Defectos y Virtudes
Reflexiones sobre la manera en que veo el mundo, a la gente, a mí...
Acerca de
Siempre soy yo mismo, pero no siempre soy el mismo yo.
Sindicación
 
Niños buenos vs. Niños malos
Antes de empezar, perdón por tener un poco abandonado el blog, pero es que la biblioteca tiene secuestrado mi tiempo, y el agobio mi creatividad. El viernes tengo el primer examen, ¡así que deseadme suerte!


Niños buenos vs. Niños malos

“Cuando soy buena, soy muy buena, pero cuando soy mala, soy mejor”

“Las niñas buenas van al cielo, y las malas a todas partes”

Mae West (Actriz 1893-1980)

Dear Mrs West:

Esas frases le quedaron de puta madre pero debió de ser porque usted fue una niña mala, más interesada en ir a todas partes que al cielo. Pero no es mi caso, porque cuando yo soy bueno, soy normal, es lo que se espera de mí, pero cuando soy malo, soy lo peor. Eso me pasa por ser un niño bueno la mayoría de las veces. Una vez acostumbras a la gente a eso, se vuelven intransigentes con tus errores. No importa todo lo bueno que hayas hecho… un fallo y a la mierda.

Pero si eres un niño malo se te perdona todo, “porque como eres así…” vaya excusa de mierda, pues si eres “así” esfuérzate por cambiar. De hecho, no sé si os habéis fijado pero cuando un niño malo hace algo bien se le premia, y cuando hace algo mal se le excusa, porque forma parte de su naturaleza; es “así”. Mientras que si un niño bueno hace algo bien no pasa nada, pero si lo hace mal, se le castiga.

Llevemos la teoría al extremo con un ejemplo basado en hechos reales:
La niña buena crece y empieza a salir con un niño malo. El niño malo le pone los cuernos por segunda vez (que se sepa), la niña buena llora (por enésima vez) y viene a contármelo para que le aconseje (por segunda vez). Está claro, que lo mande a la mierda. Pero no. La niña buena contesta:
-Es que él es así, no lo puede evitar, pero sé que me quiere.
-Pues nada, nena, tú misma, ya volveré a consolarte la próxima vez que te los ponga, y mientras tanto, él a disfrutar, como el pobre no puede evitar follarse a la que se le ponga a tiro…

No debemos permitir ese tipo de cosas, porque luego el mundo está lleno de cabrones y encima se creen que tienen excusa.

Ahora bien, no todo es blanco o negro y, ni los buenos somos tan buenos, ni los malos tan malos. Todas las personas tenemos un ángel y un demonio dentro, la cuestión está en saber a cual de los dos le hacemos caso con más frecuencia. Y las circunstancias también influyen. Hay ocasiones en que somos capaces de lo mejor otras de lo peor. Valga este ejemplo tan tonto: yo a mi hermano le quiero un montón, le daría un riñón si le hiciera falta, sin embargo, no le dejo mi mp3. Es un poco paradójico, pero somos así. Y cuando estamos enamorados es más de lo mismo. Daríamos la vida por la otra persona… pero que no nos pida que cambiemos de canal cuando estamos viendo nuestro programa favorito.

Hay una canción que me gusta mucho, Bitch, de Meredith Brooks, que habla precisamente de esto. De cómo algunas personas, sobre todo los niños y niñas malos tienen la capacidad de cambiar su comportamiento, y aún así causar atracción. Incluyo el video y el enlace. Además, os he traducido la letra por si a alguien le interesa, pero la he adaptado porque a veces me siento un poco identificado. ¿Será que no soy un niño tan bueno como me creo?

