Pim pam fuera !
Acerca de
Como decía un profesor mio, soy una persona humana bípeda. ¿Cómo? ¿que no te lo crees? pues para más señas soy un chaval de 25 años, biólogo y viviendo en sevilla. No sé cómo se desarrollará esto, pero ganas de participar hay.
Sindicación
 
Aquellos días de verano






Cuando me planteo si alguna vez he sido plenamente feliz o al menos hasta lo máximo que me he permitido siempre se me presenta el recuerdo de mi infancia en la playa. Dice mi madre que no tiene más remedio que gustarme la playa puesto que nos conocimos a los pocos días de mi llegada a este mundo. Supongo que el olor a tierra mojada y a salitre debió activar ya desde esa primera vez algo en mi fisonomía y en mi cerebro que hace que me invada una tremenda paz cada vez que nos reencontramos.

A pesar de mi memoria (en vías de atrofia) tengo muy vivo el recuerdo de la sensación de sobrecogimiento que experimentaba cada vez que veía el mar aunque sólo hiciera una semana que no lo hacía. Y es que en el camino desde mi pueblo a Mazagón en ningún momento se bordeaba la costa, es más bien perpendicular, con lo que ni se iba intuyendo el océano. Entrábamos en Mazagón desde la carretera vieja, pasábamos junto al camping, casi siempre lleno ya por aquellas fechas, con sus casitas y jardines de juguete, y de repente, sin el más previo aviso, aparece él, con su indudable grandeza, con su azul hipnótico, abriéndose hueco desde el horizonte. La visión era majestuosa ya que la carretera procedía de un cabezo y parecía como si fuera a acabar al mar. Al poco del camping la calzada se bifurcaba y hacia el frente sólo había unas escaleras superempinadas semiocultas por árboles y arbustos, con lo que si no frenabas a tiempo te podías quedar sin coche, sin dientes y los que vivieran abajo sin casa. Nunca sabré si el sobrecogimiento del que hablaba me lo provocaba por tanto el mar o el acojone de la cuesta, pero la sensación aún me dura y es purificadora.

La casa era de las más viejas de la zona. Perteneció a mi abuelo paterno, que vivió en una situación bastante desahogada y privilegiada a pesar de sus cinco hijos. Supongo que ser conductor de los pocos autobuses de flota de Huelva en los años 50 tendría bastante prestigio y buen sueldo. Como digo, la casa supervieja, siempre la recuerdo así, pero tenía su encanto, sobre todo porque lo que más valiosa la hacía era su emplazamiento, justo a pie de playa, como en las películas, con la terraza dando directamente a la orilla y el batir de las olas susurrándome en los oídos durante aquellas largas noches. Estaba siempre llena de vida. Éramos normalmente 12 ó13 los que convivíamos día a día, llegando a 20 algunos fines de semana. Para mí que era pequeño, estoy hablando de unos 7-9 añitos, era muy divertido porque siempre había alguien con quien jugar, a quien ayudar en algo o alguna tarea que hacer. Vivía rodeado de mis primos y primas en tiempos de inocencia e irresponsabilidad, donde todo el día restaba para disfrutar de la vida y el ocio, y lejos quedarían los agobios de la convivencia que llegarían más tarde con la madurez.

Érase una vez dos pandillas, la de los grandes y la de los pequeños. Por supuesto que nunca jamás se mezclaban, a pesar de los lazos de sangre y vecindad; eran dos, tres o cuatro años de edad los que nos separaban y eso suponía una barrera infranqueable. Yo era de los pequeños. Parece como si en aquella época no hubiera problemas de natalidad, teníamos representantes en todas las casas. De hecho, éramos tantos que realmente te juntabas con los vecinos más cercanos, y los de 5 casas más a la derecha ya formaban parte de otro mundo que no teníamos porqué conocer. El día pasaba entre barajas de cartas, bate y pelota de béisbol y amigos. Nos sabíamos todos los juegos de cartas habidos y por haber, éramos pequeños ludópatas incansables. A veces simplemente supervivientes que sudaban en el campo de batalla para no perder la partida, porque al que quedara en último le tocaban los “zucurruños”, práctica sádica que consistía en que te pegaban una macropaliza en la mano que tú mismo eligieras (qué detalle) y que no valía repartir el dolor entre ambas manos. Era realmente jodido, sobre todo si jugábamos con la pandilla de los grandes, ya podías imaginarte el resto de tu vida apañándotelas con una sola mano para todo, porque esos no perdonaban.

