... Negruras varias... con luces de fondo...
Hay días negros. Días en que la apatía te envuelve. En que respirar se convierte en un gran trabajo, muchas veces inabordable.
Hay temporadas en que te sientas en una butaca, y no logras pensar en un buen momento para levantarte. Porque se está tan… tan bien ahí… con la mirada perdida en la pared de enfrente.
Esos días yo no era capaz ni de poner una sonrisa en mi boca. Esas temporadas, lejanas, era incapaz de leer dos líneas, ni aunque fuera una cosa tan ligera como Mortadela y Filemón. Todos preguntaban, Pero yo no tenía respuestas. Porque además no había motivos. No los recuerdo ahora, no los supe entonces.
Pero sí recuerdo que, era difícil salir de ese estado. Muy difícil. Porque… se estaba muy bien. No podía hacer nada, no me preocupaba por nada. No dormía bien, pero tampoco vivía el resto del día. Siempre era el mismo estado.
Recuerdo que hasta mi jefe me dijo si quería tomarme unos días de vacaciones. Para que mi jefe dijera eso, me tuvo que ver muy mal.
Y recuerdo momentos en los que luchaba por salir. Por animarme, por romper esa dinámica. Pero tras unos minutos de lucha interna, me rendía. Porque venía esa sensación como de placer por estar ahí, en ese piso parecido al infierno. Era como una droga. De repente, después de esos minutos de lucha, me daba cuenta que necesitaba mi dosis de hundimiento, de amargura, de soledad. De esa soledad profunda e íntima. De esa que no mitigan ni un montón de amigos y familiares a tu alrededor diciendo lo majo y bueno que eres. Ni lo que te quieren. Ni lo que vales.
Pero un día triunfé. No sé como. Quizás fue al darme cuenta que, sin ser muy consciente de ello, que por muy tranquilo que se estuviera ahí, quizás fuera, en la superficie, encontrara cosas mejores. Encontrara libros, películas, encontrara gentes, encontrara ilusiones, metas, fines que fueran todavía mucho más placenteras. Quizás simplemente el hecho de respirar con profundidad. O más sencillo aún: el placer de sonreir con convicción. Y de comprobar, los efectos que hace en los demás.
Y yo no tengo nada de eso. Ni ilusiones, ni personas especiales cerca de mí. Ni tengo nadie que pueda decir que me quiere con locura.
Cuando esa niebla negra rodeandote, es difícil mirarse al espejo y ver tu reflejo en él con claridad. Nos sentimos poca cosa. Nos sentimos unos pobres hombres incapaces de afrontar nada con lucidez. Con esperanzas de triunfar. No podemos mirar al pasado con claridad, y comprobar las cosas que hemos hecho. Las personas que nos han querido, las que nos quieren, las cosas maravillosas que hemos hecho.
A veces desde fuera, se ven esas virtudes. Esas que en ciertos momentos no somos capaces de ver nosotros… en nosotros. Hay personas que tiene una luz interior. Una luz que se trasluce por todos los poros del cuerpo. Y que encandilan a todos los que les rodean. Salvo a uno mismo. Personas especiales que son las que son capaces de incluir en su familia a todos los que se acercan. Extender los brazos y acoger en ellos a personas diversas. Con la misma sangre, o distinta. Da igual. Y hacerlas sentir a todas igual de importantes.
Por eso, es jodido ver, desde fuera, como personas así no pueden ver ni el más mínimo reflejo de esa luz que los demás ven. Y no pueden salir de ese pisito cercano al infierno en que la negrura de la niebla, de esa niebla negra, les ha sumido. Porque algunos quisieramos ser capaces de hacer, no digo ya la mitad, sino una centésima parte.
Pero ya toca. Sí. Ya es el momento. Y ahora, cuando la noche empiece a servir para dormir, no para que las neuronas echen carreras, esa niebla, acabará por disiparse completamente. Y todos volverán a ver, en su máxima expresión, la luz. Esta vez, saliendo también por la mirada, de esos ojos expresivos, y por la sonrisa… por esa sonrisa. Y él, verá su luz. Esa que salvo él, todos son capaces de… sentir.
Porque ya… toca.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Hay temporadas en que te sientas en una butaca, y no logras pensar en un buen momento para levantarte. Porque se está tan… tan bien ahí… con la mirada perdida en la pared de enfrente.
Esos días yo no era capaz ni de poner una sonrisa en mi boca. Esas temporadas, lejanas, era incapaz de leer dos líneas, ni aunque fuera una cosa tan ligera como Mortadela y Filemón. Todos preguntaban, Pero yo no tenía respuestas. Porque además no había motivos. No los recuerdo ahora, no los supe entonces.
Pero sí recuerdo que, era difícil salir de ese estado. Muy difícil. Porque… se estaba muy bien. No podía hacer nada, no me preocupaba por nada. No dormía bien, pero tampoco vivía el resto del día. Siempre era el mismo estado.
Recuerdo que hasta mi jefe me dijo si quería tomarme unos días de vacaciones. Para que mi jefe dijera eso, me tuvo que ver muy mal.
