Mi hermana
Hace unas semanas te fui a ver, tu actitud, como siempre, amable y comprensiva. Me dejas las llaves con una sonrisa cómplice. Hay veces que me confiesas lo mucho que te gustaría salir y entrar, aunque sé que nunca cambiarías mis andanzas por tus niños. Dos días, en los que ni tu mirada, ni tu sonrisa, ni tu actitud, me indicaban una preocupación, más allá de las normales de estas fechas. Ya se sabe, 3 hijos a los que matricular en el colegio, pueden traer grandes quebraderos de cabeza.
Dos semanas después, una llamada casual, me anuncia que vienes...vuelves a casa. Al principio, me sorprende. Será un enfado y tal vez no pase del calentón del momento. Sé que no he estado muy pendiente estos años. En ocasiones, en conversaciones ajenas, se escapa alguna frase, alguna palabra que me hace intuir que no estas bien. Entonces, te llamo, te doy una de mis charlas, sobre feminismo e independencia. Pero más tarde pienso, que yo no soy tu, que mis circunstancias no son las tuyas. Por eso yo lo veo tan claro, por eso tu haces lentamente las maletas. Con la seguridad de tener que hacerlas, con la incertidumbre de donde irás. Y entonces te dices “pero, si es mi casa, son mis padres”. Ellos te protegerán, ellos te apoyarán.
Y entonces, coges tus maletas, tus tres niños, la escasa autoestima, el miedo de la incertidumbre que paraliza, y dejas la tristeza de 18 años, los reproches y el chantaje emocional detrás de la puerta. Y piensas, en lo duro que resulta, y piensas que pena no poder dejar de quererlo ¿quererlo?. Entonces piensas que tu puedes. Si, tu puedes y das un paso, y luego otro hasta que llegas a casa.
Una vez has entrado en casa, has soltado las maletas y a los tres niños, repasas todo lo que has traído, no se te ha olvidado nada. Sabes que con lo que traes, te va a resultar duro. Y entonces, sientes que 18 años fuera son demasiado, que esa ya no es tu casa, que tus padres no soportan el peso de tu vida y te tambaleas. Y te llama y tu le escuchas. Y yo te digo que tu decides, ya has hecho lo más difícil. Y te repito, que si, que si, tu puedes. Tu me escuchas y me hablas de lo mucho que ha cambiado. Nunca te había dicho algo así y tu lo crees o quieres creerlo. Y yo no sé que hacer, quiero que me escuches, pero cada vez te siento más lejos. Creo que necesitas creer lo que cuentas, creo que te da más miedo un futuro incierto, que la certeza de una vida sin ilusión.
El otro día, te fuiste con él, creo que no me escuchaste ¿o fue al revés?. Y yo no sé que hacer. Siento que te pierdo, siento que cada día tu luz se apagará más y pienso en lo mucho que hemos hablado. Quizás no lo suficiente, quizás no supe decir lo que necesitabas oír. Quizás, solo hablaba yo.
Dos semanas después, una llamada casual, me anuncia que vienes...vuelves a casa. Al principio, me sorprende. Será un enfado y tal vez no pase del calentón del momento. Sé que no he estado muy pendiente estos años. En ocasiones, en conversaciones ajenas, se escapa alguna frase, alguna palabra que me hace intuir que no estas bien. Entonces, te llamo, te doy una de mis charlas, sobre feminismo e independencia. Pero más tarde pienso, que yo no soy tu, que mis circunstancias no son las tuyas. Por eso yo lo veo tan claro, por eso tu haces lentamente las maletas. Con la seguridad de tener que hacerlas, con la incertidumbre de donde irás. Y entonces te dices “pero, si es mi casa, son mis padres”. Ellos te protegerán, ellos te apoyarán.
Y entonces, coges tus maletas, tus tres niños, la escasa autoestima, el miedo de la incertidumbre que paraliza, y dejas la tristeza de 18 años, los reproches y el chantaje emocional detrás de la puerta. Y piensas, en lo duro que resulta, y piensas que pena no poder dejar de quererlo ¿quererlo?. Entonces piensas que tu puedes. Si, tu puedes y das un paso, y luego otro hasta que llegas a casa.
Una vez has entrado en casa, has soltado las maletas y a los tres niños, repasas todo lo que has traído, no se te ha olvidado nada. Sabes que con lo que traes, te va a resultar duro. Y entonces, sientes que 18 años fuera son demasiado, que esa ya no es tu casa, que tus padres no soportan el peso de tu vida y te tambaleas. Y te llama y tu le escuchas. Y yo te digo que tu decides, ya has hecho lo más difícil. Y te repito, que si, que si, tu puedes. Tu me escuchas y me hablas de lo mucho que ha cambiado. Nunca te había dicho algo así y tu lo crees o quieres creerlo. Y yo no sé que hacer, quiero que me escuches, pero cada vez te siento más lejos. Creo que necesitas creer lo que cuentas, creo que te da más miedo un futuro incierto, que la certeza de una vida sin ilusión.
El otro día, te fuiste con él, creo que no me escuchaste ¿o fue al revés?. Y yo no sé que hacer. Siento que te pierdo, siento que cada día tu luz se apagará más y pienso en lo mucho que hemos hablado. Quizás no lo suficiente, quizás no supe decir lo que necesitabas oír. Quizás, solo hablaba yo.

