Capítulo XVIII: Iñaki...
Llegó a casa. Dejó el portátil en la mesa. Fue al mueble bar. Cogió la botella de ginebra y se echó un buen lingotazo. Fue a la nevera. Sacó el hielo. Tres piezas. Una tónica. No encontró un abridor. Lo hizo con el mechero. Un limón. Exprimió medio, con poco arte, en el vaso.
Se fue otra vez al salón, mientras se chupaba los dedos, los restos del limón. Se estremecía con su amargor.
Se quitó la corbata. Puso los pies en un taburete bajo, mientras se quitaba los zapatos. Allí quedaron.
Estaba excitado. Tenía esa sensación, de una tensión, de una excitación inabarcable. Cómo un chute de adrenalina.
Rememoró todo lo pasado esa tarde. Pensó en Arnau. En la Fundación.
Siempre había tenido la sensación de que Arnau, no le valoraba. Se creía que por ser amigo de familia de Felipe, iba a controlar sus movimientos. Se creía que él, Iñaki, iba a bailar al son de su música. Sentía que Arnau se sentía superior.
Cogió el mando del equipo de música, y le dio al play. ¿Qué sonaba? ¿ABBA? Lo volvió a apagar. Lo odiaba. ¿Quién cojones había puesto ABBA? ¿Serían Mario y sus amigos?
Mario. Miró el móvil. No le había llamado. Y ahora sí necesitaba una sesión de sexo duro. Necesitaba follar. Y gritar. Necesitaba pegar a alguien. O que le pegaran. Daba igual. Mario, quería controlarlo. Pues lo llevaba claro. Ya nadie le dominaría. Ni Arnau, ni Mario, ni la madre que le parió. Le llamó para decírselo. Como siempre, no contestó.
Se iba calentando. En lugar de relajarse, iba cada vez poniéndose más nervioso. Más exaltado. Se daba cuenta que iba de amo en amo. Le faltaba ponerse a cuatro patas e ir como un perro, caminando. Y lamiendo los pies de los amigos de sus amos. Y eso se había acabado. No más ponerse de rodillas delate de nadie. Él era el que controlaba su vida. Él era el jefe de la Fundación. Arnau no tenía que decir nada ni hacer nada. Salvo cumplir sus órdenes, como dueño de la empresa contratada por él. Y despedida. El lunes buscaría otra consultoría que le sustituyera. Y sería Arnau en todo caso, el que vendría a él para que volviera a contratar a su empresa. Sin este proyecto, tendría que cerrar. O al menos despedir a parte de los lameculos que tenía como empleados. No pudo evitar sonreír, imaginando la escena. Arnau suplicando.
Se deshacía el hielo de su bebida. Se la acabó de un trago. Se levantó y volvió a ponerse ginebra en el vaso. Otra tónica. Más hielo. Pasó por la habitación. Su habitación. Y vio la ropa de Arnau. La que se iba a poner en la comida de hoy. La cogió y la olió. Olía a él. Bebió un trago de su gin-tonic. Notó como una furia irresistible subía por su cuerpo. Bebió otro trago. Se estaba poniendo colorado. De la furia. Tiró el vaso contra el espejo del vestidor. No le gustaba la imagen que reflejaba. Lo hizo con tal fuerza que, el espejo se rompió completamente. Fue hasta él. Cogió uno de los trozos rotos. Y volvió hacia donde estaba la ropa de Arnau. Y empezó a rasgarla. Metódicamente, pero con furia.
Cuando acabó con ella, fue al armario. Y tiró todas sus cosas. Los zapatos los lanzaba contra los cuadros, o las paredes, o las lámparas, lo que fuera. Cada vez con más rabia. Al fin y al cabo, lo había decorado Arnau. Todo le recordaba a él. Todas las camisas, fueron cuidadosamente rasgadas. Todas las camisetas. Los pantalones. Todo lo que fue encontrando y era de él. Hasta alguna prende propia que Arnau se había puesto alguna vez.
Paró un momento. Tenía sed.
Fue otra vez a por otra bebida. Cogió la botella de ginebra. No quedaba a penas nada. La tiró a la basura. Vio entonces que, había dejado una marca de sangre. Se miró la mano. Se había cortado con los trozos de espejo que había utilizado para rasgar la ropa de Arnau. Cogió un trozo de papel de cocina. Y se lo enrolló. Rápidamente se manchó de sangre. El mueble bar estaba vacío. Solo quedaba una resto de whisky. Se lo bebió de un trago.