Y recuerdo momentos en los que luchaba por salir. Por animarme, por romper esa dinámica. Pero tras unos minutos de lucha interna, me rendía. Porque venía esa sensación como de placer por estar ahí, en ese piso parecido al infierno. Era como una droga. De repente, después de esos minutos de lucha, me daba cuenta que necesitaba mi dosis de hundimiento, de amargura, de soledad. De esa soledad profunda e íntima. De esa que no mitigan ni un montón de amigos y familiares a tu alrededor diciendo lo majo y bueno que eres. Ni lo que te quieren. Ni lo que vales.
Pero un día triunfé. No sé como. Quizás fue al darme cuenta que, sin ser muy consciente de ello, que por muy tranquilo que se estuviera ahí, quizás fuera, en la superficie, encontrara cosas mejores. Encontrara libros, películas, encontrara gentes, encontrara ilusiones, metas, fines que fueran todavía mucho más placenteras. Quizás simplemente el hecho de respirar con profundidad. O más sencillo aún: el placer de sonreir con convicción. Y de comprobar, los efectos que hace en los demás.
Y yo no tengo nada de eso. Ni ilusiones, ni personas especiales cerca de mí. Ni tengo nadie que pueda decir que me quiere con locura.
Cuando esa niebla negra rodeandote, es difícil mirarse al espejo y ver tu reflejo en él con claridad. Nos sentimos poca cosa. Nos sentimos unos pobres hombres incapaces de afrontar nada con lucidez. Con esperanzas de triunfar. No podemos mirar al pasado con claridad, y comprobar las cosas que hemos hecho. Las personas que nos han querido, las que nos quieren, las cosas maravillosas que hemos hecho.
A veces desde fuera, se ven esas virtudes. Esas que en ciertos momentos no somos capaces de ver nosotros… en nosotros. Hay personas que tiene una luz interior. Una luz que se trasluce por todos los poros del cuerpo. Y que encandilan a todos los que les rodean. Salvo a uno mismo. Personas especiales que son las que son capaces de incluir en su familia a todos los que se acercan. Extender los brazos y acoger en ellos a personas diversas. Con la misma sangre, o distinta. Da igual. Y hacerlas sentir a todas igual de importantes.
Por eso, es jodido ver, desde fuera, como personas así no pueden ver ni el más mínimo reflejo de esa luz que los demás ven. Y no pueden salir de ese pisito cercano al infierno en que la negrura de la niebla, de esa niebla negra, les ha sumido. Porque algunos quisieramos ser capaces de hacer, no digo ya la mitad, sino una centésima parte.
Pero ya toca. Sí. Ya es el momento. Y ahora, cuando la noche empiece a servir para dormir, no para que las neuronas echen carreras, esa niebla, acabará por disiparse completamente. Y todos volverán a ver, en su máxima expresión, la luz. Esta vez, saliendo también por la mirada, de esos ojos expresivos, y por la sonrisa… por esa sonrisa. Y él, verá su luz. Esa que salvo él, todos son capaces de… sentir.
Porque ya… toca.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
... de trabajo, de abrazos, de besos...
Un momento de relax. Para escribir.
Un momento de respiro en la espiral creciente de trabajo que me invade estos últimos días y que amenaza con perdurar por una larga temporada. ¿Meses? Puede que años.
No puedo decir que me obliguen. Tengo un problema. Grave. Y es que a un amigo, muchas veces no solo no sé decirle que no. Es que me ofrezco yo. Y no sé parar. No sé cerrar la boca.
Acabo de volver hacerlo. Entre frase y frase. Me va a costar la cabezada de después de comer. Y hoy, con solo cuatro horas de sueño, esa cabezada sería fundamental.
Desde la semana pasada, ha ido creciendo la actividad. Dentro de un mes, si no lo remedia nadie, me quedaré solo en la oficina. Y quisiera que, antes de que suceda eso, me hicieran unas cosas. Pero hay que prepararlas. Y todo esto coincide, casualmente, con un aumento en el trabajo. Pero cuando hay mentes que deciden, sin unos motivos claros, no hay realidad que convenza para que se den cuenta del error. Claro que, siempre puede que haya alguna causa oculta. Como casi siempre. Mi madre, la pobre, decía siempre “piensa mal, y acertarás” A mí me cuesta. De primeras no pienso mal en nadie, ni en nada. Pero en una segunda pasada, siempre me surgen algunas perspectivas no tan optimistas ni bien pensantes. Y la experiencia, en este caso, es un grado.
Menos mal que, el domingo, hice una escapada. Vi a personas conocidas y queridas. Alguna hacia ya muchos meses que no veía. Siempre es agradable. Como siempre es agradable conocer nuevas personas. Buenas personas. Interesantes. Agradables. Amistades que comienzan, y que nunca sabes los muchos momentos buenos que te van a dar. Porque los darán. ¿Mi próxima escapada? ¿A dónde? Como decía aquél... “Dios dispondrá”.
