Bimbolla
Más tierna que el pan bimbo, eso dice mi novia. Ya veremos...
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Más tierna que el pan bimbo, eso dice mi novia, ya veremos.

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Sindicación
 
Recuerdos de la infancia.
Sentada en una de las sillas forradas de polipiel rojo que hay junto a la recepción, observo la puerta. No sé cuanto tiempo llevo esperando, tal vez no sea mucho, pero los minutos se hacen eternos.

De vez en cuando, la señorita de la recepción levanta la vista por encima del mostrador y me mira, eso me hace sentir incómoda y agacho la cabeza avergonzada. En silencio, repito una y otra vez, sal ya, por favor, sal ya. Si no fuera tan miedosa probablemente, ya hubiese salido corriendo hace rato, pero esta oscureciendo, no tengo dinero para el autobús y mi casa esta demasiado lejos para ir andando.

Escucho ruido en la sala colindante y levanto la mirada. Estoy ansiosa por verla y sonrío. Pienso que de un momento a otro se abrirá aquella enorme puerta y aparecerá, me cogerá de la mano y nos iremos a casa.

Pasan unos segundos y se abre la puerta de la sala, comienza a salir gente. Sin levantarme de la silla, me inclino de un lado a otro, intento localizarla entre el grupo de 5 o 6 personas que sale. No está. Antes de que se cierre la puerta, estiro el cuello por si logro verla, pero la sala es demasiado grande, hay demasiada gente y la puerta se cierra demasiado rápido. Intento no ponerme nerviosa sé que todavía hay tiempo. Mientras siga escuchando el alboroto de las sillas, de la gente charlando y riendo y sobre todo, mientras que no se encienda el letrero rojo de “No pasar” aún puede aparecer.

Al abrirse la puerta de la calle, noto en la espalda una ráfaga de aire frío. Me giro y veo a una pareja que se dirige hacia el mostrador de recepción. Al pasar por delante de mí me lanzan una mirada de “desaprobación”. No entiendo porqué me miran así o tal vez sí y por eso en lugar de gritarles que no me miren de esa forma, que solo estoy esperando a mi madre. Callo y miro al suelo.

Al llegar al mostrador, la señorita les toma los datos rápidamente para que les dé tiempo a entrar antes de que se apague el letrero que permite acceder a la sala. Cuando abren la puerta para entrar, no puedo evitar ponerme de pie para mirar. La señorita del mostrador levanta la vista y me mira sin decir nada. Yo permanezco de pie, intentado verla, pero la puerta se cierra de nuevo. Vuelvo a sentarme y la señorita vuelve a esconderse tras el mostrador. Se enciende el letrero rojo y poco a poco todo se queda en silencio.

Sentada con las manos agarradas a los lados del asiento de la silla, levanto un poco los pies del suelo manteniendo las rodillas flexionadas y comienzo a balancearme suavemente. En pocos segundos, mi naturaleza soñadora, me permite alejarme de aquella sala y me traslada a un mundo en el que solo hay niños. Yo también lo soy, pero además soy una bruja buena, con escoba voladora y polvos mágicos con los que hago aparecer tartas que nos comemos con las manos y nos tiramos a la cara unos a otros. Justo cuando estoy en mitad de una batalla de bizcocho y nata, escucho una voz que grita ¡Bingo!. Poco a poco, se desvanece todo ante mis ojos y me veo de nuevo en la sala de espera. Detengo el balanceo, apoyo los pies en el suelo y permanezco quieta esperando escuchar de nuevo aquella voz. De pronto, otra vez, alboroto en la sala y se apaga el letrero rojo. Las máquinas tragaperras que están junto al mostrador parecen detectar el movimiento y comienzan a emitir aquella musiquilla horrible.

Se abre la puerta y veo a mi madre, rápidamente me levanto de la silla y voy hacia ella. Al verme me coge de la mano y me sonríe, mientras nos acercamos de nuevo a la silla a por mi abrigo. Algo enfuruñada, le reprocho todo el tiempo que me ha dejado sola, me contesta que tampoco ha sido tanto y me pide que me ponga el abrigo.

Cuando salimos a la calle ya ha anochecido. Nos dirigimos hacia la parada del autobús y una vez allí, mientras esperamos a que llegue el nuestro, nos sentamos en el banco. Estamos sentadas la una junto a la otra, en silencio, no me ha vuelto a dirigir la palabra desde que salimos. La miro pero ella esquiva mi mirada. No es la primera vez que la veo así, por lo que ya sé lo que ocurre y prefiero no preguntar. Al cabo de unos minutos, no lo puede evitar y rompe a llorar, le digo que no se preocupe que no pasa nada. Ella me responde que ha perdido, intuía que hoy iba a tener suerte y se ha jugado todo el dinero. Continúa diciendo que lo ha hecho porque si hubiese ganado, tendríamos dinero para pasar todo el mes, pero no ha sido así y ahora nos hemos quedado sin nada.

Me invade la rabia, la impotencia y me enfado mucho, muchísimo con ella, pero me callo, me agarro con fuerza a su brazo y lloramos.

 
Comentario:
A mi mejor amigo su madre le está haciendo lo mismo y el se juega la vida en su trabajo para tapar sus trampas porque se siente responsable de ella.
 
Comentario:
Ya te tengo...
No