaruela cabecita, no me preguntéis por qué, empieza a recordar todas las tiendas de Chueca repletas de lo más variado en calzoncillos, slips, boxers, tangas y suspensorios, todos ellos la mar de apañados para cualquier tipo de fantasía…)
-Yo: Es que la lencería sólo se refiere a la ropa interior femenina.
-La Pija: ¿Y la ropa interior masculina cómo se llama?
-Yo: Pues… ropa interior masculina. ¿Qué es lo quieres comprar?_me atrevo a preguntar. Y es que mi curiosidad no escarmienta.
-La Pija: Pues un pijama de seda para mi chico…
O lo que es lo mismo, su chico lleva demasiado tiempo con ella. Si es que todo se pega menos la hermosura…
…de fondo My number one de Helena Paparizou (¡Pedazo de cacho de trozo de griega! El charco de baba que dejé en el salón de JM el día de Eurovisión fue de esas cosas que ninguno de los dos ha podido olvidar)
Cotilleando...
Marujeando...
Si ayer tocaba perreo, hoy tocaba marujeo. No, no es que haya quedado con alguna mariquita mala cuya mayor afición sea hacerle un traje nuevo a toda la gente que se encuentre en un radio de tres kilómetros alrededor suyo. No. Me refiero al marujeo del estropajo y la fregona.
Aunque no es que me haya pasado todo el día limpiando, que algo le he dejado al de Huerva, a quién, por cierto, voy aprovechar este espacio para comunicarle un mensaje (es lo que tiene la era moderna, antes mi compi y yo nos comunicábamos por notas, ahora, desde que tenemos Internet de nuevo, él se entera de mi vida a través del blog): Corazón de melón, como estabas resacoso perdido y te has metido en tu habitación impidiendo una comunicación verbal, te comunico que a ver si te pones las pilas con la limpieza de la casa. Puesto que me has adoptado como hermana mayor (tú mismo, cielo,… jejeje) o me haces un poquito de caso o pasaré a tomar medidas drásticas… En fin, que limpiar el baño y fregar un poco el suelo no es para tanto, ¿verdad? Poz ezo. Que el buen rollito sea en todo, mi niño.
Y dicho esto, la verdad es que no me queda mucho más que decir. La verdad es que como este finde me propuse no salir, ha sido bastante anodino. Hace un rato me ha llamado El Sevillano para seguir planeando su fiesta de cumpleaños del próximo sábado. Está convencido de que va a ser una noche mágica (palabras textuales suyas, yo no suelo ser tan cursi).
Por mi parte, estoy segura de que me lo pasaré bien. Al menos no llevaré colgada del brazo la lamentable compañía que llevaba el año pasado. Sólo por eso puede ser una noche estupenda.
…de fondo They de Jem
Aunque no es que me haya pasado todo el día limpiando, que algo le he dejado al de Huerva, a quién, por cierto, voy aprovechar este espacio para comunicarle un mensaje (es lo que tiene la era moderna, antes mi compi y yo nos comunicábamos por notas, ahora, desde que tenemos Internet de nuevo, él se entera de mi vida a través del blog): Corazón de melón, como estabas resacoso perdido y te has metido en tu habitación impidiendo una comunicación verbal, te comunico que a ver si te pones las pilas con la limpieza de la casa. Puesto que me has adoptado como hermana mayor (tú mismo, cielo,… jejeje) o me haces un poquito de caso o pasaré a tomar medidas drásticas… En fin, que limpiar el baño y fregar un poco el suelo no es para tanto, ¿verdad? Poz ezo. Que el buen rollito sea en todo, mi niño.
Y dicho esto, la verdad es que no me queda mucho más que decir. La verdad es que como este finde me propuse no salir, ha sido bastante anodino. Hace un rato me ha llamado El Sevillano para seguir planeando su fiesta de cumpleaños del próximo sábado. Está convencido de que va a ser una noche mágica (palabras textuales suyas, yo no suelo ser tan cursi).
Por mi parte, estoy segura de que me lo pasaré bien. Al menos no llevaré colgada del brazo la lamentable compañía que llevaba el año pasado. Sólo por eso puede ser una noche estupenda.
…de fondo They de Jem
Perreando...
Sí, perreando y no porque me guste el reaggeton (que lo odio) sino porque es lo único que estoy haciendo este fin de semana.
El viernes me acosté a las tres de la mañana (bueno, técnicamente, ya era sábado) y no porque hubiera salido de juerga sino porque estaba enganchada a la Red...
Hoy (bueno, técnicamente, ya ayer) me he levantado a las ¡ocho de la tarde!
Hacía siglos que no dormía tanto. Aunque, bien mirado, si cada día duermo cinco horas de media, por algún lado tengo que recuperar las que me faltan.
En consecuencia pese a que llevo ya unas horas despiertas, he bajado a la cale y he intentado despejarme, sigo de un espeso que asusta... y sigo teniendo sueño, ¡joder!
...de fondo nada en absoluto, no tengo ganas ni de escuchar música
El viernes me acosté a las tres de la mañana (bueno, técnicamente, ya era sábado) y no porque hubiera salido de juerga sino porque estaba enganchada a la Red...
Hoy (bueno, técnicamente, ya ayer) me he levantado a las ¡ocho de la tarde!
Hacía siglos que no dormía tanto. Aunque, bien mirado, si cada día duermo cinco horas de media, por algún lado tengo que recuperar las que me faltan.
En consecuencia pese a que llevo ya unas horas despiertas, he bajado a la cale y he intentado despejarme, sigo de un espeso que asusta... y sigo teniendo sueño, ¡joder!
...de fondo nada en absoluto, no tengo ganas ni de escuchar música
Presentación formal
Ya habéis oido hablar de él y es hora de que lo conozcais... Así que he decidido unirme al club de esos frikis que no tienen nada mejor que hacer que colgar en Internet la foto de su perro... (La verdad es que una, que es tonta perdida, estaba averiguando cómo colgar fotos en el blog y está probando...)

Parece mu' majete, lo sé... Pero ya sabéis lo que dicen de las apariencias...
...de fondo Ladridos de Perro Infernal

Parece mu' majete, lo sé... Pero ya sabéis lo que dicen de las apariencias...
...de fondo Ladridos de Perro Infernal
En el fondo...
Los viernes salimos a las tres. Pero no hoy. ¿Razón? A las dos y media Los de Arriba (una versión laboral de Los otros, son seres de los que percibimos rastro de su existencia pero nunca llegamos a verlos) han mandado una jartá de trabajo. De mi trabajo, de hecho. Así que, con la vena del cuello hinchadísima y un fruncido de cejas que ya le hubiera gustado a Frida Kahlo para sí misma, le digo a Jefa que me tendré que quedar al menos una o dos horas (y, entre tú y yo, aunque me jodía, pensaba que era una forma más de acabar de recuperar de una puta vez las horas que debo a “la casa”).
Jefa ha dicho que ni hablar, que yo no me quedaba sola. Y en ese momento el resto de mis compañeras han formado una piña alrededor de mí, repartiéndose el trabajo para que algo que, por lo general, me lleva tres horas, haya salido en poco más de una. Así que a las 15:45 estábamos todas (yo incluida) saliendo por la puerta.
Y es que en el fondo, muy en el fondo, no me caen mal del todo… En el fondo, hay veces que son de un entrañable… aaahhh!
…de fondo (que no en el fondo) Todas las canciones que se han estado bajando esta noche de La Mula (parece que vuelve a funcionar)
Jefa ha dicho que ni hablar, que yo no me quedaba sola. Y en ese momento el resto de mis compañeras han formado una piña alrededor de mí, repartiéndose el trabajo para que algo que, por lo general, me lleva tres horas, haya salido en poco más de una. Así que a las 15:45 estábamos todas (yo incluida) saliendo por la puerta.
Y es que en el fondo, muy en el fondo, no me caen mal del todo… En el fondo, hay veces que son de un entrañable… aaahhh!
…de fondo (que no en el fondo) Todas las canciones que se han estado bajando esta noche de La Mula (parece que vuelve a funcionar)
Sola ante la báscula
Desde mi punto de vista hay dos tipos de empresas:
a.- Las grandes oficinas en las que la mayoría de los empleados duran menos que los sándwiches de la máquina (conozco demasiadas de esas).
b.- Empresas con cartel de “Fundada en…” (como, por ejemplo, esa en la que pierdo mis días ahora), con empleados que se refieren a ella diciendo “esta casa” y que ya no recuerdan cuántos años llevan en ella (muchos, en cualquier caso).
Pues bien, en las pocas empresas de la categoría b en las que he estado (como, por ejemplo, esa en la que me voy durmiendo por las esquinas cada mañana) siempre hay algún ritual o costumbre que los/las empleadas llevan a cabo periódicamente.
El caso que hoy nos ocupa raya en lo vulgar pero aún así lo voy a explicar. Las empleadas de mi empresa, es decir, mis compañeras, todos los jueves tienen una cita ineludible con la báscula de una farmacia cercana.
No sé muy bien cómo me dejé enredar en este estúpido y tirano juego. Tal vez que yo, tras un año (2004) de rupturas y tensiones, comencé este (2005) en plan “redecora tu vida”: seguí sin tener vida nocturna, me apunté a un gimnasio, cambié mis habitos alimenticios y me convertí en ese tipo de persona sana, seria y responsable que jamás pensé que tendría el dudoso gusto de encontrarme mirándome al otro lado del espejo por las mañanas. En consecuencia perdí peso y, lo que es más importante, un par de tallas que me hicieron rescatar algunas prendas olvidadas en el fondo de mi armario.
Después me operaron y el mes y medio de baja me obligó a relajar mis costumbres, sobre todo en lo del gimnasio, que tenía terminantemente prohibido pisar por prescripción médica (y juro que no fue una excusa, es que me lo prohibieron de verdad)… Y ahí es cuando llego a la empresa en la que estoy ahora (esa en la que a veces me exaspero por las tonterías que escucho).
El primer jueves que ya estaba trabajando allí, vi como Jefa y Supermamá se van juntas a desayunar (me sorprende porque hasta ese día había visto cómo todas nos íbamos por nuestra cuenta a tomar el cafetito de rigor o a echarle un vistazo a los escaparates de la zona, según gustos). Me explican que todos los jueves van a pesarse para ver cómo evolucionan sus logros en materia de dietas, regímenes y demás rituales sádicos cuyo objetivo sea la perdida de peso. Y sin comerlo ni beberlo me vi incluida en la hoja de Excel que certifica que sus kilos de más y de menos suben y bajan como los índices del Nasdaq…
Hoy, al venir con los nefastos resultados de la báscula, me siento junto a Jefa para que deje constancia en el archivito de marras. Jefa se pone a mirar mi columna y la evolución de mi peso…
-Jefa: Jo, con lo bien que empezaste al entrar en “la casa”… Te ha debido de sentar muy bien porque has cogido casi cinco kilos…
Hago una bolita con el ticket de la báscula, lo tiro a la papelera y me levanto para volver a mi mesa.
-Yo: Jo, pues no lo entiendo_miento descaradamente. Sí que lo entiendo. Los donuts del desayuno, las comidas apresuradas a base de sándwiches del Sprint de la esquina y, en última instancia, los dos bocatas de jamón serrano que se me antojaron (y, en consecuencia, me ventilé) anoche seguro que tendrían algo que decir al respecto…
…de fondo Square One de Coldplay
a.- Las grandes oficinas en las que la mayoría de los empleados duran menos que los sándwiches de la máquina (conozco demasiadas de esas).
b.- Empresas con cartel de “Fundada en…” (como, por ejemplo, esa en la que pierdo mis días ahora), con empleados que se refieren a ella diciendo “esta casa” y que ya no recuerdan cuántos años llevan en ella (muchos, en cualquier caso).
Pues bien, en las pocas empresas de la categoría b en las que he estado (como, por ejemplo, esa en la que me voy durmiendo por las esquinas cada mañana) siempre hay algún ritual o costumbre que los/las empleadas llevan a cabo periódicamente.
El caso que hoy nos ocupa raya en lo vulgar pero aún así lo voy a explicar. Las empleadas de mi empresa, es decir, mis compañeras, todos los jueves tienen una cita ineludible con la báscula de una farmacia cercana.
No sé muy bien cómo me dejé enredar en este estúpido y tirano juego. Tal vez que yo, tras un año (2004) de rupturas y tensiones, comencé este (2005) en plan “redecora tu vida”: seguí sin tener vida nocturna, me apunté a un gimnasio, cambié mis habitos alimenticios y me convertí en ese tipo de persona sana, seria y responsable que jamás pensé que tendría el dudoso gusto de encontrarme mirándome al otro lado del espejo por las mañanas. En consecuencia perdí peso y, lo que es más importante, un par de tallas que me hicieron rescatar algunas prendas olvidadas en el fondo de mi armario.
Después me operaron y el mes y medio de baja me obligó a relajar mis costumbres, sobre todo en lo del gimnasio, que tenía terminantemente prohibido pisar por prescripción médica (y juro que no fue una excusa, es que me lo prohibieron de verdad)… Y ahí es cuando llego a la empresa en la que estoy ahora (esa en la que a veces me exaspero por las tonterías que escucho).
El primer jueves que ya estaba trabajando allí, vi como Jefa y Supermamá se van juntas a desayunar (me sorprende porque hasta ese día había visto cómo todas nos íbamos por nuestra cuenta a tomar el cafetito de rigor o a echarle un vistazo a los escaparates de la zona, según gustos). Me explican que todos los jueves van a pesarse para ver cómo evolucionan sus logros en materia de dietas, regímenes y demás rituales sádicos cuyo objetivo sea la perdida de peso. Y sin comerlo ni beberlo me vi incluida en la hoja de Excel que certifica que sus kilos de más y de menos suben y bajan como los índices del Nasdaq…
Hoy, al venir con los nefastos resultados de la báscula, me siento junto a Jefa para que deje constancia en el archivito de marras. Jefa se pone a mirar mi columna y la evolución de mi peso…
-Jefa: Jo, con lo bien que empezaste al entrar en “la casa”… Te ha debido de sentar muy bien porque has cogido casi cinco kilos…
Hago una bolita con el ticket de la báscula, lo tiro a la papelera y me levanto para volver a mi mesa.