Pero en algún momento de esta vorágine a la que estoy abocado en estos días, he echado de menos una cosa. Un abrazo. Uno largo. Llegar a un sitio cálido, no por el calor, sino por la calidez, y que alguien te abrace. Un refugio entre unos brazos cariñosos.
Me viene a la cabeza esos amigos que, todavía tienen reparo a abrazar. O a dar un simple beso en la mejilla. Que si se lo das, no te rechaza, pero notas como cada músculo de su cuerpo se pone tenso. Llega un momento en que parece que tienes un palo de escoba en los brazos. Otra posibilidad: mirada izquierda, mirada derecha, antes de dar ese abrazo. O ese beso. ¿Le verán? Este caso, no hay palo de escoba. Después de comprobar la situación, como si su trabajo fuera el de escolta, se entrega. Al final, son entregados, bonitos.
¿Cómo sería hace unos años? ¡Que frustrante sería no poder hacer hacia la persona que te gusta, aunque solo fuera un amigo, el más mínimo gesto de afecto! Ni siquiera una mirada. Una mirada a algunos les ha costado grandes problemas. Aunque ahora que lo pienso mejor, tampoco sería “hace unos años”. Casos así los hay hoy. Depende de donde. Pero los hay. Y sí es frustrante. Porque si con alguno de esos “escoltas” te encuentras antes de tiempo, en otro sitio, hay apretón de manos. Y mirada esquiva. Solo es un abrazo. No es un beso de tornillo. Solo es un abrazo.
Lo necesito.
Pero hoy, tampoco será posible.
Y mañana tampoco.
Con lo bonito que es dejarse abrazar... y besar. Todo suele ser mucho más bonito.
Un momento de respiro en la espiral creciente de trabajo que me invade estos últimos días y que amenaza con perdurar por una larga temporada. ¿Meses? Puede que años.
No puedo decir que me obliguen. Tengo un problema. Grave. Y es que a un amigo, muchas veces no solo no sé decirle que no. Es que me ofrezco yo. Y no sé parar. No sé cerrar la boca.
Acabo de volver hacerlo. Entre frase y frase. Me va a costar la cabezada de después de comer. Y hoy, con solo cuatro horas de sueño, esa cabezada sería fundamental.
Desde la semana pasada, ha ido creciendo la actividad. Dentro de un mes, si no lo remedia nadie, me quedaré solo en la oficina. Y quisiera que, antes de que suceda eso, me hicieran unas cosas. Pero hay que prepararlas. Y todo esto coincide, casualmente, con un aumento en el trabajo. Pero cuando hay mentes que deciden, sin unos motivos claros, no hay realidad que convenza para que se den cuenta del error. Claro que, siempre puede que haya alguna causa oculta. Como casi siempre. Mi madre, la pobre, decía siempre “piensa mal, y acertarás” A mí me cuesta. De primeras no pienso mal en nadie, ni en nada. Pero en una segunda pasada, siempre me surgen algunas perspectivas no tan optimistas ni bien pensantes. Y la experiencia, en este caso, es un grado.
Menos mal que, el domingo, hice una escapada. Vi a personas conocidas y queridas. Alguna hacia ya muchos meses que no veía. Siempre es agradable. Como siempre es agradable conocer nuevas personas. Buenas personas. Interesantes. Agradables. Amistades que comienzan, y que nunca sabes los muchos momentos buenos que te van a dar. Porque los darán. ¿Mi próxima escapada? ¿A dónde? Como decía aquél... “Dios dispondrá”.
Pero en algún momento de esta vorágine a la que estoy abocado en estos días, he echado de menos una cosa. Un abrazo. Uno largo. Llegar a un sitio cálido, no por el calor, sino por la calidez, y que alguien te abrace. Un refugio entre unos brazos cariñosos.
Me viene a la cabeza esos amigos que, todavía tienen reparo a abrazar. O a dar un simple beso en la mejilla. Que si se lo das, no te rechaza, pero notas como cada músculo de su cuerpo se pone tenso. Llega un momento en que parece que tienes un palo de escoba en los brazos. Otra posibilidad: mirada izquierda, mirada derecha, antes de dar ese abrazo. O ese beso. ¿Le verán? Este caso, no hay palo de escoba. Después de comprobar la situación, como si su trabajo fuera el de escolta, se entrega. Al final, son entregados, bonitos.
¿Cómo sería hace unos años? ¡Que frustrante sería no poder hacer hacia la persona que te gusta, aunque solo fuera un amigo, el más mínimo gesto de afecto! Ni siquiera una mirada. Una mirada a algunos les ha costado grandes problemas. Aunque ahora que lo pienso mejor, tampoco sería “hace unos años”. Casos así los hay hoy. Depende de donde. Pero los hay. Y sí es frustrante. Porque si con alguno de esos “escoltas” te encuentras antes de tiempo, en otro sitio, hay apretón de manos. Y mirada esquiva. Solo es un abrazo. No es un beso de tornillo. Solo es un abrazo.
Lo necesito.
Pero hoy, tampoco será posible.
Y mañana tampoco.
