Desde mi celda
Un rayo de luz en mi oscuridad
Acerca de
Soy una rosa marchitada por la incomprensión. Por un mundo lleno de caminos ocultos. Por un futuro incierto. Lo que escribo es mi vida, y es lo que regalo a quien le apetezca tenerlo. Poco más tengo que ofrecer salvo lo que soy, salvo lo que siento. Estás son las puertas a mi mundo, la llave que abre la salida de mi celda, que realiza una rendija en sus paredes de aire. Tomando una bocanada de oxígeno, comienzo este camino....
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Mis otros yo
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La trampilla
Cuando llegué a Lars supe que mi abuelo tenía razón: era una ciudad de mendigos y maleantes, de prostitución y pobreza.

En su estación apenas había trenes porque nadie quería estar allí, ni siquiera de paso: las paredes estaban resquebrajadas, el suelo hundido, el techo medio levantado, las ventanas rotas y las puertas ausentes.

Camellos a la derecha, drogadictos a la izquierda, vagabundos por todo el local y niños esnifando pegamento en cada esquina.

Observé todo esto con la maleta bien sujeta y un deje sarcástico en la mirada. Era como si mi ansia de aventuras me hubiese empujado hasta allí, pero no era cierto. Mi elección se debía a que había logrado sonsacarle a mi abuelo que esta era la ciudad donde nací y aunque puso el grito en el cielo al saber que me había decidido a venir, tampoco me lo impidió. Imagino que supuso que mi cabezonería era mayor que la suya, y creo que, al darlo por sentado, me ahorró un valioso tiempo de disputa.

Caminé lentamente hasta la salida procurando vigilar hasta mi sombra. Hice bien. Dos drogadictos intentaron abrirme la maleta buscando el dinero para su chute diario y los pillé “in fraganti”. Tuve suerte además. Ambos resultaron demasiado cobardes para enfrentarse.

Ya en la calle el rigor del invierno me azotó con toda su fuerza: nevaba, el aire era cortante y no había forma humana de encontrar un solo resquicio de sol. Me pregunté cómo aguantaban los mendigos sin moverse, cómo las prostitutas eran capaces de pasearse con esa ligereza de ropas. Supuse que sus explotadores andaban cerca, en alguna taberna, y les soltaban de vez en cuando alcohol si, al asomarse, los veían cerca de la congelación. También pensé que a pesar de la “vigilancia”, muchos morirían bien congelados, bien por las enfermedades que provocaba la vida a la intemperie. Sin embargo pronto supe que allí la vida no era nada, algo que se iba tal como venía. Y la verdad es que, viendo el panorama, tanta insensibilidad podría parecer hasta normal.

En Lars los negocios más prolijos eran las tabernas; las viviendas más usadas las chozas de barro y zinc; el mejor entretenimiento las peleas callejeras.
No había día que una de esas endebles chozas no cayera matando a todos sus habitantes. No había día que no se viera a un cura lanzando agua bendita sobre unas ruinas intentando simular una sepultura cristiana a la desafortunada familia que, imaginaban, había perecido allí. No era extraño ver a los pocos días de su entierro ficticio a uno de los que daban por muertos. Y tampoco era extraño que nadie se extrañara ni se asustase. Eso era en Lars lo que el pan para las panaderías. Porque allí, desgraciadamente, la noticia no era la muerte, sino la ausencia de ella.

Aun así, a pesar de que este sitio no debiera tener apenas visitantes, no tardé en encontrar hotel. Era normal que los hoteles también fueran negocio en alza. Los honorables hombres ricos y casados, esos respetables nobles de ciudad que gracias a su gran trabajo ayudaban a aumentar la pobreza, la explotación y la muerte de sus habitantes, necesitaban un sitio donde hacer uso de las prostitutas contratadas. Eso sí, de lujos nada. Esto me quedó muy claro nada más cruzar la puerta.

Continuará...

Cita (de Fígaro):

"La buena conciencia, donde quiera que vayamos, nos prepara un lecho de plumas".