Hoy odio el mundo
Porque sé lo bueno que eres conmigo y que no puedo cambiar
He intentado decírtelo, pero es que me miras
Como si fuera un ángel, dulce e inocente

Ayer me puse a llorar
Puede que me sintiera aliviado al ver el lado tierno
Entiendo que te sientas confuso, no me cambiaría por ti
Soy un poco de todo, todo en uno sólo
Soy un cabrón, soy tu amante
Soy un niño, soy su padre
Soy un pecador, soy un santo
No me avergüenzo
Soy tu infierno, soy tu sueño
Y no tengo término medio
Pero sabes que no te gustaría que fuera de otra manera
Así que acéptame como soy
Lo que significa que tendrás que ser fuerte
Ten claro que cuando empiece a ponerte nervioso
llegaré hasta el límite
Mañana cambiaré
Y hoy no significará nada
En el momento en que pienses que me conoces
las estaciones ya estarán cambiando
A mí me gusta, así que no intentes salvarme
Soy cabrón, soy provocador,
Soy un dios arrodillado
Pero cuando te hacen daño, o cuando sufres
También soy tu ángel guardián
He estado apagado, pero me he reactivado
No se puede decir que no esté vivo
Y sabes que no me gustaría ser de otra forma.



http://www.youtube.com/watch?v=ZNLxYzlUI5E
 
Sábado 19 de agosto, Querido diario:
Ayer me levanté, sábado por la mañana, y me fui a la biblioteca. Éramos cuatro gatos, normal porque, no sé si lo he comentado, pero era sábado por la mañana. Pero bueno, uno de esos gatos era un chico que me encanta, con un piercing en el labio, muy mono, y que viste como a mí me gusta. Menos mal que se fue en seguida porque no estaba estudiando nada. A partir de ahí me cundió bastante.

Vuelvo a casa y les hago la comida a mi hermano y a su novia. Sí, ellos toda la mañana ociosos (o no tan ociosos, ejem) y tengo que venir yo de la biblioteca muerto de hambre y ponerme a cocinar. Vale, empiezo a hablar como mi madre. Corramos un tupido velo.

Después, un poquito de msn para que baje la comida y… a la biblioteca otra vez. Allí he quedado con una amiga que tiene la poca vergüenza de echarme la bronca por llegar tarde cuando ella es la más impuntual del mundo, pero es que el msn es lo que tiene, que engancha.

Allí estaba otro de mis chicos. De este sí que tengo la certeza de que es gay, además está bueno y es muy mono, aunque va un poco de estupendo por la vida. Mi amiga quería dejarle mi teléfono… pero soy un cobarde y al final me rajé. Es que hubo intercambio de miradas, pero no sé, yo creo que me miraba como por encima del hombro… claro que pueden ser paranoias mías, a ver si esta tarde lo veo… ¿qué me pongo?

A las nueve salgo de la biblioteca y no, no voy a mi casa a arreglarme para irme de fiesta. Me voy a casa de mi tía para hacer de canguro, que llevaba mucho tiempo pidiéndomelo y, además, me pagaba y como mi economía no pasa por su mejor momento decidí sacrificar mi sábado por la noche, que por otra parte no hubiera aprovechado demasiado. No os asustéis, esta vez sólo era una niña, la de cuatro.

Cuando mis tíos se hubieron marchado, me hice el bocadillo y me bajé al parque con la pequeña, que iba montada en la bici. Y mientras daba vueltas me iba contando:

-Tengo una amiga que se llama Mónica, no te lo pierdas. Es una niña mayor.
-¿Sí? ¡Ala!

-El otro día me picó una medusa en la playa. Pero ya no me duele. ¿A ti te van a picar?
-No.
-¿Por qué?
-Porque si veo que hay medusas no me baño.
-Ya, pero ya no hay.
-¿No?
-No, porque el socorrista se las ha llevado y las ha puesto en la paella.
(Eso se lo debió de decir alguien, supongo)
-¿Y tú te has comido una paella con medusas?
-Sí. (Qué mentirosa, jejeje).

-Y mañana vamos a ir a la playa y luego me vas a lavar el pelo, me lo ha dicho mi mamá (mentira, también). Y tú también te vas a duchar y te voy a ver el pito (está en la edad de los niños tienen esto y las niñas lo otro, jeje).

