Crónicas pero que muy marcianas
Yo, periodista vocacional, autodidacta y algo frustrada, que he pisado la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense para ir a la cafetería y poco más (aunque sigo sin saber jugar al mus) no puedo evitar escribir el artículo sobre la inauguración del LesGaiCineMad que el público, la organización y cualquier redactorcillo consideraría correcto. Sería algo así (y quien quiera, que me corrija):
Algo tan normal como quererse
El jueves 3 de noviembre era noche de premios. En Barcelona, profesionales de la comunicación y el espectáculo recogían sus Ondas, en Lisboa se entregaban los MTV Awards al ritmo del último tema de la reina del pop y en Los Ángeles, Alejandro Sanz y Juanes acaparaban galardones una vez más en la ceremonia de los Grammy Latinos.
Madrid no podía ser menos en una fastuosa noche de oropeles y caras guapas. Con motivo de la inauguración del X Festival Internacional de Cine Gai y Lésbico se celebró en el auditorio de CCOO una gala que intentó competir con las que se celebraban a su vez en las otras ciudades.
Las caras conocidas las pusieron escritoras como Lucía Etxebarría, drags multimedia como Shangay Lily y políticos fuera del armario como Pedro Zerolo junto a su flamante marido, Jesús Santos. Pero las estrellas de la velada fueron los homenajeados en la misma, los destinatarios de unos premios que, desde hace unos años, concede el festival en dos categorías, televisión y cine, a las personas que más han aportado a la igualdad y normalización de la realidad gay y lésbica. Este año los galardones recaían en el director Pedro Almodovar, por la labor realizada a lo largo de su carrera, y en las actrices Patricia Vico y Fátima Baeza, por su interpretación de una pareja de mujeres en la serie Hospital Central desde la más absoluta normalidad.
El director manchego acudió acompañado de su hermano, Agustín Almodovar, mientras que una pletórica Fátima Baeza lo hacía de la mano de su novio, el también televisivo Guillermo Ortega. La ausencia de Patricia Vico, que se encontraba en Los Ángeles por motivos laborales, apenas se hizo notar cuando una nerviosa Baeza subió a recoger su premio y volvió a dedicarlo, como ya lo hiciera en la Mostra Lambda de Barcelona, a todas las personas que han luchado y siguen luchando por algo "tan normal como es quererse". Las numerosas fans venidas de distintos puntos del país se deshicieron en aplausos y flashes ante la naturalidad y simpatía de la actriz.

Uy, mira lo que me han dao...
Pero, sin lugar a dudas, el momento álgido de la noche sucedió cuando Pedro Almodovar subió al escenario y el auditorio al completo se puso en pie para ovacionarle. Cuando por fin pudo comenzar su improvisado discurso, el director, haciendo gala de una insólita timidez, dijo no estar seguro de merecer ese premio ya que él no había sentido nunca que estuviese luchando por nada sino que, simplemente, se había mostrado tal y como era.

¡Ay, señor, otro más...!
Una tarta con diez velas, una lluvia de globos de colores, la actuación de uno de los cinco únicos hombres soprano del mundo, los discursos de Javier López, secretario de CCOO, y Miguel Ángel Sánchez, presidente de Fundación Triángulo, entidad organizadora del festival, y el visionado de dos cortos amenizaron la gala que, ya sin Almodovar ni Baeza, finalizó con la proyección del mediometraje canadiense Floored by love, que fue el encargado de dar por inaugurado un festival que se prolongará hasta el próximo 13 de noviembre.
Pero, ¿sabéis qué pasa? Que a mí el periodismo correcto y de libro de estilo me aburre bastante. Yo, que soy más de realismo sucio y de periodismo gonzo, me toca las narices la corrección política, la censura y el raro concepto de la libertad de prensa que se tiene en el sector. Así que esto es lo que ocurrió realmente. Siempre desde mi punto de vista, claro está…
Crónica de un despropósito
Como me planté en el lugar del evento con bastante antelación ya que no lo conocía, lo primero que me decepcionó fue justamente eso, el lugar del evento. Su ubicación, aunque junto a una arteria principal de la ciudad, lo hacía parecer deslucido, por mucho foco y alfombra roja que hubieran puesto a la entrada. Según me iba acercando, iba escaneando al personal que ya se agolpaba en la puerta. Las fans de la Macarrona y su novia eran fácilmente identificables por su cara de decepción (porque La Vico no venía) y nerviosismo (porque la otra sí). O por estar enganchadas al móvil, hablando con quien quizá no había podido venir, y narrándoles todo lo que iba aconteciendo. O bien probando sus cámaras digitales para que no les fallaran en el momento menos oportuno.