Canción (de Marlango): Automatic Imperfection

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Justicia Poética (tercera parte)
Lo até a una silla y esperé pacientemente a que abriera los ojos, pero tardó en despertarse, ¡vaya si tardo! Durante la espera creí desfallecer de impaciencia, no podía estar quieta. Paseaba de un lado a otro de la habitación escuchando como los ecos de mis tacones llenaban hasta el último rincón de la casa y estaba a punto de tomarle el pulso pensando que la justicia poética no estaba hecha para mí cuando comenzó a moverse, a abrir los ojos. ¡La sorpresa que tuvo al verse atado e inmovilizado! Su mirada decía todo.

Lo había amordazado para que no pudiera mediar la palabra y luchaba cómicamente por liberarse de tamaña tortura realizando una suerte de aspavientos que seguro eran un intento de insultos hacia mí. Por mi parte, preferí proceder con mis planes lentamente: primero le quemé con cigarrillos. ¡Cómo botaba! Era gracioso, tremendamente gracioso. Espero que con eso recordara la de veces que he lucido ampollas por su culpa, la de lágrimas que he derramado por las quemaduras de sus mecheros. Después le azoté.
Fabriqué un látigo casero con un cinturón y funcionaba. Sus chasquidos eran música celestial. Su espalda se transformó en un sangriento mapa.

No puedo decirte todo lo que le hice paso por paso, el éxtasis ha borrado casi todo. Puedo afirmar que estuve una semana moliéndolo a golpes, eso era lo que merecía, su justo castigo. Todo lo que puedo decir es que no sabía de qué forma acabar con su vida. No quería estropear el apartamento. Tampoco me parecía inteligente armar jaleo. Aunque los pocos vecinos que tenía estaban a una distancia más que prudencial, nunca sabes la de casualidades que pueden pasar. Al final, el mejor fin que se me ocurrió fue el de cortarle las venas y ver como se desangraba. Era silencioso y lento, la justicia poética que merecía.

Puse telas por todo el suelo (las manchas de sangre son difíciles de quitar), cogí un cuchillo y se las corté, poco a poco, dejando que el pánico le llenara, que supiera como viví a su lado durante todos los años que me maltrató. Una vez terminados los cortes, me senté frente a él viendo como su vida se extinguía, como le invadía el miedo al comprender la resolución de mi mirada.

El resto de mi historia ya la conoce, señor Leigman. Me detuvieron y me trajeron a este antro de locos, donde llevo años con unos tratamientos que, a pesar de su nulo resultado, no varían; sin ver a mi hija (que al parecer lloró amargamente en el funeral de su querido padre, toma noticia) y con sus sesiones semanales de terapia que sacan continuamente la misma mierda (que, por cierto cada vez huele peor).

Supongo que algún día me permitirán pisar la calle, digo yo, aunque tampoco me importa no poder pisarla nunca más. Qué más me da.

- ¿Por qué sigues disfrazando la realidad Jane? – Preguntó Leigman con asombrosa tranquilidad - ¿Por qué no aceptar que simplemente le mataste por que sí? Nunca te hizo nada, nunca despreció a tu hija, ni siquiera tienes las cicatrices que me nombraste, tu brazo es liso, ¿ por qué mentir?

Jane soltó una carcajada, una suerte de grito histérico que resonó por toda la estancia y heló la sangre de los presentes.

- No lo entendería – Dijo – Ninguno de ustedes lo entendería. Mi misión es acabar con todos los hombres del mundo. Mi destino es acabar con el vuestro. ¡Vigile su espalda, señor Leigman! ¡Vigílela bien! ¡Un día puedo escapar!

Leigman sacudió la cabeza. Nada se podía hacer con las personas como ella, sólo tenerlas retenidas y controladas. Que escapara sería un desastre. Alguien como Jane suelto por las calles sería un gran peligro. Era muy inteligente, sería difícil volverla a pillar.

