Vulnerable
Hay veces en que alguien me sorprende y, tras conocer algunos detalles de mí o de mi vida, lanza sin pudor alguno la afirmación de que soy fuerte. O valiente. En casos como ese mi rostro adopta una máscara de perplejidad. Acto seguido niego categóricamente tal afirmación. Yo nunca he sido fuerte ni valiente. Ni lo soy ahora. Si alguna vez les he parecido fuerte a los demás es porque me he encerrado en mí misma a esperar que todo pasara. Si alguna vez me creyeron valiente es porque no vieron que era mi mala cabeza la que me llevaba por caminos difíciles y que yo no me paraba a pensar en las consecuencias que mi decisión pudiera acarrearme.
Más bien al contrario, siempre me he creído una persona bastante cobarde y débil. Cobarde sobre todo con las cosas que me importan, desde la más cotidiana a la más trascendental. Débil porque me hundo ante los contratiempos cotidianos como un barquito de papel. Aguanto porque no me queda más remedio pero me limito a adoptar esa postura pugilística de agachar la cabeza y protegerla con los puños cerrados.
Sé que soy muy vulnerable. Y no me importa admitirlo. Lo peor es que el resto de la gente acaba por saberlo tarde o temprano. Y eso resulta peligroso. Porque, consciente o inconscientemente, siempre acaban dando donde más duele. Y me hacen daño. Y me hundo. Y me protejo con los puños mientras agacho la cabeza. Y me encierro en mí misma esperando que todo pase cuanto antes. Aunque a veces el tiempo se me ha hecho eterno.
Quizá me he acostumbrado demasiado a que las cosas vayan mal. Durante las dos últimas décadas he tenido muchas veces la sensación de que todo en mi vida era una continua tempestad con pequeños momentos en que las nubes se apartaban para dejar pasar los rayos de sol. Pero esos rayos duraban poco y pronto dejaban paso de nuevo a los truenos. Por eso ahora, cuando llevo más o menos un año en que las cosas me van bien, no puedo evitar seguir en guardia, presta a protegerme de los golpes que puedan venir. Intento disfrutar de lo que tengo, de lo que me voy encontrando pero me pongo trabas a mí misma, no vaya a ser que las defensas se relajen y sea ese el momento en que me vuelvan a noquear. Porque sé que no soy fuerte. Porque sé que no soy valiente.
...de fondo Chloe Dancer/Crown Of Thornes de Mother Love Bone
Más bien al contrario, siempre me he creído una persona bastante cobarde y débil. Cobarde sobre todo con las cosas que me importan, desde la más cotidiana a la más trascendental. Débil porque me hundo ante los contratiempos cotidianos como un barquito de papel. Aguanto porque no me queda más remedio pero me limito a adoptar esa postura pugilística de agachar la cabeza y protegerla con los puños cerrados.
Sé que soy muy vulnerable. Y no me importa admitirlo. Lo peor es que el resto de la gente acaba por saberlo tarde o temprano. Y eso resulta peligroso. Porque, consciente o inconscientemente, siempre acaban dando donde más duele. Y me hacen daño. Y me hundo. Y me protejo con los puños mientras agacho la cabeza. Y me encierro en mí misma esperando que todo pase cuanto antes. Aunque a veces el tiempo se me ha hecho eterno.
Quizá me he acostumbrado demasiado a que las cosas vayan mal. Durante las dos últimas décadas he tenido muchas veces la sensación de que todo en mi vida era una continua tempestad con pequeños momentos en que las nubes se apartaban para dejar pasar los rayos de sol. Pero esos rayos duraban poco y pronto dejaban paso de nuevo a los truenos. Por eso ahora, cuando llevo más o menos un año en que las cosas me van bien, no puedo evitar seguir en guardia, presta a protegerme de los golpes que puedan venir. Intento disfrutar de lo que tengo, de lo que me voy encontrando pero me pongo trabas a mí misma, no vaya a ser que las defensas se relajen y sea ese el momento en que me vuelvan a noquear. Porque sé que no soy fuerte. Porque sé que no soy valiente.