Me quedé unos segundos frente a la puerta de entrada observando. Vi voluntarios, muchos voluntarios, tantos que sentí una especie de envidia retroactiva. No olvidemos que, hace no tanto tiempo, yo era la que estaba en su lugar organizándolo todo (y con bastantes menos medios humanos… Humanos y de cualquier tipo, dicho sea de paso…) y la visión de todo aquello me estaba trayendo los recuerdos a la memoria como si de confeti se tratara. Lo cual me llevó a plantearme por qué me pone tanto eso de merodear por lugares en los que sé que he sido calificada persona non grata (pero que non, non, non grata, a juzgar por las miradas esquivas que ciertos miembros de la élite organizativa me echaban cuando me veían despistada. En mi descargo diré que fueron ellos los que me desterraron tras cuatro largos años de regalarles mi tiempo como voluntaria y otro año y medio de vendérselo pero que muy barato como trabajadora, así que la más ofendida, en última instancia, debería ser yo…).
Me erguí y adopté actitud profesional dirigiéndome al primer chaval uniformado con la camiseta del festival que me crucé y preguntándole dónde podía recoger mi acreditación. El chaval en cuestión me indicó que entrara y bajara unas escaleras. Al hacerlo me encontré a uno de los chicos de la organización que aún me dirige la palabra y que, pese a haber oído de mi boquita de piñón que asistiría al festival, me saludó con grandes dosis de sorpresa e incredulidad. Justo antes de recoger la acreditación fui yo la que saludó a una vieja conocida para arrepentirme en el mismo momento. Su reacción me resultó falsa y su “¡por fin has publicado!” me sonó acompañado por unas notas de rencor en el timbre de su voz que no pareció esforzarse en ocultar.
Recogí mi pase y volví al exterior por dos razones. La primera era que ya había cumplido el objetivo de ser vista por varias personas de Fundación Triángulo y hacerles poner cara de preguntarse: “¿Y esta qué coño hace aquí?” y, francamente, de momento no me apetecía tener ningún cínico e hipócrita enfrentamiento verbal. La segunda era que tenía que esperar a mi compi de piso, El Chico de la Tele, que me iba a acompañar durante la gala.
Fumé unos cuantos cigarrillos, observé el poco famoseo que iba llegando (Luci Boom Boom, Zerolín, Shangay y para de contar, chaval, que el resto sólo son conocidillos del ambiente y los colectivos gays). Y al final, necesidades fisiológicas mandan, me metí en el bar de enfrente a aliviar mi vejiga y mi boca seca con una cerveza fresquia. Y volví frente a la entrada recordando viejos tiempos, tiempos más humildes, cierto, pero también mucho más auténticos.
El Chico de la Tele llegó pocos minutos después de la hora que me había prometido. Se colgó su acreditación y entramos en la zona de, digamos, espera, donde se apiñaba la gente y dónde buscábamos, infructuosamente, caras conocidas (me refiero a conocidas e verdad, no a que yo me encontrase con la plana mayor de la Fundación Triángulo, que a esos ya me los esperaba). Y como la gente va donde va Vicente, en cuanto vimos que algunas personas se encaminaban rampa abajo a lo que parecía ser el salón de actos, allá que nos fuimos los dos.

Mucha ambientación pero de famoseo na' de na'...
Ya dentro, ni cortos ni perezosos, nos sentamos en primera fila, aprovechando la coyuntura de que eran justamente esos los asientos reservados para la prensa. La sala se iba llenando, la gente rompía a aplaudir cada pocos minutos sin motivo aparente, haciéndonos a los demás buscar infructuosamente el motivo de tales aplausos. Así pasó, que la gente aplaudía cada dos por tres y en una de esas ocasiones, no me di cuenta de que ya iba en serio hasta que tuve a Fátima Baeza, acompañada por su novio, a dos palmos de mí.
Al principio los sentaron detrás de nosotros, luego les hicieron correrse un par de asientos y a nosotros nos colocaron junto a ellos para, finalmente, colocarlos en primera fila (juro que me dieron ganas de cogerle la acreditación al que, presuntamente, organizaba el cotarro y darle un par de consejillos. Señor mío, a un invitado que tiene que subir al escenario en pocos minutos se le coloca SIEMPRE en primera fila o junto al pasillo, que vamos, que esto no son los Oscar y no hay más famosos que asientos…).