Necesitaba beber. La sangre goteaba de su mano. Se la miraba como con cara de fastidio. O de rabia. O de incredulidad. Fue al baño y en el botiquín cogió unas vendas. Se improvisó como pudo un vendaje.
Otra vez un espejo. Y otra vez su reflejo en él. Su cara demacrada, con ojeras, los restos de maquillaje que se había dado hacía unas horas, hacía de su cara un esperpento. Sus ojos inyectados en sangre, con esa mirada hostil y dejando entrever ya el alcohol que llevaba en el cuerpo. Abrió el grifo, y puso la cabeza debajo del agua.
Después de secarse con una toalla, se volvió a sentar en la butaca. Cerró los ojos. Y se durmió. No fue un sueño sereno. Todas esas cosas que le habían pasado en los últimos días, le rondaba por la cabeza. Soñaba con Arnau, con ponerle las cosas claras, y decirle lo mierda que era, lo malo que era como amante, que nunca le había satisfecho. Le escupía en la cara su desprecio. En su sueño, él estaba de pie, y Arnau estaba en el suelo suplicando. Veía la fachada de su empresa, con un cartel de cerrado por falta de trabajo. Felipe, su jefe, le daba palmaditas en la espalda. Ni mirada a Arnau, y eso que “eran amigos” Porque Felipe, hoy, se había dado cuenta de que, Iñaki, era quien controlaba. Era quien tenía un proyecto. Mario llegó en ese momento... y le dio un bofetón, por no haberle llamado. Mario se cayó al suelo, y Iñaki aprovechaba para darle una patada en el estómago. También le escupía. Si se creía que iba a dominarle, estaba equivocado. Mario haría lo que él, Iñaki, quisiera. También aparecían sus padres en el sueño... y su hermano... al que apenas recordaba. Sus abuelos, a los que veía de vez en cuando. Era con los únicos que mantenía un pequeño contacto. Su padre era una mierda, y así le veía. Le decía todas las cosas que no le había dicho. Y a su madre también.
Sonó el móvil. Abrió los ojos, y miró la pantalla. No conocía el número. No contestó. Se desperezó un poco. Su furia seguía dentro. Se sentía cansado, agotado. Pero tenía que beber. Necesitaba un pelotazo. Después de un buen whisky, se encontraría mejor, seguro. Y podría descansar.
Se levantó, cogió las llaves del coche, y se fue a la calle. No se molestó en apagar la luz. Su mano parecía que no sangraba ya. Pensó, en el ascensor, en volverse a casa y cambiarse el vendaje. Se fijó también en que el traje estaba sucio, y la camisa con restos del maquillaje, de sangre. Pero le dio igual. Total, no iba a tardar mucho. Lo que tardara en beberse un par de ginebras. O de whiskys. Daba igual.
Carlos estaba cerrando el bar de abajo. Los fines de semana aguantaba hasta más tarde. Tenía ya cerrado, pero al verle, le abrió. No hizo mucho caso cuando le dijo “menuda pinta traes”. Pidió su bebida, al final fue un gin-tonic. Con mucho hielo. Carlos estaba acabando de recoger ya. Cuando terminó se sentó junto a él, y puso otro gin-tonic para Iñaki. Él tomaba un vodka con naranja. Charlaron un rato. Carlos le propuso ir a tomar la penúltima en un pub. Aceptó.
Al cabo de unos minutos, aparcaban cerca del Goa. Era del mismo dueño que el Noa. Pero menos gay. Aparcó en la acera. No había sitio. Eran ya pasadas las dos y media. Entraron.
Carlos encontró a unos amigos. No le interesaban a Iñaki, y pasó de quedarse. Fue a dar un paseo. A lo mejor encontraba alguien a quien follar. Vio a un chico con el pelo muy corto. A otro con una camiseta sin mangas, moreno y cachas. Pelo largo. Se acercó. Pero el chico estaba con su novia. Y no parecía muy dispuesto a dejarla para irse con él a la cama. Casi le pega una hostia, por su insistencia.