...de fondo Chloe Dancer/Crown Of Thornes de Mother Love Bone
Felizmente cansada
Algunas risas valen más que cualquier playa.
Algunas miradas emocionan tanto como la más bella puesta de sol.
Algunos abrazos te protegen de la gente que te hizo daño.
Algunas veces no hace falta irse muy lejos para encontrar lo que estabas buscando.
Y para algunos todo esto no serán más que cursiladas. Pero porque no estaban allí.
Hoy estoy cansada. Felizmente cansada.
Algunas miradas emocionan tanto como la más bella puesta de sol.
Algunos abrazos te protegen de la gente que te hizo daño.
Algunas veces no hace falta irse muy lejos para encontrar lo que estabas buscando.
Y para algunos todo esto no serán más que cursiladas. Pero porque no estaban allí.
Hoy estoy cansada. Felizmente cansada.
Un kit-kat
En unas horas llega desde Castellón uno de mis niños. En lo que él hace el viaje yo adecentaré un poco el piso, que buena faltita le hace. Aunque mis compis me han dejado de Rodríguez supongo que dormiremos juntos (si es que dormimos algo, claro). El plan inicial era irnos a Barcelona (de hecho acabo de recibir un sms de una amiga diciéndome que me lo pase muy bien y disfrute de la ciudad... juas!) pero al final decidió venirse a Madrid. Hace dos años que no nos vemos y eso que cuando nos conocimos nos veíamos todos los días (era lógico, por otra parte: trabajabámos juntos). Pero él es uno de esos amigos al que ves muy de tarde en tarde pero cuando os volvéis a encontrar es como si no hubiera pasado el tiempo.
Así que esta noche JM y yo iremos a buscarle a la estación, vendremos a mi casa a cenar y luego saldremos lo que el cuerpo y la cuenta corriente nos permita.
Estos días van a ser un kit-kat para mí. Aunque sé que no voy a descansar nada, aunque sé que voy a dormir poco. El domingo que viene estaré cansada pero satisfecha.
...de fondo Welcome to my truth de Anastacia
Así que esta noche JM y yo iremos a buscarle a la estación, vendremos a mi casa a cenar y luego saldremos lo que el cuerpo y la cuenta corriente nos permita.
Estos días van a ser un kit-kat para mí. Aunque sé que no voy a descansar nada, aunque sé que voy a dormir poco. El domingo que viene estaré cansada pero satisfecha.
...de fondo Welcome to my truth de Anastacia
Finde raro
Como he dicho muchas veces, soy una juerguista vocacional en horas bajas. Hasta hace poco mis salidas nocturnas (incluso vespertinas) estaban más racionadas que los cupones para comida de la posguerra. Pero cuando algo es vocacional sólo es cuestión de tiempo volver a las andadas. Así que creo que lo mejor será que vaya asumiendo que el nivel de alcohol en mi sangre va a elevarse según se acerque el fin de semana y que el pobre Chuchín Infernal va a poner muy a menudo esa carita de pena cuando me vea salir por la puerta.
El viernes firmé por fin el contrato por mi nueva novela. Lo que ya me está provocando una ansiedad tremenda: me quedan menos de cuatro meses para ponerle el punto y final. Y, por si no fuera poca la presión editorial, hay un pelotón, que crece por momentos, que me recuerda mis obligaciones literarias... Aiss...!!!
El caso es que, lógicamente, tras la firma se dejaron caer unas cuantas cañas. Luego a casa, al gym (que he vuelto a coger con ganas), una tabla rápida, un duchazo y al teatro. La obra era Chicas. Muy divertida. Recomendable. He oído que la van a prorrogar en otro teatro a partir de la semana que viene. Pasaros si podéis.
