LLUVIA
Llovía y por eso en la parada del autobús todos nos miraron no como de costumbre, evaluando en su cabeza las posibilidades que teníamos de poder llegar a ser amigos suyos.
Más bien lo hicieron como diciéndonos a la cara “lo siento, no podeís refugiaros de la lluvia junto a nosotros, hemos llegado antes, haber espabilado”.
Cristina, una chica de clase que me acompañaba, en vista del panorama, se ató fuertemente la bufanda al cuello y se aseguró que la capucha no se le iba a ir hacia atrás debido al fuerte viento descubriendo su cabeza de nuevo. Mientras, yo dejé la mochila en el suelo y también me ajusté la capucha a la cabeza lo máximo posible.
Los dos a esas horas de la tarde noche éramos solo unos par de ojos y una boca, apenas se distinguía algo más de nuestra cara y no sé, me dio por pensar lo bien que hubiera quedado el uno delante del otro si de repente hubiera dicho que su novio venía a buscarle, pues no podía soportar imaginar una situación asi sin acudir en su ayuda .
Pero no, los dos estamos solos por lo que parece, o mejor dicho sin nadie que se preocupe en exceso por nosotros.
Llovía y por eso nada más sentarme en el asiento del autobús pude ponerme a dibujar algo en el cristal empañado, una vez que este a dos paradas de mi destino final se vació casi por completo, permitiéndoseme entonces por fin sentarme.
Primero fue una cara, un círculo con dos ojos y una boca sonriente, que sin embargo no tardó en transformarse en una especie de sol con diez rayos exactamente, para a continuación pasar a ser una rueda, una rueda de una bicicleta que a continuación me puse a dibujar y que justó terminé al llegar a Pelayo. Al bajar de nuevo a la calle me puse de nuevo la mochila y empecé a caminar. Mis zapatillas no de marca, las de entre semana cuando me da tiempo a cambiarme, me di cuenta que ya calaban un poco. Las compré hará un par de meses pero últimamente camino mucho, aunque siempre por los mismos sitios, sin salirme apenas de ellos. De hecho la suela está ya bastante desgastada.
Llovía, las calles excepcionalmente vacias de Barcelona te hacían pensar en que realmente te hallabas en otra ciudad cualquiera, a muchos kilómetros al norte, y por eso al pasar enfrente del cibercafé estuve tentado de volver a entrar en él aunque por supuesto no lo hice.
No me apetecía ponerme a chatear sin más y además me dieron miedo los recuerdos que guardo de todas esas seis o siete noches consumidas allí casi por entero, entre 2003 y 2005, en busca de alguien. Si hoy tuviera que volver a estar tan solo como entonces lo estaba, a tener que llevar sobre mis hombros ese peso tan incómodo, no sé si podría hacerlo otra vez la verdad, creo que no. La soledad una vez que conoces y sientes , aunque sea mínimamente, como es el mundo de diversión y alegría de todos aquellos que precisamente nunca están solos, debe ser mucho más dura que la soledad que sientes cuando solo la conoces a ella, no tienes con que compararla, no tienes a nada ni nadie más.
Más bien lo hicieron como diciéndonos a la cara “lo siento, no podeís refugiaros de la lluvia junto a nosotros, hemos llegado antes, haber espabilado”.
Cristina, una chica de clase que me acompañaba, en vista del panorama, se ató fuertemente la bufanda al cuello y se aseguró que la capucha no se le iba a ir hacia atrás debido al fuerte viento descubriendo su cabeza de nuevo. Mientras, yo dejé la mochila en el suelo y también me ajusté la capucha a la cabeza lo máximo posible.
Los dos a esas horas de la tarde noche éramos solo unos par de ojos y una boca, apenas se distinguía algo más de nuestra cara y no sé, me dio por pensar lo bien que hubiera quedado el uno delante del otro si de repente hubiera dicho que su novio venía a buscarle, pues no podía soportar imaginar una situación asi sin acudir en su ayuda .
Pero no, los dos estamos solos por lo que parece, o mejor dicho sin nadie que se preocupe en exceso por nosotros.
Llovía y por eso nada más sentarme en el asiento del autobús pude ponerme a dibujar algo en el cristal empañado, una vez que este a dos paradas de mi destino final se vació casi por completo, permitiéndoseme entonces por fin sentarme.
Primero fue una cara, un círculo con dos ojos y una boca sonriente, que sin embargo no tardó en transformarse en una especie de sol con diez rayos exactamente, para a continuación pasar a ser una rueda, una rueda de una bicicleta que a continuación me puse a dibujar y que justó terminé al llegar a Pelayo. Al bajar de nuevo a la calle me puse de nuevo la mochila y empecé a caminar. Mis zapatillas no de marca, las de entre semana cuando me da tiempo a cambiarme, me di cuenta que ya calaban un poco. Las compré hará un par de meses pero últimamente camino mucho, aunque siempre por los mismos sitios, sin salirme apenas de ellos. De hecho la suela está ya bastante desgastada.
Llovía, las calles excepcionalmente vacias de Barcelona te hacían pensar en que realmente te hallabas en otra ciudad cualquiera, a muchos kilómetros al norte, y por eso al pasar enfrente del cibercafé estuve tentado de volver a entrar en él aunque por supuesto no lo hice.
No me apetecía ponerme a chatear sin más y además me dieron miedo los recuerdos que guardo de todas esas seis o siete noches consumidas allí casi por entero, entre 2003 y 2005, en busca de alguien. Si hoy tuviera que volver a estar tan solo como entonces lo estaba, a tener que llevar sobre mis hombros ese peso tan incómodo, no sé si podría hacerlo otra vez la verdad, creo que no. La soledad una vez que conoces y sientes , aunque sea mínimamente, como es el mundo de diversión y alegría de todos aquellos que precisamente nunca están solos, debe ser mucho más dura que la soledad que sientes cuando solo la conoces a ella, no tienes con que compararla, no tienes a nada ni nadie más.