Qué rara es la gente...
Sí, la gente es muy rara (bueno, yo también me incluyo que hay veces que parezco una perra verde). La gente ve que el termómetro sube unos grados y se despendola. Hoy mismo una guiri iba tal que así: camiseta de tirantitos, pantalones piratas y sandalias. Escalofríos me ha dado sólo de verla. Y yo que esta mañana tiritaba cuando he bajado a Chucho Infernal para que echase sus meaditas matutinas… Aunque bueno, los guiris tienen un pase, que muchos vienen de climas más fríos y esto les debe parecer jauja pero ¿y el españolito de a pie que estaba el sábado por la noche sentado en las terrazas de la plaza de Chueca a la fría intemperie (en mis tiempos las terrazas eran para el verano, ahora es un lucrativo negocio para hosteleros y farmacéuticos que dura de abril a noviembre)? Porque, vamos a ver, hace buen tiempo, sí, pero tanto como para sentarse al raso por la noche…
La gente es muy rara, sí. Estos días en que los madrileños sufrimos huelga en el metro tengo el cuerpo lleno de moratones. Porque la gente en vez de aprovechar para llegar tarde (“No, jefe, si yo he salido con tiempo pero es que había huelga…”) se pelean a muerte por penetrar en vagones atestados de humanidad a base de empujones, pisotones y culazos que aquello parece el Escape en hora punta pero sin copas de por medio (que la música ya la ponemos los que llevamos el mp3 a todo volumen).
-¡Oiga, oiga, que no hace falta empujar!-balbuceas tú con el codo del increpado metido en la boca.
-¡Es que quiero entrar!-”Y yo estar en mi cama, no te jode” piensas tú, resignada, dejando que la marea humana te coloque al fondo del vagón.
Varias paradas después, con los sentidos atontados a causa del abandono del desodorante del sujeto en cuestión, ya has urdido tu venganza y acumulado fuerzas. Ves que se acerca tu parada y que tu víctima (porque ahora es tu víctima) se encuentra, por desgracia, en el camino hacia la puerta. Codazo a codazo te vas abriendo paso y cuando llegas hasta él (o ella) aprovechas el frenazo del tren para dejarte caer de mala manera.
-¡Oiga, oiga, que no hace falta empujar!-te increpa con la ofensa desbordando su tono de voz.
Y tú, con tu mejor carita inocente, le miras y le dices encogiéndote de hombros:
-¡Es que quiero salir!
Aunque, al fin y al cabo, las aglomeraciones en el transporte público son algo inevitable para los que no estamos motorizados pero ¿qué extraño impulso masoquista nos lleva a meternos los fines de semana en antros donde los conceptos “espacio vital” y “oxígeno” han caído en desuso? Pongamos por caso que un sábado por la noche nos da por ir al antes mencionado Escape. Bueno, de entrada asumimos que nuestro componente sadomaso ha alcanzado cotas muy elevadas pero allá cada cual con la forma que elige para autoflagelarse. Puede darse el caso de que cuando entras el local no está muy lleno. Bien. ¿Dónde te colocas? Pues, ¿dónde va a ser? Al fondo, claro. En el lugar en el que poco a poco te irán arrinconando según la clientela vaya llenando el bar. Aunque tampoco es que tengas muchas opciones, si te colocas a la entrada, te habrán tocado el culo la mitad de las bollos de Chueca antes de que haya amanecido. Y que una lleve mucho sin darle una alegría al cuerpo no significa que haya bajado tanto el listón…
El caso es que ya estás en el rincón del fondo, donde no llega el aire, donde la gente baila como si estuviera en medio del Bernabeu y donde cada movimiento se planea cuidadosamente para reconquistar esa media baldosa que te pertenecía hasta la llegada del tráiler de dieciséis ejes que te ha tirado la copa encima bailando La tortura… Seguramente antes de que haya acabado la canción se te habrán ocurrido cien formas distintas de torturarla mucho más salvajes que escuchar a Alejandro Sanz… Pero antes de que puedas llegar siquiera a darle un culazo con el que salvaguardar tu dignidad, tu vejiga decide por ti que ya va siendo hora de que expulses el exceso de garrafón de tu cuerpo. “Voy al baño” anuncias con cara de intuir que un paso de Semana Santa tarda menos de lo que tú tardarás en llegar a tu objetivo. Tus compañer@s de parranda te mirarán con una cara mezcla de pánico e incredulidad. “Suerte” exclaman algunos. “Paciencia” te dicen las otras. Y te miran como si no te fueran a volver a ver... Y tú inicias tu periplo...