¡Pero qué ilu de verte, mari...!
Como era lógico, la gente que estaba alrededor de la Baeza y que debía conocerla de algo más que de verla todas las semanas por la tele, no tardaron en hacer la pregunta que toooda la sala (o, al menos, toooda la sección femenina de la sala) se estaba haciendo: “¿Y dónde está tu compañera? ¿No ha podido venir?”. A lo que la interpelada contestaba con una sonrisa profidén, cara de circunstancias y un muy diplomático: “No, está en Los Ángeles por motivos de trabajo”, algo que algunos ya sabíamos, verbigracia de esos mundos virtuales de circulan por la red.
Pero la ovación se la llevó, sin duda, Almodóvar. Sólo con su entrada en el auditorio consiguió que algunos de los presentes se pusieran en pie mientras aplaudían. A él le colocaron junto a Fátima Baeza (que seguro que estaba flipando, pensando “mira lo que te has perdido, Patri” y rezando para que el director se fijase en ella para un próximo proyecto) y nosotros también flipábamos ¡pero de tenerlos delante! (todos tenemos momentos frikis… este fue uno de los míos)

Les podíamos oler hasta el champú con el que se habían duchado...
Las luces se apagaron y la gente, poco a poco, fue acallando los murmullos. Un audio (muy mal editado) rompió el silencio. Con ruiditos de parque infantil y voces aún más infantiles empezó un absurdo diálogo en el que se felicitaban por cumplir diez años y parecían encantados de haberse conocido. Para mi gusto se lo podían haber ahorrado…
Entonces salió al escenario una muchachuela que, según algunas fuentes que no he podido contrastar convenientemente, se llama María Isabel Díaz y que es una de las últimas “chicas Almodóvar” (a falta de la Portillo, buenas son tortas y esta chica tenía para hacer tortas para todo el auditorio). La muchachuela se lanzó a un bonito monólogo acerca del festival, las igualdades, los logros conseguidos, bla, bla, bla,… Pausa para poner un corto, I’m so excited, montaje tipo video-clip con la canción de Pointed Sisters del mismo título y un sinfín de imágenes de películas con contenido gay y lésbico. Nuevo discursito de la feliz muchachuela, encantada de presentar tan magno evento. Pausa y silencio. Una vocecita que salía de un personaje situado en el pasillo del auditorio comienza a cantar algo parecido a una ópera. Poco después Maria Isabel nos explica que es un tal #%&$ (nombre impronunciable) y que se trata de uno de los cinco únicos hombres soprano del mundo (sutil forma de llamar a un castrati). Sale Javier López (o Gómez o algo así), secretario general de CCOO a dar un discurso. Vuelve nuestra querida Maria Isabel y comienza a sobreactuar y dice que se encuentra mal, muy mal, fatal. Pide un móvil que, amablemente, le trae un chico desde bastidores. Y dice con una sonrisa triunfal: “Creo que tengo que llamar al 112”. Acabáramos. Supongo que si La Vico no se hubiera caído del evento, habrían salido las dos a socorrer a la enferma. Pero claro, la única que salió fue Fátima Baeza y, si habían preparado algo más, se le debió olvidar mientras subía la escaleras porque lo único que hizo fue recoger el premio, hacer un poco de Heidi y volver a dar el mismo discurso que dio en la entrega de premios de la Mostra Lambda: “Ya sé que siempre digo lo mismo pero es que es verdad”. Vamos, lo de “algo tan normal como es quererse”. Que sí, que vale. Pero las fans histéricas, flasheando a la pobre muchacha y, aparentemente, habiendo olvidado que la otra premiada avisó el día anterior de su no asistencia a la gala. Y, la verdad, aunque en un momento dado, a mí la que más me pone es la que no estaba allí, agradecí enormemente que se hubiera ido a Yanquilandia porque si no, dudo que hubiera salido viva de allí (ella pero yo también porque no veáis los empujones que puede dar una fan en busca de una foto con su ídola).
