El Sr. R.
Hace unos días nos fuimos a comer para celebrar la jubilación del Sr. R., una de las “vacas sagradas” de mi empresa. Cualquiera que me conozca un poco, sabe que huyo de cierto tipo de eventos, sobre todo, porque en la mayoría de los casos me resultan fríos, vacíos, forzados y lo peor de todo falsos. Sin embargo ésta era la despedida “no oficial”, es decir, organizada por y con la gente más cercana en la que cada cual paga lo suyo y pone algo de dinerillo para hacer un regalito.
Me apetecía estar allí, porque aunque el tipo en cuestión al comienzo fue muy duro conmigo, con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que realmente me caló desde el primer día y que aunque, en ocasiones, tuviera ganas de matarlo, lo cierto es que hubo momentos en los que sus provocaciones reforzaron mi actitud.
En algún momento llegué a pensar que yo para él no era más que una cría, sin estudios y sin ningún futuro que no fuera meramente administrativo. Que conste que no tengo nada en contra, de hecho durante mucho tiempo fueron mis únicas funciones, pero tenía otras inquietudes, quería aprender y sobre todo quería demostrar que podía hacerlo.
Todavía recuerdo el día que le dije que comenzaba a estudiar la carrera, levantó la vista del papel en el que estaba escribiendo, me miró y con una media sonrisa me dijo “no sabes donde te estás metiendo” bastó con eso para darme cuenta de lo poco que confiaba en mis posibilidades. Por supuesto, esto no solo no me acobardó sino que me indignó y me sirvió de motivación. Desde el primer año y hasta el último me fue preguntando periódicamente como me iba. Al principio, con ese aire de desconfianza pero al finalizar el primer año y decirle que había aprobado todo con una nota media de notable, su actitud cambió. Los comentarios irritantes se convirtieron en palabras de ánimo y comenzó a llamarme a su despacho para enseñarme los “trucos” que no me iban a enseñar en la facultad. Tengo que decir que él junto con mi jefe actual son las personas que más me han enseñado y que más han confiado en mí a lo largo de los más de 15 años que llevo en la empresa.
Por todo eso y por el montón de momentos compartidos, buenos y no tanto, quería estar presente. Tras la comida, comenzaron una serie de espontáneos “mini discursillos” de agradecimiento. Lo cierto, es que la mayoría fueron muy cariñosos, excepto algún graciosillo que con 3 copas de más o tres neuronas de menos hizo el típico comentario con tintes machistas que algunos descerebrados consideran gracioso. Afortunadamente, comprobé que cada vez son menos. Al terminar los postres y servir el café aproveché que nos llamaron para hacernos una foto, para sentarme a su lado y disponer de unos minutos para charlar.
Mi carácter (mal carácter, que dirían ellos) me impide mostrar de forma abierta mis sentimientos. Pero el otro día, era un día especial y a mi “manera” quería darle las gracias. Sin embargo, antes de que pudiera empezar a hablar, comenzó a preguntarme por mi vida, quería saber si ya me había recuperado tras los altibajos de los dos últimos años. Y es que por muy reservada que sea todo se termina sabiendo. Me sorprendió y me agradó su preocupación, así que le contesté la verdad, que lo pasé mal durante un tiempo pero que ya me encontraba mucho mejor. Antes de que tuviera tiempo para reaccionar, siguió diciendo que hace un tiempo le había comentado a mi jefe que me consideraba una magnífica profesional pero con mucho carácter, en ese momento quería que la tierra me tragase, pero cuando al final dijo: “sabes, me recuerdas a mí cuando tenía tu edad”, tuve que tragar saliva y hacer un esfuerzo sobre humano para no emocionarme y es que, en realidad, soy una sensiblona, con cara de mala leche, pero sensiblona.
Me puse tan nerviosa, que cuando pude levantar la vista del mantel y volver a mirarlo a los ojos, solo acerté a decir “gracias por todo”. Supongo, que es cierto lo que dicen de que una mirada vale más que mil palabras, porque simplemente me sonrío y contestó “lo sé, lo sé”.