Con lo bonito que es dejarse abrazar... y besar. Todo suele ser mucho más bonito.
... una lágrima... gozosa
Hoy se me ha saltado una lágrima.
No, no es de tristeza.
Hoy he leído unas cosas que me han emocionado.
Podría comentar en los sitios que lo he leído. Pero creo que no puedo aportar nada en ellos. Mejor dejo que mi cortina de humo me envuelva, y dándole vueltas a mi café, pienso en ellas en voz alta.
Tengo que aprender a no leer estas cosas en la oficina. Es complicado darse luego la vuelta con el ojo encharcado. Pero no puedo evitarlo. Me acuerdo. Voy. Leo, y ya estamos encharcados.
Hay familias que, parecen sacadas directamente de una novela. Cuando ves esas series sobre todo de familias americanas, esas que están hechas para que en cada episodio se saque una enseñanza, una moraleja, hechas para que al final del episodio todos alrededor del televisor estén con una lágrima, hasta el patriarca que nunca reconocerá que ha llorado, siempre dices lo mismo, para disimular: esto solo pasa en la tele. Pero parece que las hay en la realidad.
Se me apaga el cigarrillo. Lo he dejado olvidado en el cenicero. La vista se me perdió en el techo, y la cabeza no la he encontrado todavía. Enciendo otro cigarrillo, haciendo intención, éste sí, de disfrutarlo.
Dos personas se casan. Se quieren. Se aman. Deciden firmar un papel para que esto conste. Se dicen palabras bonitas. Alrededor, amigos, primos, sobrinos, tías lejanas, y hermanos cercanos. Todos ahí. Juntos. Todos. Bromas. Juegos para los niños. Novia que juega. Juez que se emociona. Música de fondo. Entra el novio. Música de fondo. Otra. Entra la novia. Palabras de amor recitadas al viento. Uno. Otra. Una. Otro. Guiños. Miradas. Invitados que cantan. No hay prisa. Todo es amor.
Amor. Amor de amigos. Amor de hermanos. Amor de padres, de hijos. Amor de sobrinos. Amor.
Y padres que no son padres. ¿Hay algo más triste? Padres que paralizan a sus hijos si le ven en una sala de espera. Otra “familia”. Padre, que no papá. Papá que no es padre. Pero es papá, que es lo principal. ¿Hay algo más triste que papá tenga que defender a su hijo de su padre?
Si vas a adoptar, tienes que pasar por muchas pruebas. Aptitud, actitud. Muchas personas te evalúan. Pero, ¿quién evalúa a quien pone un espermatozoide en el útero de una mujer? La religión católica habla de amor. De hacer el bien. De querer. De cuidar. De comprensión. ¿Por qué algunos de sus defensores, de sus representantes, no actúan con amor? ¿No comprenden y entienden a los demás? ¿Por qué en nombre de Dios se hace tanto daño? ¿Por qué en nombre de Dios, se intenta obligar a todos a vivir según un criterio? Y un criterio que no es el de Dios, es el de algunos que proclaman a voz en grito el nombre de Dios.
Pero para ayudar a olvidar a un padre, olvidar una familia que no lo es, está una familia que lo es.
En esas familias, duele más ver como hay cosas que siguen ahí. Hay cosas que quedan en la cabeza, en el alma, y que no se pueden aparcar. Hay personas positivas y optimistas que pierden ese optimismo, esa valentía que casi, a lo largo de su vida, han exhibido en todo momento. Que llega un momento en que, para lo fundamental, se encierran. No lo buscan. Pero lo hacen. Lo hacemos. Yo también lo hago mucho.
Hay silencios que son maravillosos. Silencios acompañados, en general. Silencios en los que la sola presencia de esa persona a la que quieres, hace que vueles de alegría. Y hay silencios opresores. Silencios que matan, poco a poco. Esos silencios que buscamos cuando no estamos bien. Unas veces son silencios porque no queremos hacer partícipes de nuestras tristezas a los demás. Porque queremos proteger a los que nos quieren. Otras veces porque pensamos que, expresar en voz alta nuestras cuitas, las hagan más grandes. Porque nos asustaría escucharlas en voz alta. O porque, cuando la tristeza nos oprime, de alguna forma, parece como que sin ella, vayamos a morirnos poco a poco. La tristeza a veces es adictiva. La culpa oprime. Culpas inexistentes. Hay veces que suceden cosas malas. Hechos dolorosos. Cosas y hechos de los que nadie tiene la culpa. O si la tienen, son los malos. Hay personas amadas que nos dejan. Personas a las que amamos. Hay personas amadas que sufren, que tiene accidentes. Yo quisiera poder transmitir de una forma rotunda y efectiva que, no se quiere más por sufrir y dejar de vivir. Yo quisiera poder encontrar la forma de hacer que, esas personas vuelvan a volar, a vivir, a dormir, a soñar. Quisiera encontrar la forma de transmitir que, esos que se fueron, con toda su alma, quieren que, vivamos. Ellos se sienten queridos, ellos nos siguen amando. Allá donde estén. Pero ellos no podrán ser completamente felices hasta que nosotros aquí, sepamos encontrar la forma de vivir. De recordarles sin "ese dolor" por su ausencia.
