Capítulo XVIII: Iñaki...
Llegó a casa. Dejó el portátil en la mesa. Fue al mueble bar. Cogió la botella de ginebra y se echó un buen lingotazo. Fue a la nevera. Sacó el hielo. Tres piezas. Una tónica. No encontró un abridor. Lo hizo con el mechero. Un limón. Exprimió medio, con poco arte, en el vaso.
Se fue otra vez al salón, mientras se chupaba los dedos, los restos del limón. Se estremecía con su amargor.
Se quitó la corbata. Puso los pies en un taburete bajo, mientras se quitaba los zapatos. Allí quedaron.
Estaba excitado. Tenía esa sensación, de una tensión, de una excitación inabarcable. Cómo un chute de adrenalina.
Rememoró todo lo pasado esa tarde. Pensó en Arnau. En la Fundación.
Siempre había tenido la sensación de que Arnau, no le valoraba. Se creía que por ser amigo de familia de Felipe, iba a controlar sus movimientos. Se creía que él, Iñaki, iba a bailar al son de su música. Sentía que Arnau se sentía superior.
Cogió el mando del equipo de música, y le dio al play. ¿Qué sonaba? ¿ABBA? Lo volvió a apagar. Lo odiaba. ¿Quién cojones había puesto ABBA? ¿Serían Mario y sus amigos?
Mario. Miró el móvil. No le había llamado. Y ahora sí necesitaba una sesión de sexo duro. Necesitaba follar. Y gritar. Necesitaba pegar a alguien. O que le pegaran. Daba igual. Mario, quería controlarlo. Pues lo llevaba claro. Ya nadie le dominaría. Ni Arnau, ni Mario, ni la madre que le parió. Le llamó para decírselo. Como siempre, no contestó.
Se iba calentando. En lugar de relajarse, iba cada vez poniéndose más nervioso. Más exaltado. Se daba cuenta que iba de amo en amo. Le faltaba ponerse a cuatro patas e ir como un perro, caminando. Y lamiendo los pies de los amigos de sus amos. Y eso se había acabado. No más ponerse de rodillas delate de nadie. Él era el que controlaba su vida. Él era el jefe de la Fundación. Arnau no tenía que decir nada ni hacer nada. Salvo cumplir sus órdenes, como dueño de la empresa contratada por él. Y despedida. El lunes buscaría otra consultoría que le sustituyera. Y sería Arnau en todo caso, el que vendría a él para que volviera a contratar a su empresa. Sin este proyecto, tendría que cerrar. O al menos despedir a parte de los lameculos que tenía como empleados. No pudo evitar sonreír, imaginando la escena. Arnau suplicando.
Se deshacía el hielo de su bebida. Se la acabó de un trago. Se levantó y volvió a ponerse ginebra en el vaso. Otra tónica. Más hielo. Pasó por la habitación. Su habitación. Y vio la ropa de Arnau. La que se iba a poner en la comida de hoy. La cogió y la olió. Olía a él. Bebió un trago de su gin-tonic. Notó como una furia irresistible subía por su cuerpo. Bebió otro trago. Se estaba poniendo colorado. De la furia. Tiró el vaso contra el espejo del vestidor. No le gustaba la imagen que reflejaba. Lo hizo con tal fuerza que, el espejo se rompió completamente. Fue hasta él. Cogió uno de los trozos rotos. Y volvió hacia donde estaba la ropa de Arnau. Y empezó a rasgarla. Metódicamente, pero con furia.
Cuando acabó con ella, fue al armario. Y tiró todas sus cosas. Los zapatos los lanzaba contra los cuadros, o las paredes, o las lámparas, lo que fuera. Cada vez con más rabia. Al fin y al cabo, lo había decorado Arnau. Todo le recordaba a él. Todas las camisas, fueron cuidadosamente rasgadas. Todas las camisetas. Los pantalones. Todo lo que fue encontrando y era de él. Hasta alguna prende propia que Arnau se había puesto alguna vez.
Paró un momento. Tenía sed.