Luego subimos y puse un rato la tele. Quería ver un video de cuando eran pequeñas (más pequeñas aún). ¡Qué monas! Con dos y seis años jugando con la plastelina y luego en el parque dándole de comer a las palomas, jeje. Cuando acabó se empeñó en ver una película…

Barbie y la magia de Pegaso

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En la que Barbie es una princesa, oh sorpresa, que cuando no va con pantalones ceñidos y las botas por encima lleva unos vestidos con unos escotes en la espalda que ni Halle Berry en la gala de los oscars. Además, patina sobre hielo mejor que una patinadora olímpica. En fin, como era tarde y la película insufrible iba saltándome escenas, la niña por supuesto protestaba, y cuando acabó no se quería ir a la cama (creo que perdí toda mi autoridad al tirarme por el tobogán en el parque). Pero al final me impuse y se lavó los dientes y todo. Eso sí, no encontré su pijama.

Al rato mi otra tía trajo a la mayor, la de ocho, que venía de una comunión. Como estaba cansada se fue a la cama directamente.

Yo me puse a ver fotos de cuando eran pequeñas, en alguna salía yo.

Y me dio la sensación de que el tiempo pasa muy deprisa… y mi vida muy despacio…
 
Sobre la gula: el peor de todos los pecados
La gula es, a simple vista, el menos malo de todos los pecados capitales: se podría pensar que comer no es malo; comer mucho tampoco, no le haces daño a nadie, excepto a tu estómago si te pegas un atracón del quince o a tu bolsillo si vas a un restaurante de esos de cocina de diseño que cuestan una pasta y la comida, que suele ser poca pero muy bien presentada, se pierde en unos platos octogonales de un metro cuadrado… pero no.

La gula es el peor de todos los pecados porque está estrechamente relacionada con todos sus compañeros de equipo, se empieza sintiendo gula y se acaba experimentando cantidades indigestas de lujuria, avaricia, ira o pereza, y si no, ahora veréis.

Lo ilustraremos con un ejemplo:

Vas con tu grupo de amigos y amigas a un restaurante, por ejemplo a celebrar un cumpleaños. A medio día has comido poco porque sabías que por la noche te ibas a pegar el atracón. Llegas con ganas de comerte hasta los platos, eso es gula en estado puro.

El restaurante está lleno, pero como tenéis mesa reservada os sientan en seguida. Tú, que eres un ingenuo piensas que en seguida tendrás tu plato de comida delante. Os dan la carta, no sabes qué pedir, todo suena bien, te pones de acuerdo con la gente para no repetir y así probarlo todo. Decides y esperas a que venga el camarero, que no viene… no pasa nada, estás tan a gusto hablando con los amigos, que no hay prisa… algo ruge… tu estómago no piensa lo mismo. Levantas la vista: ¡oye! Les está tomando nota a los de la mesa de al lado que han llegado después, no pasa nada, buen rollo. Otro rugido. Todas las mesas de alrededor tienen su comida menos la tuya, te dan ganas de asesinar al camarero. Si alguna vez lo habéis experimentado eso es gula en combinación con ira.

El camarero os toma nota, tu estómago se relaja un poco.

Traen las entradas: ¡¡¡bien!!! Eh, un momento, ¿por qué hay 6 croquetas si sois ocho? Tu estómago que también sabe contar te dice: coge una antes de que te quedes sin. Pero tu mente responde: no, es de mala educación. Tienen buena pinta, a la mierda, coges una. Al rato queda una croqueta solitaria en el plato… tu estómago dice: pobrecita, sus hermanas han sido devoradas y ella está solita y triste, cómetela para que se reúna con ellas… y tu mente contesta: no, ya te has comido una, y hay gente que no las ha probado… pero ya lleva ahí como 30 segundos, eso es que nadie la quiere… no la cojas… cómetela… ¡no!... Uhm, que buena estaba.

-Oye, ¿Quién se ha comido las croquetas? –pregunta alguien a cuyo estómago no se le dan tan bien las matemáticas.

-Uy, no sé, podemos pedir otro plato –contestas con cara de inocente.

