¿Alguien se quedó en casa?
A ver, levanten la mano, ¿hubo algún alma cándida que la noche del viernes decidiera quedarse cómodamente en su camita? Pues si lo hay, que sepa que le envidio profundamente, porque las penalidades que servidora hubo de pasar para regresar a casa son comparables a las de Ulises volviendo a Itaca...
Como ya dije el mismo viernes cuando estaba a punto de salir, me iba de cena con mis compañerillas de curro. Que también ya nos vale a todos los que íbamos de "cena de empresa". Vamos, que como no tenemos suficiente con vernos las caras ocho horas al día durante cinco días a la semana, nos vamos de juerga juntos. En fin... Todos tenemos nuestro punto masoca.
Con mis piececitos ya empezando a sufrir y con un par de chutes de Red Bull en vena, bajé a la calle, alcé la mano grácilmente y un taxi atendió a mi gesto raudo y veloz. No menos de cinco minutos y cuatro euros después me estaba bajando en la esquina de la calle del restaurante. Iba ya a encaminarme hacia allí en busca de un bar donde aposentar mis reales mientras mis compañerillas llegaban cuando oigo una voz gritando mi nombre. La Pija junto con dos chicas más (unas amigas suyas que también se habían apuntado a la orgía) me llamaba desde la mediana de Doctor Esquerdo. Presurosa y corriendo pese a mis tacones, llegué hasta ellas, acabamos de cruzar la calle y nos metimos en el primer bar que vimos abierto. El resto, que venía en coche, ya estaban en la zona dando más vueltas que una noria en busca de un sitio libre. Tantas vueltas dieron que Supermamá y Ricitos, cuando consiguieron aparcar, tuvieron que coger el metro para llegar...
Cuando ya tan sólo faltaba Amargada, decidimos irnos hasta el restaurante. Allí comenzamos a darnos cuenta de que la nota imperante de la noche iba a ser la espera. Grandes grupos de gente (la mayoría unisex, es decir o grupos de tíos o grupos de tías) se apelotonaban en la estrecha acera aguardando el momento de que el restaurante decidiera abrir sus puertas. Teníamos que entrar a las doce y cuarto (bonita hora para empezar a cenar) pero hasta las doce y media pasadas no pudimos franquear el umbral. Y mis pies ya se desgañitaban recordándome todos los pares de calzado plano que había decidido relegar en el armario. Alternaba el peso en un pie y otro en un intento de calmar el dolor pero todo era en vano. En fin, que una no ha nacido ni para ser pija ni para ser hetero, con todos mis respetos para las pijas heteros que no usen tacones (si es que hay alguna).
Pero la plantilla del restaurante se propuso recuperar el tiempo perdido. Apenas sí nos habíamos sentado y estábamos en pleno ritual de hacernos las fotos de rigor con la polla en la boca (entendámonos, el pan con forma de pene) ya nos estaban poniendo los primeros delante de la jeta a un atronador ritmo de house que nos impedía hablar incluso con quien teníamos al lado. Y antes de darnos cuenta, nos quitaban los platos a medio vaciar para ponernos los segundos. La velocidad a la que iban los y la camarera rayaba la del sonido, así que, pese a que yo iba decidida a pedir mi pan de teta y a que nuestra camarera entendía más que yo, me tuve que conformar con un pan de pene del cual he de reconocer que tan sólo dejé un triste huevo mutilado...
A ese ritmo pronto teníamos en la mesa las copas de champán y el postre que, ¡oh, sorpresa! era una enorme polla de chocolate. Y justo fue ese el momento en que dio comienzo el, ¡ejem! espectáculo con las primeras notas del Hung up de Madonna (ahí me ganaron, lo confieso). Una enorme drag, de nombre Chumina Powers, salió al mini escenario para demostrarnos que poseía una elasticidad en las piernas que yo no recuerdo haber poseído ni en mis mejores tiempos. Después se lanzó a un divertido monólogo en el que se metía hasta con el último mono que había en la sala (a Ricitos le preguntó si era hermana de la Duquesa de Alba). Me hizo bastante gracia, la verdad.