-Yo: Jo, pues no lo entiendo_miento descaradamente. Sí que lo entiendo. Los donuts del desayuno, las comidas apresuradas a base de sándwiches del Sprint de la esquina y, en última instancia, los dos bocatas de jamón serrano que se me antojaron (y, en consecuencia, me ventilé) anoche seguro que tendrían algo que decir al respecto…
…de fondo Square One de Coldplay
Cría de anaconda rabiosa 0 - Mi menda 1
Ya se trataba de una cuestión de orgullo...
Yo, que desde pequeñita he destripado, diseccionado y (lo que es más importante) vuelto a poner en su sitio sin que nada dejase de funcionar todo cacharro electrónico que caía en mis manos no me podía dejar vencer por un rival tan insignificante, por mucho RAM, ROM y gigabyte que tenga.
Le he practicado una lobotomía en toda regla a la cría de anaconda rabiosa (uséase, mi ordenador) y ahora tengo ante mí un dulce cachorrito (sí, sigue siendo mi ordenador) que hace todo lo que yo le digo y cuando se lo digo.
Ya he instalado lo más básico. Ahora queda volver a poner en su lugar toda la música, los vídeos y demás archivos grandes para que parezca que nada ha cambiado más que su actitud.
Ains! La verdad, siempre he dicho que los informáticos están sobrevalorados. Nunca te fies de un gremio cuya principal máxima es: ¿Que no funciona? Pues apágalo y enciéndelo otra vez...
...de fondo Violines y angelitos con liras en Mi Cabecita Satisfecha
Yo, que desde pequeñita he destripado, diseccionado y (lo que es más importante) vuelto a poner en su sitio sin que nada dejase de funcionar todo cacharro electrónico que caía en mis manos no me podía dejar vencer por un rival tan insignificante, por mucho RAM, ROM y gigabyte que tenga.
Le he practicado una lobotomía en toda regla a la cría de anaconda rabiosa (uséase, mi ordenador) y ahora tengo ante mí un dulce cachorrito (sí, sigue siendo mi ordenador) que hace todo lo que yo le digo y cuando se lo digo.
Ya he instalado lo más básico. Ahora queda volver a poner en su lugar toda la música, los vídeos y demás archivos grandes para que parezca que nada ha cambiado más que su actitud.
Ains! La verdad, siempre he dicho que los informáticos están sobrevalorados. Nunca te fies de un gremio cuya principal máxima es: ¿Que no funciona? Pues apágalo y enciéndelo otra vez...
...de fondo Violines y angelitos con liras en Mi Cabecita Satisfecha
Ooops! Fallo técnico
Hoy no hay blog. Se siente. Pero no tiene que ver con el exabrupto de ayer. La razón es que la cría de anaconda rabiosa (uséase, mi puto ordenador) ha decidido que no me abrirá ninguna página más hasta que no le pegue un buen repaso. Escribo esto desde el ordenador de mi compi, Er de Huerva, que SÍ funciona como tiene que funcionar (y yo que pensaba que el problema era de la conexión pero no, en este la Red campa a sus anchas a una velocidad decente).
Me he puesto el mono de trabajo y, a falta de algún experto que le realice una lobotomía en condiciones al animalito del diablo, voy a intentar hacerle un apaño, a ver si al menos puedo ver mi correo sin que el explorer me mande a tomar por culo con esas palabras tan fisnas que emplea...
...de fondo Rayos, truenos y blasfemias varias de Mi Cabeza Cabreada
Me he puesto el mono de trabajo y, a falta de algún experto que le realice una lobotomía en condiciones al animalito del diablo, voy a intentar hacerle un apaño, a ver si al menos puedo ver mi correo sin que el explorer me mande a tomar por culo con esas palabras tan fisnas que emplea...
...de fondo Rayos, truenos y blasfemias varias de Mi Cabeza Cabreada
Hoy me voy a poner seria
Esto no es lo que tenía pensado escribir hoy. De hecho mi sentido del humor se ha esfumado por la puerta trasera sin avisar y me ha inundado la tristeza y la impotencia. La impotencia de no ser capaz de comprender porque algunas cosas suceden entre las personas y de por qué algunas personas no podrán tener algo más de humildad para tratar a sus semejantes.
Desde que vuelvo a tener Internet leo muchos blogs. Inevitablemente unos me llevan a otros y al final ha pasado lo que tenía que pasar, que me he encontrado con alguien a quién conocí en otro tiempo pero que hace año y medio decidió consigo misma que no quería tener por amiga a alguien que no le bailaba el agua ni caía a sus pies fascinada por su creatividad. Alguien que la miraba a los ojos, de igual a igual y no al pie del pedestal que ella misma se había construido con tesón y egolatría. No, ella no quería a alguien así a su alrededor.
No voy a enlazarla por motivos obvios (además, ella tampoco me enlazaría a mí si supiera de la existencia de este blog) pero os reproduzco las lindezas que me dedica al poco de dar por finalizada nuestra amistad:
Miércoles, 31 de marzo de 2004
Estás muy equivocada conmigo.
Y no pienso bailarte el agua si no pienso que es correcto, porque cada vez que nos vemos me decepcionas más de lo que esperaba.
Llevas una vida fácil y no paras de quejarte. Exiges los favores y tratas mejor a tus conocidos que a tus amigos, a los desconocidos que a tu familia.
Lo siento, pero te has confundido, yo no te debo nada.
Ni quiero seguir peleándome contra un muro de piedra (sólo lograría destrozarme los puños). Es mejor así.
Aunque me hayas montado un espectáculo en público uno de los días más importantes de mi vida, delante de gente que no te conoce y murmuraba tras tu salida de escena; aunque sé que ahora escribirás palabras de odio entre líneas. No te guardo rencor.
Pero no eres mi amiga.
Podría dejarle un comentario en el post, pese a que ya no escribe en él. Podría mandarle un e-mail diciéndole lo que pienso ya que no me dejó hacerlo el día que “monté un espectáculo”. Podría incluso llamarla si tuviera ganas de discutir a estas alturas. Pero no voy a hacer ninguna de esas cosas. ¿Para qué?
Decir que me ha dolido sería señalar lo obvio. Esta tarde han regresado fantasmas del pasado a los que ya creía atrás. He leído su blog por encima, sin mucho detenimiento, buscando pistas que me permitieran averiguar cómo le va la vida. Y le va tal y como le iba cuando dejó de considerarme su amiga. Lo único que me ha llamado la atención ha sido que este año sufrió un ataque parecido a una hemiplejia que le dejó paralizado el lado derecho. Y pese a quien pueda tildarme de inhumana, no lo he sentido. Porque aunque yo no soy una santa con las drogas, en su caso, la coca y las pirulas han terminado por pasarle factura. Porque yo también lo he pasado mal este año, porque a mí también me tuvieron que ingresar de urgencias en un hospital y también estuve a punto de quedarme como un vegetal. No, no lo he sentido en absoluto. Pero es que no he sentido nada.
No sé si lo tomaréis como una venganza pero ya que la casualidad me ha llevado a leer, un año y medio después, esas líneas que estaban dedicadas a mí (quizá pensando que yo no llegaría a leerlas nunca) dejemos que esa misma casualidad recorra el camino en sentido inverso y, quién sabe, dentro de un año y medio ella descubra estas líneas dirigidas a ella y que yo pienso que quizá no llegue a leer jamás…
Yo sí que estaba equivocada contigo.
Y quizá te bailé demasiado el agua. O demasiado poco porque tu ego nunca pareció tener suficiente.
Ni entonces ni ahora llevo una vida fácil. Tú nunca has tenido que patearte las oficinas de las ETT mendigando un puesto de trabajo. Tú viniste a Madrid a estudiar una carrera que te pagó papa en un piso compartido que te pagó papá. Incluso el máster que ahora dices estudiar ha salido gracias a la cuenta corriente de papá. Todos tus trabajos los has conseguido fácilmente y fácilmente los has cambiado por otros.
Una vez me sacaste de tu vida y me volviste a llamar porque “me echabas de menos”. Te he visto enfarlopada perdida y he visto cómo tus pupilas ocultaban tu iris mientras tu mandíbula se desencajaba en una patética mueca. He escuchado tus penas cada vez que te dejaba una de esas novias que pasaban por tu vida como hojas en el calendario. Te he apoyado con cada una de las canciones que tocabas en tus conciertos. Con cada idea que tenías para un corto o una película. Yo siempre creí en ti.
Tú nunca creíste en mí. Me considerabas insultantemente inferior. Tú sí que pensabas que el mundo te debía algo. Y ese algo era reconocimiento, fama, prestigio. Todo aquello que no conseguías alcanzar.
Hubo gente que me advirtió de tu extraña mirada en la presentación de mi primera novela pero yo no les hice caso. Ahora veo que lo que yo tomé por una mirada febril de alguien con gripe era, en realidad, la mirada febril de los celos y la envidia, de asistir como espectadora para ver como alguien, según tú, carente de talento, conseguía cumplir algunos sueños mientras tú, por muchas facilidades que has tenido, no lograbas ni siquiera rozar los tuyos.
Yo no escribo palabras de odio entre líneas. Si algo tengo, para bien y para mal, es que soy directa y sin ambages. Digo las cosas a la cara. Por eso acudí a verte “en uno de los días más importantes de tu vida”. Para hablar contigo. Para arreglar los malentendidos. Para encontrarme con un ser que sólo tenía ego en lugar de alma. Alguien, que, como bien adivinaste en su momento, sale retratado en mi última novela. Pero no con palabras de odio sino con palabras que constatan un hecho desde la parodia, que es lo que has llegado a inspirarme. Una persona que se cree alguien y no se da cuenta de que ninguno somos nadie.
Gracias por no guardarme rencor… Seguro que ahora podré dormir más tranquila por las noches…
Y no, no eres mi amiga. Pero es que nunca lo fuiste.
…de fondo Esta madrugada de Amaral
Ha pasado el tiempo, no he dejado ni un momento de pensar
En los viejos sueños, en las noches de concierto en un bar
Ha pasado el tiempo y no sé por qué te cuento esto
Será que se ha ido la inocencia que llevo conmigo
Si será el dolor de este amanecer que me ha helado el alma
Quiero despertar porque no puede ser verdad esta mala hora
Esta madrugada que parece nunca acabar
Esta noche de angustiosa calma
Quédate conmigo hasta que la luz se haga
Esta madrugada
Va pasando el tiempo bajo el cielo sin estrellas de Madrid
Pero hoy no encuentro la ilusión que me quemaba dentro
Nada más llegar a esta ciudad que nos devora
Dime dónde estás que te quiero ver y dejar pasar esta mala hora
Esta madrugada que parece nunca acabar
Esta noche de angustiosa calma
Quédate conmigo hasta que la luz se haga
Esta noche oscura de mi alma
Esta madrugada que parece nunca acabar
Quédate conmigo hasta que la luz se haga
Esta madrugada
Quiero despertar porque no puede ser verdad esta mala hora…
Desde que vuelvo a tener Internet leo muchos blogs. Inevitablemente unos me llevan a otros y al final ha pasado lo que tenía que pasar, que me he encontrado con alguien a quién conocí en otro tiempo pero que hace año y medio decidió consigo misma que no quería tener por amiga a alguien que no le bailaba el agua ni caía a sus pies fascinada por su creatividad. Alguien que la miraba a los ojos, de igual a igual y no al pie del pedestal que ella misma se había construido con tesón y egolatría. No, ella no quería a alguien así a su alrededor.
No voy a enlazarla por motivos obvios (además, ella tampoco me enlazaría a mí si supiera de la existencia de este blog) pero os reproduzco las lindezas que me dedica al poco de dar por finalizada nuestra amistad:
Miércoles, 31 de marzo de 2004
Estás muy equivocada conmigo.
Y no pienso bailarte el agua si no pienso que es correcto, porque cada vez que nos vemos me decepcionas más de lo que esperaba.
Llevas una vida fácil y no paras de quejarte. Exiges los favores y tratas mejor a tus conocidos que a tus amigos, a los desconocidos que a tu familia.
Lo siento, pero te has confundido, yo no te debo nada.
Ni quiero seguir peleándome contra un muro de piedra (sólo lograría destrozarme los puños). Es mejor así.
Aunque me hayas montado un espectáculo en público uno de los días más importantes de mi vida, delante de gente que no te conoce y murmuraba tras tu salida de escena; aunque sé que ahora escribirás palabras de odio entre líneas. No te guardo rencor.
Pero no eres mi amiga.
Podría dejarle un comentario en el post, pese a que ya no escribe en él. Podría mandarle un e-mail diciéndole lo que pienso ya que no me dejó hacerlo el día que “monté un espectáculo”. Podría incluso llamarla si tuviera ganas de discutir a estas alturas. Pero no voy a hacer ninguna de esas cosas. ¿Para qué?
Decir que me ha dolido sería señalar lo obvio. Esta tarde han regresado fantasmas del pasado a los que ya creía atrás. He leído su blog por encima, sin mucho detenimiento, buscando pistas que me permitieran averiguar cómo le va la vida. Y le va tal y como le iba cuando dejó de considerarme su amiga. Lo único que me ha llamado la atención ha sido que este año sufrió un ataque parecido a una hemiplejia que le dejó paralizado el lado derecho. Y pese a quien pueda tildarme de inhumana, no lo he sentido. Porque aunque yo no soy una santa con las drogas, en su caso, la coca y las pirulas han terminado por pasarle factura. Porque yo también lo he pasado mal este año, porque a mí también me tuvieron que ingresar de urgencias en un hospital y también estuve a punto de quedarme como un vegetal. No, no lo he sentido en absoluto. Pero es que no he sentido nada.
