por la defensa de nuestros derechos, by papis gays
Este post está copiado íntegramente del blog de los papis gays.
Porque hay padres que tienen mucho de hijoputa y poco de padre.
Porque el título les queda grande.
Porque anteponen un ideal, una creencia, un dios, a un hijo.
Porque los hay tan cabrones que hacen barbaridades en nombre de un dios.
Porque piensan que lo nuestro es una enfermedad que hay que curar.
Porque marcan espaldas y piernas. Recurren al maltrato físico y psíquico. Porque piensan que es lo mejor para sus hijos.
Porque apuntan con un cuchillo y no les salen los colores.
Porque sus principios son los únicos que sirven.
Porque siguen con las creencias de la edad media.
Porque miramos a otra parte cuando la cruda realidad la tenemos justo enfrente de nuestras narices.
Porque piensan que es el dinero el que mueve sus vidas, las de los demás, la de los que pueden con ellos e incluso con los que no pueden.
Porque prefieren ver a un hijo muerto y bien muerto que maricón.
Porque se golpean el pecho, preguntándose en qué han fallado, porque sacan la furia a relucir, porque acaban con las ilusiones de aquellos que no han hecho más que amar a alguien como ellos.
Porque son tan hijosdelagrandisimaputa que no paran hasta que es demasiado tarde.
Porque hay hijos que viven bajo el temor de un yugo paterno, el temor de verse separado de la persona que ama.
El temor de perder a esa persona que ama.Porque si tienes un hijo gay y no te gusta... pues dos piedras.
¡¡¡Pero dejale vivir!!!
Porque echamos de menos al pimpollín... :(
---
déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito
Porque hay padres que tienen mucho de hijoputa y poco de padre.
Porque el título les queda grande.
Porque anteponen un ideal, una creencia, un dios, a un hijo.
Porque los hay tan cabrones que hacen barbaridades en nombre de un dios.
Porque piensan que lo nuestro es una enfermedad que hay que curar.
Porque marcan espaldas y piernas. Recurren al maltrato físico y psíquico. Porque piensan que es lo mejor para sus hijos.
Porque apuntan con un cuchillo y no les salen los colores.
Porque sus principios son los únicos que sirven.
Porque siguen con las creencias de la edad media.
Porque miramos a otra parte cuando la cruda realidad la tenemos justo enfrente de nuestras narices.
Porque piensan que es el dinero el que mueve sus vidas, las de los demás, la de los que pueden con ellos e incluso con los que no pueden.
Porque prefieren ver a un hijo muerto y bien muerto que maricón.
Porque se golpean el pecho, preguntándose en qué han fallado, porque sacan la furia a relucir, porque acaban con las ilusiones de aquellos que no han hecho más que amar a alguien como ellos.
Porque son tan hijosdelagrandisimaputa que no paran hasta que es demasiado tarde.
Porque hay hijos que viven bajo el temor de un yugo paterno, el temor de verse separado de la persona que ama.
El temor de perder a esa persona que ama.Porque si tienes un hijo gay y no te gusta... pues dos piedras.
¡¡¡Pero dejale vivir!!!
Porque echamos de menos al pimpollín... :(
---
déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito
Etiquetas: injusticia marcos
Capítulo XVI: Rodrigo, y un beso...
Joaquín cerró el coche con el mando. Arnau mientras, daba la vuelta al coche. Al juntarse, se dieron un suave beso en los labios. Se cogieron de la mano y se fueron hacia la entrada del “Buencafé”. La misma escena que unas horas antes, y tan distinta...
Hoy actuaba “La chistera Negra”. Era un grupo de Jazz. Un piano, un saxo y una batería. Y un bajo. El pianista, Javi, era amigo de Arnau.
Llegaron a la puerta. Había un pequeño lío para entrar. Demasiada gente quería escucharles. Eran habituales en el local, pero hacía tiempo que no tocaban, y habían salido en un reportaje de la tele. Y todo el mundo quería verles actuar ahora.
Arnau se acercó a los que estaban en la puerta. Preguntó por Isabel, la dueña. En dos minutos, estaban dentro. Algunos de los que estaban fuera, les miraron con cara de pocos amigos. Pero tener amigos, y Arnau los tenía, abría muchas puertas. Joaquín se giró para mirar a los que se quedaban fuera y les insultaban. Hizo un gesto de resignación y les guiñó un ojo. Menos mal que justo después, la puerta se cerró, sino hubiera escuchado y visto algún que otro improperio y corte de mangas.
Isabel estaba cerca de la puerta. Arnau y ella se dieron dos besos. Isabel le abrazó.
- ¿Cómo estás?
- Bien, Isabel. No merece la pena mirar atrás.
- ¿Seguro?