Tras el teatro hicimos la primera parada en un bar que no conocíamos donde una muñeca hinchable volaba por encima de nuestras cabezas con la boca abierta y guiñándonos el ojo mientras una enorme tarta era repartida a los presentes, conocieran o no a la homenajeada (nosotras no la conociamos pero conocíamos a una amiga de una amiga de otra amiga que la conocía). Después, para no perder las buenas costumbres, parada y fonda en el Escape. Copas, risas, vaciles. De repente miro hacia atrás y veo un par de rostros conocidos. Mi estomago hizo un triple mortal al reconocer a Bollera Reprimida y la Profe. Luego veo que están con Fumeta y el Marica Gilipollas. Me puse muy nerviosa. Mucho. Desde que todo acabó no les había vuelto a ver. Un año y medio. Eso no es bueno. Porque eso hace que conviertas a una persona en un fantasma que te persigue. Acabé la copa. Me pedí otra. Observé de reojo. Fumeta me dio una coz (la conozco demasiado como para creer que fue fortuito, todavía había espacio suficiente en el local). Poco a poco me fui calmando. Y el fantasma fue recuperando corporeidad. Hasta pasar del temor a la risa. ¡Por diosa, está horrible! Vale, nunca fue nada del otro mundo pero ahora está peor que nunca. Y sigue arrastrando esa cara de infelicidad, de desear algo que no es capaz de conseguir. Me inspiró más lástima que otra cosa. Ella y los que la rodeaban. Ya no duele. Sólo molesta. Porque creí que todos ellos merecían la pena. Y me equivoqué. Ya no merece la pena recordarles.
Nos fuimos. El taxi hizo dos paradas antes de llegar a su destino final. Llegué a casa. Me puse a configurar el router (por fin me he librado de Imagenio) para tener la mente ocupada en algo. Me acosté cerca de las seis. Y dormí hasta la hora de comer.
El sábado no pensaba salir. Pero una nueva llamada me sacó de mi encierro voluntario. Señorita Muchacha y su novia estaban en Madrid. Nuevo duchazo y directa a Chueca. Entre cerveza negra y rubia me hicieron dedicarles ejemplares de mis novelas mientras me contaban sus aventuras y desventuras en la sesión de paintball que habían tenido esa mañana. Luego se nos unió el hermano de Señorita Muchacha. Nos fuimos a tapear a La Bardemcilla. Luego otras dos amigas más se nos unieron y nos fuimos a cenar al Momo (que acabará por hacerme clienta de honor de lo mucho que voy últimamente). Tras la cena y dos bajas, los cuatro que quedamos nos fuimos al Escape. Pero aunque era pronto y casi no había gente, estaban muy cansados del paintball así que no duramos mucho dentro. Un poco antes de Vazquez de Mella nos despedimos y yo me metí en el Me Da Igual a buscar al nene y la nena. Allí una copa y mi habitual amago de baile. Pero ya estaba cansada. Lo de salir dos días seguidos es una buena costumbre que me está costando volver a coger. Me despedí y emprendí camino de los búhos sintiéndome satisfecha. ¿Quizá feliz?

...de fondo Mi vida sin ti de Soraya (¡Aiss! ¿Por qué a todos los maricas y bollos nos gustarán tanto las canciones de "vete de aquí, déjame en paz, estoy mejor sin ti, sobreviviré? ¡Qué tragicómicos que somos...!)
El viernes firmé por fin el contrato por mi nueva novela. Lo que ya me está provocando una ansiedad tremenda: me quedan menos de cuatro meses para ponerle el punto y final. Y, por si no fuera poca la presión editorial, hay un pelotón, que crece por momentos, que me recuerda mis obligaciones literarias... Aiss...!!!
El caso es que, lógicamente, tras la firma se dejaron caer unas cuantas cañas. Luego a casa, al gym (que he vuelto a coger con ganas), una tabla rápida, un duchazo y al teatro. La obra era Chicas. Muy divertida. Recomendable. He oído que la van a prorrogar en otro teatro a partir de la semana que viene. Pasaros si podéis.