Fue otra vez a por otra bebida. Cogió la botella de ginebra. No quedaba a penas nada. La tiró a la basura. Vio entonces que, había dejado una marca de sangre. Se miró la mano. Se había cortado con los trozos de espejo que había utilizado para rasgar la ropa de Arnau. Cogió un trozo de papel de cocina. Y se lo enrolló. Rápidamente se manchó de sangre. El mueble bar estaba vacío. Solo quedaba una resto de whisky. Se lo bebió de un trago.
Necesitaba beber. La sangre goteaba de su mano. Se la miraba como con cara de fastidio. O de rabia. O de incredulidad. Fue al baño y en el botiquín cogió unas vendas. Se improvisó como pudo un vendaje.
Otra vez un espejo. Y otra vez su reflejo en él. Su cara demacrada, con ojeras, los restos de maquillaje que se había dado hacía unas horas, hacía de su cara un esperpento. Sus ojos inyectados en sangre, con esa mirada hostil y dejando entrever ya el alcohol que llevaba en el cuerpo. Abrió el grifo, y puso la cabeza debajo del agua.
Después de secarse con una toalla, se volvió a sentar en la butaca. Cerró los ojos. Y se durmió. No fue un sueño sereno. Todas esas cosas que le habían pasado en los últimos días, le rondaba por la cabeza. Soñaba con Arnau, con ponerle las cosas claras, y decirle lo mierda que era, lo malo que era como amante, que nunca le había satisfecho. Le escupía en la cara su desprecio. En su sueño, él estaba de pie, y Arnau estaba en el suelo suplicando. Veía la fachada de su empresa, con un cartel de cerrado por falta de trabajo. Felipe, su jefe, le daba palmaditas en la espalda. Ni mirada a Arnau, y eso que “eran amigos” Porque Felipe, hoy, se había dado cuenta de que, Iñaki, era quien controlaba. Era quien tenía un proyecto. Mario llegó en ese momento... y le dio un bofetón, por no haberle llamado. Mario se cayó al suelo, y Iñaki aprovechaba para darle una patada en el estómago. También le escupía. Si se creía que iba a dominarle, estaba equivocado. Mario haría lo que él, Iñaki, quisiera. También aparecían sus padres en el sueño... y su hermano... al que apenas recordaba. Sus abuelos, a los que veía de vez en cuando. Era con los únicos que mantenía un pequeño contacto. Su padre era una mierda, y así le veía. Le decía todas las cosas que no le había dicho. Y a su madre también.
Sonó el móvil. Abrió los ojos, y miró la pantalla. No conocía el número. No contestó. Se desperezó un poco. Su furia seguía dentro. Se sentía cansado, agotado. Pero tenía que beber. Necesitaba un pelotazo. Después de un buen whisky, se encontraría mejor, seguro. Y podría descansar.
Se levantó, cogió las llaves del coche, y se fue a la calle. No se molestó en apagar la luz. Su mano parecía que no sangraba ya. Pensó, en el ascensor, en volverse a casa y cambiarse el vendaje. Se fijó también en que el traje estaba sucio, y la camisa con restos del maquillaje, de sangre. Pero le dio igual. Total, no iba a tardar mucho. Lo que tardara en beberse un par de ginebras. O de whiskys. Daba igual.
Carlos estaba cerrando el bar de abajo. Los fines de semana aguantaba hasta más tarde. Tenía ya cerrado, pero al verle, le abrió. No hizo mucho caso cuando le dijo “menuda pinta traes”. Pidió su bebida, al final fue un gin-tonic. Con mucho hielo. Carlos estaba acabando de recoger ya. Cuando terminó se sentó junto a él, y puso otro gin-tonic para Iñaki. Él tomaba un vodka con naranja. Charlaron un rato. Carlos le propuso ir a tomar la penúltima en un pub. Aceptó.
Al cabo de unos minutos, aparcaban cerca del Goa. Era del mismo dueño que el Noa. Pero menos gay. Aparcó en la acera. No había sitio. Eran ya pasadas las dos y media. Entraron.