- ¿Conoces a Joaquín? – cortó Arnau para llevar la conversación por otro camino.
- Hola Isabel, ¡Cuánto tiempo! – y diciendo esto se acercó a ella se dieron dos besos.
- ¡Joaquinito! Hace mucho que no vienes por aquí. Ya creía que te habías olvidado del camino
- ¿De qué os conocéis? – dijo Arnau con cara de extrañeza.
- Nos presentaste tú hace siglos – le dijo Isabel, marcándole un codazo en el estómago - A parte, después, tuvimos alguna relación... profesional.
- Huy, que memoria la mía. No me acuerdo haberos presentado.
- Pues sí. Hace siglos. En el Allo Paris.
- Por cierto Isabel, he oído que lo vuelves a coger tú. – se interesó Arnau.
- Sí. A los que se lo alquilé, se han cansado de llevarlo. Además, me lo han hundido. No tenían ni gusto, ni ganas de hacer cosas. Así que, el mes que viene lo dejan, haré unas reformas, y lo abriré yo otra vez.
- Pues ahora será más fácil, con esa facultad que abrieron allí, y esos hoteles, tiene que tener muchas posibilidades.
- Eso pienso. Veremos como sale.
- ¿Vas a poder con los dos?
- Tengo buena gente trabajando conmigo. Alguno me los llevaré allí. Y espero que Rodrigo acepte quedarse como mi hombre de confianza aquí.
- Hablando del rey de Roma... – dijo Joaquín.
- Hola Joaquín
Rodrigo extendió la mano para saludarle. Pero Joaquín se acercó y le dio dos besos.
- Estamos en confianza.
Pero Rodrigo se sentía incómodo. Y se le notaba.
- Hay mucha gente – dijo entre susurros, mientras Isabel le pasaba una mano por la espalda, para hacer que se relajara.
- ¿Conoces a Arnau? – desvió Isabel la atención.
- Encantado – dijo Arnau extendiendo la mano.
- Igualmente. He oído hablar de ti.
- ¿Y como no hemos coincidido? Vengo mucho por aquí.
- Suelo estar por la mañana.
- Y él viene por la noche, es un ave nocturna – dijo Isabel – Chicos, os dejo un segundo. Tengo que ver como está todo. La actuación va a empezar. La mesa...
- Vete, Isabel. Ya les indico yo – se ofreció Rodrigo.
- Eres un cielo – Isabel sí le dio un beso, esta vez sin sufrir rechazo.
Rodrigo les fue dirigiendo a la mesa que tenían reservada. Era la mesa de los compromisos de Isabel. Luego ella se sentaría también allí a escuchar la actuación. Después de acomodarles y traerles las copas que pidieron, se despidió de ellos y se fue. Buscó a Isabel y se despidió de ella. Antes de que se fuera, Joaquín se acercó a él para pedirle perdón por los besos. Rodrigo era muy cuidadoso con eso. Y no le gustaba hacer esas demostraciones. Hablaron unos instantes. Al final, Joaquín abrazó a Rodrigo, y éste se fue.
Al final consiguió salir del “Buencafé”.
Había sido una tarde intensa. Muchas cosas..
Primero la pelea en el bar. Se escondió sí. El chico rubio tenía razón. Se escondió. Tuvo miedo. No quería pasar por defensor de los gays. Él lo era. Pero ahora, todavía, no podía asumir delante de nadie, de la gente, ninguna actitud que denotara que lo fuera, o que les defendía. Era superior a sus fuerzas. Apenas lo podía asumir él mismo.
Luego vino lo del chico ese. No se acordaba como se llamaba. El amigo del rubio. Jose, joder. Se llamaba Jose. Ese chico le rompió los esquemas. No pudo evitar acercarse, y darle un poco de apoyo. El beso que le dio al irse... todavía lo sentía en su mejilla. Ahora mismo no podía dejar de tocársela. Como si estuviera esperando que le diera otro beso ahí. Jose rompio algo dentro de él. No sabía el qué. Ni mucho menos por qué. Pero ahí estaba.
Vino Isabel. Estuvieron hablando un rato. Rodrigo la llamó para contarle lo que había pasado. No omitió nada. Ni siquiera su cobardía. Isabel siempre le apoyaba. Y le ayudaba a ir superando sus inseguridades. Al final, Isabel le soltó la bomba. Quería que se ocupara él del “Buencafé”. No se lo podía creer. Después de su cobardía, aún así, le proponía que se convirtiera en el encargado. Con unas condiciones muy apetecibles, y un sueldo muy interesante. Pero esa noche, no se sentía bien con esa muestra de confianza. No creía merecerla. Isabel insistió. Y al final, quedaron en hablar el lunes.
Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba un poco de cariño. Se acordó de Chema, y marcó su número. No contestó. Casi siempre sucedía. Eso quería decir que estaba en su ciudad, y que estaba con su familia. En esos momentos, nunca cogía. Pero le mandó un sms, diciéndole que el martes, seguía en pie la celebración de su cumpleaños. Pero no podía hablar.
Rodrigo se sintió solo. Sacó el paquete de tabaco de su abrigo. Paró un momento su caminar para encender el cigarrillo. Aspiró profundamente esa primera calada. Para intentar que el humo se llevara de su interior esa sensación que tenía. No era fácil para él acercarse a nadie. Su sexualidad le daba miedo. Le costó aceptarse. Le costó decirse a sí mismo que le gustaban los hombres. Al final se decidió a vivir el “solo sexo”. Siempre teniendo cuidado de dónde y con quién. No quería que nada, en su mundo, indicara a nadie que era gay. Incluso había roto poco a poco con los amigos de siempre.
Pero cada vez le pesaba más esa soledad. Necesitaba cariño. Chema le había dado un poco. Pero sin compromisos. Él tampoco podía ofrecerle nada. Por eso se lo permitió. Y ya no era suficiente. Y Jose... ese chico... No había dejado en el resto de la tarde de pensar qué había pasado. Y por qué ese gesto de él, ese beso, le había hecho tanta... mella. No lo podía entender. Un beso sin casi intención, en la mejilla. Y un beso de un desconocido. Y encima de alguien al que había dejado que le pegaran.
Siguió caminando muy despacio. Fumaba con tranquilidad. Ya no le apetecía ir a casa y cambiarse. Y ya no le apetecía tener buen sexo con un desconocido. Hoy, el Flipper, el Noa, estaban muy lejos de él. A una distancia imposible de recorrer para él esa noche. Tiró la colilla al suelo y la pisó. Al levantar la cabeza se dio cuenta que estaba en la calle Constitución. Otra vez le vino a la cabeza Jose. Recordó que, tanto los asaltantes como Jose, vivían en esa calle.
Sin apenas ser consciente, sacó el móvil y buscó su número. Y sin ser menos consciente de ello, marcó. Pero le tenía apagado. O estaba sin cobertura.
Guardó el móvil y retomó su camino. Vio un bar abierto. Un pelotazo le vendría bien.
No había ya mucha gente. Parecía que estaban por cerrar. Pidió su cuba de whisky. Se acomodó en un taburete en la barra. Un cigarro.
Era consciente que, cada vez le era más difícil seguir con la vida que había elegido. Tenía que romper sus miedos. Pero no podía. Siempre había pensado que, cuando encontrara a alguien a quien amar, lo haría. Pero ya dudaba de eso también. Sonó el móvil.
Era Jose. Una perdida.
Guardó otra vez el teléfono. No pudo dejar que asomara una pequeña sonrisa en sus labios. Era una señal de que algún día quedarían. Quizás era una señal de que Jose iba a convertirse en un amigo. Porque, ahora sí, cada vez era más consciente de que tenía que buscar alguien con quien sentirse él mismo. Cada vez necesitaba más salir de su concha. Le aprisionaba.
Pegó un pequeño sorbo a su bebida. Apagó el cigarrillo que había dejado en el cenicero, cuando sonó el móvil, y que se había consumido completamente. Volvió a coger otro cigarrillo.
Daba vueltas a lo mismo desde que había salido de su trabajo. No podía evitarlo. Una y otra vez. Necesitaba a alguien. Necesitaba poder hablar con tranquilidad de sus gustos, de sus miedos. Alguien que no fuera Isabel, su jefa, o su Psicólogo, Joaquín.
Volvió a sonar su móvil. Era otra vez Jose. Otra perdida. ¿Querría hablar con él? ¿Y por qué no le dejaba cogerlo? ¿Qué significarían esas llamadas perdidas? Dejó el móvil en la barra. Otra perdida. Ésta vez ni sonó.
- ¿Por qué no le llamas?
- ¿Qué decías?
- Que llames al que te está llamando…
Rodrigo se quedó mirando al camarero. Era un chico joven. Nada guapo por cierto.
- No entiendo que me dices.
- Muy sencillo. Seguro que el que te está dando tantos toques, no tiene saldo suficiente para llamarte.
Volvió a sonar el móvil.
- ¿Ves? Eso solo puede significar que está pelao y que no puede llamarte.
Rodrigo se quedó pensando. Hacía tanto tiempo que no se relacionaba con gente, que todo esto le resultaba un mundo nuevo.
- ¿Tú crees?
- Llámale y sales de dudas. ¿O tú no tienes tampoco saldo?
- No, no tengo problemas. Además es de contrato…
- Ya me voy a la otra esquina. Que tengo la impresión de que te da corte que te escuche.