Lo admito, fui yo quien se comió el capullo...
A continuación, los estriptis. Chica-chico-chico-chica. La primera tía me hizo tan poca gracia que no le hice ni una sola foto. El primer chico actuó y bailó bastante bien. El segundo no impactó demasiado y tuvo que terminar su número sin conseguir que ninguna chica se animara a salir con él. Antes de salir la última chica no tenía muchas esperanzas de que me gustara pero cuando la vi aparecer vestida de policía.... ¡ejem! saqué la cámara rauda y veloz y me puse a hacerle fotillos. Vamos, que a punto estuve de ofrecerme voluntaria para que me cacheara...

¿Qué tendrán los uniformes que me ponen tanto?
Al acabar, la inigualable Chumina sacó a tres chicos del público y a uno de ellos (que, afortunadamente, estaba de bastante buen ver) le dejó casi en pelotas. Y para acabar, sacó a dos chicas y nos hizo ponernos a todos en pie para ejecutar una improvisada coreografía con ese gran temazo de Sonia y Selena, Yo quiero bailar... toda la noche. Pues va a ser que no, guapa.
Resumiendo, que la cosa fue divertida pero la sensación que nos dejó es que todo había ido demasiado rápido. Y, hombre, a mí me hizo gracia pero como que una está más acostumbrada que mis compañerillas a eso de ver drags y chicos mazas quitándose la ropa y no me pareció para tanto. ¡Si ni siquiera hubo un striptease integral! Ni de chicos ni de ¡snif! de chicas...
Tras la cena habíamos decidido ir a un bar pijo de Juan Bravo. Y pese a que mi primera idea era largarme a mi casa antes que mis taconcillos ajusticiaran a mis pobres pies, al final accedí a ir con ellas. Supermamá, Ricitos y yo cogimos un taxi (¡guau! pensé, a lo mejor hoy no va a ser tan difícil encontrar uno libre que luego me lleve a casa...) y nos fuimos para allá a... encontrarnos con otra cola de gente. El resto llegó cuando aún permanecíamos fuera y yo ya estaba a punto de fenecer. Logramos entrar y nos encontramos con un lugar muy, muy grande pero también lleno de gente. Para mis compañerillas era agobiante. Para servidora, curtida en las mareas humanas del Escape (si aguantas eso, aguantas todo y cuando digo todo, me refiero a TODO) no le parecía demasiado lleno. ¡Si hasta tocábamos a más de una baldosa por persona!
Sin embargo, Amargada que estaba en la barra dispuesta a pedir, no se la veía muy suelta en el útil arte de llamar la atención de los camareros y mi menda ya no podía más. Me sentía incapaz de permanecer ni un minuto más allí dentro. Si yo hubiera llevado calzado plano, de seguro que las tumbo a todas y soy la última en irme a casa. No tenía sueño (había dormido una siesta de pijama y orinal de casi cuatro horas) ni estaba cansada pero... no, no, no, los tacones estaban acabando con mi persona.
Me despedí y me largué de allí fastidiada porque ni siquiera pude conseguir cambio para tabaco. Al salir a Juan Bravo me encontré con la pesadilla hecha realidad: ni un solo taxi libre asomaba el morro. Eché a andar con pasitos cortos, muy lentamente y una expresión de dolor en el rostro que sólo me faltaba una cruz al hombro para representar los calvarios de Jesucristo. Encontré un banco, me senté en él. Me volví a levantar, caminé unos metros, me senté en otro banco. Así varias veces. Llegué a Principe de Vergara y avisté una parada de autobús. Penosamente anduve hasta ella y me senté en el banco de la marquesina con gran alivio. Venga, un pequeño trayecto hasta Cibeles, un nuevo búho y por fin estaría en casa.
La verdad es que el primer búho no tardó en llegar. Y venía casi vacío. Me senté y suspiré. Lo único en lo que podía pensar era en quitarme los putos botines y meterme en la cama. Pero al llegar a Cibeles...