Carlos encontró a unos amigos. No le interesaban a Iñaki, y pasó de quedarse. Fue a dar un paseo. A lo mejor encontraba alguien a quien follar. Vio a un chico con el pelo muy corto. A otro con una camiseta sin mangas, moreno y cachas. Pelo largo. Se acercó. Pero el chico estaba con su novia. Y no parecía muy dispuesto a dejarla para irse con él a la cama. Casi le pega una hostia, por su insistencia.
Siguió su camino por la disco. Hizo parada en la barra para pedirse un gin-tonic. El camarero siempre le había gustado. Pero tampoco aceptó sus propuestas. “otro día, hoy tengo planes” dijo. El chico de pelo corto, bailaba con otro chico, rubito. El rubito le gustó. Le excitaba el movimiento de su melena mientras bailaba. Se fue acercando y se puso en medio de los dos. Intentó besarle. El rubito le puso la mano en el pecho, para impedirle acercarse. El otro chico intentó acercarse, pero el rubito se lo impidió. “Déjame, yo lo arreglo” le dijo. Otro intento, pero esta vez el rubito le puso su mano izquierda en los huevos y apretó. Cuando el dolor le hizo bajar la cabeza, le agarró con la derecha de los pelos. Tiró hacia atrás, y al oído le susurró que, no le gustaban los mierdas borrachos. “Tienes dos opciones: la primera es irte a la otra punta y olvidarte de que existo, porque no me interesas una mierda, que es lo que eres, y la segunda es perder los huevos, y lo que es peor, que todos se enteren de lo mierda que eres” Y apretó un poco más.
Como pudo, Iñaki le hizo entender que se iba. Le había cogido por sorpresa. Pero el niñato ese, se iba a enterar un día de estos. Se fue, todavía sin poder caminar completamente erguido, debido al dolor, hacia un reservado. Por suerte estaba vacío. Se tiró en el sofá. Seguía teniendo sed. En cuanto se le pasar a un poco el dolor y el ligero mareo que tenía, iría a la barra a pedir otro gin. Llegaron tres chicos. Se besaban. Parecían guapos. A lo mejor no les importaba que se uniera a la fiesta. Se levantó para acercarse, y fue cuando comprobó que, uno de ellos, era Mario. Otra vez esa furia... otra vez le subía desde el estómago... se lanzó sobre ellos, y empujó a los otros dos chicos, apartándolos de Mario. Y agarró a éste y le puso contra la pared. Levantó la mano derecha y estampó su puño contra su cara. Fue lo último que recuerda de su estancia en el Pub.
Lo siguiente, fue verse en la calle, ensangrentado, y tirado al lado de los cubos de basura. Fue poco a poco consciente de las partes del cuerpo que le dolían. Fue palpándolas. Por lo menos comprobó que no sangraba ya. Como pudo, se levantó. Vio a Carlos pasar a su lado, pero no se dio por enterado. Se fijó como apartaba la cabeza cuando le vio. Empezó a caminar vacilante, hacia su coche. Pensó en descansar un poco en él, hasta encontrarse un poco mejor e irse a casa.
Consiguió llegar. Y se sentó en el asiento del conductor. Recostó un rato su cabeza, cerrando los ojos. Se durmió ligeramente. Volvió a soñar... escupía a todo el mundo... a Arnau, al imbécil de Joaquín, eternamente enamorado de Arnau, a su jefe, a Mario, al rubio de la disco, a su padre... pero todos le miraban burlándose de él... y eso le enfurecía... otra vez esa sensación que sube desde el estómago...
Se despertó sobresaltado... furioso. Consiguió meter la llave, y arrancó. Dio marcha atrás para sacar el coche. Escuchó un frenazo y un claxon. Pasó de mirar. Simplemente levantó la mano con un dedo estirado. Otra vez sonó el claxon. Pero él arrancó... chirriando ruedas... Fue centrando la atención en la carretera... Abrió las ventanas, hacía mucho calor... aceleró un poco para que entrara más aire... necesitaba aire... otra vez eso... subiendo por el estómago... pensó en... su madre... la veía ahí, delante de él... le sonreía... no se acordaba ya casi de su cara... hacía tanto tiempo que no la veía... era tan guapa... de repente sintió como si volara... le recordó cuando jugaba de pequeño con la bicicleta y subía una cuesta muy rápido y al llegar arriba... saltaba y volaba... sintió que empezaba a darse la vuelta, estaba cabeza abajo... cayó sobre el techo, no llevaba el cinturón, escuchó un chillido... gritaba un nombre... Ismael o algo así... otro grito... y de repente...