- Bueno, no te…
- Tranqui. No problema.
Y se giró para irse. Pero se lo pensó mejor, y volvió.
- Me llamo Pau.
Y echó su mano hacia delante.
- Huy, perdona, yo soy Rodrigo.
Rodrigo estrechó su mano formalmente, hasta que Pau sin acabar de soltarle cambió las posiciones de las mismas, para hacerlo un poco menos formal, como si de jugadores americanos de baloncesto se tratara. Rodrigo, un poco sorprendido, le dejó hacer.
- Estás un poco fuera de onda.
- Eso veo, sí – y no pudo evitar que una pequeña carcajada saliera de su boca.
- Y ahora sí, te dejo que llames.
Sin pensárselo mucho, marcó. No cogía. No entendía nada de esto. Primero no tenía el móvil encendido, después la hizo varias perdidas, y ahora…
- Hola
- Hola
Ahora que le tenía al otro lado del teléfono, ya no podía decir nada. Se había bloqueado. Parecía un niño de 10 años mirando a la niña más guapa de la clase para perdirle que fueran novios.
- ¿Rodrigo?
- Sí, sí…
- Creía que habías colgado…
- No, perdona es que… no sé…
- Perdona que no te llame, pero es que no me queda apenas saldo. Sólo para dejarme hacer toques.
- No te preocupes. Pero es que yo, no estoy acostumbrado a esto…
- ¿No haces toques? ¿Ni te hacen?
- No, la verdad es que no.
- Será que tus amigos tienen todos mucha pasta.
- Será sí. – no le apetecía entrar en detalles.
- ¿Por qué me has llamado antes?
- Bueno, es que… - pero no sabía como explicarlo.
- ¿Dónde estás? ¿En un bar?
- Sí, bueno, en uno que se llama… - y se dio cuenta que no sabía ni como se llamaba.
- Perdona, Pau, ¿cómo se llama el bar?
- Viena
- ¿Estás en el Viena? – José había escuchado la respuesta del camarero.
- ¿Le conoces?
- Vivo encima. Ahora bajo.
Y colgó.
Ahora Rodrigo se removía inquieto en su taburete. No sabía… se estaba poniendo muy nervioso. ¿Y si le daba un beso? ¿Y el camarero? Por suerte el resto de clientes ya estaba saliendo.
Ya estaba ahí.
Entró.
Y se acercó a él. Y lo que tanto temía ocurrió. Jose se acercó a él, y le dio un beso en la mejilla. Se sentó en un taburete a su lado. Y saludó al camarero.
- ¿Lo de siempre?
- Si, Pumu.
- ¿Pumu?
- Le llamo pumuki. Por los pelos que lleva a veces, al levantarse de la cama.
Si cabe, Rodrigo se empezó a sentir más incómodo. Comprobar que eran amigos, parecía como que tenía menos intimidad.
- A lo mejor es mejor que nos vayamos. Parece que está recogiendo. Y le molestamos.
- No os preocupéis. No me estorbáis.
Jose, le pasó el dorso de su mano por la mejilla.
- Tranquilo, Rodri. Es de confianza.
Rodrigo le miró por primera vez e los ojos. Y sin saber por qué, le creyó. Y se relajó. Bebió un pequeño sorbo de su bebida. Mientras el camarero le servía su bebida a Jose.
Y empezaron a hablar.
------------
Capítulos anteriores:
Capítulo I: el comienzo
Capítulo II: Canalla continúa la historia
Capítulo III: Akira lo escribió
Capítulo IV: Arnau e Iñaki, con Mario como sombra
Capítulo V: Arnau y Joaquín, by Tatojimi
CapítuloVI: Iñaki y Mario, con nuevos protagonistas
Capítulo VII: Israel es el protagonista
Capítulo VIII: Arnau y Joaquín, a la mañana siguiente
Capítulo IX: el despertar de Iñaki
Capítulo X: todo lo que se podría arreglar... o cuando todo es cuesta abajo.
Capítulo XI: Rodrigo (por tatojimi)
Capítulo XII: Secretos con gotitas de miedo... (por tatojimi)
Capítulo XIII: Joaquín y Arnau o una noche para... ¿empezar?
Capítulo XIV: Joaquín y Arnau y qué difícil hacemos todo...
Capítulo XV: Israel, confidencias ... o recordando el pasado...
----------
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Hoy actuaba “La chistera Negra”. Era un grupo de Jazz. Un piano, un saxo y una batería. Y un bajo. El pianista, Javi, era amigo de Arnau.
Llegaron a la puerta. Había un pequeño lío para entrar. Demasiada gente quería escucharles. Eran habituales en el local, pero hacía tiempo que no tocaban, y habían salido en un reportaje de la tele. Y todo el mundo quería verles actuar ahora.