Porque hay personas que no conoces y calan. Unas en las series de televisión, otras en los blogs. Personas especiales que saben juntar a su alrededor a un conjunto de personitas igualmente maravillosas y especiales. Todas juntas forman una gran familia, compuesta por amigos, hermanos, sobrinos, tíos, primos. Personas que se aman, como hermanos, como sobrinos, tíos, o amigos. Incluso algunos se aman como pareja. Familias que integran en su seno a quien se deja querer, y quiere, y lo necesita. Que saben amar más allá de la sangre, y que aún así, saben amar a la sangre.
Y una familia se junta en una boda. Una boda especial, como sus protagonistas. Una boda en la que los novios saben y quieren ceder el protagonismo al resto de la familia. Yo quisiera encontrar la forma de contribuir con un granito de arena. Y que esos que han perdido en algún momento su sonrisa, la recuperen. Esos que dudan de si mismo, se puedan ver como les vemos desde fuera, como gentes maravillosas y dignas de envidia. Quisiera conseguir que, el guión de esa serie de los blogs, sepa encontrar el camino para que todas las lágrimas que produzca, sea de alegría. Para que todos tengan un buen diálogo. Para que los silencios que pueda haber sean solo de amor, de esos gozosos. Quisiera que el guión de la serie, pusiera “Papá se va a dormir” y papá se vaya a dormir. O que ponga, “el hijo de papá, que no el de su padre, no tiene ya pesadillas, y sueña con que su chico le coge la mano mientras duerme”. Y duerme. Y le hace cosquillas a su papá. Y su papá le hace cosquillas a él. Y se une su hermanita. Y su hermanito. Quisiera escribir unos renglones en el guión que pongan que, el de la toga en ristre, sonría de verdad, y disfrute de cada instante. Que se cuide. Y que su amor vuelva, y ame otra vez sin concesiones. Porque el amor está hecho para disfrutarlo junto al amor. No para sufrir cada uno por su cuenta, por no “compartir” las tristezas. Que las tristezas, son menos agarrado de la mano de la persona amada. Y las alegrías, mucho mayores.
Me gustaría haber escrito un renglón en el guión que, pusiera en boca de una niña preciosa “sabes... cada día te quiero más”, y haber escrito también la reacción del destinatario, volando de felicidad, y con la baba cayendo por su cara. Pero eso ya lo escribió en el aire, persona más cualificada que yo. Y seguro que lo dijo mucho más convincente.
Porque las series de televisión son para que los que no tenemos esas vivencias, soñemos. Y aunque al final de leer, o de ver, digamos... para disimular la lágrima... “eso solo sucede en la tele, o en los blogs”, en el fondo, queremos tener la ilusión de que un día, nosotros podemos estar en una familia de televisión como esa.
Otra vez mi cigarrillo se apagó. Otra vez me olvidé. Mi café se ha quedado frío. Pero soñando en mi serie preferida, ese café frío, sigue estando maravillo. Un sorbo, el último. Y un cigarrillo, el último de la tarde, y éste, sí que lo disfrutaré.
Seguro que, tanto la novia como el novio, estaban guapísimos.
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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
No, no es de tristeza.
Hoy he leído unas cosas que me han emocionado.
Podría comentar en los sitios que lo he leído. Pero creo que no puedo aportar nada en ellos. Mejor dejo que mi cortina de humo me envuelva, y dándole vueltas a mi café, pienso en ellas en voz alta.
Tengo que aprender a no leer estas cosas en la oficina. Es complicado darse luego la vuelta con el ojo encharcado. Pero no puedo evitarlo. Me acuerdo. Voy. Leo, y ya estamos encharcados.
Hay familias que, parecen sacadas directamente de una novela. Cuando ves esas series sobre todo de familias americanas, esas que están hechas para que en cada episodio se saque una enseñanza, una moraleja, hechas para que al final del episodio todos alrededor del televisor estén con una lágrima, hasta el patriarca que nunca reconocerá que ha llorado, siempre dices lo mismo, para disimular: esto solo pasa en la tele. Pero parece que las hay en la realidad.
Se me apaga el cigarrillo. Lo he dejado olvidado en el cenicero. La vista se me perdió en el techo, y la cabeza no la he encontrado todavía. Enciendo otro cigarrillo, haciendo intención, éste sí, de disfrutarlo.
Dos personas se casan. Se quieren. Se aman. Deciden firmar un papel para que esto conste. Se dicen palabras bonitas. Alrededor, amigos, primos, sobrinos, tías lejanas, y hermanos cercanos. Todos ahí. Juntos. Todos. Bromas. Juegos para los niños. Novia que juega. Juez que se emociona. Música de fondo. Entra el novio. Música de fondo. Otra. Entra la novia. Palabras de amor recitadas al viento. Uno. Otra. Una. Otro. Guiños. Miradas. Invitados que cantan. No hay prisa. Todo es amor.