Si hubiera habido un par de carrozas juro que me habría creído que se había organizado una marcha nocturna del Día del Orgullo Gay. Aún eran las tres y media, ¿es que toda esa gente no se podía haber metido en alguna discoteca y haber dejado que la pobre gente como yo llegara a casa sin dificultad? Pues no.
Mientras esperaba que llegaba mi búho y sopesaba la conveniencia de andar en calcetines hasta mi casa, me tuve que sentar en uno de los bolardos de la acera. Pero el trayecto en el autobús no fue mucho mejor. El búho tarda de Cibeles a mi casa (y me deja en la puerta) nueve minutos de media. El viernes esos nueve minutos fueron los más largos de mi vida. No es que me molestase la aglomeración de gente (ya estoy acostumbrada) pero es que sentía que no podía más.
Me bajé en mi parada con cara de haber recibido descargas eléctricas en el mismísimo clítoris. Llegué hasta mi portal y.... ¡Aaaaah! me quité los putos botines sentada en los escalones de la entrada. Subí los tres pisos con una mezcla de alivio y del dolor acumulado y llegué a este, mi hogar como si viniera de superar el rally Paris-Dakar (bueno, creo que ahora es el Granada-Dakar).
No tenía tabaco pero, aunque nadie crea que una fumadora empedernida pueda prescindir de él, sólo el hecho de subir la cuesta hasta el Sprint de la calle Alcalá fue suficientemente disuasorio de mis intenciones de inhalar nicotina y alquitrán. Me quité el resto de la ropa, me puse el pijama y me metí en la cama con una sensación de felicidad increíble.
!Y a vosotros os pongo por testigos de que no volveré a ponerme tacones!

El cuerpo del delito...
Lo gracioso del asunto es que ayer hablando con El Sevillano me dijo que también había estado en Juan Bravo, ¡justo en el bar de al lado!
Si lo llego a saber...
...de fondo Undiscovered Ibiza Volume 2
Como ya dije el mismo viernes cuando estaba a punto de salir, me iba de cena con mis compañerillas de curro. Que también ya nos vale a todos los que íbamos de "cena de empresa". Vamos, que como no tenemos suficiente con vernos las caras ocho horas al día durante cinco días a la semana, nos vamos de juerga juntos. En fin... Todos tenemos nuestro punto masoca.
Con mis piececitos ya empezando a sufrir y con un par de chutes de Red Bull en vena, bajé a la calle, alcé la mano grácilmente y un taxi atendió a mi gesto raudo y veloz. No menos de cinco minutos y cuatro euros después me estaba bajando en la esquina de la calle del restaurante. Iba ya a encaminarme hacia allí en busca de un bar donde aposentar mis reales mientras mis compañerillas llegaban cuando oigo una voz gritando mi nombre. La Pija junto con dos chicas más (unas amigas suyas que también se habían apuntado a la orgía) me llamaba desde la mediana de Doctor Esquerdo. Presurosa y corriendo pese a mis tacones, llegué hasta ellas, acabamos de cruzar la calle y nos metimos en el primer bar que vimos abierto. El resto, que venía en coche, ya estaban en la zona dando más vueltas que una noria en busca de un sitio libre. Tantas vueltas dieron que Supermamá y Ricitos, cuando consiguieron aparcar, tuvieron que coger el metro para llegar...
Cuando ya tan sólo faltaba Amargada, decidimos irnos hasta el restaurante. Allí comenzamos a darnos cuenta de que la nota imperante de la noche iba a ser la espera. Grandes grupos de gente (la mayoría unisex, es decir o grupos de tíos o grupos de tías) se apelotonaban en la estrecha acera aguardando el momento de que el restaurante decidiera abrir sus puertas. Teníamos que entrar a las doce y cuarto (bonita hora para empezar a cenar) pero hasta las doce y media pasadas no pudimos franquear el umbral. Y mis pies ya se desgañitaban recordándome todos los pares de calzado plano que había decidido relegar en el armario. Alternaba el peso en un pie y otro en un intento de calmar el dolor pero todo era en vano. En fin, que una no ha nacido ni para ser pija ni para ser hetero, con todos mis respetos para las pijas heteros que no usen tacones (si es que hay alguna).