Es curioso pero cuando intentas avanzar la gente te mira como preguntándose por qué te mueves. Te ven intentando pasar y ellos se quedan quietos en postura de placaje frontal. Y encima te miran mal si, después de intentar rodearles por todos los flancos, la inercia te hace acabar con la nariz entre las tetas de su novia. “Si yo sólo quiero ir al baño, de verdad…” murmuras roja como un tomate. Y te deja pasar. Pero sólo para que dejes a su novia en paz (aunque a ti te ha parecido un cayo malayo y estés deseando alejarte). Consigues avanzar unos metros, lo justo para ponerte a la altura de la barra, donde hay un acuerdo tácito en la instauración de dos carriles: uno, el de los que entran y otro, el de los que van al baño o (sin duda, los más inteligentes) de los que se van a la calle. Y como en toda autovía, hay embotellamientos. De nuevo te paras, momento que aprovecha la que va detrás de ti para decirte con tonillo impertinente: “Perdona, ¿me dejas pasar?”. Te giras, ya con cara de pocos amigos, y le espetas: “Estoy en ello”. “¡Ah! ¿Qué tú también quieres pasar?”. No, bonita, si te parece estoy aquí en medio del bar haciendo amigos… Tú puede que no pero el que va delante de ti acaba de encontrarse con un amiguísimo del alma al que hace años que no ve y que justo en ese momento viene por el carril contrario. “¡Fulanito, tronco, cuánto tiempo!” Y, ¡hala!, se empiezan a contar todo lo que les ha pasado desde que perdieron los dientes de leche. Tú sopesas las opciones que tienes. Y la de esperar la descartas automáticamente (en realidad la descarta tu vejiga que ya está empezando a hacer saltar todas las alarmas). Te abres paso entre los dos al grito de: “¡Peeeeeeerdón!” con tal fuerza que la gente que queda hasta el hueco de la escalera se aparta por temor a que les arrolles…
Al llegar a la escalera que conduce a los servicios descubres con gran horror que la cola para los susodichos serpentea por los escalones llegando casi hasta donde estás… Pero las vicisitudes de lograr entrar a tan ansiado cubículo merece un post aparte…
Sí, somos tod@s la hostia de rar@s…

Yo, en mi línea, luciendo camisetas con mi declaración de principios...
…de fondo Behind these hazel eyes de Kelly Clarkson (mmm… me he debido levantar un poco pija hoy…)
La gente es muy rara, sí. Estos días en que los madrileños sufrimos huelga en el metro tengo el cuerpo lleno de moratones. Porque la gente en vez de aprovechar para llegar tarde (“No, jefe, si yo he salido con tiempo pero es que había huelga…”) se pelean a muerte por penetrar en vagones atestados de humanidad a base de empujones, pisotones y culazos que aquello parece el Escape en hora punta pero sin copas de por medio (que la música ya la ponemos los que llevamos el mp3 a todo volumen).
-¡Oiga, oiga, que no hace falta empujar!-balbuceas tú con el codo del increpado metido en la boca.
-¡Es que quiero entrar!-”Y yo estar en mi cama, no te jode” piensas tú, resignada, dejando que la marea humana te coloque al fondo del vagón.
Varias paradas después, con los sentidos atontados a causa del abandono del desodorante del sujeto en cuestión, ya has urdido tu venganza y acumulado fuerzas. Ves que se acerca tu parada y que tu víctima (porque ahora es tu víctima) se encuentra, por desgracia, en el camino hacia la puerta. Codazo a codazo te vas abriendo paso y cuando llegas hasta él (o ella) aprovechas el frenazo del tren para dejarte caer de mala manera.
-¡Oiga, oiga, que no hace falta empujar!-te increpa con la ofensa desbordando su tono de voz.
Y tú, con tu mejor carita inocente, le miras y le dices encogiéndote de hombros:
-¡Es que quiero salir!
Aunque, al fin y al cabo, las aglomeraciones en el transporte público son algo inevitable para los que no estamos motorizados pero ¿qué extraño impulso masoquista nos lleva a meternos los fines de semana en antros donde los conceptos “espacio vital” y “oxígeno” han caído en desuso? Pongamos por caso que un sábado por la noche nos da por ir al antes mencionado Escape. Bueno, de entrada asumimos que nuestro componente sadomaso ha alcanzado cotas muy elevadas pero allá cada cual con la forma que elige para autoflagelarse. Puede darse el caso de que cuando entras el local no está muy lleno. Bien. ¿Dónde te colocas? Pues, ¿dónde va a ser? Al fondo, claro. En el lugar en el que poco a poco te irán arrinconando según la clientela vaya llenando el bar. Aunque tampoco es que tengas muchas opciones, si te colocas a la entrada, te habrán tocado el culo la mitad de las bollos de Chueca antes de que haya amanecido. Y que una lleve mucho sin darle una alegría al cuerpo no significa que haya bajado tanto el listón…
El caso es que ya estás en el rincón del fondo, donde no llega el aire, donde la gente baila como si estuviera en medio del Bernabeu y donde cada movimiento se planea cuidadosamente para reconquistar esa media baldosa que te pertenecía hasta la llegada del tráiler de dieciséis ejes que te ha tirado la copa encima bailando La tortura… Seguramente antes de que haya acabado la canción se te habrán ocurrido cien formas distintas de torturarla mucho más salvajes que escuchar a Alejandro Sanz… Pero antes de que puedas llegar siquiera a darle un culazo con el que salvaguardar tu dignidad, tu vejiga decide por ti que ya va siendo hora de que expulses el exceso de garrafón de tu cuerpo. “Voy al baño” anuncias con cara de intuir que un paso de Semana Santa tarda menos de lo que tú tardarás en llegar a tu objetivo. Tus compañer@s de parranda te mirarán con una cara mezcla de pánico e incredulidad. “Suerte” exclaman algunos. “Paciencia” te dicen las otras. Y te miran como si no te fueran a volver a ver... Y tú inicias tu periplo...
