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    Shopping
    Hoy después del curro, en vista de que mis vaqueros favoritos ya empiezan a rajarse, he decidido que era el momento de irme de compras.

    Para una compradora compulsiva como yo la idea de ponerme a mirar, toquetear, sobar y sopesar la verdadera necesidad del producto es algo que pone a mi tarjeta a temblar. Lo que pasa es que con el tema de la ropa soy un poco vaga. Salvo algunas excepciones de coquetería femenina que me pillan por sorpresa comprándome prendas por puro capricho, normalmente sólo suelo comprar ropa cuando la necesito imperiosamente. Pero una vez que me pongo, oye, que le cojo el tranquillo enseguida…

    El caso es que me he metido en El Corte Inglés aprovechando que lo tengo al lado del curro. Y no es que me guste especialmente ese lugar, de hecho a mi familia le produce urticaria solo pensar en poner el pie en la puerta. Pero en mi caso la genética no ha dominado mi indecisión a la hora de renovar mi armario y, ¿qué queréis?, es de lo más socorrido pese a que sigo siendo totalmente incapaz de orientarme una vez he entrado dentro y tardo más en encontrar la salida que en mirar, probarme y pagar lo que compro.

    El caso es que me he ido a la zona de una marca que es de lo más baratito que puedes encontrar allí y me he puesto a mirar. Tras unos intentos fallidos (los pantalones escogidos me quedaban pequeños lo cual no entiendo porque ahora mismo estoy usando pantalones de tres tallas distintas y estos se encontraban entre ellas) he vuelto a salir para buscar algo con lo que enfundarme mis celulíticas piernecitas. Y al cabo de un rato he vuelto a probadores con dos pantalones y una chaqueta de lo más chulo. Me los pongo y compruebo con gran satisfacción (y un poso de culpabilidad por ver la talla que eran) que me quedan bien. Vuelvo a vestirme y salgo con mi nueva ropita en brazos para abonarla como una buena chica. Nada más salir me cruzo con una de las pingüinas y con toda mi educación de colegio público le pregunto: “Disculpa, ¿me puedes cobrar?”. La susodicha pingüina se da la vuelta, contenta y salerosa, y al verme se le cambia la expresión de la cara. Me mira a mí, mira la ropa que acuno en mis brazos y me vuelve a mirar para decirme: “¡Ay! Es que lo de chicos te lo cobran allí” y me señala un punto inconcluso a mi derecha. Acto seguido se da la vuelta y se lanza al cuello de una nueva víctima.

    Mientras me voy acercando a la caja “correcta” donde una nueva pingüina procede a cobrarme con una expresión harto extraña en el rostro yo voy pensando para mis adentros: “¿Se habrá dado cuenta de que soy bollo? ¿Me ha llamado bollo subrepticiamente? Joder, si en Chueca no ligo porque se piensan que soy hetera…”

    ¿Y qué culpa tengo yo de que me guste la ropa de tío (yo más bien diría “ropa unisex”)? Es más, ¿qué culpa tengo yo de que la ropa que más mola suele ser la de los chicos? ¿Por qué todos los diseñadores se piensan que por ser tía vas a querer ir vestida como un pastelito de fresa (os juro que ese color y tooooodas sus variantes era lo que más predominaba en todas las secciones femeninas de tooooodas las marcas)? ¿Tengo que ir hecha una hortera con ropa que no me queda bien sólo porque ellos piensan que eso es lo que tengo que llevar porque soy mujer?

    En fins…

    Pero la tarde aún me deparaba más sorpresas. Salgo del Corte y aunque vuelvo a entrar en un par de tiendas más, no encuentro nada que me guste (más de lo mismo, estoy hasta los ovarios del rosa). Me meto en la Fnac, a comprobar por enésima vez (mentira, era la tercera) si mi libro está allí ya que me han asegurado que sí aunque no en la sección en la que yo esperaba encontrarlo…

    Y sí, efectivamente, mi libro está en la Fnac… ¡en la sección erótica! ¡En la sección erótica y –glups- romántica!

    Vamos a ver, ¿sólo por que un libro lo protagonicen gays y lesbianas tiene que ser literatura erótica? ¿qué coño tiene de erótico mi libro (aparte de la portada pero es que no pude hacer nada)?

    Vale, puede ser un honor compartir espacio con Almudena Grandes y sus “Las edades de Lulú” pero… ¡que me metan en el mismo saco que esas “grandes damas” del amor como Lindsay Davis o Danielle Steel me parece denigrante!

    Sólo espero que el día de la presentación los coloquen en el lugar en el que tienen que estar (con los libros corrientes y molientes) porque sé que a más de uno de los que irá le puede dar un patatús si se tiene que acercar por la citada sección a cogerlo…

    Chascarrillo laboral de hoy:

    -Ricitos: ¿Y a tu presentación van a ir famosos?
    Mi ceja izquierda comienza su ascenso…
    -Yo: ¿Qué tipo de famosos?
    -Ricitos: Pues famosos, actores y esas cosas…
    Mi ceja izquierda rozando ya el nacimiento del pelo…
    -Yo: Pues… no creo…
    -Ricitos (haciéndome dudar de si ha escuchado lo que he dicho): ¡Jo, qué guay! ¡Tenemos una compañera famosa!


    …de fondo Wake up exhausted de Tegan & Sara
    No