Pero la plantilla del restaurante se propuso recuperar el tiempo perdido. Apenas sí nos habíamos sentado y estábamos en pleno ritual de hacernos las fotos de rigor con la polla en la boca (entendámonos, el pan con forma de pene) ya nos estaban poniendo los primeros delante de la jeta a un atronador ritmo de house que nos impedía hablar incluso con quien teníamos al lado. Y antes de darnos cuenta, nos quitaban los platos a medio vaciar para ponernos los segundos. La velocidad a la que iban los y la camarera rayaba la del sonido, así que, pese a que yo iba decidida a pedir mi pan de teta y a que nuestra camarera entendía más que yo, me tuve que conformar con un pan de pene del cual he de reconocer que tan sólo dejé un triste huevo mutilado...
A ese ritmo pronto teníamos en la mesa las copas de champán y el postre que, ¡oh, sorpresa! era una enorme polla de chocolate. Y justo fue ese el momento en que dio comienzo el, ¡ejem! espectáculo con las primeras notas del Hung up de Madonna (ahí me ganaron, lo confieso). Una enorme drag, de nombre Chumina Powers, salió al mini escenario para demostrarnos que poseía una elasticidad en las piernas que yo no recuerdo haber poseído ni en mis mejores tiempos. Después se lanzó a un divertido monólogo en el que se metía hasta con el último mono que había en la sala (a Ricitos le preguntó si era hermana de la Duquesa de Alba). Me hizo bastante gracia, la verdad.

Lo admito, fui yo quien se comió el capullo...
A continuación, los estriptis. Chica-chico-chico-chica. La primera tía me hizo tan poca gracia que no le hice ni una sola foto. El primer chico actuó y bailó bastante bien. El segundo no impactó demasiado y tuvo que terminar su número sin conseguir que ninguna chica se animara a salir con él. Antes de salir la última chica no tenía muchas esperanzas de que me gustara pero cuando la vi aparecer vestida de policía.... ¡ejem! saqué la cámara rauda y veloz y me puse a hacerle fotillos. Vamos, que a punto estuve de ofrecerme voluntaria para que me cacheara...

¿Qué tendrán los uniformes que me ponen tanto?
Al acabar, la inigualable Chumina sacó a tres chicos del público y a uno de ellos (que, afortunadamente, estaba de bastante buen ver) le dejó casi en pelotas. Y para acabar, sacó a dos chicas y nos hizo ponernos a todos en pie para ejecutar una improvisada coreografía con ese gran temazo de Sonia y Selena, Yo quiero bailar... toda la noche. Pues va a ser que no, guapa.
Resumiendo, que la cosa fue divertida pero la sensación que nos dejó es que todo había ido demasiado rápido. Y, hombre, a mí me hizo gracia pero como que una está más acostumbrada que mis compañerillas a eso de ver drags y chicos mazas quitándose la ropa y no me pareció para tanto. ¡Si ni siquiera hubo un striptease integral! Ni de chicos ni de ¡snif! de chicas...
Tras la cena habíamos decidido ir a un bar pijo de Juan Bravo. Y pese a que mi primera idea era largarme a mi casa antes que mis taconcillos ajusticiaran a mis pobres pies, al final accedí a ir con ellas. Supermamá, Ricitos y yo cogimos un taxi (¡guau! pensé, a lo mejor hoy no va a ser tan difícil encontrar uno libre que luego me lleve a casa...) y nos fuimos para allá a... encontrarnos con otra cola de gente. El resto llegó cuando aún permanecíamos fuera y yo ya estaba a punto de fenecer. Logramos entrar y nos encontramos con un lugar muy, muy grande pero también lleno de gente. Para mis compañerillas era agobiante. Para servidora, curtida en las mareas humanas del Escape (si aguantas eso, aguantas todo y cuando digo todo, me refiero a TODO) no le parecía demasiado lleno. ¡Si hasta tocábamos a más de una baldosa por persona!