.... todo se hizo muy oscuro...
... un ruido de metales retorciéndose... o arrastrándose...
...y solo un fugaz pensamiento...
...de que estaba oscuro, porque era de noche...
...no había de qué preocuparse.
Y luego, ya no escuchó nada. Quizás...
... unas sirenas... y alguien llorando.
Pero todo esto lo oía como... muy lejos...
... como en sueños...
... nada de eso iba con él... seguro... ya era hora de dormir un poco... se estaba tan bien...
Recuerdo...
...ese día...
Empezamos pronto a trabajar. Acabamos tarde. Muy tarde.
Hubo problemas. La llamé. Y ella tuvo que venir corriendo desde otro establecimiento para ayudar. Dejó todo y vino. Y disimulando. Como si se aburriera y pasaba por allí por casualidad. No había que herir susceptibilidades. Los cocineros son muy susceptibles. Y más si es su cuñado.
Todo salió bien.
Luego, en el Pub, dónde había unos sillones de esos que te sientas y ni una grúa te levanta, con los pies apoyados en las mesas, de esas bajas, nos reíamos con las batallitas de ese día. Eran ya las 5 de la madrugada. Y acabábamos de sentarnos. Desde las 9 de la mañana, no estuvo mal.
Ahora estoy sentado en mi butaca orejera preferida. Con mi columna de humo. Mi cigarrillo en los dedos. Y mis pies apoyados en un taburete de esos.
Una calada. Una lágrima. De esas que no pueden salir. Esas duelen más.
Esta voluta de humo, la última, me trae otros recuerdos.
Porque todo no es color de rosas. Y también vienen a la cabeza esos tiempos de peleas, de incomprensiones. De celos. O yo qué sé. De meses de evitarnos. De hablar por medio de terceros.
Ahora, aquí sentado, no puedo recordar como empezó todo. Y mucho menos el por qué. Recuerdo que había un chico por medio. Alguien que me hacía tilín, y que me comió el seso durante años. Recuerdo ahora, conversaciones, puyas que lanzaba. E historias que luego llegaron a mis oídos sobre ellos. No recuerdo si eran historias de antes, o de después. O invenciones maledicientes. ¿Celos? ¿Pudieron ser celos?
Entonces hice intención mental de enterarme de todo algún día. Pero quizás, hoy, ya no vale la pena. Porque escribiendo esto, ahora mismo me está volviendo esa sensación de angustia. Esa sensación que tuve muchas veces entonces. Esa misma sensación que tengo ahora muy a menudo, pero no sé muy bien por qué motivos. Pero ese es otro tema.
Desde hace unas semanas, he vuelto al sitio dónde nos conocimos. Donde trabajamos, reímos y discutimos. Un sitio que, en los últimos años, no quiso volver a pisar por lo menos para trabajar. Su marido sí, ha vuelto. Una huida hacia delante, me temo. Porque es inevitable recordar muchas cosas de aquellos momentos. Revivir. Y recordar. Y tenerla presente. Es imposible no hacerlo.
Porque ella murió hace unos meses.
Y porque yo no estuve con ella en su enfermedad.
Porque no pude.
Porque no tuve cuajo para ello.
No puedo evitar que salga otra lágrima. Y otra. Mientras, apuro el café. Y apago el cigarrillo.
Hoy, necesitaría uno de esos abrazos que tanto recomiendo. Y unos cuantos besos.
... de orgullos y esas cosas...
Tocaría hablar en estos días, del Orgullo. Por esto de ir al día y esas cosas. Aunque, gracias a Dios, este no es un blog hecho por un periodista, y con fines de Diario. Pero parecen estos días propicios para hablar de este tema.