Arnau se acercó a los que estaban en la puerta. Preguntó por Isabel, la dueña. En dos minutos, estaban dentro. Algunos de los que estaban fuera, les miraron con cara de pocos amigos. Pero tener amigos, y Arnau los tenía, abría muchas puertas. Joaquín se giró para mirar a los que se quedaban fuera y les insultaban. Hizo un gesto de resignación y les guiñó un ojo. Menos mal que justo después, la puerta se cerró, sino hubiera escuchado y visto algún que otro improperio y corte de mangas.
Isabel estaba cerca de la puerta. Arnau y ella se dieron dos besos. Isabel le abrazó.
- ¿Cómo estás?
- Bien, Isabel. No merece la pena mirar atrás.
- ¿Seguro?
- ¿Conoces a Joaquín? – cortó Arnau para llevar la conversación por otro camino.
- Hola Isabel, ¡Cuánto tiempo! – y diciendo esto se acercó a ella se dieron dos besos.
- ¡Joaquinito! Hace mucho que no vienes por aquí. Ya creía que te habías olvidado del camino
- ¿De qué os conocéis? – dijo Arnau con cara de extrañeza.
- Nos presentaste tú hace siglos – le dijo Isabel, marcándole un codazo en el estómago - A parte, después, tuvimos alguna relación... profesional.
- Huy, que memoria la mía. No me acuerdo haberos presentado.
- Pues sí. Hace siglos. En el Allo Paris.
- Por cierto Isabel, he oído que lo vuelves a coger tú. – se interesó Arnau.
- Sí. A los que se lo alquilé, se han cansado de llevarlo. Además, me lo han hundido. No tenían ni gusto, ni ganas de hacer cosas. Así que, el mes que viene lo dejan, haré unas reformas, y lo abriré yo otra vez.
- Pues ahora será más fácil, con esa facultad que abrieron allí, y esos hoteles, tiene que tener muchas posibilidades.
- Eso pienso. Veremos como sale.
- ¿Vas a poder con los dos?
- Tengo buena gente trabajando conmigo. Alguno me los llevaré allí. Y espero que Rodrigo acepte quedarse como mi hombre de confianza aquí.
- Hablando del rey de Roma... – dijo Joaquín.
- Hola Joaquín
Rodrigo extendió la mano para saludarle. Pero Joaquín se acercó y le dio dos besos.
- Estamos en confianza.
Pero Rodrigo se sentía incómodo. Y se le notaba.
- Hay mucha gente – dijo entre susurros, mientras Isabel le pasaba una mano por la espalda, para hacer que se relajara.
- ¿Conoces a Arnau? – desvió Isabel la atención.
- Encantado – dijo Arnau extendiendo la mano.
- Igualmente. He oído hablar de ti.
- ¿Y como no hemos coincidido? Vengo mucho por aquí.
- Suelo estar por la mañana.
- Y él viene por la noche, es un ave nocturna – dijo Isabel – Chicos, os dejo un segundo. Tengo que ver como está todo. La actuación va a empezar. La mesa...
- Vete, Isabel. Ya les indico yo – se ofreció Rodrigo.
- Eres un cielo – Isabel sí le dio un beso, esta vez sin sufrir rechazo.
Rodrigo les fue dirigiendo a la mesa que tenían reservada. Era la mesa de los compromisos de Isabel. Luego ella se sentaría también allí a escuchar la actuación. Después de acomodarles y traerles las copas que pidieron, se despidió de ellos y se fue. Buscó a Isabel y se despidió de ella. Antes de que se fuera, Joaquín se acercó a él para pedirle perdón por los besos. Rodrigo era muy cuidadoso con eso. Y no le gustaba hacer esas demostraciones. Hablaron unos instantes. Al final, Joaquín abrazó a Rodrigo, y éste se fue.
Al final consiguió salir del “Buencafé”.
Había sido una tarde intensa. Muchas cosas..
Primero la pelea en el bar. Se escondió sí. El chico rubio tenía razón. Se escondió. Tuvo miedo. No quería pasar por defensor de los gays. Él lo era. Pero ahora, todavía, no podía asumir delante de nadie, de la gente, ninguna actitud que denotara que lo fuera, o que les defendía. Era superior a sus fuerzas. Apenas lo podía asumir él mismo.
Luego vino lo del chico ese. No se acordaba como se llamaba. El amigo del rubio. Jose, joder. Se llamaba Jose. Ese chico le rompió los esquemas. No pudo evitar acercarse, y darle un poco de apoyo. El beso que le dio al irse... todavía lo sentía en su mejilla. Ahora mismo no podía dejar de tocársela. Como si estuviera esperando que le diera otro beso ahí. Jose rompio algo dentro de él. No sabía el qué. Ni mucho menos por qué. Pero ahí estaba.