Sin embargo, Amargada que estaba en la barra dispuesta a pedir, no se la veía muy suelta en el útil arte de llamar la atención de los camareros y mi menda ya no podía más. Me sentía incapaz de permanecer ni un minuto más allí dentro. Si yo hubiera llevado calzado plano, de seguro que las tumbo a todas y soy la última en irme a casa. No tenía sueño (había dormido una siesta de pijama y orinal de casi cuatro horas) ni estaba cansada pero... no, no, no, los tacones estaban acabando con mi persona.
Me despedí y me largué de allí fastidiada porque ni siquiera pude conseguir cambio para tabaco. Al salir a Juan Bravo me encontré con la pesadilla hecha realidad: ni un solo taxi libre asomaba el morro. Eché a andar con pasitos cortos, muy lentamente y una expresión de dolor en el rostro que sólo me faltaba una cruz al hombro para representar los calvarios de Jesucristo. Encontré un banco, me senté en él. Me volví a levantar, caminé unos metros, me senté en otro banco. Así varias veces. Llegué a Principe de Vergara y avisté una parada de autobús. Penosamente anduve hasta ella y me senté en el banco de la marquesina con gran alivio. Venga, un pequeño trayecto hasta Cibeles, un nuevo búho y por fin estaría en casa.
La verdad es que el primer búho no tardó en llegar. Y venía casi vacío. Me senté y suspiré. Lo único en lo que podía pensar era en quitarme los putos botines y meterme en la cama. Pero al llegar a Cibeles...
Si hubiera habido un par de carrozas juro que me habría creído que se había organizado una marcha nocturna del Día del Orgullo Gay. Aún eran las tres y media, ¿es que toda esa gente no se podía haber metido en alguna discoteca y haber dejado que la pobre gente como yo llegara a casa sin dificultad? Pues no.
Mientras esperaba que llegaba mi búho y sopesaba la conveniencia de andar en calcetines hasta mi casa, me tuve que sentar en uno de los bolardos de la acera. Pero el trayecto en el autobús no fue mucho mejor. El búho tarda de Cibeles a mi casa (y me deja en la puerta) nueve minutos de media. El viernes esos nueve minutos fueron los más largos de mi vida. No es que me molestase la aglomeración de gente (ya estoy acostumbrada) pero es que sentía que no podía más.
Me bajé en mi parada con cara de haber recibido descargas eléctricas en el mismísimo clítoris. Llegué hasta mi portal y.... ¡Aaaaah! me quité los putos botines sentada en los escalones de la entrada. Subí los tres pisos con una mezcla de alivio y del dolor acumulado y llegué a este, mi hogar como si viniera de superar el rally Paris-Dakar (bueno, creo que ahora es el Granada-Dakar).
No tenía tabaco pero, aunque nadie crea que una fumadora empedernida pueda prescindir de él, sólo el hecho de subir la cuesta hasta el Sprint de la calle Alcalá fue suficientemente disuasorio de mis intenciones de inhalar nicotina y alquitrán. Me quité el resto de la ropa, me puse el pijama y me metí en la cama con una sensación de felicidad increíble.
!Y a vosotros os pongo por testigos de que no volveré a ponerme tacones!

El cuerpo del delito...
Lo gracioso del asunto es que ayer hablando con El Sevillano me dijo que también había estado en Juan Bravo, ¡justo en el bar de al lado!
Si lo llego a saber...
...de fondo Undiscovered Ibiza Volume 2
Comentario:
De verdad te digo...yo tambien lo he padecido.
Mi teoría acerca de los tacones es que se nace con un cromosoma especial y de mayor... depende de la persona, se desarrolla y te permite llevarlos sin problemas.
Y por supuesto, que esto quede entre tú y yo, mis calcetines si caminaron por las aceras de Madrid.
Un beso.
Mi teoría acerca de los tacones es que se nace con un cromosoma especial y de mayor... depende de la persona, se desarrolla y te permite llevarlos sin problemas.
Y por supuesto, que esto quede entre tú y yo, mis calcetines si caminaron por las aceras de Madrid.
Un beso.