PRAGA (2ª entrega)
Amigas todas
Hallándome al borde de la piscina paliando el sofocante calor con un margarita y no encontrando nada interesante en el Vogue, he decidido continuar con la historia de mis vacaciones.
Esta vez quiero narraros el porqué del paréntesis de mi primera entrega (¿lo recordáis?). Bien, vayamos al tema en cuestión.
La salida desde nuestro pequeño aeropuerto no revistió, a priori, ningún tipo de problema. Facturamos el equipaje (mi maleta pesaba más de lo permitido, of course, pero el amable chico entendió que una dama no puede viajar con lo puesto y necesita de todo en todo momento), facturamos -digo- y el chico de Iberia nos dio una sola tarjeta de embarque (bueno, una a cada una, claro está) diciéndonos que al ser un vuelo compartido con otra compañía, al llegar a Barcelona debíamos recoger la otra. Esto nos pareció lógico y no nos planteamos más la cuestión. ¡Craso error!. Al llegar a la Ciudad Condal y constatar que en nuestra ventanilla había una cola interminable que no avanzaba, me encamino hacia el chico que la mal-atendía y le digo (muy fina y respetuosa yo):
- Perdone, nosotras no tenemos que facturar equipaje, sólo recoger la tarjeta de embarque. ¿Es necesario que hagamos esta cola ?
A lo cual me responde el incompetente:
- Sí, pero ten cuidado (hablándome de tú, ¡menuda desfachatez!) que hay quien factura para otras ciudades.
Yo no entendí muy bien cómo se puede facturar para Buenos Aires en la ventanilla de Praga, pero bueno, cosas de Iberia (pensé yo).
- Y entonces, ¿cómo lo puedo saber? -cuestioné a mi vez.
- No te preocupes, yo llamaré a los de Praga antes de cerrar el vuelo - me dijo.
Ante estas explicaciones, una confía en la profesionalidad del personal (otro error) y no insistí más. Volví a mi sitio en la cola y me dispuse a esperar mirando a los chulazos que pasaban por allí con destino a cualquier parte del mundo.
En esas estábamos cuando vemos con estupefacción que, después de más de una hora, el chico sale de la ventanilla y se va. Su lugar lo ocupa otra chica y, en el monitor, aparece Amsterdam. Bueno, aquí perdimos la compostura tanto mis amigas como yo. Nos fuimos a la ventanilla y expusimos el problema a la chica nueva que abrió unos ojos como platos. El vuelo se había cerrado y estaba a punto de partir sin que el otro listo llamase a los que faltaban. No podíamos dar crédito a lo que estábamos escuchando. Habiendo llegado con tiempo suficiente y después de más de una hora de cola ... ¡perdimos el vuelo! La cosa tiene narices, queridas, no me podéis decir lo contrario. Entenderéis que, en esas circunstancias, una pierda los nervios, los estribos y hasta los modales, y se comporte como un camionero cuando le hacen un mal adelantamiento. Pero, por mucho que insistimos, el avión ... voló sin nosotras.
No acabarían aquí nuestras penas. Vendría un calvario aun mayor. Se trataba entonces de saber si nuestras maletas habían partido hacia Praga o, por el contrario, las habían bajado puesto que sus dueñas no habían embarcado. El vía-crucis de ventanillas fue interminable. Ni Iberia, ni la compañía checa con la que volábamos después, ni Iberojet (el mayorista que nos vendió el viaje) ... ¡NADIE! en todo un señor aeropuerto de El Prat supo decirnos dónde estaba nuestro equipaje. Podéis imaginar la desesperación: pasillo arriba, pasillo abajo, de ventanilla en ventanilla explicando una y otra vez el problema, descompuestas las tres (por los nervios, la impotencia y el calor) ... Resultado de más de 4 horas de búsqueda: tuvimos que sacar otros billetes por cuenta nuestra en otra compañía para llegar a Praga vía Frankfurt y sin saber dónde estaba nuestro ansiado y necesario equipaje.