Amor. Amor de amigos. Amor de hermanos. Amor de padres, de hijos. Amor de sobrinos. Amor.
Y padres que no son padres. ¿Hay algo más triste? Padres que paralizan a sus hijos si le ven en una sala de espera. Otra “familia”. Padre, que no papá. Papá que no es padre. Pero es papá, que es lo principal. ¿Hay algo más triste que papá tenga que defender a su hijo de su padre?
Si vas a adoptar, tienes que pasar por muchas pruebas. Aptitud, actitud. Muchas personas te evalúan. Pero, ¿quién evalúa a quien pone un espermatozoide en el útero de una mujer? La religión católica habla de amor. De hacer el bien. De querer. De cuidar. De comprensión. ¿Por qué algunos de sus defensores, de sus representantes, no actúan con amor? ¿No comprenden y entienden a los demás? ¿Por qué en nombre de Dios se hace tanto daño? ¿Por qué en nombre de Dios, se intenta obligar a todos a vivir según un criterio? Y un criterio que no es el de Dios, es el de algunos que proclaman a voz en grito el nombre de Dios.
Pero para ayudar a olvidar a un padre, olvidar una familia que no lo es, está una familia que lo es.
En esas familias, duele más ver como hay cosas que siguen ahí. Hay cosas que quedan en la cabeza, en el alma, y que no se pueden aparcar. Hay personas positivas y optimistas que pierden ese optimismo, esa valentía que casi, a lo largo de su vida, han exhibido en todo momento. Que llega un momento en que, para lo fundamental, se encierran. No lo buscan. Pero lo hacen. Lo hacemos. Yo también lo hago mucho.
Hay silencios que son maravillosos. Silencios acompañados, en general. Silencios en los que la sola presencia de esa persona a la que quieres, hace que vueles de alegría. Y hay silencios opresores. Silencios que matan, poco a poco. Esos silencios que buscamos cuando no estamos bien. Unas veces son silencios porque no queremos hacer partícipes de nuestras tristezas a los demás. Porque queremos proteger a los que nos quieren. Otras veces porque pensamos que, expresar en voz alta nuestras cuitas, las hagan más grandes. Porque nos asustaría escucharlas en voz alta. O porque, cuando la tristeza nos oprime, de alguna forma, parece como que sin ella, vayamos a morirnos poco a poco. La tristeza a veces es adictiva. La culpa oprime. Culpas inexistentes. Hay veces que suceden cosas malas. Hechos dolorosos. Cosas y hechos de los que nadie tiene la culpa. O si la tienen, son los malos. Hay personas amadas que nos dejan. Personas a las que amamos. Hay personas amadas que sufren, que tiene accidentes. Yo quisiera poder transmitir de una forma rotunda y efectiva que, no se quiere más por sufrir y dejar de vivir. Yo quisiera poder encontrar la forma de hacer que, esas personas vuelvan a volar, a vivir, a dormir, a soñar. Quisiera encontrar la forma de transmitir que, esos que se fueron, con toda su alma, quieren que, vivamos. Ellos se sienten queridos, ellos nos siguen amando. Allá donde estén. Pero ellos no podrán ser completamente felices hasta que nosotros aquí, sepamos encontrar la forma de vivir. De recordarles sin "ese dolor" por su ausencia.
Porque hay personas que no conoces y calan. Unas en las series de televisión, otras en los blogs. Personas especiales que saben juntar a su alrededor a un conjunto de personitas igualmente maravillosas y especiales. Todas juntas forman una gran familia, compuesta por amigos, hermanos, sobrinos, tíos, primos. Personas que se aman, como hermanos, como sobrinos, tíos, o amigos. Incluso algunos se aman como pareja. Familias que integran en su seno a quien se deja querer, y quiere, y lo necesita. Que saben amar más allá de la sangre, y que aún así, saben amar a la sangre.
Y una familia se junta en una boda. Una boda especial, como sus protagonistas. Una boda en la que los novios saben y quieren ceder el protagonismo al resto de la familia. Yo quisiera encontrar la forma de contribuir con un granito de arena. Y que esos que han perdido en algún momento su sonrisa, la recuperen. Esos que dudan de si mismo, se puedan ver como les vemos desde fuera, como gentes maravillosas y dignas de envidia. Quisiera conseguir que, el guión de esa serie de los blogs, sepa encontrar el camino para que todas las lágrimas que produzca, sea de alegría. Para que todos tengan un buen diálogo. Para que los silencios que pueda haber sean solo de amor, de esos gozosos. Quisiera que el guión de la serie, pusiera “Papá se va a dormir” y papá se vaya a dormir. O que ponga, “el hijo de papá, que no el de su padre, no tiene ya pesadillas, y sueña con que su chico le coge la mano mientras duerme”. Y duerme. Y le hace cosquillas a su papá. Y su papá le hace cosquillas a él. Y se une su hermanita. Y su hermanito. Quisiera escribir unos renglones en el guión que pongan que, el de la toga en ristre, sonría de verdad, y disfrute de cada instante. Que se cuide. Y que su amor vuelva, y ame otra vez sin concesiones. Porque el amor está hecho para disfrutarlo junto al amor. No para sufrir cada uno por su cuenta, por no “compartir” las tristezas. Que las tristezas, son menos agarrado de la mano de la persona amada. Y las alegrías, mucho mayores.