Porque además, es tradicional en esta época, hablar sobre si manifestaciones sí, sobre si manifestaciones no, sobre como hacerlas, para hablar sobre fiesta, plumas y plataformas. Y sobre la misma palabra “Orgullo”.
Me sentaré, pues, en mi butaca orejera, con mi café recién preparado, humeante, calentito, y con mi cigarrillo en la comisura del labio. Colgando por el lado izquierdo. Y cuyo humo, sube, y hace que se me irrite el ojo del mismo lado. Una lágrima se escapa. Pero no es por orgullo, ni por falta de ello.
Las cosas son difíciles a veces. No deberían serlo, pero lo son. Las hacemos difíciles, mejor expresado. Hay personas que son de color de piel distinto. Hay personas que son muy altas. Incluso hay personas gordas. Hay algunos que son muy listos. Y otros que, hacen muy bien trabajos manuales. Unos son arquitectos, y otros médicos. Porque les gusta, o porque valen para ello. Y hay fontaneros extraordinarios. O electricistas. O encofradores. Otros son unos vendedores natos. Y hay algunos a los que les gustan las personas del mismo sexo.
Está riquísimo este café. Como siempre, cortado con un chorrito de leche. Mientras tomo un pequeño sorbo, se me va la mente al pasado. Recuerdo a Belén. La pobre me echó los tejos hace tiempo. Le costó entender... pero comprendió que no tenía nada que hacer conmigo. A parte, tampoco me gustaba como persona. Por lo menos para compartir “proyecto vital” (siempre me ha gustado esta cursilada de expresión). Recuerdo a Olga. No se atrevía. Pero se le notaba. Se debatía entre dos opciones. Un chico rompedor, casado y sin ningún futuro. Y otro que le daba comprensión, amor sereno, pero sin un punto de locura y sexo arriesgado y sin peligro de que les pillaran. Aunque en realidad, esperaba que yo fuera la tercera opción. Esas son las únicas perjudicadas en el mundo, porque yo sea gay. A los demás, les debería traer al pairo.
No puedo evitar sonreír, mientras apago el cigarrillo ya consumido, en el cenicero, repleto de colillas. Tengo que vaciarlo. Luego. También recuerdo a Esther, mi novia de los 6 años. U otra posterior que no recuerdo el nombre. Podrían haber sido buenas opciones. Pero ellas han tenido que conformarse con otros hombres para ser el padre de sus hijos... pero a los demás... ¿les perjudico? ¿Les hago tener menos derechos? Entonces... ¿qué más les da con que a mi me gusten los hombres?
Vuelvo a coger la taza. Se está quedando frío ya el café. Lo apuro. Y enciendo otro cigarrillo. Aspiro esa primera calada con ganas. La retengo un rato, para poder luego soltarla lentamente y disfrutar de ese momento. Mientras pienso en la palabra orgullo. No la entiendo yo como que pensemos que somos más que nadie. Sencillamente, yo lo entiendo como que, no tenemos de nada de que avergonzarnos, como muchos y durante mucho tiempo nos han intentado inculcar. Que somos lo que somos, y estamos orgullosos de serlo. Como lo está un barrendero que hace bien su trabajo. O como lo está un profesor de Universidad que ve que sus alumnos entienden lo que explica, y que consigue transmitirles su amor por esa asignatura. Como lo está un padre cuando su hijo gana un premio en la guardería al dibujo con más colores.
El orgullo, creo que es una fiesta. Con carrozas, y disfraces. Como en las cabalgatas de las fiestas de las ciudades. En Valencia visten los ninots y las fallas de actualidad y risas y bromas y de fiesta. En Madrid hay un espectáculo sobre unas carrozas, y miles de personas normales, bailando alrededor, y otras miles de personas, disfrutando de la fiesta y de la alegría viendo pasar a todas estas actuaciones.
Me levanto a por otra tacita de café. Cargo el porta, lo giro, y le doy al botón para que salga el café humeante, denso, espumoso. Una gotina de leche, un azucarillo. Unas vueltas de cucharilla, mientras vuelvo a mi sillón orejero. Me recuesto, mientras bebo el primer sorbo de esta segunda taza. Pongo las piernas sobre el Puff...