Nueva pausa. Nuevo cortometraje, Aliteración, esta vez nacional y protagonizado por Daniel Freire y Juan Sinmiedo. Menuda patata. Sale Miguel Ángel Sánchez, presidente de Fundación Triángulo. Suelta un discurso de ¡cuatro páginas! que, francamente, aburría a los muertos (o será que para mí este hombre nunca ha tenido credibilidad). Me negué a hacerle fotos y me limité a sonreírme porque cada vez que el presi miraba a Almodovar me veía detrás a mí… Maria Isabel regresa y, lejos de montar ningún paripé o de hacer alguna introducción especial, directamente dice: “Por favor, que suba Almodóvar al escenario”. Mi compi y yo nos miramos incrédulos. Vamos a ver, montáis un numerito innecesario para una tía que, probablemente, no volverá a hacer nada por la visibilidad lésbica en cuanto salga de la serie en la que trabaja y a un señor que ha ganado dos Oscar y que va a pasar a la historia, ¿le mandáis subir a recoger su premio (un premio que no le hace ninguna falta) como si le fuerais a dar un par de collejas? Perdón por opinar pero me pareció una total falta de respeto. Qué menos que una mínima introducción, cuatro chanzas que, aunque este señor esté harto de oírlas, pues quedáis muy bien. En fin…
Como el Rusfi me había pedido que hiciera muchas fotos de cuando saliera Almodóvar pues allá que me lancé yo a hacer fotos como una loca. Vamos que le vi más por la pantallita de la cámara que al natural…
El auditorio se puso en pie y aplaudió cerca de un minuto. El discurso de Almodóvar, totalmente improvisado, me pareció natural y divertido, incluso hasta humilde (y que conste aquí que este señor no me vuelve loca, he visto algunas de sus películas, me han agradado y punto. Pero sé reconocer cuando alguien hace algo bueno, me guste a mí o no). Todavía con Almodóvar en el escenario, sacaron una cutre tarta con diez velas encendidas (yo llevaba ya un rato mosqueada porque no hacía más que oler a cera quemada y temía que tuviéramos que salir corriendo) que le hicieron soplar y, de repente, la sala se vio inundada por un montón de globitos de colores que la gente hacía explotar con algarabía y alborozo... Jo, jo, qué divertido...
A partir de ahí todo se convirtió en un caos. Mucha gente empezó a salir, las fans de la parejita de moda se abalanzaron a la primera fila para hacerse una foto con Fátima, conseguir un autógrafo o darle dos besos (que no entiende, chiquitinas, ¿no veis que ha venido con su novio?). Así que yo, en mi segundo momento friki de la noche, me dije: “¡Qué coño! ¿Me he pasado toda la gala al lado suyo y me voy a ir sin hacerme una foto? ¡Y una leche!”. Así que me adelanté hasta la primera fila en un par de codazos, le tendí la libreta que llevaba en el bolso y le pedí que me la firmara. Tras preguntarme mi nombre y escribirlo correctamente, me miró y me preguntó con candidez: “¿Pero es con b o con v?” (los que me conocen ya lo saben, para los que no, tengo un nombre que, a la vez, es un sustantivo bastante común y que está casi siempre en boca de todos, así que no saber que se escribe con b, denota que la ortografía nunca fue tu fuerte). “Con b, con b” le dije mientras El Chico de la Tele nos hacía una foto (foto que me guardo para mí porque mi escasa fotogenia así lo obliga, no quiero haceros pasar por ese trago, que bastante tengo con haberme visto en algunas fotos que han salido en los medios).
Me costó sangre, sudor y lágrimas alejarme de la muchacha. A las que me estaban empujando me daban ganas de decirles que me dejaran salir, que yo ya no quería nada con ella. Pero casi tengo que escalar los asientos de la primera fila para alcanzar a mi compañero. Una vez recompuesta, nos salimos fuera a fumar un merecido cigarrito. Poco después sonaba un timbre como los del patio del colegio para avisarnos de que el mediometraje que cerraba la sesión inaugural iba a dar comienzo. Entramos y comprobamos que, realmente, el cine sólo le interesaba a cuatro gatos. Y es que, con la película ya empezada, todavía se oían gritos de “¡Fátima! ¡Fátima!” al fondo…
Podría cerrar la crónica aquí pero tan sólo le voy a poner un punto y aparte porque el festival dura hasta el domingo y después de lo que he visto hoy, me temo que no va a ser la última vez que hable de él… por desgracia.