Vino Isabel. Estuvieron hablando un rato. Rodrigo la llamó para contarle lo que había pasado. No omitió nada. Ni siquiera su cobardía. Isabel siempre le apoyaba. Y le ayudaba a ir superando sus inseguridades. Al final, Isabel le soltó la bomba. Quería que se ocupara él del “Buencafé”. No se lo podía creer. Después de su cobardía, aún así, le proponía que se convirtiera en el encargado. Con unas condiciones muy apetecibles, y un sueldo muy interesante. Pero esa noche, no se sentía bien con esa muestra de confianza. No creía merecerla. Isabel insistió. Y al final, quedaron en hablar el lunes.
Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba un poco de cariño. Se acordó de Chema, y marcó su número. No contestó. Casi siempre sucedía. Eso quería decir que estaba en su ciudad, y que estaba con su familia. En esos momentos, nunca cogía. Pero le mandó un sms, diciéndole que el martes, seguía en pie la celebración de su cumpleaños. Pero no podía hablar.
Rodrigo se sintió solo. Sacó el paquete de tabaco de su abrigo. Paró un momento su caminar para encender el cigarrillo. Aspiró profundamente esa primera calada. Para intentar que el humo se llevara de su interior esa sensación que tenía. No era fácil para él acercarse a nadie. Su sexualidad le daba miedo. Le costó aceptarse. Le costó decirse a sí mismo que le gustaban los hombres. Al final se decidió a vivir el “solo sexo”. Siempre teniendo cuidado de dónde y con quién. No quería que nada, en su mundo, indicara a nadie que era gay. Incluso había roto poco a poco con los amigos de siempre.
Pero cada vez le pesaba más esa soledad. Necesitaba cariño. Chema le había dado un poco. Pero sin compromisos. Él tampoco podía ofrecerle nada. Por eso se lo permitió. Y ya no era suficiente. Y Jose... ese chico... No había dejado en el resto de la tarde de pensar qué había pasado. Y por qué ese gesto de él, ese beso, le había hecho tanta... mella. No lo podía entender. Un beso sin casi intención, en la mejilla. Y un beso de un desconocido. Y encima de alguien al que había dejado que le pegaran.
Siguió caminando muy despacio. Fumaba con tranquilidad. Ya no le apetecía ir a casa y cambiarse. Y ya no le apetecía tener buen sexo con un desconocido. Hoy, el Flipper, el Noa, estaban muy lejos de él. A una distancia imposible de recorrer para él esa noche. Tiró la colilla al suelo y la pisó. Al levantar la cabeza se dio cuenta que estaba en la calle Constitución. Otra vez le vino a la cabeza Jose. Recordó que, tanto los asaltantes como Jose, vivían en esa calle.
Sin apenas ser consciente, sacó el móvil y buscó su número. Y sin ser menos consciente de ello, marcó. Pero le tenía apagado. O estaba sin cobertura.
Guardó el móvil y retomó su camino. Vio un bar abierto. Un pelotazo le vendría bien.
No había ya mucha gente. Parecía que estaban por cerrar. Pidió su cuba de whisky. Se acomodó en un taburete en la barra. Un cigarro.
Era consciente que, cada vez le era más difícil seguir con la vida que había elegido. Tenía que romper sus miedos. Pero no podía. Siempre había pensado que, cuando encontrara a alguien a quien amar, lo haría. Pero ya dudaba de eso también. Sonó el móvil.
Era Jose. Una perdida.
Guardó otra vez el teléfono. No pudo dejar que asomara una pequeña sonrisa en sus labios. Era una señal de que algún día quedarían. Quizás era una señal de que Jose iba a convertirse en un amigo. Porque, ahora sí, cada vez era más consciente de que tenía que buscar alguien con quien sentirse él mismo. Cada vez necesitaba más salir de su concha. Le aprisionaba.
Pegó un pequeño sorbo a su bebida. Apagó el cigarrillo que había dejado en el cenicero, cuando sonó el móvil, y que se había consumido completamente. Volvió a coger otro cigarrillo.
Daba vueltas a lo mismo desde que había salido de su trabajo. No podía evitarlo. Una y otra vez. Necesitaba a alguien. Necesitaba poder hablar con tranquilidad de sus gustos, de sus miedos. Alguien que no fuera Isabel, su jefa, o su Psicólogo, Joaquín.
Volvió a sonar su móvil. Era otra vez Jose. Otra perdida. ¿Querría hablar con él? ¿Y por qué no le dejaba cogerlo? ¿Qué significarían esas llamadas perdidas? Dejó el móvil en la barra. Otra perdida. Ésta vez ni sonó.
