...déjate llevar por la música...
Cierra los ojos y déjate llevar...
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
... un momento para seguir pensando...
Es momento de sentarme.
¿Un cigarrillo? Sí, gracias. ¿Un copazo? Dale. ¿Un poco de música de fondo? Dale al play del mando.
Vivaldi. Las Cuatro Estaciones. Invierno. Me gusta más el otoño. “Llega ya el otoño, los frutos, los retoños, el fuego junto al hogar”. Ya suena el otoño. Esos violines.
No puedo por menos que recostar mi cabeza en el cabecero del sillón. El cenicero en uno de los brazos, mis pies sobre el Puff, la mirada perdida en la pared del fondo.
Mi cabeza se pierde en oscuros pensamientos. Nada en concreto. Nada triste, ni nada alegre. Simplemente pensamientos. Imaginación. Historias interminables. Es uno más de esos días en que me pierdo últimamente. En un mar de historias imaginarias, en un mar de pensamientos sin rumbo ni sentido. Es más fácil perder la cabeza en esa niebla, que empezar el día con energía y alegría.
Porque esta es una de esas temporadas. Cuesta mucho hacer nada. Y a la vez dejar de hacerlo. Cuesta empezar, y cuesta acabar. Dejarte ir es lo mejor. No hay fuerzas para hacer. Ni para dejar de hacer.
El cigarrillo se consume en el cenicero. No le he dado ni dos caladas. La columna de humo que sube y sube, hoy, es una columna sin alma. Sube y sube, triste. Como sabiendo que, no ha producido placer al que lo fuma.
Mis piernas cambian de postura. Mientras recuerdo lo hecho en el día. Desde ese manotazo al despertador cuando ha sonado, de improviso. Ese tiempo interminable que ha volado mientras hacía esfuerzos sobrehumanos para levantarme. Por etapas. Primero, abrir los ojos. Mirar el reloj. Mirando el techo. Un pasito para adelante, y me siento. Una mirada que se pierde en esa pared. En esa que no hay nada que ver ni mirar. Pero mis ojos se perdieron allí, una vez más. Una ducha eterna. Un pensamiento fugaz, una sensación igual de fugaz, unas manos masajeando mi espalda. Pero no. Era solo uno de esos pensamientos perdidos. No hay nadie. No llegó todavía. Cierro el agua. Miro el reloj. Es la hora de salir de casa.
En el bus, no dejo de mirar por la ventana. Sin ver nada. Luces de navidad que todavía están en las calles, esperando que las retiren. Niños que van al colegio. Señores y señoras cargados con la compra. Ese una barra de pan. Aquella con unas lechugas enormes. Ese otro con la bolsa de la carnicería. Un obrero, con un casco amarillo, indica a un camión como salir de la obra sin aplastar a nadie ni a nada.
Un café. En el bar de siempre. “hola, ¿qué tal?” ¿Un café? Para que cambiar” Un vistazo al periódico. Algún titular de Alberto, algún otro de las ofertas del 9 de Marzo. Estamos de rebajas. Un anuncio de “El Corte Inglés”. Miro el reloj. Llego tarde. Para variar.
Trabajo. Sin alma. Lo que puedo, para mañana o pasado. Un parón para comer. Y volvemos.
Vuelvo a cambiar las piernas de postura. Enciendo otro cigarrillo. Este lo saborearé. Ya es hora de hacer algo. Sí. Creo que volveré a cambiar los pies de postura, ahora el izquierdo cruzado sobre el derecho. Cambiaremos Vivaldi por la televisión. Un poco de zapping. Un DVD. Una película. “Cachorro”, de Miguel Albaladejo.
Un poco de whisky. No puedo evitar una sonrisa. Hoy por lo menos, una película sustituye a la pared de enfrente. La columna de humo ya sube con más alegría. Otra calada. Y una más. Un sorbo de whisky.
Creo que mañana será otro día. Un poquito menos de apatía. Un poco más de alegría. Y algunas cosas por hacer. Y alguna que, efectivamente, haré.
¿Por qué llegaron estos días? No sé.
¿Por qué se van? No sé.