Tras el teatro hicimos la primera parada en un bar que no conocíamos donde una muñeca hinchable volaba por encima de nuestras cabezas con la boca abierta y guiñándonos el ojo mientras una enorme tarta era repartida a los presentes, conocieran o no a la homenajeada (nosotras no la conociamos pero conocíamos a una amiga de una amiga de otra amiga que la conocía). Después, para no perder las buenas costumbres, parada y fonda en el Escape. Copas, risas, vaciles. De repente miro hacia atrás y veo un par de rostros conocidos. Mi estomago hizo un triple mortal al reconocer a Bollera Reprimida y la Profe. Luego veo que están con Fumeta y el Marica Gilipollas. Me puse muy nerviosa. Mucho. Desde que todo acabó no les había vuelto a ver. Un año y medio. Eso no es bueno. Porque eso hace que conviertas a una persona en un fantasma que te persigue. Acabé la copa. Me pedí otra. Observé de reojo. Fumeta me dio una coz (la conozco demasiado como para creer que fue fortuito, todavía había espacio suficiente en el local). Poco a poco me fui calmando. Y el fantasma fue recuperando corporeidad. Hasta pasar del temor a la risa. ¡Por diosa, está horrible! Vale, nunca fue nada del otro mundo pero ahora está peor que nunca. Y sigue arrastrando esa cara de infelicidad, de desear algo que no es capaz de conseguir. Me inspiró más lástima que otra cosa. Ella y los que la rodeaban. Ya no duele. Sólo molesta. Porque creí que todos ellos merecían la pena. Y me equivoqué. Ya no merece la pena recordarles.
Nos fuimos. El taxi hizo dos paradas antes de llegar a su destino final. Llegué a casa. Me puse a configurar el router (por fin me he librado de Imagenio) para tener la mente ocupada en algo. Me acosté cerca de las seis. Y dormí hasta la hora de comer.
El sábado no pensaba salir. Pero una nueva llamada me sacó de mi encierro voluntario. Señorita Muchacha y su novia estaban en Madrid. Nuevo duchazo y directa a Chueca. Entre cerveza negra y rubia me hicieron dedicarles ejemplares de mis novelas mientras me contaban sus aventuras y desventuras en la sesión de paintball que habían tenido esa mañana. Luego se nos unió el hermano de Señorita Muchacha. Nos fuimos a tapear a La Bardemcilla. Luego otras dos amigas más se nos unieron y nos fuimos a cenar al Momo (que acabará por hacerme clienta de honor de lo mucho que voy últimamente). Tras la cena y dos bajas, los cuatro que quedamos nos fuimos al Escape. Pero aunque era pronto y casi no había gente, estaban muy cansados del paintball así que no duramos mucho dentro. Un poco antes de Vazquez de Mella nos despedimos y yo me metí en el Me Da Igual a buscar al nene y la nena. Allí una copa y mi habitual amago de baile. Pero ya estaba cansada. Lo de salir dos días seguidos es una buena costumbre que me está costando volver a coger. Me despedí y emprendí camino de los búhos sintiéndome satisfecha. ¿Quizá feliz?

...de fondo Mi vida sin ti de Soraya (¡Aiss! ¿Por qué a todos los maricas y bollos nos gustarán tanto las canciones de "vete de aquí, déjame en paz, estoy mejor sin ti, sobreviviré? ¡Qué tragicómicos que somos...!)
Hoy...
...me apetece leer algo en papel, para variar.
...quiero ver alguna de las pelis que me he bajado tirada en el sofá con mi chuchín en el regazo y una taza de café en la mano.
...cuento los días que quedan para que uno de mis niños venga a hacerme una visita de varios días.
...he comprobado que he perdido un kilo y pico (el gym, el gym, claro).
...me he dado cuenta de que me habían subido el sueldo (y yo sin enterarme).