No sé si lo tomaréis como una venganza pero ya que la casualidad me ha llevado a leer, un año y medio después, esas líneas que estaban dedicadas a mí (quizá pensando que yo no llegaría a leerlas nunca) dejemos que esa misma casualidad recorra el camino en sentido inverso y, quién sabe, dentro de un año y medio ella descubra estas líneas dirigidas a ella y que yo pienso que quizá no llegue a leer jamás…
Yo sí que estaba equivocada contigo.
Y quizá te bailé demasiado el agua. O demasiado poco porque tu ego nunca pareció tener suficiente.
Ni entonces ni ahora llevo una vida fácil. Tú nunca has tenido que patearte las oficinas de las ETT mendigando un puesto de trabajo. Tú viniste a Madrid a estudiar una carrera que te pagó papa en un piso compartido que te pagó papá. Incluso el máster que ahora dices estudiar ha salido gracias a la cuenta corriente de papá. Todos tus trabajos los has conseguido fácilmente y fácilmente los has cambiado por otros.
Una vez me sacaste de tu vida y me volviste a llamar porque “me echabas de menos”. Te he visto enfarlopada perdida y he visto cómo tus pupilas ocultaban tu iris mientras tu mandíbula se desencajaba en una patética mueca. He escuchado tus penas cada vez que te dejaba una de esas novias que pasaban por tu vida como hojas en el calendario. Te he apoyado con cada una de las canciones que tocabas en tus conciertos. Con cada idea que tenías para un corto o una película. Yo siempre creí en ti.
Tú nunca creíste en mí. Me considerabas insultantemente inferior. Tú sí que pensabas que el mundo te debía algo. Y ese algo era reconocimiento, fama, prestigio. Todo aquello que no conseguías alcanzar.
Hubo gente que me advirtió de tu extraña mirada en la presentación de mi primera novela pero yo no les hice caso. Ahora veo que lo que yo tomé por una mirada febril de alguien con gripe era, en realidad, la mirada febril de los celos y la envidia, de asistir como espectadora para ver como alguien, según tú, carente de talento, conseguía cumplir algunos sueños mientras tú, por muchas facilidades que has tenido, no lograbas ni siquiera rozar los tuyos.
Yo no escribo palabras de odio entre líneas. Si algo tengo, para bien y para mal, es que soy directa y sin ambages. Digo las cosas a la cara. Por eso acudí a verte “en uno de los días más importantes de tu vida”. Para hablar contigo. Para arreglar los malentendidos. Para encontrarme con un ser que sólo tenía ego en lugar de alma. Alguien, que, como bien adivinaste en su momento, sale retratado en mi última novela. Pero no con palabras de odio sino con palabras que constatan un hecho desde la parodia, que es lo que has llegado a inspirarme. Una persona que se cree alguien y no se da cuenta de que ninguno somos nadie.
Gracias por no guardarme rencor… Seguro que ahora podré dormir más tranquila por las noches…
Y no, no eres mi amiga. Pero es que nunca lo fuiste.
…de fondo Esta madrugada de Amaral
Ha pasado el tiempo, no he dejado ni un momento de pensar
En los viejos sueños, en las noches de concierto en un bar
Ha pasado el tiempo y no sé por qué te cuento esto
Será que se ha ido la inocencia que llevo conmigo
Si será el dolor de este amanecer que me ha helado el alma
Quiero despertar porque no puede ser verdad esta mala hora
Esta madrugada que parece nunca acabar
Esta noche de angustiosa calma
Quédate conmigo hasta que la luz se haga
Esta madrugada
Va pasando el tiempo bajo el cielo sin estrellas de Madrid
Pero hoy no encuentro la ilusión que me quemaba dentro
Nada más llegar a esta ciudad que nos devora
Dime dónde estás que te quiero ver y dejar pasar esta mala hora
Esta madrugada que parece nunca acabar
Esta noche de angustiosa calma
Quédate conmigo hasta que la luz se haga
Esta noche oscura de mi alma
Esta madrugada que parece nunca acabar
Quédate conmigo hasta que la luz se haga
Esta madrugada
Quiero despertar porque no puede ser verdad esta mala hora…
Me eshtá stressaando…
COSAS QUE TENGO QUE HACER
-Limpiar, limpiar y limpiar (mi cuarto, el salón, la nevera, la cocina, la casa entera…)
-Ir al gimnasio antes de que se acentúe mi cara de panoli por pagar únicamente para que engorde la cuenta corriente de su dueño.
-Pasarme por la UNED de una puta vez para informarme de cuánto vale la matrícula del Acceso a mayores de 25 (¡ains, que vieja soy ya!) y si serán tan amables de permitirme fraccionar el pago… ¡porque yo lo valgo!
-Poner orden en los archivos de mi ordenador, hacer una supermegacopia de seguridad y llamar a alguno de mis amigos informáticos para que le practiquen una lobotomía en toda regla a esta máquina del diablo (me da igual que sólo tenga tres meses, se comporta como la cría de una anaconda rabiosa).
-Acabar de leerme todos los libros que me compré, los originales que me pasa la editorial y la ingente cantidad de blogs a los que les quiero dar un repasillo…
-Ver alguna de las muchas pelis que me estoy grabando últimamente junto con las series de TV que grabo porque no tengo tiempo de ver.
-Organizar mi armario. Puesto que compré la estantería para vaciar los ¡tres! cajones de la cómoda (unos mil doscientos discos) y poder meter toda la ropa que se salía de mi armario por asfixia, ya sería hora de que me pusiera manos a la obra…
-Hacerme la comida para los próximos días y así no acabar llamando al Telepizza (y haciendo que mi cuenta mengüe más de lo que debería).
-Darme un repasillo a las cejas y el bigotillo que, como me descuide, de aquí a poco sólo me faltará el puro para parecerme a Groucho Marx (porque las gafas ya las tengo).
-Dejarme caer ¡horror! por la peluquería a que me corten las greñas. Es decir: “Oye, mira, me haces un corte informal, a capas, despuntado, que me quede así, como alborotado, fácil de peinar…”. Acto seguido dejarme caer en la silla, cerrar los ojos y rezar para que la peluquera hable mi mismo idioma y no acabe haciéndome lo que le salga del shishi…
-Y… Seguro que se me olvida algo pero el stress me hace perder la memoria…
COSAS QUE ESTOY HACIENDO
-Grabar Kill Bill Volume 1 & 2 para añadirla a la lista de películas que tengo que ver.
-Visitar mil blogs sin acabar de leer ninguno en condiciones.
-Exasperarme porque mi puto ordenata no funciona como debería y porque la conexión hace lo que le sale de los bytes…
-Dejar que la mugre se adueñe de los rincones de este, mi hogar aprovechando que yo no le presto la menor atención.
-Cabrearme porque últimamente no soy capaz de hacer lo que me propongo… ¡JODER!
Chascarrillo laboral de hoy:
Jefa y compañeras saliendo en estampida de la oficina a las cuatro en punto. Yo me quedo hasta las seis todo este mes y me lo tomo con resignación. Jefa coge uno de los ejemplares de 20 minutos que Puto Almacenero trae todos los días de un bar cercano. Lee en voz alta un titular y me mira cómplice: “La fiesta gay europea se celebrará en 2007 en Madrid”. Yo asiento con la cabeza.
-Jefa: ¡Qué bien os lo vais a pasar!
-Yo: (Mohín de asentimiento) Pssssseeee.
-Jefa: Pero como os metáis en Chueca no vais a caber…
-Yo: Es que no todos vamos a Chueca…
-Jefa (con expresión confundida): ¡Aaaahhh!
…de fondo The world is mine de David Guetta
-Limpiar, limpiar y limpiar (mi cuarto, el salón, la nevera, la cocina, la casa entera…)
-Ir al gimnasio antes de que se acentúe mi cara de panoli por pagar únicamente para que engorde la cuenta corriente de su dueño.
-Pasarme por la UNED de una puta vez para informarme de cuánto vale la matrícula del Acceso a mayores de 25 (¡ains, que vieja soy ya!) y si serán tan amables de permitirme fraccionar el pago… ¡porque yo lo valgo!
-Poner orden en los archivos de mi ordenador, hacer una supermegacopia de seguridad y llamar a alguno de mis amigos informáticos para que le practiquen una lobotomía en toda regla a esta máquina del diablo (me da igual que sólo tenga tres meses, se comporta como la cría de una anaconda rabiosa).
-Acabar de leerme todos los libros que me compré, los originales que me pasa la editorial y la ingente cantidad de blogs a los que les quiero dar un repasillo…
-Ver alguna de las muchas pelis que me estoy grabando últimamente junto con las series de TV que grabo porque no tengo tiempo de ver.
-Organizar mi armario. Puesto que compré la estantería para vaciar los ¡tres! cajones de la cómoda (unos mil doscientos discos) y poder meter toda la ropa que se salía de mi armario por asfixia, ya sería hora de que me pusiera manos a la obra…
-Hacerme la comida para los próximos días y así no acabar llamando al Telepizza (y haciendo que mi cuenta mengüe más de lo que debería).
-Darme un repasillo a las cejas y el bigotillo que, como me descuide, de aquí a poco sólo me faltará el puro para parecerme a Groucho Marx (porque las gafas ya las tengo).
-Dejarme caer ¡horror! por la peluquería a que me corten las greñas. Es decir: “Oye, mira, me haces un corte informal, a capas, despuntado, que me quede así, como alborotado, fácil de peinar…”. Acto seguido dejarme caer en la silla, cerrar los ojos y rezar para que la peluquera hable mi mismo idioma y no acabe haciéndome lo que le salga del shishi…
-Y… Seguro que se me olvida algo pero el stress me hace perder la memoria…
COSAS QUE ESTOY HACIENDO
-Grabar Kill Bill Volume 1 & 2 para añadirla a la lista de películas que tengo que ver.
-Visitar mil blogs sin acabar de leer ninguno en condiciones.
-Exasperarme porque mi puto ordenata no funciona como debería y porque la conexión hace lo que le sale de los bytes…
-Dejar que la mugre se adueñe de los rincones de este, mi hogar aprovechando que yo no le presto la menor atención.
-Cabrearme porque últimamente no soy capaz de hacer lo que me propongo… ¡JODER!
Chascarrillo laboral de hoy:
Jefa y compañeras saliendo en estampida de la oficina a las cuatro en punto. Yo me quedo hasta las seis todo este mes y me lo tomo con resignación. Jefa coge uno de los ejemplares de 20 minutos que Puto Almacenero trae todos los días de un bar cercano. Lee en voz alta un titular y me mira cómplice: “La fiesta gay europea se celebrará en 2007 en Madrid”. Yo asiento con la cabeza.
-Jefa: ¡Qué bien os lo vais a pasar!
-Yo: (Mohín de asentimiento) Pssssseeee.
-Jefa: Pero como os metáis en Chueca no vais a caber…
-Yo: Es que no todos vamos a Chueca…
-Jefa (con expresión confundida): ¡Aaaahhh!
…de fondo The world is mine de David Guetta
Luna llena
En honor a la verdad, me pone muy nerviosa levantar la jeta y encontrarme en el cielo nocturno una brillante y redonda luna llena…
No me malinterpretéis, me encanta cuando hay luna llena. Desde pequeñita ha ejercido una poderosa atracción sobre mí (no en vano nací un martes y trece, al filo de la medianoche y con una anaranjada luna llena presidiendo el firmamento, hecho que mi madre no se cansa de repetirme…) pero desde hace mucho tiempo, si salgo un fin de semana y hay luna llena suele ser presagio de que me va a ocurrir algo. ¡Y no siempre algo mágico!
Quizá sea porque he salido tan poco en el último año que nuestro satélite ha perdido la costumbre de vigilarme en sus noches de máximo esplendor pero anoche, por suerte, no sucedió nada que me llevará a arrepentirme de haber salido de casa.
Antes de irme para el centro, saqué al Chucho Infernal y me acerqué al video-club a devolver las películas que tenía que haber llevado el viernes y ¡hostías, Pedrín, qué rasca hacía! Volví a casa castañeando los dientes y decidí sacar los cueros del armario (que más que cuero es polipiel pero ¡y lo bien que da el pego, oyes!)
A las diez había quedado con el Rusfi en My Way local que se está convirtiendo en nuestro punto de encuentro habitual (y yo lo agradezco, ya estaba aburrida de parar siempre en el Nike y tampoco me apetece toparme de bruces con el Comando de Bolleras Desalmadas en cuanto ponga el pie allí). Pese a que llegué tarde adrede, el Rusfi llegó aún más tarde que yo, así que pasé no menos de veinte minutos en la barra degustando una fresquita cerveza con limón y hojeando una revista junto a un chico que también hojeaba una revista y que, como no podía ser de otro modo, también esperaba al impresentable del Rusfi (corazón, nunca tu mote estuvo tan acertado como anoche…). Llegó tarde y además cabreado porque la parejita de bollos que también se había apuntado a la gastroenteritis mexicana se había desapuntado en el último momento.
Viendo reducido drásticamente nuestro grupo de parranda hicimos tiempo con otra ronda de cervecitas hasta que diese la hora de irnos a La Mordida donde habíamos reservado mesa a una hora que mi abuelo consideraría indecente para ponerse a cenar.
Yo, que ya llevaba arrastrando toda la tarde mi incontrolable sueño y aunque me había conseguido despejar a primera hora de la noche, las cervecitas con limón, las Negra Modelo y el vino de la comida que aún rondaba por mis venas hicieron que la modorra volviera a apoderarse de mí. Aguanté un ratito solo. Tras la cena nos volvimos para Chueca y nos acercamos al Magnus en donde habíamos quedado con otro amigo, a tomarnos una copita . Acodada en la barra vi a una Morena Impresionante acompañada de un mariquita estilo Erik de El Equipo G. Por cómo intentaban hacerse entender con el camarero deduje que eran guiris y yo, la verdad, estaba demasiado cansada incluso para lanzar miraditas a la bella criaturita, mucho menos si luego me iba a tener que hacer entender por señas. Así que en cuanto me ventilé mi whiskito, me apeé del taburete en donde había aposentado mis cuartos traseros y me despedí del Rusfi y del resto.