… de fondo… Nada porque me pitan los oídos. Debe ser que están hablando –mal– de mí…
Algo tan normal como quererse
El jueves 3 de noviembre era noche de premios. En Barcelona, profesionales de la comunicación y el espectáculo recogían sus Ondas, en Lisboa se entregaban los MTV Awards al ritmo del último tema de la reina del pop y en Los Ángeles, Alejandro Sanz y Juanes acaparaban galardones una vez más en la ceremonia de los Grammy Latinos.
Madrid no podía ser menos en una fastuosa noche de oropeles y caras guapas. Con motivo de la inauguración del X Festival Internacional de Cine Gai y Lésbico se celebró en el auditorio de CCOO una gala que intentó competir con las que se celebraban a su vez en las otras ciudades.
Las caras conocidas las pusieron escritoras como Lucía Etxebarría, drags multimedia como Shangay Lily y políticos fuera del armario como Pedro Zerolo junto a su flamante marido, Jesús Santos. Pero las estrellas de la velada fueron los homenajeados en la misma, los destinatarios de unos premios que, desde hace unos años, concede el festival en dos categorías, televisión y cine, a las personas que más han aportado a la igualdad y normalización de la realidad gay y lésbica. Este año los galardones recaían en el director Pedro Almodovar, por la labor realizada a lo largo de su carrera, y en las actrices Patricia Vico y Fátima Baeza, por su interpretación de una pareja de mujeres en la serie Hospital Central desde la más absoluta normalidad.
El director manchego acudió acompañado de su hermano, Agustín Almodovar, mientras que una pletórica Fátima Baeza lo hacía de la mano de su novio, el también televisivo Guillermo Ortega. La ausencia de Patricia Vico, que se encontraba en Los Ángeles por motivos laborales, apenas se hizo notar cuando una nerviosa Baeza subió a recoger su premio y volvió a dedicarlo, como ya lo hiciera en la Mostra Lambda de Barcelona, a todas las personas que han luchado y siguen luchando por algo "tan normal como es quererse". Las numerosas fans venidas de distintos puntos del país se deshicieron en aplausos y flashes ante la naturalidad y simpatía de la actriz.

Uy, mira lo que me han dao...
Pero, sin lugar a dudas, el momento álgido de la noche sucedió cuando Pedro Almodovar subió al escenario y el auditorio al completo se puso en pie para ovacionarle. Cuando por fin pudo comenzar su improvisado discurso, el director, haciendo gala de una insólita timidez, dijo no estar seguro de merecer ese premio ya que él no había sentido nunca que estuviese luchando por nada sino que, simplemente, se había mostrado tal y como era.

¡Ay, señor, otro más...!
Una tarta con diez velas, una lluvia de globos de colores, la actuación de uno de los cinco únicos hombres soprano del mundo, los discursos de Javier López, secretario de CCOO, y Miguel Ángel Sánchez, presidente de Fundación Triángulo, entidad organizadora del festival, y el visionado de dos cortos amenizaron la gala que, ya sin Almodovar ni Baeza, finalizó con la proyección del mediometraje canadiense Floored by love, que fue el encargado de dar por inaugurado un festival que se prolongará hasta el próximo 13 de noviembre.
Pero, ¿sabéis qué pasa? Que a mí el periodismo correcto y de libro de estilo me aburre bastante. Yo, que soy más de realismo sucio y de periodismo gonzo, me toca las narices la corrección política, la censura y el raro concepto de la libertad de prensa que se tiene en el sector. Así que esto es lo que ocurrió realmente. Siempre desde mi punto de vista, claro está…
Crónica de un despropósito
Como me planté en el lugar del evento con bastante antelación ya que no lo conocía, lo primero que me decepcionó fue justamente eso, el lugar del evento. Su ubicación, aunque junto a una arteria principal de la ciudad, lo hacía parecer deslucido, por mucho foco y alfombra roja que hubieran puesto a la entrada. Según me iba acercando, iba escaneando al personal que ya se agolpaba en la puerta. Las fans de la Macarrona y su novia eran fácilmente identificables por su cara de decepción (porque La Vico no venía) y nerviosismo (porque la otra sí). O por estar enganchadas al móvil, hablando con quien quizá no había podido venir, y narrándoles todo lo que iba aconteciendo. O bien probando sus cámaras digitales para que no les fallaran en el momento menos oportuno.