Me apetecía estar allí, porque aunque el tipo en cuestión al comienzo fue muy duro conmigo, con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que realmente me caló desde el primer día y que aunque, en ocasiones, tuviera ganas de matarlo, lo cierto es que hubo momentos en los que sus provocaciones reforzaron mi actitud.
En algún momento llegué a pensar que yo para él no era más que una cría, sin estudios y sin ningún futuro que no fuera meramente administrativo. Que conste que no tengo nada en contra, de hecho durante mucho tiempo fueron mis únicas funciones, pero tenía otras inquietudes, quería aprender y sobre todo quería demostrar que podía hacerlo.
Todavía recuerdo el día que le dije que comenzaba a estudiar la carrera, levantó la vista del papel en el que estaba escribiendo, me miró y con una media sonrisa me dijo “no sabes donde te estás metiendo” bastó con eso para darme cuenta de lo poco que confiaba en mis posibilidades. Por supuesto, esto no solo no me acobardó sino que me indignó y me sirvió de motivación. Desde el primer año y hasta el último me fue preguntando periódicamente como me iba. Al principio, con ese aire de desconfianza pero al finalizar el primer año y decirle que había aprobado todo con una nota media de notable, su actitud cambió. Los comentarios irritantes se convirtieron en palabras de ánimo y comenzó a llamarme a su despacho para enseñarme los “trucos” que no me iban a enseñar en la facultad. Tengo que decir que él junto con mi jefe actual son las personas que más me han enseñado y que más han confiado en mí a lo largo de los más de 15 años que llevo en la empresa.
Por todo eso y por el montón de momentos compartidos, buenos y no tanto, quería estar presente. Tras la comida, comenzaron una serie de espontáneos “mini discursillos” de agradecimiento. Lo cierto, es que la mayoría fueron muy cariñosos, excepto algún graciosillo que con 3 copas de más o tres neuronas de menos hizo el típico comentario con tintes machistas que algunos descerebrados consideran gracioso. Afortunadamente, comprobé que cada vez son menos. Al terminar los postres y servir el café aproveché que nos llamaron para hacernos una foto, para sentarme a su lado y disponer de unos minutos para charlar.
Mi carácter (mal carácter, que dirían ellos) me impide mostrar de forma abierta mis sentimientos. Pero el otro día, era un día especial y a mi “manera” quería darle las gracias. Sin embargo, antes de que pudiera empezar a hablar, comenzó a preguntarme por mi vida, quería saber si ya me había recuperado tras los altibajos de los dos últimos años. Y es que por muy reservada que sea todo se termina sabiendo. Me sorprendió y me agradó su preocupación, así que le contesté la verdad, que lo pasé mal durante un tiempo pero que ya me encontraba mucho mejor. Antes de que tuviera tiempo para reaccionar, siguió diciendo que hace un tiempo le había comentado a mi jefe que me consideraba una magnífica profesional pero con mucho carácter, en ese momento quería que la tierra me tragase, pero cuando al final dijo: “sabes, me recuerdas a mí cuando tenía tu edad”, tuve que tragar saliva y hacer un esfuerzo sobre humano para no emocionarme y es que, en realidad, soy una sensiblona, con cara de mala leche, pero sensiblona.
Me puse tan nerviosa, que cuando pude levantar la vista del mantel y volver a mirarlo a los ojos, solo acerté a decir “gracias por todo”. Supongo, que es cierto lo que dicen de que una mirada vale más que mil palabras, porque simplemente me sonrío y contestó “lo sé, lo sé”.
Comentario:
Esa es mi niña... fría, calculadora, mujer fatal...¿o no era eso?... pero con una humanidad que no le cabe en el pecho...
Oye... el sr R... cuando tenía tu edad... ¿era tan guapa? Juassss
Oye... el sr R... cuando tenía tu edad... ¿era tan guapa? Juassss
Comentario:
Joer! que casi saco un kleenex y me pongo a llorar! ( pero me alegro mucho por tí..) un besazo y a seguir asi.

