Bimbolla
Más tierna que el pan bimbo, eso dice mi novia. Ya veremos...
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Más tierna que el pan bimbo, eso dice mi novia, ya veremos.

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Sindicación
 
Con solo una sonrisa...

Mientras conduce, enciende la radio, la canción que están emitiendo no la conoce, pero la música es suave y la voz de la cantante es dulce, por lo que decide no juguetear con los botones en busca de otra emisora. Piensa en lo curioso que resulta como, de forma casi inconsciente, necesita encontrar una cierta armonía en todo lo que hace. Cualquier otro día, nada más escuchar los primeros acordes de aquella canción, hubiese cambiado inmediatamente de emisora hasta encontrar algo más movido, algo que preparase su ánimo para un día de trabajo intenso. Sin embargo, hoy es su día de descanso y no quiere que nada acelere su ritmo, prefiere disfrutar de aquella sensación de tranquilidad.

La señal horaria indica que son las 10 de la mañana, cuando se incorpora a la carretera. No ha dejado de llover desde que salió de casa y a pesar de no ser intensa, las finas gotas de agua, en pocos segundos cubren por completo la luna del coche. Pero ni el madrugón, ni siquiera, el mal tiempo tienen hoy demasiada importancia.

Sin apartar la vista de la carretera, deja caer, suavemente, el cuello sobre un hombro y luego sobre el otro, intentando relajar la tensión acumulada de la semana. Sin darse cuenta, se ha puesto a pensar en la dura semana de trabajo que ha tenido y en todo el trabajo que le espera mañana sobre su mesa. Justo cuando intentaba recordar a qué hora tenía la reunión con su jefe, ve la señal de la carretera que indica que su salida es la próxima, pone el intermitente, reduce, y al llegar a la glorieta y girar a la derecha, de nuevo aquella sensación. Siempre le ocurre lo mismo. No lleva mucho tiempo frecuentando aquel lugar, pero desde el primer día, siempre la sorprende la mezcla tan extraña de sensaciones que le produce la visión de aquel sitio.

El entorno es espectacular, al fondo, las montañas cubiertas por una intensa capa de color verde, ni siquiera las nubes que cubren sus cimas, consiguen disminuir su belleza. A ambos lados de la carretera, enormes praderas repletas de minúsculas flores de color blanco y amarillo. De vez en cuando, a lo lejos, se ven pequeños bosquecillos, de árboles altísimos, sus troncos son extremadamente delgados, sus ramas resultan algo cortas y sus hojas, algo escasas, tienen un apagado color rojizo. Su aspecto frágil y sus colores mates contrastan con la exhuberancia y la fuerza del resto del paisaje. A simple vista, parecen débiles y con pocas expectativas de salir adelante, sin embargo, año tras año, sobreviven a los rigurosos inviernos de la zona. Es como si la naturaleza, hubiese dotado de una fuerza fuera de lo común a aquellos escuálidos árboles. Tal vez intentando compensar su escasa suerte al haber crecido aislados, en medio de la pradera, en lugar, de en las laderas de las montañas donde el resto de árboles crecen robustos, con fuertes ramas repletas de hojas de un verde intenso.

La primera vez que llegó allí, pensó, en lo mucho que le gustaría vivir en un sitio como este. Inspiró profundamente y al expirar soltó la sensación de angustia que convivía con ella desde hacía demasiado tiempo. Sabía que era un pequeño desahogo, rápidamente se volvería a apoderar de ella, pero aún así, por un instante se sintió liberada.

Casi sin darse cuenta, había tomado la pequeña carretera que se sitúa justo delante de aquella gigantesca mole de hormigón y metal. Sin embargo y a pesar, de sus dimensiones, solo es visible cuando estás cerca, es como si a una determinada distancia fuera imperceptible a la vista. Le sigue resultando tan impresionante como la primera vez, su visión es tan espectacular como la de las montañas, pero bastante más sórdida. Sus muros grises, la alambrada oxidada y aquella enorme torre de control, la recordaron a qué había ido hoy allí. De repente volvió la angustia y la sensación de ahogo, que había dejado atrás hacía apenas un par de kilómetros.

Como en otras ocasiones, busca aparcamiento cerca de la puerta, pero hoy tiene que dar varias vueltas, hay más gente de lo habitual. Baja del coche, se cerciora de haber cerrado las puertas y se dirige a la entrada principal.

En la entrada hay algún grupo de personas, que charlan mientras se fuman un cigarro y esperan a escuchar su nombre por los altavoces. Entra a la sala de espera y echa un vistazo, pero no ve ninguna cara conocida. Coge su teléfono móvil, pero no consigue contactar. Le extraña que no hayan llegado todavía, vuelve a marcar, pero sigue sin obtener respuesta. Sale de nuevo a la puerta y se queda esperando, mirando aquellas montañas, que desde aquel lugar no parecen tener la misma belleza.

Estaba tan concentrada en sus pensamientos, que no se había percatado, de que sus compañeros ya habían llegado. Se acercó a saludarlos y mientras le explicaban que el móvil se había quedado sin batería, sintió que alguien le agarraba su pantalón. Al girarse no vio a nadie, hasta que bajó la vista y le vio Era Rubén, un chiquitín de algo más de un año y del que hacía tiempo que no sabía nada. Le habían comentado que afortunadamente ya no estaba dentro, habían dejado en libertad bajo fianza a su madre y por fin, disfrutaba de una vida en libertad.

Al verlo, lo abrazó, mientras él respondía con una sonrisa. La misma que hace unos meses dio sentido a los madrugones, a los kilómetros de distancia y al cansancio del día siguiente. Hasta aquel día, aunque cumplía con el compromiso que había adquirido, no encontraba mucho sentido a lo que hacía, no se sentía útil. Sin embargo, ese día ocurrió algo, estaban como otras veces en el parque, Rubén no hacía mucho tiempo que había salido por primera vez y se mostraba, serio, distante, ausente, era muy difícil conectar con él, nunca lloraba, pero tampoco reía nunca. Ese día, sin motivo, simplemente porque sí decidió ponerse a correr cuando ella le dijo ¡qué te cojo! aunque se sorprendió no dejó de correr detrás de él hasta que lo alcanzó, lo cogió en brazos, le sonrió mientras le decía ¡te pillé! y le daba un beso en la mejilla...él se quedó mirándola mientras reía a carcajadas. Era la primera vez que le veía sonreír, la primera vez que jugaba, la primera vez que salía de su mundo. Fue en aquel momento, cuando supo que lo que le había dicho Eva, la chica que la orientó cuando comenzó, “nosotros no hacemos caridad, solo intentamos echar una mano”, comenzó a tener sentido. Efectivamente, la caridad se hace sin recibir nada a cambio, y ella con aquella sonrisa había recibido más de lo que había esperado. Había aprendido más de aquel niño, de lo que había aprendido de muchos adultos, había aprendido a confiar, a tener esperanza y a sonreírle a la vida.

 
Comentario:
qué bien que se te vea tan feliz... :-)
 
Comentario:
Descubrir estos pequeños rincones escondidos en ti, es lo que me hace estar totalmente enganchada... (sin contar muchas otras cosas, claro)

Yo me siento de forma parecida cuando tú me sonries... sigues enseñándome tantas cosas...
 
Comentario:
ufff,qué posts más duros leo últimamente!Me ha encantado...llevo días sin poder comentarte, por fin!
Besitos.
 
Comentario:
uf! me he quedado sin palabras para comentar,esas cosas me tocan demasiado la fibra sensible. muy bonito y bien contado. Ojalá Rubén siga sonriendo y no haya una sino mil sonrisas más en los dos. un besazo
No