Me quedé unos segundos frente a la puerta de entrada observando. Vi voluntarios, muchos voluntarios, tantos que sentí una especie de envidia retroactiva. No olvidemos que, hace no tanto tiempo, yo era la que estaba en su lugar organizándolo todo (y con bastantes menos medios humanos… Humanos y de cualquier tipo, dicho sea de paso…) y la visión de todo aquello me estaba trayendo los recuerdos a la memoria como si de confeti se tratara. Lo cual me llevó a plantearme por qué me pone tanto eso de merodear por lugares en los que sé que he sido calificada persona non grata (pero que non, non, non grata, a juzgar por las miradas esquivas que ciertos miembros de la élite organizativa me echaban cuando me veían despistada. En mi descargo diré que fueron ellos los que me desterraron tras cuatro largos años de regalarles mi tiempo como voluntaria y otro año y medio de vendérselo pero que muy barato como trabajadora, así que la más ofendida, en última instancia, debería ser yo…).
Me erguí y adopté actitud profesional dirigiéndome al primer chaval uniformado con la camiseta del festival que me crucé y preguntándole dónde podía recoger mi acreditación. El chaval en cuestión me indicó que entrara y bajara unas escaleras. Al hacerlo me encontré a uno de los chicos de la organización que aún me dirige la palabra y que, pese a haber oído de mi boquita de piñón que asistiría al festival, me saludó con grandes dosis de sorpresa e incredulidad. Justo antes de recoger la acreditación fui yo la que saludó a una vieja conocida para arrepentirme en el mismo momento. Su reacción me resultó falsa y su “¡por fin has publicado!” me sonó acompañado por unas notas de rencor en el timbre de su voz que no pareció esforzarse en ocultar.
Recogí mi pase y volví al exterior por dos razones. La primera era que ya había cumplido el objetivo de ser vista por varias personas de Fundación Triángulo y hacerles poner cara de preguntarse: “¿Y esta qué coño hace aquí?” y, francamente, de momento no me apetecía tener ningún cínico e hipócrita enfrentamiento verbal. La segunda era que tenía que esperar a mi compi de piso, El Chico de la Tele, que me iba a acompañar durante la gala.
Fumé unos cuantos cigarrillos, observé el poco famoseo que iba llegando (Luci Boom Boom, Zerolín, Shangay y para de contar, chaval, que el resto sólo son conocidillos del ambiente y los colectivos gays). Y al final, necesidades fisiológicas mandan, me metí en el bar de enfrente a aliviar mi vejiga y mi boca seca con una cerveza fresquia. Y volví frente a la entrada recordando viejos tiempos, tiempos más humildes, cierto, pero también mucho más auténticos.
El Chico de la Tele llegó pocos minutos después de la hora que me había prometido. Se colgó su acreditación y entramos en la zona de, digamos, espera, donde se apiñaba la gente y dónde buscábamos, infructuosamente, caras conocidas (me refiero a conocidas e verdad, no a que yo me encontrase con la plana mayor de la Fundación Triángulo, que a esos ya me los esperaba). Y como la gente va donde va Vicente, en cuanto vimos que algunas personas se encaminaban rampa abajo a lo que parecía ser el salón de actos, allá que nos fuimos los dos.

Mucha ambientación pero de famoseo na' de na'...
Ya dentro, ni cortos ni perezosos, nos sentamos en primera fila, aprovechando la coyuntura de que eran justamente esos los asientos reservados para la prensa. La sala se iba llenando, la gente rompía a aplaudir cada pocos minutos sin motivo aparente, haciéndonos a los demás buscar infructuosamente el motivo de tales aplausos. Así pasó, que la gente aplaudía cada dos por tres y en una de esas ocasiones, no me di cuenta de que ya iba en serio hasta que tuve a Fátima Baeza, acompañada por su novio, a dos palmos de mí.
Al principio los sentaron detrás de nosotros, luego les hicieron correrse un par de asientos y a nosotros nos colocaron junto a ellos para, finalmente, colocarlos en primera fila (juro que me dieron ganas de cogerle la acreditación al que, presuntamente, organizaba el cotarro y darle un par de consejillos. Señor mío, a un invitado que tiene que subir al escenario en pocos minutos se le coloca SIEMPRE en primera fila o junto al pasillo, que vamos, que esto no son los Oscar y no hay más famosos que asientos…).

¡Pero qué ilu de verte, mari...!