Enhorabuena, acabas de combinar la gula con la avaricia.

Traen los platos, se acaba el problema de la avaricia, cada uno con su plato y su comida. Pero la malicia de tu estómago no conoce límites y te suelta: “tiene buena pinta eso que nos vamos a comer, pero qué pena que tu plato no sea tan apetecible como el de tu amigo, y que tu novio no sea tan guapo como el suyo… ah no, que tu no tienes novio”

¿A qué coño ha venido este ensañamiento repentino? Ahora por malo no comes… bueno quizás un poco… total el cabrón tiene razón, el plato de mi amigo tiene una pinta genial y el novio más: gula más envidia, una cosa ha llevado a la otra, si no tuvieras tanta hambre (en ambos sentidos) te daría igual lo que se llevara tu amigo a la boca (en ambos sentidos, también).

Mientras libras la batalla en tu interior con tu estómago, en el exterior no se nota nada, o eso intentas… lo que sí se nota es que con todo lo que has zampado (las luchas internan es lo que tienen, que dan hambre) te va entrando sueño, y lo único que te apetece es apoyarte en el hombro de alguien (el novio de tu amigo sería el candidato ideal) y dormir un poco. Que la pereza y la gula se alíen pasa más a medio día, pero cuando hay sangría de por medio da igual la hora que sea.

Pero un aroma que proviene del plato que te acaban de poner te despierta…



Y piensas, mientras un hilito de baba está a punto de caer (promovido por el cabrón de tu estómago para ponerte en ridículo): dios mío, que buena pinta tiene, que bueno está, me lo comería enterito.

En ese momento levantas la cabeza para comprobar que no eres el único que está poniendo esa cara de placer y ves pasar por delante de vuestra mesa un pedazo de tío como este:



Entonces la mandíbula se te termina de desencajar y piensas: dios mío, que buena pinta tiene, que bueno está, me lo comería enterito. Exacto: la lujuria y la envidia se valen de las mismas expresiones para exteriorizar los deseos.

Justo en el momento en el que te estabas llevando un pedazo de tarta a la boca tu amigo suelta:

-No te molestes, no es gay.

Te concentras en la tarta para no tirarle un vaso a la cabeza (¿otra vez la ira?) pero tu estómago te tiene reservado un golpe de efecto y suelta: “ya sé que la tarta está de puta madre, pero si comes otro trozo voy a vomitar y no creo que al chulazo le ponga mucho, es que claro, no deberías haberte comido cuatro croquetas…”

O_O

Entonces haces algo de lo que nunca te creíste capaz. Le pides ayuda a la soberbia. Dejas la cucharita en el plato y dices con la mayor de las indiferencias.

-Total, no es para tanto.

Y con eso les contestas a ambos, al cabrón de tu amigo y al hijoputa de tu estómago.
 
Sobre la ira y mis días malos.
Muchas gracias por los comentarios del post anterior. Me han hecho mucha ilusión. Y ahora, sin más dilación preparémonos para hablar de una amiga bastante indeseable.

Sobre la ira y mis días malos.

Suena el despertador a las 7.50. Diez minutos más. Cierro los ojos.

Abro los ojos. Las 9.30. Mierda, me he dormido. Bueno, no pasa nada, voy al gimnasio de 10 a 11 y luego estudio hasta la hora de comer.

Me levanto. No queda leche. Bueno, me tomo un yogurt, que no se diga que no soy versátil.

Estoy en el gimnasio. Después de esta máquina hago la otra. Mierda, se ha puesto el gilipollas ese. Somos cuatro gatos por la mañana y tiene que ponerse en la máquina que me apetece hacer. Y, ¿por qué ese tío tiene ese cuerpo y yo no? ¿Porque yo no vengo todos los días dos horas? Cierto, no me puedo quejar. Pero me quejo.

Me voy a casa de mal humor. Llevo desde marzo y no se me nota una mierda el gimnasio. Entonces me doy cuenta de que, irremediablemente, hoy va a ser uno de esos días. No, no tengo la regla. Simplemente tengo un mal día.