- ¿Por qué no le llamas?
- ¿Qué decías?
- Que llames al que te está llamando…
Rodrigo se quedó mirando al camarero. Era un chico joven. Nada guapo por cierto.
- No entiendo que me dices.
- Muy sencillo. Seguro que el que te está dando tantos toques, no tiene saldo suficiente para llamarte.
Volvió a sonar el móvil.
- ¿Ves? Eso solo puede significar que está pelao y que no puede llamarte.
Rodrigo se quedó pensando. Hacía tanto tiempo que no se relacionaba con gente, que todo esto le resultaba un mundo nuevo.
- ¿Tú crees?
- Llámale y sales de dudas. ¿O tú no tienes tampoco saldo?
- No, no tengo problemas. Además es de contrato…
- Ya me voy a la otra esquina. Que tengo la impresión de que te da corte que te escuche.
- Bueno, no te…
- Tranqui. No problema.
Y se giró para irse. Pero se lo pensó mejor, y volvió.
- Me llamo Pau.
Y echó su mano hacia delante.
- Huy, perdona, yo soy Rodrigo.
Rodrigo estrechó su mano formalmente, hasta que Pau sin acabar de soltarle cambió las posiciones de las mismas, para hacerlo un poco menos formal, como si de jugadores americanos de baloncesto se tratara. Rodrigo, un poco sorprendido, le dejó hacer.
- Estás un poco fuera de onda.
- Eso veo, sí – y no pudo evitar que una pequeña carcajada saliera de su boca.
- Y ahora sí, te dejo que llames.
Sin pensárselo mucho, marcó. No cogía. No entendía nada de esto. Primero no tenía el móvil encendido, después la hizo varias perdidas, y ahora…
- Hola
- Hola
Ahora que le tenía al otro lado del teléfono, ya no podía decir nada. Se había bloqueado. Parecía un niño de 10 años mirando a la niña más guapa de la clase para perdirle que fueran novios.
- ¿Rodrigo?
- Sí, sí…
- Creía que habías colgado…
- No, perdona es que… no sé…
- Perdona que no te llame, pero es que no me queda apenas saldo. Sólo para dejarme hacer toques.
- No te preocupes. Pero es que yo, no estoy acostumbrado a esto…
- ¿No haces toques? ¿Ni te hacen?
- No, la verdad es que no.
- Será que tus amigos tienen todos mucha pasta.
- Será sí. – no le apetecía entrar en detalles.
- ¿Por qué me has llamado antes?
- Bueno, es que… - pero no sabía como explicarlo.
- ¿Dónde estás? ¿En un bar?
- Sí, bueno, en uno que se llama… - y se dio cuenta que no sabía ni como se llamaba.
- Perdona, Pau, ¿cómo se llama el bar?
- Viena
- ¿Estás en el Viena? – José había escuchado la respuesta del camarero.
- ¿Le conoces?
- Vivo encima. Ahora bajo.
Y colgó.
Ahora Rodrigo se removía inquieto en su taburete. No sabía… se estaba poniendo muy nervioso. ¿Y si le daba un beso? ¿Y el camarero? Por suerte el resto de clientes ya estaba saliendo.
Ya estaba ahí.
Entró.
Y se acercó a él. Y lo que tanto temía ocurrió. Jose se acercó a él, y le dio un beso en la mejilla. Se sentó en un taburete a su lado. Y saludó al camarero.
- ¿Lo de siempre?
- Si, Pumu.
- ¿Pumu?
- Le llamo pumuki. Por los pelos que lleva a veces, al levantarse de la cama.
Si cabe, Rodrigo se empezó a sentir más incómodo. Comprobar que eran amigos, parecía como que tenía menos intimidad.
- A lo mejor es mejor que nos vayamos. Parece que está recogiendo. Y le molestamos.
- No os preocupéis. No me estorbáis.
Jose, le pasó el dorso de su mano por la mejilla.
- Tranquilo, Rodri. Es de confianza.
Rodrigo le miró por primera vez e los ojos. Y sin saber por qué, le creyó. Y se relajó. Bebió un pequeño sorbo de su bebida. Mientras el camarero le servía su bebida a Jose.
Y empezaron a hablar.
------------
Capítulos anteriores:
Capítulo I: el comienzo
Capítulo II: Canalla continúa la historia
Capítulo III: Akira lo escribió
Capítulo IV: Arnau e Iñaki, con Mario como sombra
Capítulo V: Arnau y Joaquín, by Tatojimi
CapítuloVI: Iñaki y Mario, con nuevos protagonistas
Capítulo VII: Israel es el protagonista
Capítulo VIII: Arnau y Joaquín, a la mañana siguiente
Capítulo IX: el despertar de Iñaki
Capítulo X: todo lo que se podría arreglar... o cuando todo es cuesta abajo.