...me gustaría conseguir que algunas personas se sintieran mejor pero no sé cómo hacerlo. Y eso hace que me sienta mal.
...he leido mails de personas a las que he hecho sonreír. Y eso hace que no me sienta tan mal.
...quisiera escribir literatura de verdad en lugar de las paranoias de siempre.
...sigo igual de exhausta que en los últimos meses. Pero quiero empezar a curarme. Aunque aún no sepa cómo.
...quiero construir mi propio castillo. Pero no quiero murallas ni almenas. Quiero que pueda entrar todo el que quiera.
...de fondo Empires de Chicane
...quiero ver alguna de las pelis que me he bajado tirada en el sofá con mi chuchín en el regazo y una taza de café en la mano.
...cuento los días que quedan para que uno de mis niños venga a hacerme una visita de varios días.
...he comprobado que he perdido un kilo y pico (el gym, el gym, claro).
...me he dado cuenta de que me habían subido el sueldo (y yo sin enterarme).
...me gustaría conseguir que algunas personas se sintieran mejor pero no sé cómo hacerlo. Y eso hace que me sienta mal.
...he leido mails de personas a las que he hecho sonreír. Y eso hace que no me sienta tan mal.
...quisiera escribir literatura de verdad en lugar de las paranoias de siempre.
...sigo igual de exhausta que en los últimos meses. Pero quiero empezar a curarme. Aunque aún no sepa cómo.
...quiero construir mi propio castillo. Pero no quiero murallas ni almenas. Quiero que pueda entrar todo el que quiera.
...de fondo Empires de Chicane
Qué rara es la gente...
Sí, la gente es muy rara (bueno, yo también me incluyo que hay veces que parezco una perra verde). La gente ve que el termómetro sube unos grados y se despendola. Hoy mismo una guiri iba tal que así: camiseta de tirantitos, pantalones piratas y sandalias. Escalofríos me ha dado sólo de verla. Y yo que esta mañana tiritaba cuando he bajado a Chucho Infernal para que echase sus meaditas matutinas… Aunque bueno, los guiris tienen un pase, que muchos vienen de climas más fríos y esto les debe parecer jauja pero ¿y el españolito de a pie que estaba el sábado por la noche sentado en las terrazas de la plaza de Chueca a la fría intemperie (en mis tiempos las terrazas eran para el verano, ahora es un lucrativo negocio para hosteleros y farmacéuticos que dura de abril a noviembre)? Porque, vamos a ver, hace buen tiempo, sí, pero tanto como para sentarse al raso por la noche…
La gente es muy rara, sí. Estos días en que los madrileños sufrimos huelga en el metro tengo el cuerpo lleno de moratones. Porque la gente en vez de aprovechar para llegar tarde (“No, jefe, si yo he salido con tiempo pero es que había huelga…”) se pelean a muerte por penetrar en vagones atestados de humanidad a base de empujones, pisotones y culazos que aquello parece el Escape en hora punta pero sin copas de por medio (que la música ya la ponemos los que llevamos el mp3 a todo volumen).
-¡Oiga, oiga, que no hace falta empujar!-balbuceas tú con el codo del increpado metido en la boca.
-¡Es que quiero entrar!-”Y yo estar en mi cama, no te jode” piensas tú, resignada, dejando que la marea humana te coloque al fondo del vagón.
Varias paradas después, con los sentidos atontados a causa del abandono del desodorante del sujeto en cuestión, ya has urdido tu venganza y acumulado fuerzas. Ves que se acerca tu parada y que tu víctima (porque ahora es tu víctima) se encuentra, por desgracia, en el camino hacia la puerta. Codazo a codazo te vas abriendo paso y cuando llegas hasta él (o ella) aprovechas el frenazo del tren para dejarte caer de mala manera.
-¡Oiga, oiga, que no hace falta empujar!-te increpa con la ofensa desbordando su tono de voz.
