La bicicleta.
Hace ya unos cuántos años, cuando todavía había jugueterías donde la dependienta se conocía a todos los niños del barrio y se sabía la fecha de cumpleaños de la mitad. Recuerdo que solía asomarme, casi a diario, al escaparate de la tienda. Pegaba la nariz al cristal e imaginaba que vestidito le pondría a aquel nenuco cabezón, o si me atrevería a tirarme por la cuesta del parque con aquellos patines o en como ganar a mis hermanos con aquel juego de hipopótamos que tragaban bolas de plástico.
Creo que si en algún momento hubiese tenido alguno de aquellos juguetes, me hubiera aburrido de él enseguida, porque cada vez que cambiaban el escaparate me olvidaba de los que habían estado en mi imaginación durante las últimas semanas y comenzaba a soñar con los nuevos.
Un día al salir del colegio y de camino a casa, como era costumbre me paré ante el cristal de la tienda y la vi. Era la bicicleta más bonita que había visto, llevaba cuatro ruedas pero a mí me encantaba. Tenía timbre, un sillín sobre la rueda de atrás y era de un color verde precioso. También había juguetes y muñecas nuevas, pero ya no llamaban mi atención, sólo veía la bicicleta y me pasé días soñando con los paseos que me daría en ella.
Al poco tiempo, llegó la fecha de mi cumpleaños y para mi sorpresa me encontré con la bicicleta de mis sueños en el salón de mi casa. Estaba eufórica y enseguida comencé a pasearme con ella, al principio me costaba ir en línea recta pero poco a poco aprendí a colocar bien el manillar y a utilizar los frenos. Estaba tan entretenida con mi bici que ya ni siquiera me paraba frente al escaparate de la juguetería, solo quería llegar a casa lo antes posible para poder darme unas vueltas con ella.
Poco a poco fui cogiendo confianza y llegó el momento de la verdad, había que quitarle las ruedas de atrás. Tenía algo de miedo, pero aún así quise quitarlas porque después de unas semanas me sentía cómoda y segura sobre ella.
Nada más levantar los pies del suelo, perdí el equilibrio y me caí. Además, como no me lo esperaba caí mal y me hice una herida en la mano y un moratón en la pierna que me duró semanas. Me enfadé un montón, no quería volver a subirme a ella y la desterré a la terraza. Siempre fui una niña bastante tranquila, no me gustaban los juegos de fuerza, ni las peleas, por lo que no estaba acostumbrada a hacerme daño jugando o al menos no tanto. Además no solo estaba dolorida por las heridas también estaba molesta con la bici, para mí se había convertido en mi mejor compañera de juegos y sentía que me había fallado. Pasé días sin querer acercarme a ella e intenté recuperar mi vieja afición por el escaparate de la tienda de juguetes. Pero ya no me hacía ilusión nada de lo que había.
Una tarde, me asomé a la terraza y al verla me di cuenta de lo mucho que echaba de menos los paseos con mi bici. Fue en ese momento cuando pensé que aquel enfado ya no tenía sentido. Cogí la bicicleta y la bajé a la calle. Busqué la zona más llana del parque, agarré el manillar y levanté los pies del suelo. Perdí el equilibrio de nuevo, pero esta vez estaba prevenida y logré apoyar el pie a tiempo, sin embargo el peso de la bici terminó por desequilibrarme y volví a caer aunque esta vez no me hice tanto daño. Me levanté y lo volví a intentar. No recuerdo cuántas veces me caí ese día y los siguientes, pero al final lo logré o tal vez tendría que decir que lo logramos, porque ahora que lo pienso no sé si era yo la que me mantenía sobre la bicicleta o era ella la que me mantenía a mi.
No sé quién se llevó más golpes si la bici o yo. Incluso aún cuando ya sabía montar en alguna ocasión, nos encontramos con algún bache o con alguna cuesta que nos ponía las cosas difíciles y en más de una ocasión volvimos a topar contra el suelo. A veces me enfadaba, a veces me hacía daño yo y otras veces la bici sufría algún desperfecto, pero al final, siempre me terminaba levantando, recogía la bici y continuábamos nuestro camino. Con el tiempo aprendí que ese era el precio que tenía que pagar por vivir en lugar de soñar.
Hoy por hoy, me sigo cayendo, me sigo haciendo daño, me sigo enfadando, pero creo que aprendí la lección.
Hoy por hoy sigo apostando por vivir.
Creo que si en algún momento hubiese tenido alguno de aquellos juguetes, me hubiera aburrido de él enseguida, porque cada vez que cambiaban el escaparate me olvidaba de los que habían estado en mi imaginación durante las últimas semanas y comenzaba a soñar con los nuevos.
Un día al salir del colegio y de camino a casa, como era costumbre me paré ante el cristal de la tienda y la vi. Era la bicicleta más bonita que había visto, llevaba cuatro ruedas pero a mí me encantaba. Tenía timbre, un sillín sobre la rueda de atrás y era de un color verde precioso. También había juguetes y muñecas nuevas, pero ya no llamaban mi atención, sólo veía la bicicleta y me pasé días soñando con los paseos que me daría en ella.