Llego a mi casa, me pongo a estudiar o a intentar hacer algo de provecho. No me apetece. Pero tengo que terminar este trabajo para esta tarde. No estoy inspirado. Joder. Lo acabo o no lo acabo. Total da igual.

Llega mi madre. La saludo con desgana. La primera víctima de mi mal humor. Me pregunta que qué tal la mañana, le contesto mal. Se cabrea. Reflexiono. Ella no tiene la culpa de que me haya levantado con el rabo torcido (Tiene el cielo ganado conmigo, jeje, "Hola, mamá"). Me controlo e intento ser amable. No me sale muy bien la verdad, se me da fatal esconder mi estado de ánimo. Me cabreo más por ser estúpido con ella.

Como y me voy a la universidad en el coche con dos compañeras. ¿Por qué no paran de hablar de tonterías? No me apetece saber la ropa que se han comprado, ni lo que hicieron el sábado pasado o lo que van a hacer al siguiente.

-¿Qué te pasa?
-Nada.
-Estás muy serio.
-Me duele la cabeza.
-Ah.

Siempre funciona, así paran de preguntar. Es más fácil que decir “Estoy de muy mal humor, pero no sé por qué”. Hay gente que no lo entiende.

Llego a clase. Debería forzar una sonrisa para saludar a la gente. Me sale una mueca horrible. Mejor no lo intento. Hoy todo el mundo me cae mal. Cuando hablan solo se me ocurren comentarios bordes para contestar. Pero me los guardo. Sé que es por el mal humor. No es plan de quedarme sin amigos por un mal día, así que contesto con monosílabos. Ya, claro, vale, bueno, sí, no.

-¿Qué te pasa?

(Que me apetece pegarle a alguien)

-No, nada, que me duele la cabeza.

Por dios, que se acaben las clases ya. Qué aburrimiento. No lo soporto.

Llega la hora. Nos vamos a casa. Tengo hambre.

Abro la puerta. Me apetece dar un portazo. Pero me controlo. Mi madre me lo nota en la cara.

-¿Qué te pasa?
-Que estoy de muy mala hostia.
-¿Y eso?
-Yo que sé, porque hoy toca.

En mi casa saben que de vez en cuando tengo uno de esos días. Como todo el mundo, vaya. Pero a mí se me nota más. Durante el curso me pasaba algunos miércoles. No sé porqué, pero coincidía que era miércoles.

Al final del día el mal humor se ha transformado en ira. Tengo ganas de pegarle un puñetazo a la pared. De desahogarme. Pero no lo hago porque sé que duele. Me gustaría llorar pero tampoco me sale. No soy de lágrima fácil. Eso es un defecto.

Por suerte los miércoles hacían Aquí no hay quién viva, y siempre conseguía animarme y ponerme de mejor humor. A buenas horas. Debería grabarlo y ponérmelo por la mañana cuando intuyo que voy a tener un día de éstos.

Me acuesto. Antes de dormir se me cruza un pensamiento por la cabeza.

¿Por qué no tengo novio?

Uy, me parece que acabo de descubrir el porqué del mal humor.

Al día siguiente me levanto con otro humor. Menos mal que este tipo de días no van a pares.

(Bueno, chicos, no os preocupéis porque en verano la cantidad de días en qué la ira es la protagonista se reducen drásticamente, será que con el calor le da pereza actuar).
 
La melodía
Me váis a permitir que haga otro descanso en mis reflecioxes sobre los pecados capitales para sacar a pasear mi lado más sentimental, cursi incluso, con una historia que escribí hace bastante tiempo... ni siquiera es un relato, es simplemente una escena, un monólogo interior de uno de los dos personajes que aparecen en ella.
El estilo es totalmente diferente al de los posts anteriores. Espero que os guste.

La melodía.

