Sola ante la báscula
Desde mi punto de vista hay dos tipos de empresas:
a.- Las grandes oficinas en las que la mayoría de los empleados duran menos que los sándwiches de la máquina (conozco demasiadas de esas).
b.- Empresas con cartel de “Fundada en…” (como, por ejemplo, esa en la que pierdo mis días ahora), con empleados que se refieren a ella diciendo “esta casa” y que ya no recuerdan cuántos años llevan en ella (muchos, en cualquier caso).
Pues bien, en las pocas empresas de la categoría b en las que he estado (como, por ejemplo, esa en la que me voy durmiendo por las esquinas cada mañana) siempre hay algún ritual o costumbre que los/las empleadas llevan a cabo periódicamente.
El caso que hoy nos ocupa raya en lo vulgar pero aún así lo voy a explicar. Las empleadas de mi empresa, es decir, mis compañeras, todos los jueves tienen una cita ineludible con la báscula de una farmacia cercana.
No sé muy bien cómo me dejé enredar en este estúpido y tirano juego. Tal vez que yo, tras un año (2004) de rupturas y tensiones, comencé este (2005) en plan “redecora tu vida”: seguí sin tener vida nocturna, me apunté a un gimnasio, cambié mis habitos alimenticios y me convertí en ese tipo de persona sana, seria y responsable que jamás pensé que tendría el dudoso gusto de encontrarme mirándome al otro lado del espejo por las mañanas. En consecuencia perdí peso y, lo que es más importante, un par de tallas que me hicieron rescatar algunas prendas olvidadas en el fondo de mi armario.
Después me operaron y el mes y medio de baja me obligó a relajar mis costumbres, sobre todo en lo del gimnasio, que tenía terminantemente prohibido pisar por prescripción médica (y juro que no fue una excusa, es que me lo prohibieron de verdad)… Y ahí es cuando llego a la empresa en la que estoy ahora (esa en la que a veces me exaspero por las tonterías que escucho).
El primer jueves que ya estaba trabajando allí, vi como Jefa y Supermamá se van juntas a desayunar (me sorprende porque hasta ese día había visto cómo todas nos íbamos por nuestra cuenta a tomar el cafetito de rigor o a echarle un vistazo a los escaparates de la zona, según gustos). Me explican que todos los jueves van a pesarse para ver cómo evolucionan sus logros en materia de dietas, regímenes y demás rituales sádicos cuyo objetivo sea la perdida de peso. Y sin comerlo ni beberlo me vi incluida en la hoja de Excel que certifica que sus kilos de más y de menos suben y bajan como los índices del Nasdaq…
Hoy, al venir con los nefastos resultados de la báscula, me siento junto a Jefa para que deje constancia en el archivito de marras. Jefa se pone a mirar mi columna y la evolución de mi peso…
-Jefa: Jo, con lo bien que empezaste al entrar en “la casa”… Te ha debido de sentar muy bien porque has cogido casi cinco kilos…
Hago una bolita con el ticket de la báscula, lo tiro a la papelera y me levanto para volver a mi mesa.
-Yo: Jo, pues no lo entiendo_miento descaradamente. Sí que lo entiendo. Los donuts del desayuno, las comidas apresuradas a base de sándwiches del Sprint de la esquina y, en última instancia, los dos bocatas de jamón serrano que se me antojaron (y, en consecuencia, me ventilé) anoche seguro que tendrían algo que decir al respecto…
…de fondo Square One de Coldplay
a.- Las grandes oficinas en las que la mayoría de los empleados duran menos que los sándwiches de la máquina (conozco demasiadas de esas).
b.- Empresas con cartel de “Fundada en…” (como, por ejemplo, esa en la que pierdo mis días ahora), con empleados que se refieren a ella diciendo “esta casa” y que ya no recuerdan cuántos años llevan en ella (muchos, en cualquier caso).
Pues bien, en las pocas empresas de la categoría b en las que he estado (como, por ejemplo, esa en la que me voy durmiendo por las esquinas cada mañana) siempre hay algún ritual o costumbre que los/las empleadas llevan a cabo periódicamente.
El caso que hoy nos ocupa raya en lo vulgar pero aún así lo voy a explicar. Las empleadas de mi empresa, es decir, mis compañeras, todos los jueves tienen una cita ineludible con la báscula de una farmacia cercana.
No sé muy bien cómo me dejé enredar en este estúpido y tirano juego. Tal vez que yo, tras un año (2004) de rupturas y tensiones, comencé este (2005) en plan “redecora tu vida”: seguí sin tener vida nocturna, me apunté a un gimnasio, cambié mis habitos alimenticios y me convertí en ese tipo de persona sana, seria y responsable que jamás pensé que tendría el dudoso gusto de encontrarme mirándome al otro lado del espejo por las mañanas. En consecuencia perdí peso y, lo que es más importante, un par de tallas que me hicieron rescatar algunas prendas olvidadas en el fondo de mi armario.
Después me operaron y el mes y medio de baja me obligó a relajar mis costumbres, sobre todo en lo del gimnasio, que tenía terminantemente prohibido pisar por prescripción médica (y juro que no fue una excusa, es que me lo prohibieron de verdad)… Y ahí es cuando llego a la empresa en la que estoy ahora (esa en la que a veces me exaspero por las tonterías que escucho).
El primer jueves que ya estaba trabajando allí, vi como Jefa y Supermamá se van juntas a desayunar (me sorprende porque hasta ese día había visto cómo todas nos íbamos por nuestra cuenta a tomar el cafetito de rigor o a echarle un vistazo a los escaparates de la zona, según gustos). Me explican que todos los jueves van a pesarse para ver cómo evolucionan sus logros en materia de dietas, regímenes y demás rituales sádicos cuyo objetivo sea la perdida de peso. Y sin comerlo ni beberlo me vi incluida en la hoja de Excel que certifica que sus kilos de más y de menos suben y bajan como los índices del Nasdaq…
Hoy, al venir con los nefastos resultados de la báscula, me siento junto a Jefa para que deje constancia en el archivito de marras. Jefa se pone a mirar mi columna y la evolución de mi peso…
-Jefa: Jo, con lo bien que empezaste al entrar en “la casa”… Te ha debido de sentar muy bien porque has cogido casi cinco kilos…
Hago una bolita con el ticket de la báscula, lo tiro a la papelera y me levanto para volver a mi mesa.
-Yo: Jo, pues no lo entiendo_miento descaradamente. Sí que lo entiendo. Los donuts del desayuno, las comidas apresuradas a base de sándwiches del Sprint de la esquina y, en última instancia, los dos bocatas de jamón serrano que se me antojaron (y, en consecuencia, me ventilé) anoche seguro que tendrían algo que decir al respecto…
…de fondo Square One de Coldplay