¿Qué hace una chica como tu en un sitio como éste?
En realidad, no era una sino 6 chicas y el lugar este...

La semana pasada nos fuimos unas cuantas amiguitas de fin de semana rural. Lo teníamos todo preparado, bueno casi todo, de hecho quedamos en varias ocasiones para ultimar detalles y hacer la lista de provisiones, que dicho sea de paso no sirvió para nada. Y es que a quién se le ocurre hacer una lista a las 4 de la mañana tras 2 o 10 cervezas (no recuerdo exactamente), y lo que es peor aún, a quién se le ocurre darme a mí ese minúsculo trocito de papel del que, por supuesto, nunca más se supo. Así que improvisamos un poco y cada una compró lo que recordaba o lo que le apetecía. A mi no se me olvidaron, ni las cervezas, ni el ron (que tenía en el armario desde la última casa rural), ni tampoco los boniatos, que aunque no estuvieran en la lista me hacía ilusión volver a comerlos, como cuando era peque y mi madre los asaba en casa.
La verdad es que fue y se nos hizo corto, pero también fue intenso, muy intenso. Salimos el viernes por la tarde-noche, el viaje fue bueno si obviamos que algún gracioso se dedicó a quitar/cambiar los carteles de la carretera, que la lluvia caía a cubos sobre la luna, que a algún despistado se le olvidó encender las farolas y por último pero no menos importante, el viento, ese agradable viento que dejaba a su paso la carretera llena de ramas, y que casi convierte a mi coche en descapotable... yo ya no sabía si agarraba el volante para mantener el coche en la carretera o para no salir volando.
Pero cuando llegamos y vimos la casa se nos olvidó todo, nos esperaban con la chimenea encendida, la cena puesta en la mesa y la habitación preparada. La casa era preciosa, habían cuidado hasta el último detalle, en nuestra habitación teníamos hasta un colchón de agua. Yo cuando lo vi aluciné, pero todavía aluciné más cuando al sentarme, chof, chof, chof..oohhh ni colchón de agua ni ná, goteras!
Aunque para alucinar el paseo por “Las Chorreras”,

es un lugar precioso, lleno de vegetación y animalitos, nosotras nos encontramos con unos 100 o 200 como este...

En fin, y fuera de broma, lo pasé genial, me reí un montón, volví a comer boniatos y castañas asadas, aprendí a jugar con los dados al mentiroso (y no perdí), aunque alguna se picó jijiji. Izel y yo nos enfurruñamos aunque se solucionó con unos cuantos achuchones y celebramos nuestro 6º aniversario pero esto, sshhh, que es secreto. Pumba y Marques se lo pasaron bomba correteando por el campo y saltando por todos los charcos que encontraban, la casa, incluso con goteras es una pasada y el sitio es un privilegio...y si, vale, vale, lo reconozco soy una paleta de asfalto!
La castaña de mojitos se pospuso y la botella de ron volvió al armario de la cocina, a la espera de la próxima escapada que ya tiene fecha.

La semana pasada nos fuimos unas cuantas amiguitas de fin de semana rural. Lo teníamos todo preparado, bueno casi todo, de hecho quedamos en varias ocasiones para ultimar detalles y hacer la lista de provisiones, que dicho sea de paso no sirvió para nada. Y es que a quién se le ocurre hacer una lista a las 4 de la mañana tras 2 o 10 cervezas (no recuerdo exactamente), y lo que es peor aún, a quién se le ocurre darme a mí ese minúsculo trocito de papel del que, por supuesto, nunca más se supo. Así que improvisamos un poco y cada una compró lo que recordaba o lo que le apetecía. A mi no se me olvidaron, ni las cervezas, ni el ron (que tenía en el armario desde la última casa rural), ni tampoco los boniatos, que aunque no estuvieran en la lista me hacía ilusión volver a comerlos, como cuando era peque y mi madre los asaba en casa.
La verdad es que fue y se nos hizo corto, pero también fue intenso, muy intenso. Salimos el viernes por la tarde-noche, el viaje fue bueno si obviamos que algún gracioso se dedicó a quitar/cambiar los carteles de la carretera, que la lluvia caía a cubos sobre la luna, que a algún despistado se le olvidó encender las farolas y por último pero no menos importante, el viento, ese agradable viento que dejaba a su paso la carretera llena de ramas, y que casi convierte a mi coche en descapotable... yo ya no sabía si agarraba el volante para mantener el coche en la carretera o para no salir volando.
Pero cuando llegamos y vimos la casa se nos olvidó todo, nos esperaban con la chimenea encendida, la cena puesta en la mesa y la habitación preparada. La casa era preciosa, habían cuidado hasta el último detalle, en nuestra habitación teníamos hasta un colchón de agua. Yo cuando lo vi aluciné, pero todavía aluciné más cuando al sentarme, chof, chof, chof..oohhh ni colchón de agua ni ná, goteras!
Aunque para alucinar el paseo por “Las Chorreras”,

es un lugar precioso, lleno de vegetación y animalitos, nosotras nos encontramos con unos 100 o 200 como este...

En fin, y fuera de broma, lo pasé genial, me reí un montón, volví a comer boniatos y castañas asadas, aprendí a jugar con los dados al mentiroso (y no perdí), aunque alguna se picó jijiji. Izel y yo nos enfurruñamos aunque se solucionó con unos cuantos achuchones y celebramos nuestro 6º aniversario pero esto, sshhh, que es secreto. Pumba y Marques se lo pasaron bomba correteando por el campo y saltando por todos los charcos que encontraban, la casa, incluso con goteras es una pasada y el sitio es un privilegio...y si, vale, vale, lo reconozco soy una paleta de asfalto!
La castaña de mojitos se pospuso y la botella de ron volvió al armario de la cocina, a la espera de la próxima escapada que ya tiene fecha.