Un cambio de ritmo en la melodía que había empezado a oír en mis sueños me despertó. Fue entonces cuando me di cuenta de que era real y no un producto de mi subconsciente. Me quedé en silencio con los ojos cerrados, tenía miedo de que al abrirlos la música cesara. Era una canción preciosa que no había escuchado nunca. La melodía era alegre, pero a la vez provocaba una extraña sensación de melancolía. Quizá porque era una de esas canciones que te recuerdan algo lejano, un momento feliz que no se puede volver a recuperar. La melodía iba ganando en intensidad pero seguía siendo suave, sin cambios bruscos de tempo.

Cuando abrí los ojos lo primero que vi fue su espalda recta que apenas se movía. En ese momento acudieron a mi mente todos los recuerdos de la noche anterior y sonreí. Seguí observándole, estaba desnudo, movía los brazos a lo largo del piano deslizando elegantemente las manos mientras acariciaba las teclas con la misma delicadeza con la que la noche anterior había acariciado mi cuerpo. Sentí una punzada de celos. Le recorrí el cuerpo con la mirada, las manos, los hombros, la nuca, y recordé el sabor y el tacto de cada uno de ellos. Era precioso. Su cuerpo, la canción…sólo para mí.

La felicidad completa no existe, es un sentimiento tan intenso que sería imposible de soportar, pero sí momentos como aquel, en que te roza y te vuelve loco. Y deseas que no acabe nunca lo que estás sintiendo, que la melodía no pare de sonar y que el tiempo se detenga y no debilite el recuerdo de su cuerpo y de su aliento sobre ti. Ese roce también destruye el miedo a morir; no me hubiera importado desaparecer en aquel momento en el que lo tenía todo, en el que pensaba que la vida no podía ofrecerme nada más…pero la felicidad sólo es un eco efímero, y cuando se desvanece el miedo reaparece. Miedo a que la muerte te sorprenda antes de haber conseguido rozarla de nuevo; miedo a que su cuerpo se aleje; miedo a que la melodía deje de sonar. Me parecía increíble volver a tener esa sensación tan intensa en tan corto espacio de tiempo.

Me levanté sin hacer ruido y recorrí sigilosamente la corta distancia que nos separaba. Ahora podía incluso ver cómo se le tensaban los músculos cada vez que alargaba los brazos. Me fijé en el arpa celta que llevaba tatuada en el omoplato. Recuerdo que me llamó mucho la atención la primera vez que la vi, me encantó. Ese era la clase de detalles que me gustaban de él. No era el tipo de persona que te cuenta que llevan un tatuaje, simplemente espera a que lo descubras.

Me di cuenta de que no había partitura, cosa que me sorprendió porque nunca antes le había visto tocar sin ella, aunque se conociera la pieza de memoria hacía como que la seguía y pasaba las páginas del libreto. Decía que era una falta de respeto hacia el compositor. Entonces caí en la cuenta de que esa canción era suya, y el miedo me paralizó. Nadie había escuchado ninguna de sus composiciones. Esas canciones eran parte de su yo más profundo y aseguraba que no estaba preparado para los demás conocieran esa parte tan íntima de su alma. Tuve miedo de que cuando descubriera que había estado escuchando sintiera que había invadido su intimidad y se sintiera ofendido. Sin embargo, cuando la melodía llegó a uno de sus momentos álgidos no pude frenar el deseo y le besé en el cuello. Justo en el momento en el que mis labios tocaron su piel mi corazón empezó a latir tan fuerte como la primera vez que nos desnudamos...esa misma noche. No sabía como iba a responder, sentí miedo de que me rechazara. Me daba miedo que dejara de tocar…

Pero no lo hizo. Y esta vez, como la anterior, me miró a los ojos, sonrió y siguió tocando. Pero ahora era él quien rompía el muro y dejaba que me adentrase en la parte de su ser que nadie hasta ese momento había tenido el privilegio de conocer.

