Reconstruyendo mi dignidad
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Jugando las cartas que baraja el destino
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Sindicación
 
Mar
Esta mañana al bajar el cristal del coche de forma inesperada se ha adentrado la esencia del aroma marino en el habitáculo desplegando todo su embrujo, tocándome su infinitud, su fuerza, su dinamismo, su sutileza oscilantes.
Buscaba mi mirada y la encontró para descubrir esas imágenes casi fantasiosas que solo refleja el astro rey, en definitiva, reflejo de la vida.







Un saludo "not swallowed in the sea".
 
Cristales y fichas
Somos cristales, nos podemos romper, nos pueden romper, podemos caer, y salir ilesos, lo mismo que caer, y poblar el suelo de trocitos de dolor, clink clink..y ya no estamos, ¿rezaré por no caer?..no creo..si tiene que pasar, que pase, no importa demasiado, si hay que aguantar entera para luego caer al suelo..se aguanta y luego se cae, es el orden, aunque el desorden tampoco altera el resultado, porque todos acabaremos siendo pedacitos de este juego, fichas en el tablero, que ganan o pierden, pero que de hecho están en el tablero, y sólo por eso, algo merecieron, algún dolor, algún beso, alguna traición, y algún exceso..necesitamos recorrernos el tablero antes de rompernos, porque sino nos quedará la espina del asunto pendiente, y eso no lo queremos, nos queremos romper cuando creamos que es el momento, pero a veces el momento nos quiere romper antes de lo que toca, o antes de que creamos que nos toca..da igual, esto es una historia ya escrita.
Por otra parte, a veces somos ojos, y no cristales, y tenemos complementos que nos ayudan a ver las cosas, tenemos socios y complices, pero no nos gusta lo que vemos, y queremos romper las gafas, o rompernos los propios ojos, a veces somos idiotas, o soy IDIOTA, y lo único que había que hacer, era aprender a mirar.




A esta gran desconocida si que la llevo en el alma.


Un saludo desde este paraíso.
 
Mi apuesta
El buzón está medio lleno, medio vacío, medio caliente, medio dormido..estamos más solas que ayer, pero sin embargo nada importa, y no importa nada, no nos afecta porque ya nos acostumbramos, no hay nada que temer, ni siquiera el pensar que las nubes están más cerca del suelo que del cielo, puede ser un efecto de la gravedad, o todo lo contrario..Estamos, que no es poco, sobrevivir hay días en que es una manera de vivir, aunque preferimos que no, preferimos viajar a cualquier parte, o la verdad, ni siquiera preferimos viajar, preferimos la soledad compartida, que dicen que se lleva mejor -o no..-..Preferiría quererte un poco más, antes que un poco menos hasta llegar a la nada, pero me falta tiempo, hoy me cuesta respirar y todo, no hace frío, o no demasiado para lo que es costumbre en las madrugadas sin ti..hoy he sacado la cabeza por la ventana, para ver que hacía el mundo, entretanto aguanto y no me hundo, porque tengo cuerda para rato..el mundo parece que sigue girando, 24 horas al dia, 365 días al año, parece que está ok, mientras algunas buscamos regatear el ko, que es posible, todo es posible, y sin hacer grandes apuestas, apuesto por el ok.





Nunca parecerá ni sonará simple.


Un saludo desde el paraíso.
 
Soul
Your secret love
Will never be your true love
I cant be no secret baby
Its breakin my heart
(You are breaking my heart)





Siempre nos quedará tu voz única e irrepetible, principe.




Un saludo desde el paraíso.

P.D. Esas manos al final del video son....
 
Sonidos mudos
En la claridad donde actualmente reside mi existencia, resuenan voces que llegan del abismo. Éstas me hablan de olvido, de soledad, de tristeza, de decepciones, de desamor, de desilusión... y yo no puedo hacer otra cosa que responder a sus ecos, de llenarlas de la intención del consuelo que ellas no alcanzan.
A vosotras voces, que venís a mí imanadas por la cegadora luz que envuelve ahora mi alma, os digo: que la Luz está mucho más cerca de lo que pensais... tan solo callad la pena y escuchad como en vuestro interior, aún reside la fuerza.



