Amelie
Suele pasar, que la vida es un pañuelo que nos ancla como a mocos en un premeditado estornudo. Cualquier lugar, modo o circunstancia acaba siendo de bolsillo, porque al final, todo lo “imposible”, acaba sucediendo.
Que hayas estado aquí no significa que Google sea eficaz, ni que yo haya hecho nada para delatar un reclamo, ni que tú hayas pensado, ni mucho menos, en dar con la forma de encontrarme. Simplemente ha sucedido ¿por qué no? si lo piensas, no es tan difícil. Curiosidad y destino son dos palabras que pueden estar en el mismo sitio, o en la misma frase si cambias de lugar.
Sin embargo, cuando lo supe, te sentí como a un fantasma de ésos que acojonan porque dabas por vencidos, como una frase impar que descoloca la vértebra del texto descalabrando su contenido. Tú nunca has sido mi derrota, aunque me quedara a cero después de fallar. Lo que me asusta es que existas cuando yo no te veo, y al revés, que no existas cuando yo creo verte al final de alguna calle por la que quiero cruzar.
Al principio quise pensar que tal vez lo habías entendido, que después de año y medio el rencor ya no sería tan ciego. Que comprenderías que las vidas son así, que encuentran momentos para vivirlos, que los viven, que los acaban, que empiezan otros y continúan. Pero luego me di cuenta yo misma, que cuando una vida fueron dos, el protocolo varía, porque las vidas también se enredan. Y eso deshila.
Así que no te voy a pedir perdón, por si otra vez entras y piensas que sigo siendo la misma voz callada que no supo darte una explicación. Por si te ríes con la última muela, de lo que para mí fue compartir tu llanto después de provocarlo.
Lo dejaremos así, en una casualidad, que no se explica porque haya sucedido, cómo la vez que paseé por la que era tu calle en invierno, cuando era tu cumpleaños y vi tu casa en venta, y miré aquél número como la última posibilidad de volverme loca. Cuando continué escuchando la música que una vez me cantaste, sabiendo que por dentro algo iba a pasar, que faltaban apenas unas gotas para que a un año le inundaran sin reencuentro. Y que nacías para mí en el anterior, cuando ibas a dejar de existir para darme miedo.
No vi tus ojos, apenas la silueta de tu abrigo. Estuvimos cerca, y durante un instante perdí la sangre de mis mejillas al darme cuenta de que ya no eras tú. Muy cerca, en los bajos de un garito, en el que ¿celebrabas? todo aquello en lo que yo nunca volvería a estar.
No te miré, no vi tu odio, ni tu indiferencia. Ni tan siquiera el brillo imaginario que mi cabeza transformaba la Gran Vía con tus cristales verdes. No te quise ofender con mi verborrea de disculpas cada vez que abría la puerta del baño, era mejor que la música sonara sin que ninguna pensara que la que estaba ahí, una vez fue la que se tuvo al lado.
No escribo de ti, al final éstas cosas pasan. Los pecados cumplen su condena y el tiempo sus horas, porque la conciencia ya lo es menos y lo que era mucho, es nada cuando me cuesta recordar aquél lunar en uno de tus dedos.
Ya lo escribí una vez, tú y yo somos eso:
Tú.
Yo.
Y la vida:
Este momento.
Que hayas estado aquí no significa que Google sea eficaz, ni que yo haya hecho nada para delatar un reclamo, ni que tú hayas pensado, ni mucho menos, en dar con la forma de encontrarme. Simplemente ha sucedido ¿por qué no? si lo piensas, no es tan difícil. Curiosidad y destino son dos palabras que pueden estar en el mismo sitio, o en la misma frase si cambias de lugar.
Sin embargo, cuando lo supe, te sentí como a un fantasma de ésos que acojonan porque dabas por vencidos, como una frase impar que descoloca la vértebra del texto descalabrando su contenido. Tú nunca has sido mi derrota, aunque me quedara a cero después de fallar. Lo que me asusta es que existas cuando yo no te veo, y al revés, que no existas cuando yo creo verte al final de alguna calle por la que quiero cruzar.
Al principio quise pensar que tal vez lo habías entendido, que después de año y medio el rencor ya no sería tan ciego. Que comprenderías que las vidas son así, que encuentran momentos para vivirlos, que los viven, que los acaban, que empiezan otros y continúan. Pero luego me di cuenta yo misma, que cuando una vida fueron dos, el protocolo varía, porque las vidas también se enredan. Y eso deshila.
Así que no te voy a pedir perdón, por si otra vez entras y piensas que sigo siendo la misma voz callada que no supo darte una explicación. Por si te ríes con la última muela, de lo que para mí fue compartir tu llanto después de provocarlo.
Lo dejaremos así, en una casualidad, que no se explica porque haya sucedido, cómo la vez que paseé por la que era tu calle en invierno, cuando era tu cumpleaños y vi tu casa en venta, y miré aquél número como la última posibilidad de volverme loca. Cuando continué escuchando la música que una vez me cantaste, sabiendo que por dentro algo iba a pasar, que faltaban apenas unas gotas para que a un año le inundaran sin reencuentro. Y que nacías para mí en el anterior, cuando ibas a dejar de existir para darme miedo.
No vi tus ojos, apenas la silueta de tu abrigo. Estuvimos cerca, y durante un instante perdí la sangre de mis mejillas al darme cuenta de que ya no eras tú. Muy cerca, en los bajos de un garito, en el que ¿celebrabas? todo aquello en lo que yo nunca volvería a estar.
No te miré, no vi tu odio, ni tu indiferencia. Ni tan siquiera el brillo imaginario que mi cabeza transformaba la Gran Vía con tus cristales verdes. No te quise ofender con mi verborrea de disculpas cada vez que abría la puerta del baño, era mejor que la música sonara sin que ninguna pensara que la que estaba ahí, una vez fue la que se tuvo al lado.