Capítulo XI: Rodrigo (por tatojimi)
Capítulo XII: Secretos con gotitas de miedo... (por tatojimi)
Capítulo XIII: Joaquín y Arnau o una noche para... ¿empezar?
Capítulo XIV: Joaquín y Arnau y qué difícil hacemos todo...
Capítulo XV: Israel, confidencias ... o recordando el pasado...
----------
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Un camino... ¿cuesta arriba? ¿Cuesta abajo sin frenos?... Un camino simplemente.
Hay que seguir.
Hay que tirar. De uno mismo. De los demás.
Hay que poner el tono optimista. Las risas. El buen humor.
Hay que sacar el lado positivo de lo negativo que ocurre. De lo que nos ocurre. De lo que le ocurre.
Aunque te den un bofetón todos los días. Un bofetón de tristeza, de depresión, de problemas. Aunque te machaquen el humor, y el optimismo.
Hay que tirar...
Pero cuesta. A veces, cuesta mucho. A veces se acaban las fuerzas. A veces... se acaba el lado positivo. La capacidad para verlo. Para encontrarlo. A veces se echa de menos un brazo en el que apoyarte, con el que ir a hacer lo que hay que hacer. A veces se echa de menos ya, alguien que te acompañe. Alguien al que recurrir cuando se acaba la cuerda. Cuando el humor se escapa por las rendijas de la alcantarilla. Cuando los colores se tornan en un tono muy parecido al negro. Tan parecido, que todos jurarán que es negro.
Pero... hay que seguir. Porque aunque a él le gustaría que, otros le acompañaran, otros le visitaran, otros le hicieran compañía... a todos echó. Y aunque lo que tiene, no es lo que quiere tener, no le queda otra.
Y hay que seguir, aunque eres conciente que tú, eres el mal menor. Aún sabiendo que, tú, no eres lo que quiere. Que eres el último recurso. Y aún así, toca tirar. Toca poner buena cara, cuando te machacan el humor. Cuando ni él pone nada de su parte para que todo sea mucho más fácil.
A veces se le escapa alguna palabra amable. Pero le conoces. Y sabes que, tras esa palabra amable solo hay la certeza, dentro de su cabeza, de que es lo único a lo que se puede agarrar. Y esa palabra que, en otras circunstancias, rellenaría el depósito de la gasolina, solo sirve para constatar, lo solo que está, lo solo que se siente. Porque la compañía que quiere no la tiene. Porque no tiene más que lo que no desea.
Y a veces, eso te hace sentir como una mierda.
Hay que seguir...
Hay que tirar...
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Hay que tirar. De uno mismo. De los demás.
Hay que poner el tono optimista. Las risas. El buen humor.
Hay que sacar el lado positivo de lo negativo que ocurre. De lo que nos ocurre. De lo que le ocurre.
Aunque te den un bofetón todos los días. Un bofetón de tristeza, de depresión, de problemas. Aunque te machaquen el humor, y el optimismo.
Hay que tirar...
Pero cuesta. A veces, cuesta mucho. A veces se acaban las fuerzas. A veces... se acaba el lado positivo. La capacidad para verlo. Para encontrarlo. A veces se echa de menos un brazo en el que apoyarte, con el que ir a hacer lo que hay que hacer. A veces se echa de menos ya, alguien que te acompañe. Alguien al que recurrir cuando se acaba la cuerda. Cuando el humor se escapa por las rendijas de la alcantarilla. Cuando los colores se tornan en un tono muy parecido al negro. Tan parecido, que todos jurarán que es negro.
Pero... hay que seguir. Porque aunque a él le gustaría que, otros le acompañaran, otros le visitaran, otros le hicieran compañía... a todos echó. Y aunque lo que tiene, no es lo que quiere tener, no le queda otra.
Y hay que seguir, aunque eres conciente que tú, eres el mal menor. Aún sabiendo que, tú, no eres lo que quiere. Que eres el último recurso. Y aún así, toca tirar. Toca poner buena cara, cuando te machacan el humor. Cuando ni él pone nada de su parte para que todo sea mucho más fácil.
A veces se le escapa alguna palabra amable. Pero le conoces. Y sabes que, tras esa palabra amable solo hay la certeza, dentro de su cabeza, de que es lo único a lo que se puede agarrar. Y esa palabra que, en otras circunstancias, rellenaría el depósito de la gasolina, solo sirve para constatar, lo solo que está, lo solo que se siente. Porque la compañía que quiere no la tiene. Porque no tiene más que lo que no desea.
Y a veces, eso te hace sentir como una mierda.
Hay que seguir...
Hay que tirar...
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.