Y tú, con tu mejor carita inocente, le miras y le dices encogiéndote de hombros:
-¡Es que quiero salir!
Aunque, al fin y al cabo, las aglomeraciones en el transporte público son algo inevitable para los que no estamos motorizados pero ¿qué extraño impulso masoquista nos lleva a meternos los fines de semana en antros donde los conceptos “espacio vital” y “oxígeno” han caído en desuso? Pongamos por caso que un sábado por la noche nos da por ir al antes mencionado Escape. Bueno, de entrada asumimos que nuestro componente sadomaso ha alcanzado cotas muy elevadas pero allá cada cual con la forma que elige para autoflagelarse. Puede darse el caso de que cuando entras el local no está muy lleno. Bien. ¿Dónde te colocas? Pues, ¿dónde va a ser? Al fondo, claro. En el lugar en el que poco a poco te irán arrinconando según la clientela vaya llenando el bar. Aunque tampoco es que tengas muchas opciones, si te colocas a la entrada, te habrán tocado el culo la mitad de las bollos de Chueca antes de que haya amanecido. Y que una lleve mucho sin darle una alegría al cuerpo no significa que haya bajado tanto el listón…
El caso es que ya estás en el rincón del fondo, donde no llega el aire, donde la gente baila como si estuviera en medio del Bernabeu y donde cada movimiento se planea cuidadosamente para reconquistar esa media baldosa que te pertenecía hasta la llegada del tráiler de dieciséis ejes que te ha tirado la copa encima bailando La tortura… Seguramente antes de que haya acabado la canción se te habrán ocurrido cien formas distintas de torturarla mucho más salvajes que escuchar a Alejandro Sanz… Pero antes de que puedas llegar siquiera a darle un culazo con el que salvaguardar tu dignidad, tu vejiga decide por ti que ya va siendo hora de que expulses el exceso de garrafón de tu cuerpo. “Voy al baño” anuncias con cara de intuir que un paso de Semana Santa tarda menos de lo que tú tardarás en llegar a tu objetivo. Tus compañer@s de parranda te mirarán con una cara mezcla de pánico e incredulidad. “Suerte” exclaman algunos. “Paciencia” te dicen las otras. Y te miran como si no te fueran a volver a ver... Y tú inicias tu periplo...
Es curioso pero cuando intentas avanzar la gente te mira como preguntándose por qué te mueves. Te ven intentando pasar y ellos se quedan quietos en postura de placaje frontal. Y encima te miran mal si, después de intentar rodearles por todos los flancos, la inercia te hace acabar con la nariz entre las tetas de su novia. “Si yo sólo quiero ir al baño, de verdad…” murmuras roja como un tomate. Y te deja pasar. Pero sólo para que dejes a su novia en paz (aunque a ti te ha parecido un cayo malayo y estés deseando alejarte). Consigues avanzar unos metros, lo justo para ponerte a la altura de la barra, donde hay un acuerdo tácito en la instauración de dos carriles: uno, el de los que entran y otro, el de los que van al baño o (sin duda, los más inteligentes) de los que se van a la calle. Y como en toda autovía, hay embotellamientos. De nuevo te paras, momento que aprovecha la que va detrás de ti para decirte con tonillo impertinente: “Perdona, ¿me dejas pasar?”. Te giras, ya con cara de pocos amigos, y le espetas: “Estoy en ello”. “¡Ah! ¿Qué tú también quieres pasar?”. No, bonita, si te parece estoy aquí en medio del bar haciendo amigos… Tú puede que no pero el que va delante de ti acaba de encontrarse con un amiguísimo del alma al que hace años que no ve y que justo en ese momento viene por el carril contrario. “¡Fulanito, tronco, cuánto tiempo!” Y, ¡hala!, se empiezan a contar todo lo que les ha pasado desde que perdieron los dientes de leche. Tú sopesas las opciones que tienes. Y la de esperar la descartas automáticamente (en realidad la descarta tu vejiga que ya está empezando a hacer saltar todas las alarmas). Te abres paso entre los dos al grito de: “¡Peeeeeeerdón!” con tal fuerza que la gente que queda hasta el hueco de la escalera se aparta por temor a que les arrolles…
Al llegar a la escalera que conduce a los servicios descubres con gran horror que la cola para los susodichos serpentea por los escalones llegando casi hasta donde estás… Pero las vicisitudes de lograr entrar a tan ansiado cubículo merece un post aparte…
Sí, somos tod@s la hostia de rar@s…

Yo, en mi línea, luciendo camisetas con mi declaración de principios...