Como era lógico, la gente que estaba alrededor de la Baeza y que debía conocerla de algo más que de verla todas las semanas por la tele, no tardaron en hacer la pregunta que toooda la sala (o, al menos, toooda la sección femenina de la sala) se estaba haciendo: “¿Y dónde está tu compañera? ¿No ha podido venir?”. A lo que la interpelada contestaba con una sonrisa profidén, cara de circunstancias y un muy diplomático: “No, está en Los Ángeles por motivos de trabajo”, algo que algunos ya sabíamos, verbigracia de esos mundos virtuales de circulan por la red.
Pero la ovación se la llevó, sin duda, Almodóvar. Sólo con su entrada en el auditorio consiguió que algunos de los presentes se pusieran en pie mientras aplaudían. A él le colocaron junto a Fátima Baeza (que seguro que estaba flipando, pensando “mira lo que te has perdido, Patri” y rezando para que el director se fijase en ella para un próximo proyecto) y nosotros también flipábamos ¡pero de tenerlos delante! (todos tenemos momentos frikis… este fue uno de los míos)

Les podíamos oler hasta el champú con el que se habían duchado...
Las luces se apagaron y la gente, poco a poco, fue acallando los murmullos. Un audio (muy mal editado) rompió el silencio. Con ruiditos de parque infantil y voces aún más infantiles empezó un absurdo diálogo en el que se felicitaban por cumplir diez años y parecían encantados de haberse conocido. Para mi gusto se lo podían haber ahorrado…
Entonces salió al escenario una muchachuela que, según algunas fuentes que no he podido contrastar convenientemente, se llama María Isabel Díaz y que es una de las últimas “chicas Almodóvar” (a falta de la Portillo, buenas son tortas y esta chica tenía para hacer tortas para todo el auditorio). La muchachuela se lanzó a un bonito monólogo acerca del festival, las igualdades, los logros conseguidos, bla, bla, bla,… Pausa para poner un corto, I’m so excited, montaje tipo video-clip con la canción de Pointed Sisters del mismo título y un sinfín de imágenes de películas con contenido gay y lésbico. Nuevo discursito de la feliz muchachuela, encantada de presentar tan magno evento. Pausa y silencio. Una vocecita que salía de un personaje situado en el pasillo del auditorio comienza a cantar algo parecido a una ópera. Poco después Maria Isabel nos explica que es un tal #%&$ (nombre impronunciable) y que se trata de uno de los cinco únicos hombres soprano del mundo (sutil forma de llamar a un castrati). Sale Javier López (o Gómez o algo así), secretario general de CCOO a dar un discurso. Vuelve nuestra querida Maria Isabel y comienza a sobreactuar y dice que se encuentra mal, muy mal, fatal. Pide un móvil que, amablemente, le trae un chico desde bastidores. Y dice con una sonrisa triunfal: “Creo que tengo que llamar al 112”. Acabáramos. Supongo que si La Vico no se hubiera caído del evento, habrían salido las dos a socorrer a la enferma. Pero claro, la única que salió fue Fátima Baeza y, si habían preparado algo más, se le debió olvidar mientras subía la escaleras porque lo único que hizo fue recoger el premio, hacer un poco de Heidi y volver a dar el mismo discurso que dio en la entrega de premios de la Mostra Lambda: “Ya sé que siempre digo lo mismo pero es que es verdad”. Vamos, lo de “algo tan normal como es quererse”. Que sí, que vale. Pero las fans histéricas, flasheando a la pobre muchacha y, aparentemente, habiendo olvidado que la otra premiada avisó el día anterior de su no asistencia a la gala. Y, la verdad, aunque en un momento dado, a mí la que más me pone es la que no estaba allí, agradecí enormemente que se hubiera ido a Yanquilandia porque si no, dudo que hubiera salido viva de allí (ella pero yo también porque no veáis los empujones que puede dar una fan en busca de una foto con su ídola).