No hacía falta tener nociones de arquitectura para levantar una cabaña en cuestión de horas, bastaba con que cada uno aportara algo de material de su propia casa y ponerse manos a la obra al más puro estilo “Art attack”. Unos palos, cartones a mansalva y dos rollos de tanza de pescar eran los ingredientes necesarios para el cubículo de 2x2 en el que pasaríamos todo el verano los 15 de la pandilla. Y la verdad es que no lo hacíamos tan mal porque el invento duraba toda la temporada. Los grandes por supuesto que también tenían sus chozas, aunque más bien fortalezas, que los muy cabrones les ponían trampas ocultas por si se nos ocurría acercarnos. Nosotros también lo intentamos, pero éramos un poco babias y con el despiste caíamos en las nuestras propias, o al menos yo.

El que se aburría era porque quería. Siempre había algo que hacer. Jugabas a las cartas como antes dije, a cualquier deporte que se pudiera practicar en la playa, te subías a los montes a pillar bolitas de camariñas, y alguna que otra garrapata, aunque eran éstas las que te pillaban a ti; o practicabas el deporte rey de uno de esos verano, que buenas hostias me acarreó. Consistía en que a mediodía, como nos aburríamos y hacía mucho calor, no se nos ocurría bañarnos en el mar que teníamos a 10 metros, o con la manguera de cualquier vecino, no, le pillamos la hora de pasada al camión que regaba las calles, sobre las 16:00, así que 5 minutos antes te veías a todos los tontitos subiendo a la carretera corriendo para tumbarnos en la acera y que el camión nos empapara con esa agua tan aséptica con el que deben regar las calles. Claro, que cuando se enteró mi madre de mi nuevo hobby me dio dos buenas hostias que me retiraron de la ceremonia.

En fin, éstas y tantas otras cosas que si no es porque las escribo aquí mismo seguro que desaparecen de mis recuerdos.
 
Comentario:
Casi todo el mundo tiene un recuerdo muy especial de su infancia, una infancia de felicidad, inocencia... Yo creo que, efectivamente, en la niñez todo es más sencillo porque no tenemos apenas responsabilidades, pero también creo que en el recuerdo, esta etapa se embellece más de lo que en realidad fue. ¿No teníamos preocupaciones ni comeduras de olla de chiquititos?

No sé, a veces al recordar construimos un poco nuestros recuerdos a nuestra manera. Yo me acuerdo de esos añitos con mucho cariño: mi pandilla (no en la playa sino en el campo) nuestra alegre despreocupación, nuestras risas, nuestros juegos...

Pero no soy un Peter Pan, los recuerdo con cariño, no con nostalgia (según el DRAE: "Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida"), porque anclarnos en un pasado ideal (o idealizado) supone negarnos la posibilidad de ser igual de felices en el presente. Y yo, qué quieres que te diga, "Cali", para mí los momentos más plenamente felices de mi vida (en parte porque he sido más consciente de mi felicidad) se han dado en mi edad adulta. También los más tristes, aro, pero es que eso es lo que tiene crecer y madurar.

No sé, kiyo, que la vida adulta es más compleja que la niñez está claro, pero también creo que es la que te da mayor felicidad y satisfacciones más reales, siempre y cuando uno encare con alegría las responsabilidades que conlleva tener 20 ó 30 años y no se anchante ante ellas para refugiarse en los años dorados de la niñez. No digo que sea tu caso, sólo reflexiono en voz alta (literalmente: el nota de al lao en la sala de informática me está mirando mal :( ). Muy bonito tu post, de verdad.
No