Pero si creéis que esto es todo, os equivocais de pleno, queridas mías. El avión de Frankfurt se retrasó tanto que perdimos el enlace en Alemania. De risa, ¿verdad?. Pues nosotras íbamos a llorar ya. La suerte fue que, al ser la misma compañía, nos alojaron en un hotel y nos cambiaron el vuelo para tomar el primero de la mañana siguiente. De esta manera pudimos llegar a la ciudad imperial, con un día de retraso eso sí. Y como la cosa ya no podía ir a peor (o sí, pero afortunadamente no fue el caso), encontramos nuestro equipaje en el aeropuerto sin ningún problema. Mis amigas lloraban de alegría al ver que todo se había resuelto "bien", yo me hice la fuerte y no dejé escapar ni una lágrima que pudiese empeorar el lamentable estado físico en el que me encontraba (pero la procesión iba por dentro).
La vuelta fue, sin embargo, sobre ruedas. En Praga nos dieron dos tarjetas de embarque (cuando las condiciones de vuelo compartido eran las mismas que a la ida) y así no tuvimos que hacer colas. No entiendo cómo funciona esta nuestra "gran compañía aérea", la verdad. Os aconsejo que, si tenéis opción, no viajéis con Iberia, son unos incompetentes. Y os digo lo mismo con Iberojet. No contratéis paquetes vacacionales con ellos, ante cualquier eventualidad no se hacen cargo de nada y, las pobres clientas, siempre salen perdiendo.
En Barcelona nos pusimos en contacto con ellos y un chico, medio sentado sobre una mesa, con toda la indiferencia del mundo, nos dijo que nos las apañáramos. ¿Eso es seriedad y profesionalidad? Pues me rio yo.
Bien queridas mías, así acaban nuestras andanzas por esos aeropuertos europeos. Eso sí, ya no podré decir que no he estado en Alemania.
Kisses
Hallándome al borde de la piscina paliando el sofocante calor con un margarita y no encontrando nada interesante en el Vogue, he decidido continuar con la historia de mis vacaciones.
Esta vez quiero narraros el porqué del paréntesis de mi primera entrega (¿lo recordáis?). Bien, vayamos al tema en cuestión.
La salida desde nuestro pequeño aeropuerto no revistió, a priori, ningún tipo de problema. Facturamos el equipaje (mi maleta pesaba más de lo permitido, of course, pero el amable chico entendió que una dama no puede viajar con lo puesto y necesita de todo en todo momento), facturamos -digo- y el chico de Iberia nos dio una sola tarjeta de embarque (bueno, una a cada una, claro está) diciéndonos que al ser un vuelo compartido con otra compañía, al llegar a Barcelona debíamos recoger la otra. Esto nos pareció lógico y no nos planteamos más la cuestión. ¡Craso error!. Al llegar a la Ciudad Condal y constatar que en nuestra ventanilla había una cola interminable que no avanzaba, me encamino hacia el chico que la mal-atendía y le digo (muy fina y respetuosa yo):
- Perdone, nosotras no tenemos que facturar equipaje, sólo recoger la tarjeta de embarque. ¿Es necesario que hagamos esta cola ?
A lo cual me responde el incompetente:
- Sí, pero ten cuidado (hablándome de tú, ¡menuda desfachatez!) que hay quien factura para otras ciudades.
Yo no entendí muy bien cómo se puede facturar para Buenos Aires en la ventanilla de Praga, pero bueno, cosas de Iberia (pensé yo).
- Y entonces, ¿cómo lo puedo saber? -cuestioné a mi vez.
- No te preocupes, yo llamaré a los de Praga antes de cerrar el vuelo - me dijo.
Ante estas explicaciones, una confía en la profesionalidad del personal (otro error) y no insistí más. Volví a mi sitio en la cola y me dispuse a esperar mirando a los chulazos que pasaban por allí con destino a cualquier parte del mundo.
En esas estábamos cuando vemos con estupefacción que, después de más de una hora, el chico sale de la ventanilla y se va. Su lugar lo ocupa otra chica y, en el monitor, aparece Amsterdam. Bueno, aquí perdimos la compostura tanto mis amigas como yo. Nos fuimos a la ventanilla y expusimos el problema a la chica nueva que abrió unos ojos como platos. El vuelo se había cerrado y estaba a punto de partir sin que el otro listo llamase a los que faltaban. No podíamos dar crédito a lo que estábamos escuchando. Habiendo llegado con tiempo suficiente y después de más de una hora de cola ... ¡perdimos el vuelo! La cosa tiene narices, queridas, no me podéis decir lo contrario. Entenderéis que, en esas circunstancias, una pierda los nervios, los estribos y hasta los modales, y se comporte como un camionero cuando le hacen un mal adelantamiento. Pero, por mucho que insistimos, el avión ... voló sin nosotras.