…de fondo Behind these hazel eyes de Kelly Clarkson (mmm… me he debido levantar un poco pija hoy…)
La gente es muy rara, sí. Estos días en que los madrileños sufrimos huelga en el metro tengo el cuerpo lleno de moratones. Porque la gente en vez de aprovechar para llegar tarde (“No, jefe, si yo he salido con tiempo pero es que había huelga…”) se pelean a muerte por penetrar en vagones atestados de humanidad a base de empujones, pisotones y culazos que aquello parece el Escape en hora punta pero sin copas de por medio (que la música ya la ponemos los que llevamos el mp3 a todo volumen).
-¡Oiga, oiga, que no hace falta empujar!-balbuceas tú con el codo del increpado metido en la boca.
-¡Es que quiero entrar!-”Y yo estar en mi cama, no te jode” piensas tú, resignada, dejando que la marea humana te coloque al fondo del vagón.
Varias paradas después, con los sentidos atontados a causa del abandono del desodorante del sujeto en cuestión, ya has urdido tu venganza y acumulado fuerzas. Ves que se acerca tu parada y que tu víctima (porque ahora es tu víctima) se encuentra, por desgracia, en el camino hacia la puerta. Codazo a codazo te vas abriendo paso y cuando llegas hasta él (o ella) aprovechas el frenazo del tren para dejarte caer de mala manera.
-¡Oiga, oiga, que no hace falta empujar!-te increpa con la ofensa desbordando su tono de voz.
Y tú, con tu mejor carita inocente, le miras y le dices encogiéndote de hombros:
-¡Es que quiero salir!
Aunque, al fin y al cabo, las aglomeraciones en el transporte público son algo inevitable para los que no estamos motorizados pero ¿qué extraño impulso masoquista nos lleva a meternos los fines de semana en antros donde los conceptos “espacio vital” y “oxígeno” han caído en desuso? Pongamos por caso que un sábado por la noche nos da por ir al antes mencionado Escape. Bueno, de entrada asumimos que nuestro componente sadomaso ha alcanzado cotas muy elevadas pero allá cada cual con la forma que elige para autoflagelarse. Puede darse el caso de que cuando entras el local no está muy lleno. Bien. ¿Dónde te colocas? Pues, ¿dónde va a ser? Al fondo, claro. En el lugar en el que poco a poco te irán arrinconando según la clientela vaya llenando el bar. Aunque tampoco es que tengas muchas opciones, si te colocas a la entrada, te habrán tocado el culo la mitad de las bollos de Chueca antes de que haya amanecido. Y que una lleve mucho sin darle una alegría al cuerpo no significa que haya bajado tanto el listón…
El caso es que ya estás en el rincón del fondo, donde no llega el aire, donde la gente baila como si estuviera en medio del Bernabeu y donde cada movimiento se planea cuidadosamente para reconquistar esa media baldosa que te pertenecía hasta la llegada del tráiler de dieciséis ejes que te ha tirado la copa encima bailando La tortura… Seguramente antes de que haya acabado la canción se te habrán ocurrido cien formas distintas de torturarla mucho más salvajes que escuchar a Alejandro Sanz… Pero antes de que puedas llegar siquiera a darle un culazo con el que salvaguardar tu dignidad, tu vejiga decide por ti que ya va siendo hora de que expulses el exceso de garrafón de tu cuerpo. “Voy al baño” anuncias con cara de intuir que un paso de Semana Santa tarda menos de lo que tú tardarás en llegar a tu objetivo. Tus compañer@s de parranda te mirarán con una cara mezcla de pánico e incredulidad. “Suerte” exclaman algunos. “Paciencia” te dicen las otras. Y te miran como si no te fueran a volver a ver... Y tú inicias tu periplo...