Salió de la estancia tirando sus apuntes en la papelera más cercana. De nada servían. Los casos perdidos eran sólo eso, fracasos sin solución.

Esa noche, tumbado sobre la cama de su tercer piso en la calle Wellington y retenido por los brazos de Morfeo, soñó con ventanas abiertas, con vientos que refrescaban su asqueada mente. Esos vientos eran los mismos que hacían ondear las cortinas de la celda de alta seguridad en la que Jane debía encontrarse. Ahora estaba vacía y todo el rastro de presencia humana era un mensaje apenas reconocible escrito en una de sus esquinas, un mensaje que quedaba parcialmente iluminado por los hilos de plata de la luna y avisaba de que ya era la hora.

¿Dónde había ido? En ese mismo momento alguien rodeo el cuello de Leigman y susurró unas palabras a su oído: Justicia poética.

Minutos después un golpe en la cabeza le sumió en la oscuridad.

Fin

Cita (de Charles Péguy):

"A cada día le basta con sus temores, y no hay por qué anticipar los de mañana"

Canción: Bonnie Tyler, "Louise"

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Justicia Poética (Segunda parte)
Así fue pasando el tiempo, paliza tras paliza, hasta que una tarde me sentí vieja, cansada, harta de la vida, de mi situación. Nos encontrábamos en un centro comercial, no recuerdo por qué, sólo recuerdo que me vi allí, en medio de la gente, desentonando. Sentí una suerte de cosquilleo, rabia quizá, y la necesidad de cambio llenó mis venas de una furia incontenible. Pensé que para lograr librarme de él, debía provocarlo, conseguir que se enfureciera en público. Maldigo la hora en que se me ocurrió. La imagen más nítida que tengo es la de la mano de Nell, que se separó de la mía en un tirón y fue reemplazada por los gritos de Dick. Toda mi visión se limitaba su cara desencajada, a sentir su aliento en mi rostro, a notar como sus puños laceraban mi carne una y otra vez. Perdí la consciencia. Cuando desperté estaba en la camilla de un hospital, con un brazo y una pierna escayolados, la cara hinchada, el cuerpo amoratado. Según me contaron Dick tuvo que ser reducido por seis policías. Aún así les costó. Mi hija fue atendida por los médicos y llevada a la guardería del hospital. No me dejaron verla hasta unos días después: verme en ese estado la habría asustado.

Cuando me dieron la baja mi madre movió hilos (he de reconocer que tenía muy buenas influencias) y en menos de un año estaba legalmente divorciada y todo lo que antaño fue de Dick pasó a engrosar mi cuenta corriente. Las cosas mejoraron. Los dolores crónicos que sufría desde no sé cuanto tiempo fueron disminuyendo hasta que llegó un día en el que ya me sentía como un bebé recién nacido. Nell fue creciendo, se transformó en una hermosa jovencita que despertaba la admiración de todo el mundo no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia. Fue entonces cuando descubrí que los recuerdos rezumaban a través de las paredes de mi hogar y eran un lastre que aun arrastraba. Decidí cambiar de hogar.
Comencé a mirar pequeños apartamentos situados en las afueras. Nunca me gustó el ruido infernal de la ciudad, su polución, la forma con la que obliga a los sufridos ciudadanos a acatar sus normas destruyendo su felicidad, devorando su libertad. Y tuve suerte. Mucha suerte. Demasiada. Al segundo día de búsqueda encontré el lugar perfecto, una pequeña casita en Lars que me apasionó nada más verla. Sus blancas paredes, sus hermosas vistas y su silencio llenaban mi alma de algo indescriptible, incorruptible.

Al poco de entrar lo primero que hice, sin preguntar siquiera, fue sacar un cheque ante la atónita mirada del vendedor, que aún se quedó más sorprendido cuando, al aceptarlo, mi reacción fue la de lanzarme a su cuello y darle un largo y apretado abrazo. Creo que la felicidad me había emborrachado y a pesar de que Nell estaba en el extranjero todavía a causa de un intercambio en su centro de estudios, decidí trasladarme iso facto.