Es curioso pero cuando intentas avanzar la gente te mira como preguntándose por qué te mueves. Te ven intentando pasar y ellos se quedan quietos en postura de placaje frontal. Y encima te miran mal si, después de intentar rodearles por todos los flancos, la inercia te hace acabar con la nariz entre las tetas de su novia. “Si yo sólo quiero ir al baño, de verdad…” murmuras roja como un tomate. Y te deja pasar. Pero sólo para que dejes a su novia en paz (aunque a ti te ha parecido un cayo malayo y estés deseando alejarte). Consigues avanzar unos metros, lo justo para ponerte a la altura de la barra, donde hay un acuerdo tácito en la instauración de dos carriles: uno, el de los que entran y otro, el de los que van al baño o (sin duda, los más inteligentes) de los que se van a la calle. Y como en toda autovía, hay embotellamientos. De nuevo te paras, momento que aprovecha la que va detrás de ti para decirte con tonillo impertinente: “Perdona, ¿me dejas pasar?”. Te giras, ya con cara de pocos amigos, y le espetas: “Estoy en ello”. “¡Ah! ¿Qué tú también quieres pasar?”. No, bonita, si te parece estoy aquí en medio del bar haciendo amigos… Tú puede que no pero el que va delante de ti acaba de encontrarse con un amiguísimo del alma al que hace años que no ve y que justo en ese momento viene por el carril contrario. “¡Fulanito, tronco, cuánto tiempo!” Y, ¡hala!, se empiezan a contar todo lo que les ha pasado desde que perdieron los dientes de leche. Tú sopesas las opciones que tienes. Y la de esperar la descartas automáticamente (en realidad la descarta tu vejiga que ya está empezando a hacer saltar todas las alarmas). Te abres paso entre los dos al grito de: “¡Peeeeeeerdón!” con tal fuerza que la gente que queda hasta el hueco de la escalera se aparta por temor a que les arrolles…
Al llegar a la escalera que conduce a los servicios descubres con gran horror que la cola para los susodichos serpentea por los escalones llegando casi hasta donde estás… Pero las vicisitudes de lograr entrar a tan ansiado cubículo merece un post aparte…
Sí, somos tod@s la hostia de rar@s…

Yo, en mi línea, luciendo camisetas con mi declaración de principios...
…de fondo Behind these hazel eyes de Kelly Clarkson (mmm… me he debido levantar un poco pija hoy…)
Comentario:
Me encantan tus camisetas, son las más chulas que conozco. Me tienes que llevar a comprarme una. Un beso!
Comentario:
Por supuesto que merecen post aparte los baños del escapeee! Porque como vayas un poco pedillo te caes escalones abajo y no paras hasta que estés encajada en la taza del wc, amos...
Comentario:
Ays! Pues síp, yo paso por debajo brazos, cortando besos, rompiendo abrazos... eso sí, siempre con una sonrisa...
Lo que peor llevo es el roce contra brazos sudados... argggg
Besines!
Lo que peor llevo es el roce contra brazos sudados... argggg
Besines!
Comentario:
Y es que es lo peor, no soporto el metro, pero de huelga y con aglomeración es lo menos...ays, y luego con los olores corporales de la peña, los roces, y tal...arggggggggg!!!
Besillos nena!
Besillos nena!
Comentario:
Algún día te robaré tus camisetas, mientras tú intentes controlar una paella para 23 personas dirigida por una malota.
Somos rar@s, sip.
Besillos!
Somos rar@s, sip.
Besillos!
Comentario:
Tenías razón, no era sentimental, demos gracias a Ms. Goddess; pero no era lo suficientemente largo como para coger el sueño.
Decepción tras decepción...
Decepción tras decepción...
Comentario:
pero y la gente q se conoce de esa forma? jejeje
yo, como soy de riñón diurético, voy mil veces al baño y he visto cada cosa...
es divertido...
kss
yo, como soy de riñón diurético, voy mil veces al baño y he visto cada cosa...
es divertido...
kss
Comentario:
Estamos locos, no es que seamos raros. Más bien somos como ovejitas, que donde van una van todas, auque pensándolo mejor compararnos con animales sería un insulto para ellos, muchas veces se comportan más coherentemente que los propios seres racionales.