Me gustaría haber escrito un renglón en el guión que, pusiera en boca de una niña preciosa “sabes... cada día te quiero más”, y haber escrito también la reacción del destinatario, volando de felicidad, y con la baba cayendo por su cara. Pero eso ya lo escribió en el aire, persona más cualificada que yo. Y seguro que lo dijo mucho más convincente.
Porque las series de televisión son para que los que no tenemos esas vivencias, soñemos. Y aunque al final de leer, o de ver, digamos... para disimular la lágrima... “eso solo sucede en la tele, o en los blogs”, en el fondo, queremos tener la ilusión de que un día, nosotros podemos estar en una familia de televisión como esa.
Otra vez mi cigarrillo se apagó. Otra vez me olvidé. Mi café se ha quedado frío. Pero soñando en mi serie preferida, ese café frío, sigue estando maravillo. Un sorbo, el último. Y un cigarrillo, el último de la tarde, y éste, sí que lo disfrutaré.
Seguro que, tanto la novia como el novio, estaban guapísimos.
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Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
... del destino, las palabras y la felicidad con felicitaciones...
Quizás, un día, las cosas sean distintas. Quizás un día, las palabras puedan expresar exactamente lo que pensamos. Y no haya forma de interpretar otra cosa que lo que queremos decir.
Hay historias de esas que te conmueven. Historias que producen en ti una envidia grande, grande. Hay palabras que expresan esas historias, que hace que te emociones, que sientas dentro de ti las mismas emociones que deben sentir los protagonistas.
Todos, creo, que de alguna forma buscamos la felicidad. Puede ser la Felicidad, en grande. Puede ser una felicidad más modesta. O momentos felices, cuanto más mejor.
Para cada uno, la felicidad es una cosa. Para unos, es tener un polvo cada día. Para otros, es estar con alguien, sin apellidos. Para otros es encontrar una pareja que le llene. Unos, la entienden como para siempre. Y otros, mientras dure. La mayoría, han soñado en algún momento encontrar a esa persona, esa, y no otra, esa persona que llamamos media naranja, esa persona predestinada para ti. Pero eso, les ocurre a pocas personas. Por no decir a casi nadie. Es casi, algo propio de novelas románticas.
La felicidad, no solo consta del apartado del amor, del sexo, de la pareja. Incluye también a amigos, buenos amigos, colegas, buenos colegas, un trabajo que te llene, que te guste. A veces un momento feliz es, un café con buena conversación. O un paseo tranquilo por la orilla del mar.
¿Existe la felicidad completa? ¿Una vida en que todo sea maravilloso, sin problemas, sin cosas que la enturbien? ¿Existe la perfección?
Yo creo que no. No existe. No creo que todas y cada una de las pequeñas circunstancias que tenemos, que vivimos, sean las que soñamos. Quizás, a veces, las cosas que no encajan en nuestro ideal, las hacemos más grandes. En lugar de encontrar la forma de orillarlas, de sobrellevarlas, nos centramos en esos momentos amargos. Y pueden hacer que, el sol que debería brillar en lo alto, quede tapado por unas nubes, más o menos negras. Incluso que haya chubascos permanentes. Cuando debería ser un tiempo soleado, con alguna nube de desarrollo, sin peligro de lluvia.
Y esas historias que todos añoramos, que todos soñamos con protagonizar, esas historias de amor predestinado, puedan ser para sus protagonistas, una comida de la que no pueden disfrutar sus protagonistas, con el placer que deberían.
Esas historias nos causan envidia a quien no las tenemos. Y frustración, a veces, a los que las viven. Todo quizás, por no saber ver lo fundamental, lo importante. Por no sacar fuerzas para vencer los inconvenientes, y convertir en lo accesorio en principal. El sol, nos da la vida, aunque pase una nube por delante.
Muchas de esos problemas, inconvenientes, o como se les quiera llamar, con un grupo de palabras dichas y escuchadas con tranquilidad, se solucionan. Es así de fácil. Palabras dichas y escuchadas. No palabras dichas e interpretadas. O dichas para ser interpretadas. No palabras dichas para que el escuchante piense que dicen lo que no quieren decir. Palabras dichas por uno mismo, no palabras dichas pensando en lo que el otro sienta o sufra.
He dicho que es fácil. No he mentido. Es fácil. Pero a veces, lo más fácil es también, lo más difícil. Porque lo hacemos así.
Me gustaría que, yo tuviera a alguien por ahí, que esté destinado a mi. Quisiera un chico que, se complemente conmigo de manera casi perfecta. Me gustaría protagonizar esa historia propia de una telenovela. Tengo envidia de quien loo tenga. Y encima si trabajan en algo que, constituye su pasión.