Bajé hasta Barquillo para pasar por un cajero y me fui hasta Cibeles para coger un taxi. Ya montada en uno y con rumbo a mi dulce hogar… ¡a veces! iba pensando en lo pija que se vuelve una en cuanto su poder adquisitivo crece un poco. No quisiera que pensarais erróneamente que nado en la abundancia (nada más lejos de la triste realidad) pero sí que es cierto que en otro tiempo (y de esto no hace más de un año) habría mirado con lupa cada eurillo que sacase de mi cartera y me habría congelado con los ovarios bien puestos a que apareciera mi búho, lloviera, tronase o atacasen los extraterrestres de La Guerra de los Mundos. Anoche ni siquiera me fijé en cuanto me costó la cena y, por supuesto, en cuanto vi un pilotito verde entre el tráfico, no dudé en alzar la mano y meterme en su cálido y confortable interior… Lo malo vendrá si tengo la mala suerte (y, creedme, de esa tengo mucha) de que se me acabé este curro, las vacas flacas regresen a mi vida y yo tenga que volver a casa tras una noche de juerga y minis de calimocho compartidos oliéndole la axila a cualquier malasañero borracho con el tenga que pelearme en el búho por un poquito de espacio vital.
Al abrir el portal de mi edificio me encontré ¡oh, sorpresa! con dos chicas sentadas en los escalones. Y la cosa no tendría mayor trascendencia si no fuera porque una de ellas era una super-bollo-camionera del tipo estibador y la otra una nena a la que no me hubiera importado invitarla a subir para tomarnos la penúltima copa. Además, su cara de ¡ooops, nos has pillado! hizo que subiera los tres pisos hasta mi casa con una sonrisa en los labios. Bonitas, si yo también soy del gremio… me hubiera gustado decirles.
Cuando entré en mi cuarto vi que eran las dos y un minuto. Pues sí que he sido una chica formal, sí… Me salí a la terraza a fumarme el último cigarrito del día y a dejarme hipnotizar por esa luna llena que por una vez (y espero que sirva de precedente) no me había hecho la puñeta. El Chucho Infernal, a mi lado, también miraba hacia la calle con cara de nostalgia. Debe ser por lo poco que la ve últimamente, el pobre…
Pero pese a mi formalidad de la noche del sábado, todos mis propósitos para hoy se han desplomado estrepitosamente. Mi voluntad de levantarme a una hora razonable para ir al gimnasio y proceder al adecentamiento de este, mi hogar (que diría, el señor Cuesta) se ha ido al traste porque me han dado las dos de la tarde en la cama. Y menos mal que El Sevillano ha tenido la oportuna idea de llamarme para contarme que a la fiesta de su cumpleaños ha invitado a una chica que es ideaaaaaal para mí (¿por qué será que últimamente a todos mis amigos maricas les ha dado por buscarme novia? ¿Será que piensan que no me basto y me sobro sola…? ¡Qué bien me conocen!).
Una vez despierta, me he vestido con el uniforme de los domingos (usease, el chándal), he sacado a pasear al Chucho Infernal y he pedido comida china por teléfono. Incapaz de ponerme a hacer nada productivo, he vegetado un rato en el salón con El de Huerva y su chico mientras veíamos Sobreviviré (una más de las cientos de películas que almaceno sin gusto ni criterio). Luego he encendido el ordenador y me he metido en esa bonita herramienta que sólo sirve para difundir pornografía (Tom Cruise dixit). Aunque hacía algunas pausas para poner lavadoras y bajar de una vez al contenedor los tres quintales de periódicos atrasados, papeles y cartones varios que anegaban la terraza de la cocina.
Y mañana lunes.
¿Os sorprendería mucho si os digo que no tengo ni putas ganas de ir a trabajar?
Imagino que no.
…de fondo Book of days de Enya
No me malinterpretéis, me encanta cuando hay luna llena. Desde pequeñita ha ejercido una poderosa atracción sobre mí (no en vano nací un martes y trece, al filo de la medianoche y con una anaranjada luna llena presidiendo el firmamento, hecho que mi madre no se cansa de repetirme…) pero desde hace mucho tiempo, si salgo un fin de semana y hay luna llena suele ser presagio de que me va a ocurrir algo. ¡Y no siempre algo mágico!
Quizá sea porque he salido tan poco en el último año que nuestro satélite ha perdido la costumbre de vigilarme en sus noches de máximo esplendor pero anoche, por suerte, no sucedió nada que me llevará a arrepentirme de haber salido de casa.
Antes de irme para el centro, saqué al Chucho Infernal y me acerqué al video-club a devolver las películas que tenía que haber llevado el viernes y ¡hostías, Pedrín, qué rasca hacía! Volví a casa castañeando los dientes y decidí sacar los cueros del armario (que más que cuero es polipiel pero ¡y lo bien que da el pego, oyes!)
A las diez había quedado con el Rusfi en My Way local que se está convirtiendo en nuestro punto de encuentro habitual (y yo lo agradezco, ya estaba aburrida de parar siempre en el Nike y tampoco me apetece toparme de bruces con el Comando de Bolleras Desalmadas en cuanto ponga el pie allí). Pese a que llegué tarde adrede, el Rusfi llegó aún más tarde que yo, así que pasé no menos de veinte minutos en la barra degustando una fresquita cerveza con limón y hojeando una revista junto a un chico que también hojeaba una revista y que, como no podía ser de otro modo, también esperaba al impresentable del Rusfi (corazón, nunca tu mote estuvo tan acertado como anoche…). Llegó tarde y además cabreado porque la parejita de bollos que también se había apuntado a la gastroenteritis mexicana se había desapuntado en el último momento.
Viendo reducido drásticamente nuestro grupo de parranda hicimos tiempo con otra ronda de cervecitas hasta que diese la hora de irnos a La Mordida donde habíamos reservado mesa a una hora que mi abuelo consideraría indecente para ponerse a cenar.
Yo, que ya llevaba arrastrando toda la tarde mi incontrolable sueño y aunque me había conseguido despejar a primera hora de la noche, las cervecitas con limón, las Negra Modelo y el vino de la comida que aún rondaba por mis venas hicieron que la modorra volviera a apoderarse de mí. Aguanté un ratito solo. Tras la cena nos volvimos para Chueca y nos acercamos al Magnus en donde habíamos quedado con otro amigo, a tomarnos una copita . Acodada en la barra vi a una Morena Impresionante acompañada de un mariquita estilo Erik de El Equipo G. Por cómo intentaban hacerse entender con el camarero deduje que eran guiris y yo, la verdad, estaba demasiado cansada incluso para lanzar miraditas a la bella criaturita, mucho menos si luego me iba a tener que hacer entender por señas. Así que en cuanto me ventilé mi whiskito, me apeé del taburete en donde había aposentado mis cuartos traseros y me despedí del Rusfi y del resto.
Bajé hasta Barquillo para pasar por un cajero y me fui hasta Cibeles para coger un taxi. Ya montada en uno y con rumbo a mi dulce hogar… ¡a veces! iba pensando en lo pija que se vuelve una en cuanto su poder adquisitivo crece un poco. No quisiera que pensarais erróneamente que nado en la abundancia (nada más lejos de la triste realidad) pero sí que es cierto que en otro tiempo (y de esto no hace más de un año) habría mirado con lupa cada eurillo que sacase de mi cartera y me habría congelado con los ovarios bien puestos a que apareciera mi búho, lloviera, tronase o atacasen los extraterrestres de La Guerra de los Mundos. Anoche ni siquiera me fijé en cuanto me costó la cena y, por supuesto, en cuanto vi un pilotito verde entre el tráfico, no dudé en alzar la mano y meterme en su cálido y confortable interior… Lo malo vendrá si tengo la mala suerte (y, creedme, de esa tengo mucha) de que se me acabé este curro, las vacas flacas regresen a mi vida y yo tenga que volver a casa tras una noche de juerga y minis de calimocho compartidos oliéndole la axila a cualquier malasañero borracho con el tenga que pelearme en el búho por un poquito de espacio vital.
Al abrir el portal de mi edificio me encontré ¡oh, sorpresa! con dos chicas sentadas en los escalones. Y la cosa no tendría mayor trascendencia si no fuera porque una de ellas era una super-bollo-camionera del tipo estibador y la otra una nena a la que no me hubiera importado invitarla a subir para tomarnos la penúltima copa. Además, su cara de ¡ooops, nos has pillado! hizo que subiera los tres pisos hasta mi casa con una sonrisa en los labios. Bonitas, si yo también soy del gremio… me hubiera gustado decirles.
Cuando entré en mi cuarto vi que eran las dos y un minuto. Pues sí que he sido una chica formal, sí… Me salí a la terraza a fumarme el último cigarrito del día y a dejarme hipnotizar por esa luna llena que por una vez (y espero que sirva de precedente) no me había hecho la puñeta. El Chucho Infernal, a mi lado, también miraba hacia la calle con cara de nostalgia. Debe ser por lo poco que la ve últimamente, el pobre…
Pero pese a mi formalidad de la noche del sábado, todos mis propósitos para hoy se han desplomado estrepitosamente. Mi voluntad de levantarme a una hora razonable para ir al gimnasio y proceder al adecentamiento de este, mi hogar (que diría, el señor Cuesta) se ha ido al traste porque me han dado las dos de la tarde en la cama. Y menos mal que El Sevillano ha tenido la oportuna idea de llamarme para contarme que a la fiesta de su cumpleaños ha invitado a una chica que es ideaaaaaal para mí (¿por qué será que últimamente a todos mis amigos maricas les ha dado por buscarme novia? ¿Será que piensan que no me basto y me sobro sola…? ¡Qué bien me conocen!).
Una vez despierta, me he vestido con el uniforme de los domingos (usease, el chándal), he sacado a pasear al Chucho Infernal y he pedido comida china por teléfono. Incapaz de ponerme a hacer nada productivo, he vegetado un rato en el salón con El de Huerva y su chico mientras veíamos Sobreviviré (una más de las cientos de películas que almaceno sin gusto ni criterio). Luego he encendido el ordenador y me he metido en esa bonita herramienta que sólo sirve para difundir pornografía (Tom Cruise dixit). Aunque hacía algunas pausas para poner lavadoras y bajar de una vez al contenedor los tres quintales de periódicos atrasados, papeles y cartones varios que anegaban la terraza de la cocina.
Y mañana lunes.
¿Os sorprendería mucho si os digo que no tengo ni putas ganas de ir a trabajar?
Imagino que no.
…de fondo Book of days de Enya
Vida social
Después de casi un año haciendo vida monacal y dedicándome tan sólo a currar, castigarme el cuerpo en el gimnasio y cuidando del Chucho Infernal llevo como cosa de un par de meses en los que las calles de Madrid vuelven a verme menear mis cuartos traseros para otra cosa que no sea ir al trabajo…
Siendo como soy, una juerguista empedernida, la verdad es que mucho he tardado en volver a las andadas. Y es que una juerguista empedernida y con vocación como yo lo será para los restos por mucho que le pese…
Aunque ayer me quedé tranquilita en casa viendo los capítulos del martes de Hospital Central (el segundo lo vi ya sin mucho interés porque era repetido y no de los repetidos que yo esperaba que echaran, es decir, los de antes de que me enganchara a la serie), hoy estaba invitada a la casa que Rys y su novio se compraron hace unos meses (bueno, ellos no la compraron, sino el banco que les concedió amablemente una hipoteca y les endeudó para el resto de sus vidas) y que todavía no conocía.
La verdad es que he comido muy bien y entre las dos (su novio estaba currando) nos hemos pimplado una botella de vino antes siquiera de acabar de comer… En consecuencia, cuando estábamos tomando café me he empezado a amodorrar en el sofá mientras su conversación me iba meciendo como un murmullo de fondo (Rys, cielo, no te enfades, es que el sueño es un cruel tirano que domina mis actos). Encima, como le he llevado un ejemplar de mi última novela, quería que le escribiese una dedicatoria especial. Ardua tarea que me ha llevado casi dos horas y tres cafés. Su novio, que, para que os hagáis una idea, es como Rusty de Hospital Central (aunque menos tontorrón, todo hay que decirlo) ha llegado de currar y yo seguía sin haber puesto más que un escueto “Para Rys”.
Por suerte, me he empezado a despabilar como por arte de magia, he acabado escribiéndole una bonita dedicatoria y le estaba diciendo que me iba a ir porque quería pasar por el súper a hacer algo de compra, poner un par de lavadoras y recoger un poco la casa (maruja que es una algunas veces) cuando mi móvil ha empezado a berrear. En un mensaje Rusfi me preguntaba si me apetecía ir a cenar a un mexicano. Ooops! I did it again como diría la petarda de Britney. Y es que yo tengo un serio problema con las proposiciones e invitaciones… No sé decir que no. Vamos, la verdad es que soy incapaz y, a menos que me encuentre con respiración asistida, una sonda entre las piernas y un diagnóstico reservado que me sitúa a las puertas de la muerte, jamás me veréis decir que no a cualquier plan que me propongan un sábado por la noche.
Así que me he venido a casa sin pasar por el súper y he llamado al Rusfi para concretar la hora y el lugar. Aunque la idea del mexicano me ha dejado de convencer en cuanto he entrado por la puerta. Sobre todo por el pequeño detalle de que he entrado disparada al cuarto de baño y antes de que hubieran pasado diez minutos estaba de nuevo encadenada a la taza del water… Con semejantes antecedentes no sé yo si será apropiado seguir esta noche una dieta a base de comida mexicana y alcohol…
De todas formas esta noche saldré y aunque mi intención es cenar, tomar una copilla rápida y venirme para casa como la chica formal que no soy (más que nada porque mañana tengo que poner un poco de orden en mi casa antes de que se me caiga encima y la mierda acumulada se amotine en el salón) sé que hay muchas posibilidades de que me den las seis de la mañana bailando y abriéndome paso a codazos en alguna discoteca…
Si me conoceré yo…
…de fondo The real thing de Gwen Stefani
Siendo como soy, una juerguista empedernida, la verdad es que mucho he tardado en volver a las andadas. Y es que una juerguista empedernida y con vocación como yo lo será para los restos por mucho que le pese…
Aunque ayer me quedé tranquilita en casa viendo los capítulos del martes de Hospital Central (el segundo lo vi ya sin mucho interés porque era repetido y no de los repetidos que yo esperaba que echaran, es decir, los de antes de que me enganchara a la serie), hoy estaba invitada a la casa que Rys y su novio se compraron hace unos meses (bueno, ellos no la compraron, sino el banco que les concedió amablemente una hipoteca y les endeudó para el resto de sus vidas) y que todavía no conocía.