... y dejo que mi mente se vuelva a ir a la fiesta. Para muchas personas puede resultar un espectáculo poco edificante. Pero es un error confundir una fiesta con una forma de ser de un colectivo. Porque además, un colectivo no se comporta entero de una forma. Ni son todos rubios, o les gusta el cuero. Ni todos son pintores, ni escultores, ni diseñadores de moda. Hay jueces, escritores, economistas, administrativos, dependientes de tienda, empresarios, futbolistas, artesanos, profesores de inglés, de alemán, traductores, químicos, albañiles y camioneros. Hay quien combina bien los colores, y hay quien parece que se pega con ellos todas las mañanas. Hay quien va a la última, o quien deja que la ropa se rompa antes de tirarla. Hay quien busca pareja, quien espera que llegue, o que no quiere un compromiso ni por asomo. Les hay de un solo hombre, y de uno cada noche. Como en todo el mundo. Como en todos los colectivos. Porque de los gays que conozco, no hay ninguno que lleve el culo al aire, entre dos tiritas de cuero. Ojalá conociera alguno así... ya se me perdería la mano por ahí de vez en cuando. Pero no.

Apuro mi café. El segundo. Me recuesto. Y sonrío. Otra vez. Porque sí. Porque estoy orgulloso de ser como soy. Porque no creo que tenga que cambiar mis gustos sexuales. Y porque un día, tendré un chico con quien compartir esta butaca, y recostar mi cabeza en su hombro.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Porque además, es tradicional en esta época, hablar sobre si manifestaciones sí, sobre si manifestaciones no, sobre como hacerlas, para hablar sobre fiesta, plumas y plataformas. Y sobre la misma palabra “Orgullo”.
Me sentaré, pues, en mi butaca orejera, con mi café recién preparado, humeante, calentito, y con mi cigarrillo en la comisura del labio. Colgando por el lado izquierdo. Y cuyo humo, sube, y hace que se me irrite el ojo del mismo lado. Una lágrima se escapa. Pero no es por orgullo, ni por falta de ello.
Las cosas son difíciles a veces. No deberían serlo, pero lo son. Las hacemos difíciles, mejor expresado. Hay personas que son de color de piel distinto. Hay personas que son muy altas. Incluso hay personas gordas. Hay algunos que son muy listos. Y otros que, hacen muy bien trabajos manuales. Unos son arquitectos, y otros médicos. Porque les gusta, o porque valen para ello. Y hay fontaneros extraordinarios. O electricistas. O encofradores. Otros son unos vendedores natos. Y hay algunos a los que les gustan las personas del mismo sexo.
Está riquísimo este café. Como siempre, cortado con un chorrito de leche. Mientras tomo un pequeño sorbo, se me va la mente al pasado. Recuerdo a Belén. La pobre me echó los tejos hace tiempo. Le costó entender... pero comprendió que no tenía nada que hacer conmigo. A parte, tampoco me gustaba como persona. Por lo menos para compartir “proyecto vital” (siempre me ha gustado esta cursilada de expresión). Recuerdo a Olga. No se atrevía. Pero se le notaba. Se debatía entre dos opciones. Un chico rompedor, casado y sin ningún futuro. Y otro que le daba comprensión, amor sereno, pero sin un punto de locura y sexo arriesgado y sin peligro de que les pillaran. Aunque en realidad, esperaba que yo fuera la tercera opción. Esas son las únicas perjudicadas en el mundo, porque yo sea gay. A los demás, les debería traer al pairo.
No puedo evitar sonreír, mientras apago el cigarrillo ya consumido, en el cenicero, repleto de colillas. Tengo que vaciarlo. Luego. También recuerdo a Esther, mi novia de los 6 años. U otra posterior que no recuerdo el nombre. Podrían haber sido buenas opciones. Pero ellas han tenido que conformarse con otros hombres para ser el padre de sus hijos... pero a los demás... ¿les perjudico? ¿Les hago tener menos derechos? Entonces... ¿qué más les da con que a mi me gusten los hombres?