Un saludo desde el paraíso.
 
Existe la perfeccion
Moonlight Sonata (Claro de luna) 3rd mov.





La textura de aquella carta en el umbral de mi casa, su color, los trazos de su escritura, no eran detalles desconocidos para mí. Sabía de qué manos provenían, quién había rellenado esa carta con su graciosa pluma encarnada. Lo que no podía imaginar siquiera era su contenido, al menos, no podía esperar algo tan... especial. Era Teresa de Brunswik, que en nombre de su familia me invitaba a una agradable velada en su hacienda, la de los condes de Brunswik, para darles detalles de mi última inspiración, una sinfonía que estaba preparando y que tenía intención de presentar en la Ópera de Viena, tan pronto estuviese ultimada.

Conocía muy bien la casa de los Brunswik, aquella mansión tan peculiarmente agradable. No en vano, había sido profesor de piano de casi todas las hijas de la condesa, y era ya considerado poco menos que como de la familia. Me unía a ellos una profunda amistad, pero resaltaba especialmente la que mantenía con Teresa, que siempre me animaba a seguir profundizando en mis sonatas para piano y en todo aquello que rodeaba mi vida.

Teresa siempre decía que, cuando componía, transmitía las sensaciones que en aquél momento llevaba dentro de mí, exteriorizando con la música todo el sentimiento que guardaba en lo más profundo del alma, dignificándolo.

-Tus composiciones alteran el espíritu más superficial -me decía, exaltada-, haciendo sentir emociones inexplicables, tristes o alegres, angustiosas o regocijantes, y cuesta imaginar verte sentado al piano, fríamente, preocupado solamente por lograr la perfección absoluta y alcanzar la máxima expresión y armonía de las notas, acertadamente agrupadas.

Yo nunca dejaba que Teresa me hiciese perder la cabeza con sus palabras tan obsesivamente aduladoras. Simplemente me consideraba yo un músico como tantos otros; en todo caso un músico de familia, como podía serlo el médico de la familia o el jardinero, pero no más.

Sin embargo, la música lo era todo para mí, y más que alcanzar la gloria, mi mayor deseo y afán era lograr que en el futuro mis obras no quedaran en el olvido, gozando de la posteridad.

Acepté la invitación gustosamente, y así lo hice saber a través del correo. Hubiese preferido enviar a alguno de mis discípulos, pero aquella tarde no acudió nadie a mi casa, como era de costumbre en aquél entonces.

Al llegar a casa de los Brunswik, pude comprobar que no solamente estaban las hijas de la condesa, todas discípulas mías. Tres invitados más ocupaban el amplió salón de la mansión. Contemplar de cerca aquél espectáculo que se había reflejado en mis ojos, tras ser presentado, hízome turbar hasta casi perder el equilibrio. Acababa de conocer a Julieta Guicciardi, la musa que inspiraría a partir de aquel momento tantas y tantas veces la música que llevaba impresa en mis entrañas.

La muchacha regresaba procedente de Italia en compañía de sus padres, tras una breve pero intensa estancia en ese su país de origen. La visita de los Guicciardi a los condes de Brunswik consistía en solicitar mis servicios como profesor de piano, dado que Julieta deseaba aprender, como era de costumbre en la nobleza, los secretos del arte musical a través del sonido de las teclas de tan maravilloso instrumento.

Julieta Guicciardi, tenía ascendencia milanesa, aunque sus padres residían en Viena desde 1780. Era bellísima hasta la médula, con unos ojos azules intensos, morena pero pálida, con el cabello corto como se llevaba en aquélla época, donde las muchachas parecían mancebos y a menudo no se lograba distinguir su sexo a primera vista.

Desde aquel instante en que la conocí, llegué a creer que quizá alcanzase la felicidad plena en su compañía, en el supuesto de que mi amor fuese correspondido por mujer de tamaña belleza misteriosa.