La verdad es que he comido muy bien y entre las dos (su novio estaba currando) nos hemos pimplado una botella de vino antes siquiera de acabar de comer… En consecuencia, cuando estábamos tomando café me he empezado a amodorrar en el sofá mientras su conversación me iba meciendo como un murmullo de fondo (Rys, cielo, no te enfades, es que el sueño es un cruel tirano que domina mis actos). Encima, como le he llevado un ejemplar de mi última novela, quería que le escribiese una dedicatoria especial. Ardua tarea que me ha llevado casi dos horas y tres cafés. Su novio, que, para que os hagáis una idea, es como Rusty de Hospital Central (aunque menos tontorrón, todo hay que decirlo) ha llegado de currar y yo seguía sin haber puesto más que un escueto “Para Rys”.
Por suerte, me he empezado a despabilar como por arte de magia, he acabado escribiéndole una bonita dedicatoria y le estaba diciendo que me iba a ir porque quería pasar por el súper a hacer algo de compra, poner un par de lavadoras y recoger un poco la casa (maruja que es una algunas veces) cuando mi móvil ha empezado a berrear. En un mensaje Rusfi me preguntaba si me apetecía ir a cenar a un mexicano. Ooops! I did it again como diría la petarda de Britney. Y es que yo tengo un serio problema con las proposiciones e invitaciones… No sé decir que no. Vamos, la verdad es que soy incapaz y, a menos que me encuentre con respiración asistida, una sonda entre las piernas y un diagnóstico reservado que me sitúa a las puertas de la muerte, jamás me veréis decir que no a cualquier plan que me propongan un sábado por la noche.
Así que me he venido a casa sin pasar por el súper y he llamado al Rusfi para concretar la hora y el lugar. Aunque la idea del mexicano me ha dejado de convencer en cuanto he entrado por la puerta. Sobre todo por el pequeño detalle de que he entrado disparada al cuarto de baño y antes de que hubieran pasado diez minutos estaba de nuevo encadenada a la taza del water… Con semejantes antecedentes no sé yo si será apropiado seguir esta noche una dieta a base de comida mexicana y alcohol…
De todas formas esta noche saldré y aunque mi intención es cenar, tomar una copilla rápida y venirme para casa como la chica formal que no soy (más que nada porque mañana tengo que poner un poco de orden en mi casa antes de que se me caiga encima y la mierda acumulada se amotine en el salón) sé que hay muchas posibilidades de que me den las seis de la mañana bailando y abriéndome paso a codazos en alguna discoteca…
Si me conoceré yo…
…de fondo The real thing de Gwen Stefani
¡Por fin es viernes!
Antes de empezar quiero hacer una aclaración. He leído muchos blogs, buenos, malos y regulares pero dos cosas que la mayoría tenían en común era que sus post eran breves y concisos. Y ahora que yo soy la autora de un blog me encuentro metiendo peñazos bastante largos que os pueden ahuyentar antes de que haya podido ni pestañear… Y juro por mi perrito cabrón que intento ser breve pero… soy incapaz. Supongo que será deformación profesional… En finnnnsss…
En el curro, la verdad es que el día ha sido bastante tranquilito, no demasiado jaleo, más de media horita de escaqueo para ir a desayunar y acercarme a El Corte Inglés a franquear unos paquetitos (sí, en El Corte Inglés hay una oficina de correos, al menos en el de Sol, yo me he enterado hoy). Y a las tres de la tarde todas fuera que para algo es viernes y la semana se me ha hecho casi tan larga como el año que llevo sin echar… bueno, eso, ya me entendéis.
Al salir había quedado con uno de los chicos de mi editorial para hablar de temas de promoción. Veréis, por lo que yo sé, en el mundillo de las editoriales, los escritores conocidos se van a cenar a restaurantes de cuatro tenedores para debatir con los jefazos las cuestiones relativas a sus novelas. En la vida real, los autores como yo, a los que sólo nos conocen en nuestra casa a la hora de cenar (y a veces ni eso), nos vamos con el adjunto del mandamás de cañitas por Malasaña a contarle nuestras penas y tribulaciones ante la incertidumbre que nos supone sacar un nuevo libro que no sabemos qué acogida tendrá. Así que tras la jornada laboral he llenado mi estómago de cerveza y cuatro patatejas fritas (y, teniendo en cuenta la cantidad de agua que bebo al cabo del día y lo limpíiiiisimos que tengo los riñones, os podéis imaginar que el zumito de cebada a efectuado el recorrido vertical de mi boca a mi vejiga en un santiamén) y mi cabeza de más dudas de las que tenía antes.
Tras la charleta he dado comienzo al ritual que todo escritor (conocido o no) lleva a cabo cuando publica: visitar los puntos de venta y comprobar dónde y cómo han colocado a su criaturita. Os ahorraré los detalles farragosos de los lugares en los que sí estaba y en los que no. Sólo diré que, para variar, he acabado en la Fnac porque, además, puesto que mi ordenador está en plan rebelde y La Mula me dice que no piensa bajarme ni una sola canción hasta que no le pegue un buen repaso al puto ordenador, quería comprarme el nuevo disco de Pastora. Y es que, ya lo dice arcosinflechas, la Fnac es una secta camuflada de tienda para sacarnos los cuartos… Afortunadamente, hoy no he dado rienda a mi lado consumista. Iba a comprar un disco y SÓLO he comprado un disco. Todo un logro en mí en un momento en que mi cuenta corriente no sólo me lo permite sino que me anima a que saque la tarjeta de débito (de las otras no tengo… ¡por suerte!) a la más mínima ocasión.
Y con las mismas me he venido a casa, me he dado una duchita y me he sentado al ordenador mientras escuchaba el disco en cuestión. Y aunque tengo ganas de hablar de música (una de mis tres grandes pasiones, además del cine y la literatura), como que mejor lo dejo para otro ratito, que estoy un poco chof y, además, me esperan los capítulos de Hospital Central que grabé el otro día y que aún no he podido ver…
Antes de irme. Conversación chorra hoy en la oficina:
-La Pija: Tías, ¿habéis probado el algodón mágico de Don Limpio?
-Supermamá: No, tía, ¿qué es eso?
-La Pija: Es muy fuerte, tía, es una esponjita que lo borra todo sin frotar. Ayer me tiré toda la tarde limpiando y gasté dos paquetes…
-Supermamá: Jo, tía, qué fuerte
-La Pija: Sí, tía, tengo que ir al Carrefour a comprarme unos cuantos paquetes más…
Y yo miraba alternativamente a una y a otra mientras mi ceja izquierda, más conocida como Carlos Sobera, se alzaba hasta el infinito…
…de fondo (una y otra vez) Desolado de Pastora
En el curro, la verdad es que el día ha sido bastante tranquilito, no demasiado jaleo, más de media horita de escaqueo para ir a desayunar y acercarme a El Corte Inglés a franquear unos paquetitos (sí, en El Corte Inglés hay una oficina de correos, al menos en el de Sol, yo me he enterado hoy). Y a las tres de la tarde todas fuera que para algo es viernes y la semana se me ha hecho casi tan larga como el año que llevo sin echar… bueno, eso, ya me entendéis.
Al salir había quedado con uno de los chicos de mi editorial para hablar de temas de promoción. Veréis, por lo que yo sé, en el mundillo de las editoriales, los escritores conocidos se van a cenar a restaurantes de cuatro tenedores para debatir con los jefazos las cuestiones relativas a sus novelas. En la vida real, los autores como yo, a los que sólo nos conocen en nuestra casa a la hora de cenar (y a veces ni eso), nos vamos con el adjunto del mandamás de cañitas por Malasaña a contarle nuestras penas y tribulaciones ante la incertidumbre que nos supone sacar un nuevo libro que no sabemos qué acogida tendrá. Así que tras la jornada laboral he llenado mi estómago de cerveza y cuatro patatejas fritas (y, teniendo en cuenta la cantidad de agua que bebo al cabo del día y lo limpíiiiisimos que tengo los riñones, os podéis imaginar que el zumito de cebada a efectuado el recorrido vertical de mi boca a mi vejiga en un santiamén) y mi cabeza de más dudas de las que tenía antes.
Tras la charleta he dado comienzo al ritual que todo escritor (conocido o no) lleva a cabo cuando publica: visitar los puntos de venta y comprobar dónde y cómo han colocado a su criaturita. Os ahorraré los detalles farragosos de los lugares en los que sí estaba y en los que no. Sólo diré que, para variar, he acabado en la Fnac porque, además, puesto que mi ordenador está en plan rebelde y La Mula me dice que no piensa bajarme ni una sola canción hasta que no le pegue un buen repaso al puto ordenador, quería comprarme el nuevo disco de Pastora. Y es que, ya lo dice arcosinflechas, la Fnac es una secta camuflada de tienda para sacarnos los cuartos… Afortunadamente, hoy no he dado rienda a mi lado consumista. Iba a comprar un disco y SÓLO he comprado un disco. Todo un logro en mí en un momento en que mi cuenta corriente no sólo me lo permite sino que me anima a que saque la tarjeta de débito (de las otras no tengo… ¡por suerte!) a la más mínima ocasión.
Y con las mismas me he venido a casa, me he dado una duchita y me he sentado al ordenador mientras escuchaba el disco en cuestión. Y aunque tengo ganas de hablar de música (una de mis tres grandes pasiones, además del cine y la literatura), como que mejor lo dejo para otro ratito, que estoy un poco chof y, además, me esperan los capítulos de Hospital Central que grabé el otro día y que aún no he podido ver…
Antes de irme. Conversación chorra hoy en la oficina:
-La Pija: Tías, ¿habéis probado el algodón mágico de Don Limpio?
-Supermamá: No, tía, ¿qué es eso?
-La Pija: Es muy fuerte, tía, es una esponjita que lo borra todo sin frotar. Ayer me tiré toda la tarde limpiando y gasté dos paquetes…
-Supermamá: Jo, tía, qué fuerte
-La Pija: Sí, tía, tengo que ir al Carrefour a comprarme unos cuantos paquetes más…
Y yo miraba alternativamente a una y a otra mientras mi ceja izquierda, más conocida como Carlos Sobera, se alzaba hasta el infinito…
…de fondo (una y otra vez) Desolado de Pastora
Peligros de ser una compradora compulsiva
Dicen que el primer paso es reconocerlo aunque yo nunca he tenido problemas en admitir que un billete en mi bolsillo y algún producto audiovisual, literario, cultural, textil o de ocio son como dos imanes que no tienen más remedio que atraerse entre sí. Lo malo es que siempre uno de los polos (generalmente el billete) acaba bastante lejos de mí. Aunque, eso sí, a cambio me llevo a casa algo que utilizaré/veré/escucharé/me pondré una sola vez para luego no volver a acordarme ni que lo tengo.
Hoy me he regalado la tarde libre. Ni gimnasio ni cañitas con nadie ni na’ de na’. Cuando he bajado a mi chuchín me he dado cuenta de que no tenía un pavo ni para comprar tabaco por lo que he decidido acercarme al cajero a que me escupiera un par de billetitos. Tengo dos cajeros de mi banco muy cerca de casa a, más o menos, la misma distancia. Uno está en una calle repleta de comercios o sea que es peligroso. El otro sólo tiene un bar al lado (sería peligroso en otra situación pero no hoy). He optado por el primero y allá que me he ido con mi chuchín trotando alegremente un metro por delante de mí. Al volver me he detenido frente al video-club. Sin pensármelo demasiado me he metido dentro a ver si pillaba un par de pelis, no porque tenga pensado vérmelas esta noche (últimamente no estoy de humor para pasarme dos horas delante de una pantalla excepto la del ordenador por motivos… ¡ejem! laborales ) pero desde que tengo grabadora me dedico a copiarme las películas para que cuando me dé el venazo cinematográfico pueda elegir y no preocuparme por devolverlas.
El caso es que ya estaba en caja para pagar y mientras la tía del video-club estaba buscando las pelis me he puesto a mirar los deuvedeses que tenían a la venta en una vitrina. Y enseguida he notado cómo el billete me comenzaba a quemar en las manos cuando mi mirada se ha posado en El club de la lucha a menos de 9 euretes. Y es que llevo años quedándome “a punto” de comprar esa peli por ese precio (e incluso inferior). Pero en esas ocasiones me ha dominado una rara cordura (probablemente provocada porque ya llevase en las manos varios productos más que, por supuesto, también necesitaba imperiosamente) y nunca la he llegado a comprar. Y esta tarde mis labios estaban a punto de pronunciar: “Oye, perdona, me sacas ésa que me la llevo” cuando me he fijado en la película que estaba junto a ella. Las palabras se me han atragantado, he pagado las que había alquilado y he salido del video-club maldiciendo mi impulsividad… ¿Que por qué?