Vuelvo a coger la taza. Se está quedando frío ya el café. Lo apuro. Y enciendo otro cigarrillo. Aspiro esa primera calada con ganas. La retengo un rato, para poder luego soltarla lentamente y disfrutar de ese momento. Mientras pienso en la palabra orgullo. No la entiendo yo como que pensemos que somos más que nadie. Sencillamente, yo lo entiendo como que, no tenemos de nada de que avergonzarnos, como muchos y durante mucho tiempo nos han intentado inculcar. Que somos lo que somos, y estamos orgullosos de serlo. Como lo está un barrendero que hace bien su trabajo. O como lo está un profesor de Universidad que ve que sus alumnos entienden lo que explica, y que consigue transmitirles su amor por esa asignatura. Como lo está un padre cuando su hijo gana un premio en la guardería al dibujo con más colores.
El orgullo, creo que es una fiesta. Con carrozas, y disfraces. Como en las cabalgatas de las fiestas de las ciudades. En Valencia visten los ninots y las fallas de actualidad y risas y bromas y de fiesta. En Madrid hay un espectáculo sobre unas carrozas, y miles de personas normales, bailando alrededor, y otras miles de personas, disfrutando de la fiesta y de la alegría viendo pasar a todas estas actuaciones.
Me levanto a por otra tacita de café. Cargo el porta, lo giro, y le doy al botón para que salga el café humeante, denso, espumoso. Una gotina de leche, un azucarillo. Unas vueltas de cucharilla, mientras vuelvo a mi sillón orejero. Me recuesto, mientras bebo el primer sorbo de esta segunda taza. Pongo las piernas sobre el Puff...
... y dejo que mi mente se vuelva a ir a la fiesta. Para muchas personas puede resultar un espectáculo poco edificante. Pero es un error confundir una fiesta con una forma de ser de un colectivo. Porque además, un colectivo no se comporta entero de una forma. Ni son todos rubios, o les gusta el cuero. Ni todos son pintores, ni escultores, ni diseñadores de moda. Hay jueces, escritores, economistas, administrativos, dependientes de tienda, empresarios, futbolistas, artesanos, profesores de inglés, de alemán, traductores, químicos, albañiles y camioneros. Hay quien combina bien los colores, y hay quien parece que se pega con ellos todas las mañanas. Hay quien va a la última, o quien deja que la ropa se rompa antes de tirarla. Hay quien busca pareja, quien espera que llegue, o que no quiere un compromiso ni por asomo. Les hay de un solo hombre, y de uno cada noche. Como en todo el mundo. Como en todos los colectivos. Porque de los gays que conozco, no hay ninguno que lleve el culo al aire, entre dos tiritas de cuero. Ojalá conociera alguno así... ya se me perdería la mano por ahí de vez en cuando. Pero no.

Apuro mi café. El segundo. Me recuesto. Y sonrío. Otra vez. Porque sí. Porque estoy orgulloso de ser como soy. Porque no creo que tenga que cambiar mis gustos sexuales. Y porque un día, tendré un chico con quien compartir esta butaca, y recostar mi cabeza en su hombro.
Déjate besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Aniversario de Café para dos...
Hace unas semanas, este rincón con butacas orejeras, puffs para los pies, y café para compartir, el mío siempre cortado, o en todo caso, con un poco de leche condensada y canela, y con una cortina de humo que me envuelve y me separa del mundo exterior, cumplió un año.
Estoy cansado. Así que en lugar de escribir, hoy es el día de colgar un vídeo. Un bonito vídeo con una bonita canción, y con más bonitas muestras de cariño entre dos hombres.
Espero que os guste. A mí, me ha encantado.
Recordad lo que siempre os digo...
Si os dejáis besar y abrazar, todo será mucho más bonito.
Estoy cansado. Así que en lugar de escribir, hoy es el día de colgar un vídeo. Un bonito vídeo con una bonita canción, y con más bonitas muestras de cariño entre dos hombres.
Espero que os guste. A mí, me ha encantado.
Recordad lo que siempre os digo...
Si os dejáis besar y abrazar, todo será mucho más bonito.