Hice las maletas, puse el cartel de “se vende” en mi antiguo hogar y en un suspiro me planté allí.

Apenas había una nevera, una mesa con dos sillas y una cama. Reinaba una austeridad demente que me encantaba. Era mi sitio, el lugar que durante tanto tiempo anhelé.

Esa noche empezó todo. Las malas noticias, los sucesos inesperados, mi malestar, mi tortura. Tumbada en la cama escuchando el ulular del viento me sentía observada: Notaba otra presencia; tenía la sensación de estar siendo vigilada. Y efectivamente así era. Al saber que habían escapado tres presos de la cárcel del condado de Marx las piezas encajaron y Dick me rodeó el cuello con sus gigantescas manos: ni siquiera me sorprendí. Creo que eso hizo que se quedara desprevenido: quizá esperaba que gritara, que opusiera resistencia. Sin embargo, apenas me moví. Ante esa reacción la sorpresa debió desconcentrarle, bajó la guardia, me zafé de su abrazo mortal y aproveché la confusión para darle en la cabeza con el objeto más cercano. No recuerdo con qué le di, tan sólo tengo grabado el sonido de un “dong” apagado, como una campanada mal dada y cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, lo vi tirado en el suelo cuan anciano decrépito y tomé la mejor decisión de mi vida: Esta vez no sería yo la torturada, sufriría de su propia medicina.....
Continuará

Cita (de Alessandro Manzoni):

"Es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error"

Canción: "Holding Out For A Hero" de Bonnie Tyler

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Justicia poética
- En una tarde de agosto nos dimos el sí quiero – Dijo Jane con una sonrisa – Dick era maravilloso. Lo amé siempre y lo sigo amando. Lo amaré hasta mi muerte, supongo, pero Nell era demasiado importante como para apostar y arriesgar.

Mientras comentaba esto jugueteaba nerviosa con un mechero que giraba y volvía a girar como perdida en el blanco de su dibujo, expresando una inquietud que no reflejaban sus palabras.

- Y bien señora Bord, ¿por qué no apostó? – Preguntó su oyente con las cejas arqueadas
- ¿Y por qué debo contárselo? – Replicó enfurecida - ¿Quién es usted para tratar de escarbar en mi vida?
- No soy nadie, y no quiero que me cuente aquello que no desea contar. Debe contar lo que usted quiera, no lo que yo pida – Replicó el menudo hombre de gafas; y de nuevo demostró saber perfectamente lo que hacía, a Jane, tras unos segundos de indecisión, se le desató la lengua y comenzó a contar su pasado, la vida que dejó, la que le había convertido en la persona que ahora era.

- Bueno, siempre fui una mujer extrovertida, ¿sabe? Siempre logré acercarme a quien quise, ser amada por quien deseé, rodearme de quien me dio la gana. Era y soy una mujer de gran éxito social. Solía moverme y me muevo por los ambientes más selectos de la ciudad, pero también me gusta descender a las cloacas: Quien sabe donde estará la persona más importante de tu vida. Quien sabe lo que debes y no aprender.

Un día, en una fiesta de las muchas que mi madre organizaba, me lo presentaron. Era un hombre alto, atractivo, de cautivadora sonrisa, de mirada traviesa y verbo fácil. Me gustaba sobretodo por su cultura, su liberalismo moderado. Parecía alguien salido directamente del cielo, una divinidad mezclada entre mortales. Todo fue muy rápido, eso es lo que creo, incluso me atrevería a afirmar que fue un flechazo, conectamos casi al instante. Si esa misma tarde me hubiera pedido matrimonio, habría aceptado, pero nuestra sensatez nos llevó a escoger el camino legal, a ir paso a paso: Primero quedar en diversos sitios, coqueteando, demostrando simple atracción; después iniciamos algo formal; más tarde se lo presenté a mi familia; finalmente nos casamos.