Era una discípula ejemplar, constante, entregada. Fijó su residencia en la mansión Brunswik, con el fin de poder estar en compañía de sus primas y, recibir una educación pareja. Los padres de Julieta gozaban de una especial amistad con la condesa, lo que hacía la unión más efectiva.

El tiempo transcurría y, paulatinamente, noté que mi musa inspiradora se sentía también atraída hacia mí. Sin ninguna duda, no me importaba poder hacerla mi esposa aún cuando sólo contaba dieciséis primaveras. Sin embargo, cuando el amor correspondido por Julieta me colmaba de toda dicha, no tardé en darme cuenta de que, tras ese rostro de ensueño, esos ojos que destapaban el tarro de las esencias más puras, en definitiva, de aquella figura celestial, se ocultaba un arma de doble filo. Cuando el hechizo había sacudido mi mente hasta la locura, Julieta empezó a mostrar su verdadero yo. Vanidad, egoísmo y dominio salieron a flote, destrozando la magia que me embargaba, el poder que mi ser experimentaba, convirtiéndolo todo en el fin de una quimera. Sin embargo, aún continuaba amándola, incluso a pesar de sus continuos intentos de controlar hasta el último de mis pasos. Irritación y desolación invadieron nuestros encuentros, con el fantasma de la destrucción asomando por la puerta.

Finalmente, ocurrió lo que jamás tenía que haber sucedido. El conde de Gallenberg, director de la Ópera de Viena, fue la marioneta que sirvió a la inconsecuente Julieta para saldar sus cuentas, para consumar su venganza por no lograr dominar mi voluntad, mi espíritu con aroma de libertad. Fui testigo de aquella boda, de aquel horror desgarrador, del fin de mis esperanzas más soñadas.

Jamás volví a ser el que era. ¡Qué sentido tenía mi presencia en este negado espacio terrenal! Sólo en el último instante en el que iba a abandonar este cruel y atormentador viaje de mi vida, recobré la serenidad y la cordura, despertadas de su letargo tras escuchar los empíreos compases que un infante esbozaba a través de su pequeño violín, por las calles de Viena. Comprendí que no podía abandonar el mundo sin haber hecho antes aquello a lo que estaba destinado, para lo que había sido llamado. Entonces, aquella sonata empezó a cobrar vida en mi interior, hasta que las manos se encargaron de transportar al piano las sensaciones que brotaban en forma de música. "Claro de luna", mi adagio "Claro de luna", había nacido. Ninguna de mis sonatas recreó mejor un pasaje importante de mi vida, ni siquiera las ocho sinfonías que llevo compuestas en el momento de escribir estas palabras.

Cuando ya la calma y la tranquilidad sosegaron mi espíritu, desligándome del encantamiento persistente que Julieta produjera en mí, al pasar de los años volvió a cruzarse en mi camino, llorando y suplicando el perdón y la reconciliación. Sólo el desprecio pudo ser capaz de brotar de mi alma, y solamente ése fue nuestro último encuentro en el mundo terrenal.

Sí, yo, Ludwig Van Beethoven, he querido contar esta historia, cuando ni siquiera sé si podré terminar mi novena sinfonía. Aquél lejano año de 1802 comenzó mi triste enfermedad, la sordera, y ahora, a mis 54 años, sólo espero que algún día mi historia pueda ver la luz, y que mi música logre penetrar en lo más hondo del corazón de las generaciones venideras.

Ludwig Van Beethoven
Viena, 14 de julio de 1824
 
Voluntad
En el fondo, para sentirme feliz me basta decidirlo ... siempre en la profundidad de uno, puede saberse en verdad quienes somos.






Un saludo desde el paraiso.
 
Dejame
Llevo toda mi vida escuchando esta grandiosa canción de la que me nunca me canso pero nunca pense llegaría el dia en que su letra marcaría mis sentimientos, en finssssssss.
Siempre es un placer escucharlos y tenerlos entre los primeros de mi recopilatorio.



Un saludo desde el paraíso.
 
Mentira





Un saludo desde el paraiso