Hará como un mes que me leí la ultimisima, definitivisima y nosequemisima biografía de Jim Morrison, uno de mis muchos ídolos de adolescencia. El problema que tienen los ídolos de adolescencia es que, cuando los redescubres siendo un poquito menos adolescente, se te desploman del pedestal haciendo más ruido que un elefante africano paseando por la sección de menaje de El Corte Inglés. Pese a ello, como una todavía tiene sus reminiscencias de aplicada estudiante que amplia sus lecturas con otro tipo de obras que tengan que ver, me dije que tenía que hacerme con la peli que Oliver Stone hizo sobre The Doors allá por el final del segundo milenio. Recordaba haberla visto años atrás en uno de los eventos paralelos del Festival de Benicàssim pero como que mi memoria ya no anda tan despierta como en la adolescencia así que un día que estaba por el centro, ni corta ni perezosa, me metí en la Fnac (mi segundo hogar) y me dispuse a buscar la peli de marras. Por supuesto, la encontré. Pero a un precio muy superior al que yo consideraba justo en una peli que ni fue un bombazo ni es un clásico ni es reciente. No obstante, ya la tenía en la mano y no era cuestión de volver a alargar el brazo para dejarla de nuevo en su estante a merced de un destino siniestro y oscuro. La compré, me fui a casa y me la vi cervecita y canutito en mano (había que ambientarse, oyes) y luego la volví a meter en su cajita y le hice un hueco en la estantería de los deuvedeses. Y a otra cosa mariposa.
Pues sí, lo habéis adivinado. La peli que estaba junto a la de El club de la lucha era la de The Doors. Y, por supuesto, a un precio infinitamente inferior al que yo apoquiné por ella en la Fnac. Y lo que podría tratarse de un hecho aislado, me hace reflexionar acerca de mi consumismo y mi caprichismo de aquí y ahora. Y es que tengo una mala follá a la hora de comprar las cosas que ni os cuento.
Yo paso por una tienda, da igual de lo que sea, o me tengo que comprar algo por necesidad o porque se me mete entre ceja y ceja y me encuentro con lo que yo creo que es un chollo. Y, de hecho, lo es. Pero tan sólo durante los escasos minutos que empleo en comprármelo. Porque la puta Ley de Murphy hará que en cuanto salga de la tienda con mi flamante compra y doble la primera esquina me encuentre con el mismo objeto a un precio mucho inferior. Y mira que a veces hago eso del anuncio de “busque, compare y si encuentra algo mejor, comprelo” pero ni por esas, oye, que no hay tu tía.
Hace un par de años, cuando me compré el otro ordenador, a la semana costaba unos 70 euros menos. Hace unos meses, cuando me iba a comprar este que ahora me desespera, me fijé en que bajaba 10 euros por semana. Esperé y esperé hasta que no pude seguir esperando. Y me lo compré. ¿Resultado? A la semana vi el nuevo catalogo y me dieron ganas de metérselo por la disquetera a mi nuevo, caro y, en breve, desfasado ordenador. Y lo mismo podría decir del reproductor de mp3, del dvd, del microondas y del modernísimo teléfono inalámbrico con estación meteorológica que a las dos semanas estuve a punto de tirar por la ventana cuando JM me dijo que se había comprado uno mejor por ¡veinte euros! cuando el mío me había costado casi el triple.
Que sí, que sí, que ya lo sé, que no tengo remedio…
POST DATA
PERSONAJES SECUNDARIOS segundaparte
Algunos más que se me quedaron en el tintero el otro día. Aunque de seguro que volveré a meter secuelas…
-Lop: Brujito profesional. Ex compañero de piso (por dos veces) de la protagonista y, pese a ello, aún amigo. Místico y esotérico, se gana la vida echando las cartas y haciendo embrujos para amarrar a tu lado al amor de tu vida. Tiene la mala suerte de encontrarse a menudo con el Comando de Bolleras Desalmadas y habla con ellas con el único objetivo de recabar información para ponerme al día, aunque os juro que yo no se lo he pedido. Si nos vamos de farra los dos juntos nunca sabemos ni lo que va a pasar ni dónde vamos a acabar. Nuestro mayor logro fue salir todo los fines de semana de un mes con un presupuesto medio por noche de quince euros ¡entre los dos! y acabar borrachos como cubas a las siete de la mañana. No me preguntéis cómo. Yo aún estoy buscando explicaciones…
-El Chucho Infernal: Adorable y alocada mascota de la protagonista. Me lo regaló hará unos cinco años una miembra del Comando de Bolleras Desalmadas cuando ella y yo éramos uña y carne. Es gamberro, saltarín y capaz de poner más caras que Carlos Latre. Gracias a él he hecho mío ese dicho de “cuanto más conozco a las mujeres más quiero a mi perro”. Aunque viendo como se siguen comportando las mujeres y que la zoofilia aún no entra en mis planes, me estoy planteando muy seriamente hacer una pequeña inversión en unas bolas chinas, que hay cosas que el animalito no puede darme…
-La madre de la prota: Pues eso, que madre no hay más que una… ¡gracias a dios! Vive fuera de Madrid pero cuando se deja caer por la capital le falta tiempo para venirse de juerga conmigo y mis amigos a Chueca. Movistar se forra con nosotras y nuestras conversaciones de tres horas. Y Correos va por el mismo camino gracias a los paquetes que me manda de vez en cuando con ropa que cree que me puede gustar. Entre los pliegues a veces incluye otros regalitos que yo suelo quemar y mezclar con mi tabaco y que siempre me ponen de muuuuy buen humor.
-Rys: Todas hemos tenido una novia hetero, ¿no? Pues esta es la mía. La primera para ser exacta. Como nos conocemos desde la adolescencia nuestro relación acabó derivando en una bonita amistad. Todas tenemos una ex novia que se ha convertido en nuestra mejor amiga, ¿no? Pues esta es la mía.
…de fondo Loca de Belén Arjona
Hoy me he regalado la tarde libre. Ni gimnasio ni cañitas con nadie ni na’ de na’. Cuando he bajado a mi chuchín me he dado cuenta de que no tenía un pavo ni para comprar tabaco por lo que he decidido acercarme al cajero a que me escupiera un par de billetitos. Tengo dos cajeros de mi banco muy cerca de casa a, más o menos, la misma distancia. Uno está en una calle repleta de comercios o sea que es peligroso. El otro sólo tiene un bar al lado (sería peligroso en otra situación pero no hoy). He optado por el primero y allá que me he ido con mi chuchín trotando alegremente un metro por delante de mí. Al volver me he detenido frente al video-club. Sin pensármelo demasiado me he metido dentro a ver si pillaba un par de pelis, no porque tenga pensado vérmelas esta noche (últimamente no estoy de humor para pasarme dos horas delante de una pantalla excepto la del ordenador por motivos… ¡ejem! laborales ) pero desde que tengo grabadora me dedico a copiarme las películas para que cuando me dé el venazo cinematográfico pueda elegir y no preocuparme por devolverlas.
El caso es que ya estaba en caja para pagar y mientras la tía del video-club estaba buscando las pelis me he puesto a mirar los deuvedeses que tenían a la venta en una vitrina. Y enseguida he notado cómo el billete me comenzaba a quemar en las manos cuando mi mirada se ha posado en El club de la lucha a menos de 9 euretes. Y es que llevo años quedándome “a punto” de comprar esa peli por ese precio (e incluso inferior). Pero en esas ocasiones me ha dominado una rara cordura (probablemente provocada porque ya llevase en las manos varios productos más que, por supuesto, también necesitaba imperiosamente) y nunca la he llegado a comprar. Y esta tarde mis labios estaban a punto de pronunciar: “Oye, perdona, me sacas ésa que me la llevo” cuando me he fijado en la película que estaba junto a ella. Las palabras se me han atragantado, he pagado las que había alquilado y he salido del video-club maldiciendo mi impulsividad… ¿Que por qué?
Hará como un mes que me leí la ultimisima, definitivisima y nosequemisima biografía de Jim Morrison, uno de mis muchos ídolos de adolescencia. El problema que tienen los ídolos de adolescencia es que, cuando los redescubres siendo un poquito menos adolescente, se te desploman del pedestal haciendo más ruido que un elefante africano paseando por la sección de menaje de El Corte Inglés. Pese a ello, como una todavía tiene sus reminiscencias de aplicada estudiante que amplia sus lecturas con otro tipo de obras que tengan que ver, me dije que tenía que hacerme con la peli que Oliver Stone hizo sobre The Doors allá por el final del segundo milenio. Recordaba haberla visto años atrás en uno de los eventos paralelos del Festival de Benicàssim pero como que mi memoria ya no anda tan despierta como en la adolescencia así que un día que estaba por el centro, ni corta ni perezosa, me metí en la Fnac (mi segundo hogar) y me dispuse a buscar la peli de marras. Por supuesto, la encontré. Pero a un precio muy superior al que yo consideraba justo en una peli que ni fue un bombazo ni es un clásico ni es reciente. No obstante, ya la tenía en la mano y no era cuestión de volver a alargar el brazo para dejarla de nuevo en su estante a merced de un destino siniestro y oscuro. La compré, me fui a casa y me la vi cervecita y canutito en mano (había que ambientarse, oyes) y luego la volví a meter en su cajita y le hice un hueco en la estantería de los deuvedeses. Y a otra cosa mariposa.
Pues sí, lo habéis adivinado. La peli que estaba junto a la de El club de la lucha era la de The Doors. Y, por supuesto, a un precio infinitamente inferior al que yo apoquiné por ella en la Fnac. Y lo que podría tratarse de un hecho aislado, me hace reflexionar acerca de mi consumismo y mi caprichismo de aquí y ahora. Y es que tengo una mala follá a la hora de comprar las cosas que ni os cuento.
Yo paso por una tienda, da igual de lo que sea, o me tengo que comprar algo por necesidad o porque se me mete entre ceja y ceja y me encuentro con lo que yo creo que es un chollo. Y, de hecho, lo es. Pero tan sólo durante los escasos minutos que empleo en comprármelo. Porque la puta Ley de Murphy hará que en cuanto salga de la tienda con mi flamante compra y doble la primera esquina me encuentre con el mismo objeto a un precio mucho inferior. Y mira que a veces hago eso del anuncio de “busque, compare y si encuentra algo mejor, comprelo” pero ni por esas, oye, que no hay tu tía.
Hace un par de años, cuando me compré el otro ordenador, a la semana costaba unos 70 euros menos. Hace unos meses, cuando me iba a comprar este que ahora me desespera, me fijé en que bajaba 10 euros por semana. Esperé y esperé hasta que no pude seguir esperando. Y me lo compré. ¿Resultado? A la semana vi el nuevo catalogo y me dieron ganas de metérselo por la disquetera a mi nuevo, caro y, en breve, desfasado ordenador. Y lo mismo podría decir del reproductor de mp3, del dvd, del microondas y del modernísimo teléfono inalámbrico con estación meteorológica que a las dos semanas estuve a punto de tirar por la ventana cuando JM me dijo que se había comprado uno mejor por ¡veinte euros! cuando el mío me había costado casi el triple.
Que sí, que sí, que ya lo sé, que no tengo remedio…
POST DATA
PERSONAJES SECUNDARIOS segundaparte
Algunos más que se me quedaron en el tintero el otro día. Aunque de seguro que volveré a meter secuelas…
-Lop: Brujito profesional. Ex compañero de piso (por dos veces) de la protagonista y, pese a ello, aún amigo. Místico y esotérico, se gana la vida echando las cartas y haciendo embrujos para amarrar a tu lado al amor de tu vida. Tiene la mala suerte de encontrarse a menudo con el Comando de Bolleras Desalmadas y habla con ellas con el único objetivo de recabar información para ponerme al día, aunque os juro que yo no se lo he pedido. Si nos vamos de farra los dos juntos nunca sabemos ni lo que va a pasar ni dónde vamos a acabar. Nuestro mayor logro fue salir todo los fines de semana de un mes con un presupuesto medio por noche de quince euros ¡entre los dos! y acabar borrachos como cubas a las siete de la mañana. No me preguntéis cómo. Yo aún estoy buscando explicaciones…
-El Chucho Infernal: Adorable y alocada mascota de la protagonista. Me lo regaló hará unos cinco años una miembra del Comando de Bolleras Desalmadas cuando ella y yo éramos uña y carne. Es gamberro, saltarín y capaz de poner más caras que Carlos Latre. Gracias a él he hecho mío ese dicho de “cuanto más conozco a las mujeres más quiero a mi perro”. Aunque viendo como se siguen comportando las mujeres y que la zoofilia aún no entra en mis planes, me estoy planteando muy seriamente hacer una pequeña inversión en unas bolas chinas, que hay cosas que el animalito no puede darme…
-La madre de la prota: Pues eso, que madre no hay más que una… ¡gracias a dios! Vive fuera de Madrid pero cuando se deja caer por la capital le falta tiempo para venirse de juerga conmigo y mis amigos a Chueca. Movistar se forra con nosotras y nuestras conversaciones de tres horas. Y Correos va por el mismo camino gracias a los paquetes que me manda de vez en cuando con ropa que cree que me puede gustar. Entre los pliegues a veces incluye otros regalitos que yo suelo quemar y mezclar con mi tabaco y que siempre me ponen de muuuuy buen humor.
-Rys: Todas hemos tenido una novia hetero, ¿no? Pues esta es la mía. La primera para ser exacta. Como nos conocemos desde la adolescencia nuestro relación acabó derivando en una bonita amistad. Todas tenemos una ex novia que se ha convertido en nuestra mejor amiga, ¿no? Pues esta es la mía.
…de fondo Loca de Belén Arjona
El Potentado
Hoy el día se me ha hecho eterno. El caso es que yo tengo un horario de puta madre: jornada intensiva de ocho a cuatro y, además, en pleno centro de Madrid. El problema es que durante todo este mes y parte del siguiente tengo que quedarme hasta las seis para recuperar horas y evitar que mi sueldo se vea menguado cruelmente (sí, trabajo con una Empresa Traficante de Trabajadores). Suelo salir a darme un voltio a media mañana, sobre las once y pico, me tomo un cafetito, curioseo por las tiendas de discos de segunda mano y vuelvo a la oficina con las pilas un poquito más cargadas para acabar de afrontar la jornada. Pero hoy, gracias a esa puta manía de las oficinas bancarias de no permitir pagos de facturas después de las diez o diez y media, he tenido que salir antes. Así que a las nueve y poco estaba soltando billetes en una oficina de La Caixa y después tomándome un café que no ha conseguido despertarme ni de lejos…
Al volver a la oficina me encuentro sobre mi mesa un paquetito con toda la pinta de ser un regalo. Me hago la sueca y me siento, entonces La Jefa me dice: “Tienes un regalito…”. Y entonces veo que en la oficina está también El Potentado. Y que en el resto de las mesas también hay envoltorios parecidos al que hay sobre la mía.
