Utopía
Esta es la historia de una chica muy particular. Una chica de nombre tan peculiar como su carácter y que tenía unos sueños todavía más singulares... Pero lo mejor será empezar por el principio.
Sus padres eran humildes y de clase media baja. Habían huido de un pueblo triste y falto de oportunidades, para hacerse un pequeño hueco en la ciudad con más futuro pero no mucho más alegre. La gente vivía apresurada, parecía tener siempre alguna obligación inminente que atender. Comercio, tecnología y búsqueda de nuevas sensaciones marcaban sus vidas como si fueran un condimento indispensable.
Mientras trataban de adaptarse al cambio, tuvieron una hija. El nacimiento les llenó de dicha y orgullo, tanto, que desearon con pasión que fuera una chica especial. Como los nombres de su pueblo natal les parecían demasiado vulgares y los de la urbe se les antojaban todos iguales, optaron por buscar otra fuente de inspiración, por lo que en un arrebato de lucidez se les ocurrió una idea. Buscarían en el diccionario una palabra cuyo significado no conocieran (cosa bastante fácil para ellos) y que sonara femenino: ese sería el nombre de su hija. Así lo hicieron y la llamaron Utopía.
Pese a los emotivos anhelos de sus progenitores, la niña resultó ser bastante normalita. No daba la impresión de ser sobresaliente en nada. Lloraba cundo todo bebé habría llorado, barría el suelo gateando como cualquier otro podría hacer y gozaba con los juguetes con los que otras niñas solían divertirse. Cuando comenzó a ir al colegio, tampoco hizo gala de ningún talento notable: sus calificaciones eran poco más que aceptables, sin grandes excesos. Por otro lado, tenía sus amistades y sus aficiones, como es normal. Esa era la palabra que lo resumía todo: normal.
Naturalmente, sus padres la querían mucho, aunque no fuese en absoluto especial tal y como habían deseado. Sin embargo, cierta desilusión se alojaba en sus corazones.
Fue el tiempo el encargado de cumplir la ilusión depositada en Utopía, pues en efecto acabó revelándose como alguien singular. Pero no como hubieran podido pensar sus padres.
Utopía siempre había imaginado cosas mientras dormía, mas la juventud la trajo sueños dispares, tan extraños que su sentido escapaba a la razón. Al menos a su razón, ya que la chica, si bien no carecía de inteligencia, tampoco destacaba por ella. Noche tras noche, los curiosos episodios se sucedían.
Una vez soñó que una hoguera de cinco metros de altura, producto de la combustión de millones de billetes de doscientos y quinientos euros, alumbraba y daba luz y calor a una tribu de agradecidos indígenas. En otra ocasión soñó con un parque tan limpio e inmaculado que los barrenderos, en vez de partirse el espinazo cogiendo papeles, envoltorios y latas de refresco, se dedicaban a adornar los árboles con relucientes y vistosos colgantes. Otra noche se imaginó que un grupo de ex drogadictos enseñaba informática a varios ancianos.
También soñó con un oscuro bar lleno de globos multicolores, en el que una pareja de gruñudos pedía dos batidos de vainilla y un tipo con chupa de cuero solicitaba una manzanilla bien cargada. Y acto seguido se encontró en una ciudad en la que todos fumaban porros de caramelo y la palabra contaminación no salía en la enciclopedia.
Utopía consideraba estos sueños muy raros, pero, a decir verdad, se despertaba siempre sintiéndose realmente bien, como si se hubiera quitado un peso de encima. Por ello tardó mucho en contar a nadie lo más mínimo sobre sus fantasías nocturnas. Cuando lo hizo, ni siquiera fue a sus padres, pues temía defraudarlos todavía más. Habló con sus amigas, y probablemente fue aún peor. Ellas sí que realmente no tenían nada de particular y por ello se rieron de las historias de Utopía. A la risa le sucedió la burla, y por último la fama de loca. Era inconcebible que soñara con tales aberraciones, totalmente opuestas a la realidad. Debía de sentirse realmente mal al despertar tras semejantes pesadillas, decían. Y sin embargo, no había dída que no amaneciera con una sonrisa en los labios. Aunque no supiera por qué.
No obstante, como suele pasar, la presión de sus amigas y la ausencia de un referente válido con el que compararse hicieron que la chica empezara a pensar que en verdad le ocurría algo malo, muy malo. Pidió consejo, y le hablaron del Doctor Todovabién y sus famosos e infalibles baños de sociedad.
No muy convencida, nuestra protagonista visitó al doctor curiosa y esperanzada. El doctor Todovabién desplegó toda la gama de videos de su programa "Baños de sociedad". Las cintas eran de un carácter altamente didáctico: una tras otra, vertiginosamente, aparecieron escenas de programas tipo Gran Hermano, con su punto justo de cotilleo e insultos; pases de modelos con vestidos tan caros como estrambóticos, reality shows con las dosis adecuadas de violencia y mal gusto, y anuncios en los que marcas de tabaco patrocinaban eventos deportivos.
Pese a la probada eficacia del método, fue un auténtico fracaso con Utopía. El doctor probó otras técnicas, pero también fallaron. Después fue visitada por el profesor Vivealdía y obtuvo idénticos resultados.
No había remedio: seguía soñando todas las noches con lo mismo. Aunque al principio sentía vergüenza y rabia, con el tiempo comenzó a preguntarse dónde estaba escrito que ella necesitara alguna cura. Cada mañana, lejos de notar tristeza o dolor, se levantaba estupendamente y completamente eufórica. ¿Cuál era el problema?
Por fin, decidió olvidar todo aquello y poner en práctica en su vida diaria lo que predicaban sus sueños. Y fue así como Utopía comenzó arreglando pequeñas cosas, continuó poniendo parches aquí y allá, y terminó convenciendo a este y a aquel. Como era una única persona no pudo hacer mucho; le faltó fuerza, tiempo y apoyo. Pero siguió luchando y no se rindió. Finalmente, tras escribir un libro al que puso su propio nombre, se fue de este mundo con la misma sonrisa abierta y sincera que presentaba cada amanecer.

Su esfuerzo no fue en vano. Muchos de los que tuvieron la suerte de conocerla o leer su libro continúan su obra silenciosamente, convencidos de que el mundo puede cambiar y ser mejor. De vez en cuando se puede encontrar alguno de ellos, si se busca bien.
"Sembrar valores, recoger futuro"
Fernando Lafuente / Noelia Cisneros / Emilio Gómez