Un momento para pensar... un momento para hacer.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
¿Un cigarrillo? Sí, gracias. ¿Un copazo? Dale. ¿Un poco de música de fondo? Dale al play del mando.
Vivaldi. Las Cuatro Estaciones. Invierno. Me gusta más el otoño. “Llega ya el otoño, los frutos, los retoños, el fuego junto al hogar”. Ya suena el otoño. Esos violines.
No puedo por menos que recostar mi cabeza en el cabecero del sillón. El cenicero en uno de los brazos, mis pies sobre el Puff, la mirada perdida en la pared del fondo.
Mi cabeza se pierde en oscuros pensamientos. Nada en concreto. Nada triste, ni nada alegre. Simplemente pensamientos. Imaginación. Historias interminables. Es uno más de esos días en que me pierdo últimamente. En un mar de historias imaginarias, en un mar de pensamientos sin rumbo ni sentido. Es más fácil perder la cabeza en esa niebla, que empezar el día con energía y alegría.
Porque esta es una de esas temporadas. Cuesta mucho hacer nada. Y a la vez dejar de hacerlo. Cuesta empezar, y cuesta acabar. Dejarte ir es lo mejor. No hay fuerzas para hacer. Ni para dejar de hacer.
El cigarrillo se consume en el cenicero. No le he dado ni dos caladas. La columna de humo que sube y sube, hoy, es una columna sin alma. Sube y sube, triste. Como sabiendo que, no ha producido placer al que lo fuma.
Mis piernas cambian de postura. Mientras recuerdo lo hecho en el día. Desde ese manotazo al despertador cuando ha sonado, de improviso. Ese tiempo interminable que ha volado mientras hacía esfuerzos sobrehumanos para levantarme. Por etapas. Primero, abrir los ojos. Mirar el reloj. Mirando el techo. Un pasito para adelante, y me siento. Una mirada que se pierde en esa pared. En esa que no hay nada que ver ni mirar. Pero mis ojos se perdieron allí, una vez más. Una ducha eterna. Un pensamiento fugaz, una sensación igual de fugaz, unas manos masajeando mi espalda. Pero no. Era solo uno de esos pensamientos perdidos. No hay nadie. No llegó todavía. Cierro el agua. Miro el reloj. Es la hora de salir de casa.
En el bus, no dejo de mirar por la ventana. Sin ver nada. Luces de navidad que todavía están en las calles, esperando que las retiren. Niños que van al colegio. Señores y señoras cargados con la compra. Ese una barra de pan. Aquella con unas lechugas enormes. Ese otro con la bolsa de la carnicería. Un obrero, con un casco amarillo, indica a un camión como salir de la obra sin aplastar a nadie ni a nada.
Un café. En el bar de siempre. “hola, ¿qué tal?” ¿Un café? Para que cambiar” Un vistazo al periódico. Algún titular de Alberto, algún otro de las ofertas del 9 de Marzo. Estamos de rebajas. Un anuncio de “El Corte Inglés”. Miro el reloj. Llego tarde. Para variar.
Trabajo. Sin alma. Lo que puedo, para mañana o pasado. Un parón para comer. Y volvemos.
Vuelvo a cambiar las piernas de postura. Enciendo otro cigarrillo. Este lo saborearé. Ya es hora de hacer algo. Sí. Creo que volveré a cambiar los pies de postura, ahora el izquierdo cruzado sobre el derecho. Cambiaremos Vivaldi por la televisión. Un poco de zapping. Un DVD. Una película. “Cachorro”, de Miguel Albaladejo.
Un poco de whisky. No puedo evitar una sonrisa. Hoy por lo menos, una película sustituye a la pared de enfrente. La columna de humo ya sube con más alegría. Otra calada. Y una más. Un sorbo de whisky.
Creo que mañana será otro día. Un poquito menos de apatía. Un poco más de alegría. Y algunas cosas por hacer. Y alguna que, efectivamente, haré.
¿Por qué llegaron estos días? No sé.
¿Por qué se van? No sé.
Un momento para pensar... un momento para hacer.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
... un momento para pensar...

Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
... una canción...
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.