El Potentado es un hombre que hace trabajos externos para nuestra empresa y unas cuantas más. Suele venir a la oficina martes y jueves, recoge las órdenes, se tira un rato de charleta y se va para seguir su ruta. Gracias a esas charletas hemos descubierto que el tío maneja… vamos, que está forrado, el cabrón. Uno de los días que más flipamos fue cuando nos dijo que no le gustaba usar tarjetas y que siempre llevaba dinero en efectivo. Para ser más exacta, ¡entre dos y tres mil euros! Y no porque tenga que pagar nada sino porque no le gusta ir por la calle sin dinero… Y yo que me considero afortunada en esas raras ocasiones en las que llevo encima un discretito billete de cincuenta euros que tardará poco en desaparecer de mis manos a merced de cualquier compra compulsiva de esas a las que soy tan aficionada…
Y no, no se estaba tirando el moco. Se sacó la cartera y nos lo demostró. Y sí, os puedo decir que los billetes de 500 existen. Yo los vi. Y su cartera estaba repletita de ellos. Momentos como ése son los que te hacen dudar de si de verdad será tan beneficioso mantenerte en el lado bueno de la ley… ¡Un par de tíos como ése y ya te has solucionado la vida unos cuantos meses…!
Bueno, el caso es que El Potentado había estado de vacaciones, se había acordado de nosotras y nos había traído un detallito. ¿Que qué era? Pues unos bonitos colgantitos de plata de ley que han hecho las delicias de mis compañeras. Y de mí también, para qué negarlo, aunque sea tan poco amiga de abalorios que por no llevar no llevo ni reloj.
He sido una chica buena, me he puesto el colgantito, le he dado las gracias y dos besos y he dejado que la cosa quedara ahí.
Y es que, la verdad, El Potentado, junto con El Puto Almacenero, son dos de los personajillos de mi curro que más me han sacado de quicio por sus comentarios homófobos. Hace unos meses, cuando se desató la polémica al aprobarse el matrimonio homosexual, surgieron varios debatillos en la oficina. Uno de ellos lo zanjó El Potentado con: “Yo, si veo a dos tíos besarse me da como mucho asco. Pero dos chicas… es distinto… me parece más bonito…”
Para entendernos, que se la pone dura.
Ahora la pregunta es: ¿Me habría hecho un regalo distinto (una caja de herramientas, un soldador, un kit de bricolaje…) si hubiera sabido que yo puedo ser una de las dos protagonistas de esa bonita escena que se imagina en su cabeza? Se admiten apuestas.
…de fondo Serious de Gwen Stefani
Al volver a la oficina me encuentro sobre mi mesa un paquetito con toda la pinta de ser un regalo. Me hago la sueca y me siento, entonces La Jefa me dice: “Tienes un regalito…”. Y entonces veo que en la oficina está también El Potentado. Y que en el resto de las mesas también hay envoltorios parecidos al que hay sobre la mía.
El Potentado es un hombre que hace trabajos externos para nuestra empresa y unas cuantas más. Suele venir a la oficina martes y jueves, recoge las órdenes, se tira un rato de charleta y se va para seguir su ruta. Gracias a esas charletas hemos descubierto que el tío maneja… vamos, que está forrado, el cabrón. Uno de los días que más flipamos fue cuando nos dijo que no le gustaba usar tarjetas y que siempre llevaba dinero en efectivo. Para ser más exacta, ¡entre dos y tres mil euros! Y no porque tenga que pagar nada sino porque no le gusta ir por la calle sin dinero… Y yo que me considero afortunada en esas raras ocasiones en las que llevo encima un discretito billete de cincuenta euros que tardará poco en desaparecer de mis manos a merced de cualquier compra compulsiva de esas a las que soy tan aficionada…
Y no, no se estaba tirando el moco. Se sacó la cartera y nos lo demostró. Y sí, os puedo decir que los billetes de 500 existen. Yo los vi. Y su cartera estaba repletita de ellos. Momentos como ése son los que te hacen dudar de si de verdad será tan beneficioso mantenerte en el lado bueno de la ley… ¡Un par de tíos como ése y ya te has solucionado la vida unos cuantos meses…!
Bueno, el caso es que El Potentado había estado de vacaciones, se había acordado de nosotras y nos había traído un detallito. ¿Que qué era? Pues unos bonitos colgantitos de plata de ley que han hecho las delicias de mis compañeras. Y de mí también, para qué negarlo, aunque sea tan poco amiga de abalorios que por no llevar no llevo ni reloj.
He sido una chica buena, me he puesto el colgantito, le he dado las gracias y dos besos y he dejado que la cosa quedara ahí.
Y es que, la verdad, El Potentado, junto con El Puto Almacenero, son dos de los personajillos de mi curro que más me han sacado de quicio por sus comentarios homófobos. Hace unos meses, cuando se desató la polémica al aprobarse el matrimonio homosexual, surgieron varios debatillos en la oficina. Uno de ellos lo zanjó El Potentado con: “Yo, si veo a dos tíos besarse me da como mucho asco. Pero dos chicas… es distinto… me parece más bonito…”
Para entendernos, que se la pone dura.
Ahora la pregunta es: ¿Me habría hecho un regalo distinto (una caja de herramientas, un soldador, un kit de bricolaje…) si hubiera sabido que yo puedo ser una de las dos protagonistas de esa bonita escena que se imagina en su cabeza? Se admiten apuestas.
…de fondo Serious de Gwen Stefani
Creo que tengo dislexia...
Hoy he empezado el día como Hugh Grant en Cuatro bodas y un funeral… diciendo ¡joder! ¡joder! ¡joder! antes siquiera de poner el pie en el suelo. Y no he parado hasta que he llegado a la oficina.
Sí, el despertador sí ha sonado… pero no a la hora en la que tenía que hacerlo. Yo entro a trabajar a las ocho y, por tanto, me suelo levantar a las siete menos cuarto. Teniendo en cuenta que no tardo en llegar a la oficina más de veinte minutos eso me deja casi una hora para lavarme, vestirme, desayunar y bajar a mi perro a que eche las primeras meaditas… Todos los días pongo dos despertadores, el de la mesilla es el típico radio-reloj que activas la alarma una vez y te olvidas de ella hasta que la desactivas (no pocos han sido los fines de semana que se me ha olvidado desconectarlo y, cuando he llegado a casa tras una noche de farra, me he encontrado con el reloj sonando como un desesperado y alguno de mis compañeros de piso aún más desesperado por no haber podido entrar a mi cuarto –cerrado con llave, ya sabréis por qué- a pararlo). Ese suena a las seis, es el primer aviso, el anuncio de que me queda poco tiempo para disfrutar de la apasionada e intermitente relación que me une a mi cama. El otro, el definitivo, es la alarma del móvil, que siempre pongo en el punto más alejado de mi habitación para obligarme a levantarme de la cama y pararlo pero ese… ¡ay, amiguit@s! ese hay que acordarse de activarlo todas las noches. Y sí, anoche lo activé. Pensé: “¿A qué hora lo pongo? Pues a las siete menos cuarto, claroooo. Y mi cabecita dislexica convirtió esa sencilla hora en números: 7:45. Claro, lógico, ¿no?
El lunes la Red de Metro de Madrid se puso en mi contra parando el convoy justo en mi estación. Llegué tarde. El martes me dormí de verdad. Llegué aún más tarde. Y hoy, cuando por nada del mundo podía permitirme el lujo de llegar ni un minuto más allá de las ocho en punto (están en juego unos días libres el mes que viene para irme a Barcelona) de nuevo llego tarde.
Para colmo El Jefe, que nunca baja de su atalaya hasta pasadas las nueve, más o menos, estaba justo al lado de mi puesto cuando yo entraba por la puerta. Me ha mirado por encima de las gafas mientras su índice acusador señalaba su reloj de pulsera. “¡Señorita…!” me ha dicho mientras yo aún seguía echando el bofe por la boca, sorteaba a los mil y un fontanerillos que rodeaban mi mesa, soltaba el bolso, la chaqueta y encendía mi ordenador, todo ello en un solo movimiento.
En fin, esperaré un par de días antes de decirle al Jefe que el mes que viene necesito unos días…
A media mañana, El Orondo Señor del Almacén ha entrado en la oficina preguntándonos si teníamos unas pinzas de depilar. Bueno, preguntándonos no, preguntándoles a mis compañeras si tenían las susodichas pinzas. Resulta que se había clavado una astilla en el dedo y quería intentar sacársela aunque, por supuesto, lo insólito de su petición lo adornaba con gestos amanerados diciendo que se iba a hacer las cejas porque se había cambiado de acera. Al tiempo, mi propia ceja izquierda se iba alzando más y más cual versión femenina de Carlos Sobera viendo como El Puto Almacenero (otro de sus sobrenombres) le iba preguntando una por una a todas mis compañeras sin que ninguna le diera una respuesta afirmativa. Ni siquiera como último recurso se le ha ocurrido preguntármelo a mí que, curiosamente, era la única que poseía tan preciado utensilio. Justo cuando se volvía para el taller y yo estaba a punto de apiadarme de su dedo en vías de infección sacando de mi bolso el artilugio en cuestión he recordado que sí, que yo llevo unas pinzas en el bolso pero que estaban en otro bolso. Y es que mis compañeras no son las únicas a las que les gusta conjuntar bolso y calzado, ¡faltaría plus!
A última hora el tema de conversación ha vuelto a derivar a las dietas y a los pesos ideales según tu estatura.
_¿Y tú cuánto mides?_me pregunta Supermamá.
_Uno sesenta y ocho.
_¡Imposible! Si yo mido uno sesenta y seis_replica indignada Supermamá.
Nos levantamos y nos ponemos una junto a la otra mirándonos en el espejo. Mi hombro sobrepasa unos dos centímetros el suyo y mi cabeza se alza un poco por encima de la suya… Supermamá se encoge de hombros.
_No sé, a lo mejor como estás tan así_hace el típico gesto de culturismo para ensanchar la espalda_pues te veo más bajita…
Y acto seguido se larga al baño.
Cariño, hasta hace unos meses tú también estabas tan así. Y deberías tener cuidado porque las posibilidades de recuperar tu figura después del primer hijo son las mismas que de que te toque la lotería… Así que vigila esa lorcilla rebelde que se resiste a desaparecer porque lo más probable es que se reproduzca en lugares de los que ni siquiera conocías su existencia. ¡Avisada quedas!
...de fondo Tout le monde de Carla Bruni
Sí, el despertador sí ha sonado… pero no a la hora en la que tenía que hacerlo. Yo entro a trabajar a las ocho y, por tanto, me suelo levantar a las siete menos cuarto. Teniendo en cuenta que no tardo en llegar a la oficina más de veinte minutos eso me deja casi una hora para lavarme, vestirme, desayunar y bajar a mi perro a que eche las primeras meaditas… Todos los días pongo dos despertadores, el de la mesilla es el típico radio-reloj que activas la alarma una vez y te olvidas de ella hasta que la desactivas (no pocos han sido los fines de semana que se me ha olvidado desconectarlo y, cuando he llegado a casa tras una noche de farra, me he encontrado con el reloj sonando como un desesperado y alguno de mis compañeros de piso aún más desesperado por no haber podido entrar a mi cuarto –cerrado con llave, ya sabréis por qué- a pararlo). Ese suena a las seis, es el primer aviso, el anuncio de que me queda poco tiempo para disfrutar de la apasionada e intermitente relación que me une a mi cama. El otro, el definitivo, es la alarma del móvil, que siempre pongo en el punto más alejado de mi habitación para obligarme a levantarme de la cama y pararlo pero ese… ¡ay, amiguit@s! ese hay que acordarse de activarlo todas las noches. Y sí, anoche lo activé. Pensé: “¿A qué hora lo pongo? Pues a las siete menos cuarto, claroooo. Y mi cabecita dislexica convirtió esa sencilla hora en números: 7:45. Claro, lógico, ¿no?
El lunes la Red de Metro de Madrid se puso en mi contra parando el convoy justo en mi estación. Llegué tarde. El martes me dormí de verdad. Llegué aún más tarde. Y hoy, cuando por nada del mundo podía permitirme el lujo de llegar ni un minuto más allá de las ocho en punto (están en juego unos días libres el mes que viene para irme a Barcelona) de nuevo llego tarde.
Para colmo El Jefe, que nunca baja de su atalaya hasta pasadas las nueve, más o menos, estaba justo al lado de mi puesto cuando yo entraba por la puerta. Me ha mirado por encima de las gafas mientras su índice acusador señalaba su reloj de pulsera. “¡Señorita…!” me ha dicho mientras yo aún seguía echando el bofe por la boca, sorteaba a los mil y un fontanerillos que rodeaban mi mesa, soltaba el bolso, la chaqueta y encendía mi ordenador, todo ello en un solo movimiento.
En fin, esperaré un par de días antes de decirle al Jefe que el mes que viene necesito unos días…
A media mañana, El Orondo Señor del Almacén ha entrado en la oficina preguntándonos si teníamos unas pinzas de depilar. Bueno, preguntándonos no, preguntándoles a mis compañeras si tenían las susodichas pinzas. Resulta que se había clavado una astilla en el dedo y quería intentar sacársela aunque, por supuesto, lo insólito de su petición lo adornaba con gestos amanerados diciendo que se iba a hacer las cejas porque se había cambiado de acera. Al tiempo, mi propia ceja izquierda se iba alzando más y más cual versión femenina de Carlos Sobera viendo como El Puto Almacenero (otro de sus sobrenombres) le iba preguntando una por una a todas mis compañeras sin que ninguna le diera una respuesta afirmativa. Ni siquiera como último recurso se le ha ocurrido preguntármelo a mí que, curiosamente, era la única que poseía tan preciado utensilio. Justo cuando se volvía para el taller y yo estaba a punto de apiadarme de su dedo en vías de infección sacando de mi bolso el artilugio en cuestión he recordado que sí, que yo llevo unas pinzas en el bolso pero que estaban en otro bolso. Y es que mis compañeras no son las únicas a las que les gusta conjuntar bolso y calzado, ¡faltaría plus!