Al poco tiempo, llegó la fecha de mi cumpleaños y para mi sorpresa me encontré con la bicicleta de mis sueños en el salón de mi casa. Estaba eufórica y enseguida comencé a pasearme con ella, al principio me costaba ir en línea recta pero poco a poco aprendí a colocar bien el manillar y a utilizar los frenos. Estaba tan entretenida con mi bici que ya ni siquiera me paraba frente al escaparate de la juguetería, solo quería llegar a casa lo antes posible para poder darme unas vueltas con ella.
Poco a poco fui cogiendo confianza y llegó el momento de la verdad, había que quitarle las ruedas de atrás. Tenía algo de miedo, pero aún así quise quitarlas porque después de unas semanas me sentía cómoda y segura sobre ella.
Nada más levantar los pies del suelo, perdí el equilibrio y me caí. Además, como no me lo esperaba caí mal y me hice una herida en la mano y un moratón en la pierna que me duró semanas. Me enfadé un montón, no quería volver a subirme a ella y la desterré a la terraza. Siempre fui una niña bastante tranquila, no me gustaban los juegos de fuerza, ni las peleas, por lo que no estaba acostumbrada a hacerme daño jugando o al menos no tanto. Además no solo estaba dolorida por las heridas también estaba molesta con la bici, para mí se había convertido en mi mejor compañera de juegos y sentía que me había fallado. Pasé días sin querer acercarme a ella e intenté recuperar mi vieja afición por el escaparate de la tienda de juguetes. Pero ya no me hacía ilusión nada de lo que había.
Una tarde, me asomé a la terraza y al verla me di cuenta de lo mucho que echaba de menos los paseos con mi bici. Fue en ese momento cuando pensé que aquel enfado ya no tenía sentido. Cogí la bicicleta y la bajé a la calle. Busqué la zona más llana del parque, agarré el manillar y levanté los pies del suelo. Perdí el equilibrio de nuevo, pero esta vez estaba prevenida y logré apoyar el pie a tiempo, sin embargo el peso de la bici terminó por desequilibrarme y volví a caer aunque esta vez no me hice tanto daño. Me levanté y lo volví a intentar. No recuerdo cuántas veces me caí ese día y los siguientes, pero al final lo logré o tal vez tendría que decir que lo logramos, porque ahora que lo pienso no sé si era yo la que me mantenía sobre la bicicleta o era ella la que me mantenía a mi.
No sé quién se llevó más golpes si la bici o yo. Incluso aún cuando ya sabía montar en alguna ocasión, nos encontramos con algún bache o con alguna cuesta que nos ponía las cosas difíciles y en más de una ocasión volvimos a topar contra el suelo. A veces me enfadaba, a veces me hacía daño yo y otras veces la bici sufría algún desperfecto, pero al final, siempre me terminaba levantando, recogía la bici y continuábamos nuestro camino. Con el tiempo aprendí que ese era el precio que tenía que pagar por vivir en lugar de soñar.
Hoy por hoy, me sigo cayendo, me sigo haciendo daño, me sigo enfadando, pero creo que aprendí la lección.
Hoy por hoy sigo apostando por vivir.
Comentario:
holaaa! la verdad q no comparto el pensamiento aunque nunca andube en bici porque siempre tenia pánico de lastimarme, de niña siempre fui muy miedosa y tampoco me gustaban los deportes o juegos de fuerza por lo que no estoy para nada acostumbrada a lastimarme y si para disfrutar de andar en bici tengo que andar lastimandome prefiero viajar en colectivo por el resto de mi vida. Ademas soy pelirroja y tengo la piel super sensible, suavecita y pecosa por eso me cuido mucho de los golpes porq no me gusta tener ni una marquita.
besos!
besos!
Comentario:
Me ha gustado el relato, pero sobre todo... la "moraleja" :)
Por otro lado... mi medio de transporte a día de hoy sigue siendo la bici, y cdo no, el "coche de san fernando" (q cuando me enteré de lo q era... qé disgusto!!! jejej.)
Por otro lado... mi medio de transporte a día de hoy sigue siendo la bici, y cdo no, el "coche de san fernando" (q cuando me enteré de lo q era... qé disgusto!!! jejej.)
Comentario:
Y probablemente continuarás cayendo... pero cada vez menos, porque aprendes cada vez más :)
Así es la vida :)
Así es la vida :)
Comentario:
Hace un montón de tiempo que no monto en bici y eso que me encanta.Yo fui pasando por todo: el taca- triciclo-bici pequeña con 4 ruedas y luego la superbici grande; despues me salté la moto y me fui al coche. De la bici me he caido pocas veces pero en la vida bastantes aun así estoy contigo y si me caigo me vuelvo a levantar y sigo, yo también apuesto por vivir. besitos
Comentario:
Pero... ¿Qué es esto? ¿Un complot pa recordarme que soy una vaga que en vez de coger la bici se sienta cómodamente en el metro? Ays...
Comentario:
Halaaaa!!! hemos coincidido en el título, aunque no en el tema.
¡¡¡qué gracia!!! ¿no?
¡¡¡qué gracia!!! ¿no?