No acabarían aquí nuestras penas. Vendría un calvario aun mayor. Se trataba entonces de saber si nuestras maletas habían partido hacia Praga o, por el contrario, las habían bajado puesto que sus dueñas no habían embarcado. El vía-crucis de ventanillas fue interminable. Ni Iberia, ni la compañía checa con la que volábamos después, ni Iberojet (el mayorista que nos vendió el viaje) ... ¡NADIE! en todo un señor aeropuerto de El Prat supo decirnos dónde estaba nuestro equipaje. Podéis imaginar la desesperación: pasillo arriba, pasillo abajo, de ventanilla en ventanilla explicando una y otra vez el problema, descompuestas las tres (por los nervios, la impotencia y el calor) ... Resultado de más de 4 horas de búsqueda: tuvimos que sacar otros billetes por cuenta nuestra en otra compañía para llegar a Praga vía Frankfurt y sin saber dónde estaba nuestro ansiado y necesario equipaje.
Pero si creéis que esto es todo, os equivocais de pleno, queridas mías. El avión de Frankfurt se retrasó tanto que perdimos el enlace en Alemania. De risa, ¿verdad?. Pues nosotras íbamos a llorar ya. La suerte fue que, al ser la misma compañía, nos alojaron en un hotel y nos cambiaron el vuelo para tomar el primero de la mañana siguiente. De esta manera pudimos llegar a la ciudad imperial, con un día de retraso eso sí. Y como la cosa ya no podía ir a peor (o sí, pero afortunadamente no fue el caso), encontramos nuestro equipaje en el aeropuerto sin ningún problema. Mis amigas lloraban de alegría al ver que todo se había resuelto "bien", yo me hice la fuerte y no dejé escapar ni una lágrima que pudiese empeorar el lamentable estado físico en el que me encontraba (pero la procesión iba por dentro).
La vuelta fue, sin embargo, sobre ruedas. En Praga nos dieron dos tarjetas de embarque (cuando las condiciones de vuelo compartido eran las mismas que a la ida) y así no tuvimos que hacer colas. No entiendo cómo funciona esta nuestra "gran compañía aérea", la verdad. Os aconsejo que, si tenéis opción, no viajéis con Iberia, son unos incompetentes. Y os digo lo mismo con Iberojet. No contratéis paquetes vacacionales con ellos, ante cualquier eventualidad no se hacen cargo de nada y, las pobres clientas, siempre salen perdiendo.
En Barcelona nos pusimos en contacto con ellos y un chico, medio sentado sobre una mesa, con toda la indiferencia del mundo, nos dijo que nos las apañáramos. ¿Eso es seriedad y profesionalidad? Pues me rio yo.
Bien queridas mías, así acaban nuestras andanzas por esos aeropuertos europeos. Eso sí, ya no podré decir que no he estado en Alemania.
Kisses
Comentario:
Pues sí, querido Jesús, esa es la pena, que todo el mundo tenga que contar historias de maletas cuando, para cobrar, vivimos en un país del primer mundo, pero para dar un buen servicio y responder ante los problemas ... eso ya es otra cosa.
Las vacaciones han sido wonderful. Praga es una ciudad maravillosa absolutely. Eso sí, no te lleves tacones que lo pasarás muy mal.
Chaito
Las vacaciones han sido wonderful. Praga es una ciudad maravillosa absolutely. Eso sí, no te lleves tacones que lo pasarás muy mal.
Chaito
Comentario:
todo el mundo tiene que contar alguna historia de maletas eh, pero bueno las vacacines bien no¡¡¡¡, a lo de Iberia es suerte a mi me jodieron la maleta y a eso de unos 4 meses me ingresaron en la cuenta 60 euros,
Chao
Chao