A última hora el tema de conversación ha vuelto a derivar a las dietas y a los pesos ideales según tu estatura.
_¿Y tú cuánto mides?_me pregunta Supermamá.
_Uno sesenta y ocho.
_¡Imposible! Si yo mido uno sesenta y seis_replica indignada Supermamá.
Nos levantamos y nos ponemos una junto a la otra mirándonos en el espejo. Mi hombro sobrepasa unos dos centímetros el suyo y mi cabeza se alza un poco por encima de la suya… Supermamá se encoge de hombros.
_No sé, a lo mejor como estás tan así_hace el típico gesto de culturismo para ensanchar la espalda_pues te veo más bajita…
Y acto seguido se larga al baño.
Cariño, hasta hace unos meses tú también estabas tan así. Y deberías tener cuidado porque las posibilidades de recuperar tu figura después del primer hijo son las mismas que de que te toque la lotería… Así que vigila esa lorcilla rebelde que se resiste a desaparecer porque lo más probable es que se reproduzca en lugares de los que ni siquiera conocías su existencia. ¡Avisada quedas!
...de fondo Tout le monde de Carla Bruni
Creciendo en público
¿Que de qué va esto…? Pues ni yo misma lo sé. Supongo que una parte de mí lo hace para desahogarse, otra para poder hablar de personas que no conocéis sin que ellas sepan quién soy ni que estoy escribiendo sobre ellas y otra parte de mí (mucho más pequeña, of course, ¿qué os habíais pensado?) porque le gusta llamar la atención.
Como soy un pelín dispersa, tan pronto me puedo descolgar con una anécdota que me haya pasado como ponerme a hablar de activismo y política gay, así que ¡avisados quedáis!
Lo mejor será que vaya presentando a algunos de los personajillos de los que, seguramente, hablaré. Veamos…
-Arrierita: Pues yo misma, claro, la prota de esta historia, que pa’ algo soy la que se lo va a currar… ¡Amos, hombre, faltaría plus!
-JM: El mejor amigo de la prota. Sí, yo también soy una de esas raras bolleras que tienen en un gay a su mejor amigo.
-El Sevillano: Marido de JM. Un cacho de pan de metro noventa y ojos azules que se apunta al más mínimo bombardeo.
-El de “Huerva”: Compañero de piso de la prota. Recién llegado a Madrid y recién llegado al ambiente… con todo lo que eso conlleva. Candor y picardía a partes iguales. El pobre aún se sorprende de las cosas que pasan por Chueca. Nada extraño si tenemos en cuenta que yo, pese a los años, sigo flipando.
-Rusfi el Impresentable: Y que conste que el mote se lo puso él mismo en su blog… Últimamente compañero de algunas parrandillas por ese barrio de lujuria y perdición que hay detrás de la Gran Vía.
PERSONAJES SECUNDARIOS
En el curro:
-El Jefe: Borde y con mala leche pero gracioso a su pesar. Trata a sus empleadas como si fuéramos sus hijas.
-La Jefa: Menos que el jefe (¿será porque ella es mujer y él un hombre…?) Cuarentona y medio solterona. Últimamente he percibido detalles de que quizá tenga algún amante del que no nos ha hablado.
-La Amargada: Treintañera cercana a los cuarenta. Vive sola, habla sola y creo que hace muchas cosas sola. De rictus depresivo y deprimente y comisuras curvadas hacia abajo con el cincel de los años transcurridos. Borde por naturaleza, curiosamente se convierte en algodón de azúcar con cualquier infante de menos de ocho años, babeando, sonriendo (¡Sí! ¡Sonriendo!) y balbuceando palabras en un extraño idioma que sólo ella y el infante parecen comprender. Ajooo y Guguuu son dos de las más habituales.
-Supermamá: Cumple los treinta este mes y, siendo sincera, a veces lleva un look que la hace parecer más bollera que yo. Tiene un marido de voz atiplada que se parece a Nick Stokes de C.S.I. Y un niño de año y medio que acapara el 90% de las palabras que surgen de sus labios a lo largo del día. El 10% restante lo reparte hablando de dietas, sus visitas al gimnasio para desembarazarse de la lorcilla que rodea su cintura y diciendo “ya me jodería” si le cuentas algo que te ha pasado.
-Ricitos: Veintiocho años. Otra que tampoco desentonaría bailando un sábado en el Escape. No habla mucho. En los ratos muertos en la oficina se ponía a jugar al Sudoku, en el que es una auténtica experta, hasta que nos contagió a todas. Un día la vi comprarse el Fotogramas y pensé que tal vez tuviera dos neuronas más que el resto. Otro día traía el ABC bajo el brazo y vi como esas dos neuronas convencían a las demás a salir despavoridas por la puerta de la oficina. Ella sigue comprando el ABC. De sus neuronas aún no se sabe nada.
-La Pija: No es que sea una pija propiamente dicha porque se crió en Vallecas pero es la típica tía que siempre esperas encontrar en una oficina. La moda es su razón de ser. Jamás la pillarás con el bolso y los zapatos mal conjuntados y cada vez que sale a desayunar viene con algún nuevo trapito. Estoy convencida de que ella y su novio tienen que dormir en el descansillo porque debe haber habilitado todo su piso como guardarropa. Obsesionada con las dietas y con perder unos kilos que le sobran (y que ninguna le encontramos por ninguna parte) a veces se viene conmigo a desayunar y peca comiéndose un pinchito de tortilla o un donut de chocolate. Tiene veinticinco años y desde los quince está con su primer y único novio.
-El Orondo Señor del Taller: O el Puto Almacenero como él mismo se define cuando le da por ponerse a desprotricar de todo y de todos. Su figura es como un balón de rugby (el diámetro de la parte central es extremadamente superior al de los extremos) y su cabeza como una bola de billar pero nunca le elegiría como compañero de juegos. Para él los gays no son hombres sino “varones”. No quise saber que eran para él las lesbianas pero desde que sabe que entiendo no me habla, ignora mi presencia y evita dirigirse a mí bajo cualquier pretexto aunque, la verdad, no es algo que me quite el sueño…
OTROS PERSONAJES QUE SEGURO APARECERÁN
-Las Bolleras Desalmadas: Nunca un apodo estuvo tan acertado. Bolleras porque lo son más que yo en mis épocas de abstinencia total y hormonas revolucionadas. Y desalmadas porque… bueno, supongo que os podréis hacer una idea. Fueron amigas mías en otra vida. En esta vida no las suelo ver pero a menudo me llegan rumores sobre sus andanzas porque cada vez que ven a algún conocido mío le preguntan por mi paradero. Entre ellas también se encuentra otro curioso personaje, el Marica Gilipollas, pero se trata de una entidad menor (aunque presuma de un atributo mayor al de la media).
-La Bollera Reprimida: Sí, en esta historia tampoco podía faltar la ex novia. Miembro de las Bolleras Desalmadas, su apodo, aunque falto de originalidad, es también bastante exacto. Reprimida, frustrada y cobarde atrapada en la casa de unos padres del Opus. Masoquista emocional, en sus parejas busca el maltrato psicológico por encima de esas típicas cosas que buscamos las demás (amor, cariño, comprensión, sexo y mimitos después del sexo). Y es que debe pensar que hay que ser original a toda costa.
De momento no se me ocurren más pero, tranquil@s, que en la historia habrá más personajes que en “Cien años de soledad”. Así que, sin más dilación, vamos a dar comienzo.
Y empiezo un martes 13, ¡hala! Pa’ que sea vea que no soy nada supersticiosa…
Como soy un pelín dispersa, tan pronto me puedo descolgar con una anécdota que me haya pasado como ponerme a hablar de activismo y política gay, así que ¡avisados quedáis!
Lo mejor será que vaya presentando a algunos de los personajillos de los que, seguramente, hablaré. Veamos…
-Arrierita: Pues yo misma, claro, la prota de esta historia, que pa’ algo soy la que se lo va a currar… ¡Amos, hombre, faltaría plus!
-JM: El mejor amigo de la prota. Sí, yo también soy una de esas raras bolleras que tienen en un gay a su mejor amigo.
-El Sevillano: Marido de JM. Un cacho de pan de metro noventa y ojos azules que se apunta al más mínimo bombardeo.
-El de “Huerva”: Compañero de piso de la prota. Recién llegado a Madrid y recién llegado al ambiente… con todo lo que eso conlleva. Candor y picardía a partes iguales. El pobre aún se sorprende de las cosas que pasan por Chueca. Nada extraño si tenemos en cuenta que yo, pese a los años, sigo flipando.
-Rusfi el Impresentable: Y que conste que el mote se lo puso él mismo en su blog… Últimamente compañero de algunas parrandillas por ese barrio de lujuria y perdición que hay detrás de la Gran Vía.
PERSONAJES SECUNDARIOS
En el curro:
-El Jefe: Borde y con mala leche pero gracioso a su pesar. Trata a sus empleadas como si fuéramos sus hijas.
-La Jefa: Menos que el jefe (¿será porque ella es mujer y él un hombre…?) Cuarentona y medio solterona. Últimamente he percibido detalles de que quizá tenga algún amante del que no nos ha hablado.
-La Amargada: Treintañera cercana a los cuarenta. Vive sola, habla sola y creo que hace muchas cosas sola. De rictus depresivo y deprimente y comisuras curvadas hacia abajo con el cincel de los años transcurridos. Borde por naturaleza, curiosamente se convierte en algodón de azúcar con cualquier infante de menos de ocho años, babeando, sonriendo (¡Sí! ¡Sonriendo!) y balbuceando palabras en un extraño idioma que sólo ella y el infante parecen comprender. Ajooo y Guguuu son dos de las más habituales.
-Supermamá: Cumple los treinta este mes y, siendo sincera, a veces lleva un look que la hace parecer más bollera que yo. Tiene un marido de voz atiplada que se parece a Nick Stokes de C.S.I. Y un niño de año y medio que acapara el 90% de las palabras que surgen de sus labios a lo largo del día. El 10% restante lo reparte hablando de dietas, sus visitas al gimnasio para desembarazarse de la lorcilla que rodea su cintura y diciendo “ya me jodería” si le cuentas algo que te ha pasado.
-Ricitos: Veintiocho años. Otra que tampoco desentonaría bailando un sábado en el Escape. No habla mucho. En los ratos muertos en la oficina se ponía a jugar al Sudoku, en el que es una auténtica experta, hasta que nos contagió a todas. Un día la vi comprarse el Fotogramas y pensé que tal vez tuviera dos neuronas más que el resto. Otro día traía el ABC bajo el brazo y vi como esas dos neuronas convencían a las demás a salir despavoridas por la puerta de la oficina. Ella sigue comprando el ABC. De sus neuronas aún no se sabe nada.
-La Pija: No es que sea una pija propiamente dicha porque se crió en Vallecas pero es la típica tía que siempre esperas encontrar en una oficina. La moda es su razón de ser. Jamás la pillarás con el bolso y los zapatos mal conjuntados y cada vez que sale a desayunar viene con algún nuevo trapito. Estoy convencida de que ella y su novio tienen que dormir en el descansillo porque debe haber habilitado todo su piso como guardarropa. Obsesionada con las dietas y con perder unos kilos que le sobran (y que ninguna le encontramos por ninguna parte) a veces se viene conmigo a desayunar y peca comiéndose un pinchito de tortilla o un donut de chocolate. Tiene veinticinco años y desde los quince está con su primer y único novio.
-El Orondo Señor del Taller: O el Puto Almacenero como él mismo se define cuando le da por ponerse a desprotricar de todo y de todos. Su figura es como un balón de rugby (el diámetro de la parte central es extremadamente superior al de los extremos) y su cabeza como una bola de billar pero nunca le elegiría como compañero de juegos. Para él los gays no son hombres sino “varones”. No quise saber que eran para él las lesbianas pero desde que sabe que entiendo no me habla, ignora mi presencia y evita dirigirse a mí bajo cualquier pretexto aunque, la verdad, no es algo que me quite el sueño…
OTROS PERSONAJES QUE SEGURO APARECERÁN
-Las Bolleras Desalmadas: Nunca un apodo estuvo tan acertado. Bolleras porque lo son más que yo en mis épocas de abstinencia total y hormonas revolucionadas. Y desalmadas porque… bueno, supongo que os podréis hacer una idea. Fueron amigas mías en otra vida. En esta vida no las suelo ver pero a menudo me llegan rumores sobre sus andanzas porque cada vez que ven a algún conocido mío le preguntan por mi paradero. Entre ellas también se encuentra otro curioso personaje, el Marica Gilipollas, pero se trata de una entidad menor (aunque presuma de un atributo mayor al de la media).
-La Bollera Reprimida: Sí, en esta historia tampoco podía faltar la ex novia. Miembro de las Bolleras Desalmadas, su apodo, aunque falto de originalidad, es también bastante exacto. Reprimida, frustrada y cobarde atrapada en la casa de unos padres del Opus. Masoquista emocional, en sus parejas busca el maltrato psicológico por encima de esas típicas cosas que buscamos las demás (amor, cariño, comprensión, sexo y mimitos después del sexo). Y es que debe pensar que hay que ser original a toda costa.
De momento no se me ocurren más pero, tranquil@s, que en la historia habrá más personajes que en “Cien años de soledad”. Así que, sin más dilación, vamos a dar comienzo.
Y empiezo un martes 13, ¡hala! Pa’ que sea vea que no soy nada supersticiosa…