Pero no creo ya que yo tengo alguien así, pululando por ahí. Y si ha nacido alguien así, el destino se equivocó al marcar las pautas para que nos encontráramos. Pero hay una cosa que me hace feliz también. No tan feliz como me haría esa otra posibilidad, claro, pero sí una felicidad de buen tamaño. Y es que, alguno de esos que sí tienen todas esas cosas que yo envidio, consigan tener envidia de sí mismos, y vivir y disfrutar de todo lo bueno que tienen y que la mayaría no. Y que sepan ver la forma de orillar las circunstancias que, hacen que no sea todo perfecto.
Me gusta escribir, y he escrito. Me gusta felicitar, y felicito: ¡Felicidades!
Yo me seguiré muriendo de envidia.
Déjate abrazar y besar, todo será mucho más bonito.
Hay historias de esas que te conmueven. Historias que producen en ti una envidia grande, grande. Hay palabras que expresan esas historias, que hace que te emociones, que sientas dentro de ti las mismas emociones que deben sentir los protagonistas.
Todos, creo, que de alguna forma buscamos la felicidad. Puede ser la Felicidad, en grande. Puede ser una felicidad más modesta. O momentos felices, cuanto más mejor.
Para cada uno, la felicidad es una cosa. Para unos, es tener un polvo cada día. Para otros, es estar con alguien, sin apellidos. Para otros es encontrar una pareja que le llene. Unos, la entienden como para siempre. Y otros, mientras dure. La mayoría, han soñado en algún momento encontrar a esa persona, esa, y no otra, esa persona que llamamos media naranja, esa persona predestinada para ti. Pero eso, les ocurre a pocas personas. Por no decir a casi nadie. Es casi, algo propio de novelas románticas.
La felicidad, no solo consta del apartado del amor, del sexo, de la pareja. Incluye también a amigos, buenos amigos, colegas, buenos colegas, un trabajo que te llene, que te guste. A veces un momento feliz es, un café con buena conversación. O un paseo tranquilo por la orilla del mar.
¿Existe la felicidad completa? ¿Una vida en que todo sea maravilloso, sin problemas, sin cosas que la enturbien? ¿Existe la perfección?
Yo creo que no. No existe. No creo que todas y cada una de las pequeñas circunstancias que tenemos, que vivimos, sean las que soñamos. Quizás, a veces, las cosas que no encajan en nuestro ideal, las hacemos más grandes. En lugar de encontrar la forma de orillarlas, de sobrellevarlas, nos centramos en esos momentos amargos. Y pueden hacer que, el sol que debería brillar en lo alto, quede tapado por unas nubes, más o menos negras. Incluso que haya chubascos permanentes. Cuando debería ser un tiempo soleado, con alguna nube de desarrollo, sin peligro de lluvia.
Y esas historias que todos añoramos, que todos soñamos con protagonizar, esas historias de amor predestinado, puedan ser para sus protagonistas, una comida de la que no pueden disfrutar sus protagonistas, con el placer que deberían.
Esas historias nos causan envidia a quien no las tenemos. Y frustración, a veces, a los que las viven. Todo quizás, por no saber ver lo fundamental, lo importante. Por no sacar fuerzas para vencer los inconvenientes, y convertir en lo accesorio en principal. El sol, nos da la vida, aunque pase una nube por delante.
Muchas de esos problemas, inconvenientes, o como se les quiera llamar, con un grupo de palabras dichas y escuchadas con tranquilidad, se solucionan. Es así de fácil. Palabras dichas y escuchadas. No palabras dichas e interpretadas. O dichas para ser interpretadas. No palabras dichas para que el escuchante piense que dicen lo que no quieren decir. Palabras dichas por uno mismo, no palabras dichas pensando en lo que el otro sienta o sufra.
He dicho que es fácil. No he mentido. Es fácil. Pero a veces, lo más fácil es también, lo más difícil. Porque lo hacemos así.
Me gustaría que, yo tuviera a alguien por ahí, que esté destinado a mi. Quisiera un chico que, se complemente conmigo de manera casi perfecta. Me gustaría protagonizar esa historia propia de una telenovela. Tengo envidia de quien loo tenga. Y encima si trabajan en algo que, constituye su pasión.
Pero no creo ya que yo tengo alguien así, pululando por ahí. Y si ha nacido alguien así, el destino se equivocó al marcar las pautas para que nos encontráramos. Pero hay una cosa que me hace feliz también. No tan feliz como me haría esa otra posibilidad, claro, pero sí una felicidad de buen tamaño. Y es que, alguno de esos que sí tienen todas esas cosas que yo envidio, consigan tener envidia de sí mismos, y vivir y disfrutar de todo lo bueno que tienen y que la mayaría no. Y que sepan ver la forma de orillar las circunstancias que, hacen que no sea todo perfecto.
Me gusta escribir, y he escrito. Me gusta felicitar, y felicito: ¡Felicidades!
Yo me seguiré muriendo de envidia.
Déjate abrazar y besar, todo será mucho más bonito.