La boda se produjo un hermoso día de agosto. ¡No se puede imaginar el calor que hacía! La iglesia parecía un horno. Irónicamente, ahora y desde la distancia, pienso que emulaba el infierno en el que mi vida se transformó después, es la mejor metáfora que puedo usar.

Al principio era un hombre cariñoso y amable, nada más abrir la boca él corría a por lo que pedía, era divertido. Pero luego se transformó en alguien huraño, un desconocido. Me prohibió hablar con hombres. Los celos le consumían día a día y llegó a tal punto que intento retirarme totalmente de la vida social, encerrarme en la casa como si fuera una jaula de cristal, mas no lo consiguió. ¡Ja! ¡Buena soy yo! Sin embargo acepté las palizas de buen grado. Me las merecía. Era un castigo justo.

Mire, ¿ve esta cicatriz del codo? Fue por freirle demasiado la carne. ¿Y esta marca de aquí, la de la barbilla? Me golpeó contra el borde de la piscina por estar en biquini, aun siendo el patio interior de casa.

- ¿Y por qué no lo dejo? – Espetó el hombre, que ahora se encontraba repantigado en el sofá - ¿Por qué no se marchó sin más? Tenía posibles, su familia la habría apoyado.
- Porque le amaba, y ya sabe que hay amores que matan. En verdad los hay. Puedo atestiguarlo.

Cuando las cosas empezaban a ser insostenibles y barajaba seriamente la posibilidad de abandonarle, llegó Nell. Mi pequeña y dulce Nell. Pensé que sería un lapso de unión. Nada más lejos de la realidad. Le dolió que fuera niña. Le dolió no tener un varón al que aleccionar. Las palizas empeoraron.

Por suerte nunca pegó a mi hija. Tampoco se lo hubiera consentido, desde luego que no. Me odiaba con toda su alma así como odiaba a su hija. Jamás le vi meciéndola entre sus brazos, ni pasando tiempo junto a ella. Era un adorno más, como la mesita de noche, las sillas, los platos o la televisión. Algo que hacía ruido, consumía su dinero en accesorios absurdos y debía ser atendido las veinticuatro horas del día… por su madre, claro, la culpable de todo, era la que la había tenido. Él se limitaba a hacerle carantoñas y muecas cuando alguno de sus amigos venía a pasar la tarde. Se limitaba a fingir un afecto que nunca sintió.

Estuve así mucho tiempo, muchos años. Soportaba palizas que deberían ser pasadas en cama, pero esos lujos no estaban hechos para mí: mi deber era atender la casa, a nuestra hija, poner cara amable a las visitas que loaban a mi marido como si fuera el mejor hombre del mundo y servirle en todos los aspectos de su vida. Era algo así como su asistenta, una sirvienta especial, pues el anillo que lucía en el dedo indicaba pertenencia. Era mi dueño. Podía hacer conmigo lo que quisiera. Podía organizar mi aspecto y mi vida según le pareciera............

Continuará......

Canción:



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Tu ausencia
Náufraga en mundo de nadadores rezaba para que mi silencio no fuera incomodidad: era, y sigue siendo en realidad, reflejo de tu ausencia.

Me miro en el espejo y veo la pared. Mi imagen y mi sombra están tomándose un café.

Mis vecinos roncan, en la calle gritan y Soledad me da un apretón de manos que le devuelvo sin pensar. La verdad es que Soledad me gusta si viene cuando la reclamo. Es la única amiga que conservo desde la infancia, la que guarda en su memoria las trascendencias de mi vida.

Escucho esa respiración que hace que las paredes comiencen a transpirar sentimientos y sonrío a los guiños del suelo que, con sus brillos, amenizan la velada.

El eco responde a mis pasos con más pasos, las persianas tiemblan, el aire se cuela a través de los agujeros de mis oscuros ventanales y mi alma, estremecida, estornuda al descubrir que soy como huella en arena: condenada por el mundo a ser pasto de mareas.

Cita (de William Shakespeare):

"El desdichado no tiene otra medicina que la esperanza"

Canción: "Breathe no more" de Evanescence

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