Siguió su camino por la disco. Hizo parada en la barra para pedirse un gin-tonic. El camarero siempre le había gustado. Pero tampoco aceptó sus propuestas. “otro día, hoy tengo planes” dijo. El chico de pelo corto, bailaba con otro chico, rubito. El rubito le gustó. Le excitaba el movimiento de su melena mientras bailaba. Se fue acercando y se puso en medio de los dos. Intentó besarle. El rubito le puso la mano en el pecho, para impedirle acercarse. El otro chico intentó acercarse, pero el rubito se lo impidió. “Déjame, yo lo arreglo” le dijo. Otro intento, pero esta vez el rubito le puso su mano izquierda en los huevos y apretó. Cuando el dolor le hizo bajar la cabeza, le agarró con la derecha de los pelos. Tiró hacia atrás, y al oído le susurró que, no le gustaban los mierdas borrachos. “Tienes dos opciones: la primera es irte a la otra punta y olvidarte de que existo, porque no me interesas una mierda, que es lo que eres, y la segunda es perder los huevos, y lo que es peor, que todos se enteren de lo mierda que eres” Y apretó un poco más.
Como pudo, Iñaki le hizo entender que se iba. Le había cogido por sorpresa. Pero el niñato ese, se iba a enterar un día de estos. Se fue, todavía sin poder caminar completamente erguido, debido al dolor, hacia un reservado. Por suerte estaba vacío. Se tiró en el sofá. Seguía teniendo sed. En cuanto se le pasar a un poco el dolor y el ligero mareo que tenía, iría a la barra a pedir otro gin. Llegaron tres chicos. Se besaban. Parecían guapos. A lo mejor no les importaba que se uniera a la fiesta. Se levantó para acercarse, y fue cuando comprobó que, uno de ellos, era Mario. Otra vez esa furia... otra vez le subía desde el estómago... se lanzó sobre ellos, y empujó a los otros dos chicos, apartándolos de Mario. Y agarró a éste y le puso contra la pared. Levantó la mano derecha y estampó su puño contra su cara. Fue lo último que recuerda de su estancia en el Pub.
Lo siguiente, fue verse en la calle, ensangrentado, y tirado al lado de los cubos de basura. Fue poco a poco consciente de las partes del cuerpo que le dolían. Fue palpándolas. Por lo menos comprobó que no sangraba ya. Como pudo, se levantó. Vio a Carlos pasar a su lado, pero no se dio por enterado. Se fijó como apartaba la cabeza cuando le vio. Empezó a caminar vacilante, hacia su coche. Pensó en descansar un poco en él, hasta encontrarse un poco mejor e irse a casa.
Consiguió llegar. Y se sentó en el asiento del conductor. Recostó un rato su cabeza, cerrando los ojos. Se durmió ligeramente. Volvió a soñar... escupía a todo el mundo... a Arnau, al imbécil de Joaquín, eternamente enamorado de Arnau, a su jefe, a Mario, al rubio de la disco, a su padre... pero todos le miraban burlándose de él... y eso le enfurecía... otra vez esa sensación que sube desde el estómago...
Se despertó sobresaltado... furioso. Consiguió meter la llave, y arrancó. Dio marcha atrás para sacar el coche. Escuchó un frenazo y un claxon. Pasó de mirar. Simplemente levantó la mano con un dedo estirado. Otra vez sonó el claxon. Pero él arrancó... chirriando ruedas... Fue centrando la atención en la carretera... Abrió las ventanas, hacía mucho calor... aceleró un poco para que entrara más aire... necesitaba aire... otra vez eso... subiendo por el estómago... pensó en... su madre... la veía ahí, delante de él... le sonreía... no se acordaba ya casi de su cara... hacía tanto tiempo que no la veía... era tan guapa... de repente sintió como si volara... le recordó cuando jugaba de pequeño con la bicicleta y subía una cuesta muy rápido y al llegar arriba... saltaba y volaba... sintió que empezaba a darse la vuelta, estaba cabeza abajo... cayó sobre el techo, no llevaba el cinturón, escuchó un chillido... gritaba un nombre... Ismael o algo así... otro grito... y de repente...
.... todo se hizo muy oscuro...
... un ruido de metales retorciéndose... o arrastrándose...
...y solo un fugaz pensamiento...
...de que estaba oscuro, porque era de noche...
...no había de qué preocuparse.
Y luego, ya no escuchó nada. Quizás...
... unas sirenas... y alguien llorando.
Pero todo esto lo oía como... muy lejos...
... como en sueños...
... nada de eso iba con él... seguro... ya era hora de dormir un poco... se estaba tan bien...