Es curioso pero cuando intentas avanzar la gente te mira como preguntándose por qué te mueves. Te ven intentando pasar y ellos se quedan quietos en postura de placaje frontal. Y encima te miran mal si, después de intentar rodearles por todos los flancos, la inercia te hace acabar con la nariz entre las tetas de su novia. “Si yo sólo quiero ir al baño, de verdad…” murmuras roja como un tomate. Y te deja pasar. Pero sólo para que dejes a su novia en paz (aunque a ti te ha parecido un cayo malayo y estés deseando alejarte). Consigues avanzar unos metros, lo justo para ponerte a la altura de la barra, donde hay un acuerdo tácito en la instauración de dos carriles: uno, el de los que entran y otro, el de los que van al baño o (sin duda, los más inteligentes) de los que se van a la calle. Y como en toda autovía, hay embotellamientos. De nuevo te paras, momento que aprovecha la que va detrás de ti para decirte con tonillo impertinente: “Perdona, ¿me dejas pasar?”. Te giras, ya con cara de pocos amigos, y le espetas: “Estoy en ello”. “¡Ah! ¿Qué tú también quieres pasar?”. No, bonita, si te parece estoy aquí en medio del bar haciendo amigos… Tú puede que no pero el que va delante de ti acaba de encontrarse con un amiguísimo del alma al que hace años que no ve y que justo en ese momento viene por el carril contrario. “¡Fulanito, tronco, cuánto tiempo!” Y, ¡hala!, se empiezan a contar todo lo que les ha pasado desde que perdieron los dientes de leche. Tú sopesas las opciones que tienes. Y la de esperar la descartas automáticamente (en realidad la descarta tu vejiga que ya está empezando a hacer saltar todas las alarmas). Te abres paso entre los dos al grito de: “¡Peeeeeeerdón!” con tal fuerza que la gente que queda hasta el hueco de la escalera se aparta por temor a que les arrolles…
Al llegar a la escalera que conduce a los servicios descubres con gran horror que la cola para los susodichos serpentea por los escalones llegando casi hasta donde estás… Pero las vicisitudes de lograr entrar a tan ansiado cubículo merece un post aparte…
Sí, somos tod@s la hostia de rar@s…

Yo, en mi línea, luciendo camisetas con mi declaración de principios...
…de fondo Behind these hazel eyes de Kelly Clarkson (mmm… me he debido levantar un poco pija hoy…)
Cambio de look
Ya estamos en primavera y como le sigo teniendo miedo a lo de ir a la peluquería y que me corten el trozo de estropajo que tengo por cabellera pues me he decidido a hacer algunos cambios en el blog (pocos, que yo todavía con el lenguaje HTML no me llevo del todo bien).
Además, que he echado cuentas y llevo algo más de seis meses con esto y ya sabéis lo que dicen ¡renovarse o morir! Así que no, no os habéis quedado dislexicas visualmente ni os habéis equivocado de página. Sólo es que me he lavado la cara, que ya tocaba...
...de fondo Idiota de Nena Daconte (dedicada a mis Super Nenas, of course...)
Además, que he echado cuentas y llevo algo más de seis meses con esto y ya sabéis lo que dicen ¡renovarse o morir! Así que no, no os habéis quedado dislexicas visualmente ni os habéis equivocado de página. Sólo es que me he lavado la cara, que ya tocaba...
...de fondo Idiota de Nena Daconte (dedicada a mis Super Nenas, of course...)