Continué besándole el cuello y acariciándole la espalda sin que dejara de tocar. Sentía deseos de besarle en los labios, pero temía entorpecer su actuación, y nada me importaba más en ese momento que escucharla hasta el final. Como si me hubiera leído el pensamiento giró la cabeza, me sonrió y paró de tocar. En ese momento el corazón me dio un vuelvo…sin embargo, me cogió de las caderas y me sentó sobre sus piernas, entonces giró la banqueta y continuó tocando mientras yo le rodeaba con los brazos y empezaba a besarle. Que escena tan maravillosa. Ambos desnudos y abrazados mientras nos envolvía una melodía salida directamente de su alma. De repente la canción terminó, sin darme cuenta, de manera tan sutil como había empezado. No pude contenerme y una lágrima rodó por mi mejilla hasta nuestros labios. Entonces se apartó unos centímetros y me miró directamente a los ojos.

Luego me abrazó fuertemente, me levantó y me llevó a la cama donde hicimos el amor por segunda vez al ritmo de la melodía que desde ese momento suena en nuestros corazones cada vez que estamos juntos.







 
Sobre la pereza y mi agosto en la biblioteca.
Se ha ido la luz en mi calle, típico corte eléctrico de verano, por culpa de los aires acondicionados de gente que pasa calor y los ordenadores de gente que escribe en sus blogs mientras se come un heladito. He estado un rato escuchando música hasta que se me ha ocurrido que el portátil va con batería, jejeje. Así que aprovecho para escribir este post que colgaré mañana cuando vuelva de la biblioteca.

Sí, habéis leído bien, mañana a las 8 me levantaré para ir a estudiar a la biblioteca una de las cuatro asignaturas que me han quedado para septiembre… que conste que tengo excusa, el primer cuatrimestre estuve de erasmus, pero me cogí todas las asignaturas de mi curso más tres optativas… y uno es apañao con el estudio pero no superdotado. Además de que soy un poco perro, todo sea dicho.

Y es que la pereza es uno de los pecados capitales contra los que tengo que luchar con más ahínco durante todo el año.

Durante el curso voy a clase por la tarde, así que nadie me espera por las mañanas, pero claro, no es plan de pasarse la mañana en plan marmota. Así que me pongo el despertador a las 8, pero se está tan calentito en invierno en la cama, y total como nadie me espera en clase… sin embargo, uno es responsable y nunca se levanta después de las nueve… bueno, casi nunca.

Ahora en agosto es aún peor. Sé que mucha gente trabaja y se levanta a las seis (Paper por ejemplo, desde aquí te mando ánimos, jeje), pero se hace duro despertarse a las 8 sabiendo que tus compañeros se levantarán a las 11 para ir a la playa… pero bueno, es lo que toca.

Yo prefiero pensar que voy de excursión a Bibliotecalandia, porque bien mirado (o mirado con mucha imaginación y ganas de conformarse) la biblioteca de la universidad es como un resort turístico. Cuenta con aire acondicionado y vistas al campus, el de mi universidad es muy grande con mucha vegetación y fuentes. Un club social en el que hacer descansos y césped para tomar el sol y relacionarse socialmente. Visto así no está tan mal… en fin.

Otro recurso es entretenerse observando a la gente, porque la fauna de la biblioteca es tan variopinta como la del gimnasio (¿verdad, Bofr?).

Y del gimnasio es donde parece que vienen algunos tíos que están en la biblioteca conocidos como Musculosus Vulgaris. Vamos a ver, ¿Cómo se puede mantener esos músculos y sacar tiempo para estudiar? ¿Habrá un gimnasio en la biblioteca y yo no me enterado? ¿Por qué se pasean delante de mí? Así no hay quien se concentre.

Van directos a sentarse con sus amigos, igual de cachas que ellos o más o con las novias. La novia también es una especie a parte. Para compensar que su novio va hecho un desastre vestido (camiseta de tirantes o sin mangas y pantalones cortos de deporte, para que se le vean cuantos más músculos mejor) ellas van arregladísimas. Pintadas, alisado de peluquería y sandalias con tacón. Uno piensa dos cosas cuando las ve. Primero, ¿qué necesidad hay de levantarse una hora antes para ir a la biblioteca? Y segundo: si se emperifollan tanto para estudiar ¿qué coño se ponen para salir de marcha? Mejor no me lo imagino que me desconcentro. Se las reconoce por el ruido de los tacones al desplazarse.