Nueva pausa. Nuevo cortometraje, Aliteración, esta vez nacional y protagonizado por Daniel Freire y Juan Sinmiedo. Menuda patata. Sale Miguel Ángel Sánchez, presidente de Fundación Triángulo. Suelta un discurso de ¡cuatro páginas! que, francamente, aburría a los muertos (o será que para mí este hombre nunca ha tenido credibilidad). Me negué a hacerle fotos y me limité a sonreírme porque cada vez que el presi miraba a Almodovar me veía detrás a mí… Maria Isabel regresa y, lejos de montar ningún paripé o de hacer alguna introducción especial, directamente dice: “Por favor, que suba Almodóvar al escenario”. Mi compi y yo nos miramos incrédulos. Vamos a ver, montáis un numerito innecesario para una tía que, probablemente, no volverá a hacer nada por la visibilidad lésbica en cuanto salga de la serie en la que trabaja y a un señor que ha ganado dos Oscar y que va a pasar a la historia, ¿le mandáis subir a recoger su premio (un premio que no le hace ninguna falta) como si le fuerais a dar un par de collejas? Perdón por opinar pero me pareció una total falta de respeto. Qué menos que una mínima introducción, cuatro chanzas que, aunque este señor esté harto de oírlas, pues quedáis muy bien. En fin…
Como el Rusfi me había pedido que hiciera muchas fotos de cuando saliera Almodóvar pues allá que me lancé yo a hacer fotos como una loca. Vamos que le vi más por la pantallita de la cámara que al natural…
El auditorio se puso en pie y aplaudió cerca de un minuto. El discurso de Almodóvar, totalmente improvisado, me pareció natural y divertido, incluso hasta humilde (y que conste aquí que este señor no me vuelve loca, he visto algunas de sus películas, me han agradado y punto. Pero sé reconocer cuando alguien hace algo bueno, me guste a mí o no). Todavía con Almodóvar en el escenario, sacaron una cutre tarta con diez velas encendidas (yo llevaba ya un rato mosqueada porque no hacía más que oler a cera quemada y temía que tuviéramos que salir corriendo) que le hicieron soplar y, de repente, la sala se vio inundada por un montón de globitos de colores que la gente hacía explotar con algarabía y alborozo... Jo, jo, qué divertido...
A partir de ahí todo se convirtió en un caos. Mucha gente empezó a salir, las fans de la parejita de moda se abalanzaron a la primera fila para hacerse una foto con Fátima, conseguir un autógrafo o darle dos besos (que no entiende, chiquitinas, ¿no veis que ha venido con su novio?). Así que yo, en mi segundo momento friki de la noche, me dije: “¡Qué coño! ¿Me he pasado toda la gala al lado suyo y me voy a ir sin hacerme una foto? ¡Y una leche!”. Así que me adelanté hasta la primera fila en un par de codazos, le tendí la libreta que llevaba en el bolso y le pedí que me la firmara. Tras preguntarme mi nombre y escribirlo correctamente, me miró y me preguntó con candidez: “¿Pero es con b o con v?” (los que me conocen ya lo saben, para los que no, tengo un nombre que, a la vez, es un sustantivo bastante común y que está casi siempre en boca de todos, así que no saber que se escribe con b, denota que la ortografía nunca fue tu fuerte). “Con b, con b” le dije mientras El Chico de la Tele nos hacía una foto (foto que me guardo para mí porque mi escasa fotogenia así lo obliga, no quiero haceros pasar por ese trago, que bastante tengo con haberme visto en algunas fotos que han salido en los medios).
Me costó sangre, sudor y lágrimas alejarme de la muchacha. A las que me estaban empujando me daban ganas de decirles que me dejaran salir, que yo ya no quería nada con ella. Pero casi tengo que escalar los asientos de la primera fila para alcanzar a mi compañero. Una vez recompuesta, nos salimos fuera a fumar un merecido cigarrito. Poco después sonaba un timbre como los del patio del colegio para avisarnos de que el mediometraje que cerraba la sesión inaugural iba a dar comienzo. Entramos y comprobamos que, realmente, el cine sólo le interesaba a cuatro gatos. Y es que, con la película ya empezada, todavía se oían gritos de “¡Fátima! ¡Fátima!” al fondo…
Podría cerrar la crónica aquí pero tan sólo le voy a poner un punto y aparte porque el festival dura hasta el domingo y después de lo que he visto hoy, me temo que no va a ser la última vez que hable de él… por desgracia.
… de fondo… Nada porque me pitan los oídos. Debe ser que están hablando –mal– de mí…
Comentario:
Entro en tus comentarios sin permiso, pero te he leido enterita y solo quería decirte que me encantan tus historias. Eso sí, he de reconocer que me tienes intrigadísima con los libros que has publicado. Al menos me podrías decir los títulos para leerlos y darte mi veredicto!
Ya espero impaciente tu siguiente post. Besetes madrileños
Ya espero impaciente tu siguiente post. Besetes madrileños