Una subespecie de musculitos es el grupito de metrosexuales de mi biblioteca (Musculosus Metrosexualis), que también pasan muchas horas cultivando su cuerpo, pero éstos, además, cuidan la ropa. Aunque se comen poco la cabeza porque van todos iguales: piratas ceñidos, camiseta ceñida y sandalias. Esta subespecie va sin novia, porque precisamente es lo que va buscando. Cazan siempre en manada y cuentan con una jerarquía muy definida. El más guapo manda.

Mi biblioteca también cuenta con los usuarios con abono completo, los puedes encontrar cualquier día a cualquier hora. De hecho hay uno que creo que está muerto y es un fantasma que vive en la primera planta. Es el espíritu atormentado de un estudiante de medina que murió en el duro invierno de 1976 (por la forma de vestir) de frío, aburrimiento o agobio, vete a saber.

La biblioteca también tiene chicos guapos y estupendos (chicas también pero me fijo menos), los veo en los pasillos, en la entrada, pero nunca en las mesas de alrededor de la mía. ¿Por qué? Me pregunto con una mezcla de indignación y tristeza.

Aunque alguna vez de ha sentado alguno cerca. Entonces intento cruzar miraditas con él… sin ningún éxito. Pero no puedo evitar que mi imaginación vuele y montarme mis películas. Como por ejemplo:

Película de terror: Estoy estudiando a las doce de la noche (totalmente ficción) y de repente se van las luces (con la correspondiente música de suspense) y los vigilantes se convierten en zombies antropófagos, el chico de enfrente y yo nos unimos en una lucha contra ellos utilizando las enciclopedias como armas mientras buscamos un hechizo que destruya el maleficio. Nos enamoramos, los matamos a todos y nos casamos.

Comedia romántica: Nos levantamos, nos cruzamos, nos chocamos, digo algo muy ocurrente (totalmente ficticio), nos gustamos. Tomamos un café. Todo es bonito pero surgen problemas debido a malos entendidos que se solucionan casi al final con un beso apasionado mientras suena una canción más empalagosa que un dulce de leche con miel. Nos casamos.

Película porno (sí, estudiar idiomas es lo que tiene, que uno se pone goloso pensando en guiris rubios y robustos): Me lanza una mirada pícara, se levanta, le sigo hasta el aseo. Polvazo del siglo con mamada de tres cuartos de hora incluida (ficción total). Nos corremos. Nos casamos.

Co-producción independiente franco-vietnamita: la imagen se vuelve como de peor calidad. El chico me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Cuando se va se le cae un sobre: es de un hospital; está enfermo. Lo busco por los hospitales de toda la provincia. Al final lo encuentro pero está en coma. La familia me cuenta su vida a base de flashbacks en blanco y negro. Cuando hablan les salen subtítulos. Al final descubro porqué está enfermo. Abre los ojos y me sonríe. Se acaba la película. No la entiendo. ¿Y la boda?

Mientras estas películas se suceden en mi mundo de fantasía, en el mundo real pueden estar pasando varias cosas:

- El chico se ha levantado y se ha ido (sin dejarme su número de teléfono) o ha venido la novia y se están comiendo los morros en vez de estar estudiando (es que hay gente que no sabe que la biblioteca es sólo para estudiar). Esto no es lo peor que puede pasar, porque el destino que es cruel a la par que irónico, en vez de mandar a la novia, puede traer al novio. Con lo cual tú te pones de tan mala hostia de la envidia cochina que te ha entrado que se te quitan de golpe las pocas ganas que tenías de estudiar.

Pero al rato lo supero y me digo: ¿a qué has venido? A estudiar, ¿no? Pues eso, que la biblioteca no está para ligar (más quisiera yo). Y hablando de estudiar, mejor me voy a la cama porque si no, no estaré despejado para estudiar… ni para observar al personal, ;)

¡¡¡Seguid pecando!!!