No escribo de ti, al final éstas cosas pasan. Los pecados cumplen su condena y el tiempo sus horas, porque la conciencia ya lo es menos y lo que era mucho, es nada cuando me cuesta recordar aquél lunar en uno de tus dedos.
Ya lo escribí una vez, tú y yo somos eso:
Tú.
Yo.
Y la vida:
Este momento.
Raquel
A veces la observo ¿quién no lo ha hecho alguna vez?
La miro y sé lo que está haciendo, cocinar con su vestido naranja.
Sube y baja,
sonríe y prueba,
como si bailara con las cosas.
Hoy la he dicho que la quiero, seguro que lo sabe, que admiro los detalles que huelen a sí mismos, que adoro la ilusión asomada en los ojos y las risas tontas de un lunes.
Me gusta que esté allí.
Saber que tras las cortinas no hay flores o espejos,
que es sólo ella.
Así, sin más.
Sólo ella.
La miro y sé lo que está haciendo, cocinar con su vestido naranja.
Sube y baja,
sonríe y prueba,
como si bailara con las cosas.
Hoy la he dicho que la quiero, seguro que lo sabe, que admiro los detalles que huelen a sí mismos, que adoro la ilusión asomada en los ojos y las risas tontas de un lunes.
Me gusta que esté allí.
Saber que tras las cortinas no hay flores o espejos,
que es sólo ella.
Así, sin más.
Sólo ella.
Sones
El calor pesa, como las bolsas de la compra, como las mudanzas.
Las paredes son moradas, y poco a poco se van pareciendo a sí mismas, como si ya hubieran existido en un pensamiento y fuera éste el que las trajo hasta aquí.
Una vez más he llegado cansada, el trabajo a veces (o muchas) es un sinsabor que pesa, y que agota con su monotemática existencia. Debería planchar, pero prefiero escuchar a Los Panchos e imaginar que uno de sus boleros habla de hoy, de ése día que nunca se acaba, porque si tú me dices ven...
Estoy sola,
algo extraño ya que tres es un número que basta para llenar algo, Ana creo que está en clase, y “la Rakel” (que ya no es “la Rakel” sino Raquel) a ver a su madre. Así que sólo tengo la música y las dos flores amarillas que sobresalen de un vaso, sibaritas de plástico que contrastan con la mesa azul.
Te estoy viendo, dudosa en tu aparente inmovilidad, como si supieras que me cuesta mirarte. Aún eres más hábil que yo y te vales con cerrar los ojos, entonces me jodes, porque me vuelves a dejar muda y gritando a voces.
Ya no suenan los Panchos, Pastora habla de un niño silvestre y me imagino un árbol, con las ramas esparcidas de puntos-hoja que inventan un nuevo paisaje, en el que la luna está pariendo estrellas y de éstas nacen soles.
Me apetece creémerlo ¿por qué no? no tengo nada mejor que hacer y se me ocurre que así, en el fondo, te estoy jodiendo a ti.
Con estos renglones, con Beck que ahora hace que la habitación baile sin pisar los susurros.
Me pesa el agua en la boca,
la vida en el pecho es un corazón.
Las paredes son moradas, y poco a poco se van pareciendo a sí mismas, como si ya hubieran existido en un pensamiento y fuera éste el que las trajo hasta aquí.
Una vez más he llegado cansada, el trabajo a veces (o muchas) es un sinsabor que pesa, y que agota con su monotemática existencia. Debería planchar, pero prefiero escuchar a Los Panchos e imaginar que uno de sus boleros habla de hoy, de ése día que nunca se acaba, porque si tú me dices ven...
Estoy sola,
algo extraño ya que tres es un número que basta para llenar algo, Ana creo que está en clase, y “la Rakel” (que ya no es “la Rakel” sino Raquel) a ver a su madre. Así que sólo tengo la música y las dos flores amarillas que sobresalen de un vaso, sibaritas de plástico que contrastan con la mesa azul.
Te estoy viendo, dudosa en tu aparente inmovilidad, como si supieras que me cuesta mirarte. Aún eres más hábil que yo y te vales con cerrar los ojos, entonces me jodes, porque me vuelves a dejar muda y gritando a voces.
Ya no suenan los Panchos, Pastora habla de un niño silvestre y me imagino un árbol, con las ramas esparcidas de puntos-hoja que inventan un nuevo paisaje, en el que la luna está pariendo estrellas y de éstas nacen soles.
Me apetece creémerlo ¿por qué no? no tengo nada mejor que hacer y se me ocurre que así, en el fondo, te estoy jodiendo a ti.
Con estos renglones, con Beck que ahora hace que la habitación baile sin pisar los susurros.
Me pesa el agua en la boca,
la vida en el pecho es un corazón.
Trapos
No siempre se puede escribir, ni decir quién eres en la abajo firmante esquina de un papel.
No siempre vale el momento elegido, y elegir no es el fin de aquello por lo que te decidiste.
Hoy me huele a desodorante, quizá el de algún vecino que bajó contento a comprar el pan y quiso celebrar que hacía sol con el gas de un frasco.
Yo estoy en pijama, y podría decir que ni tan siquiera me he lavado la cara, después de darle un repasito al salón (salpicándome los pies con friegasuelos para madera) he decidido venir hasta aquí, a mirar lo que el blanco de esta hoja me lleva callando tanto tiempo. Quizá hoy sea más de lo mismo, y no salgas quedándote ahí dentro, suspendida en tu condición de palabra, siendo cruel con mis ganas de hablar.
Lo intento, quitarme el polvo de los días ciertos, que sabían que lo que escribía quedaría dicho para siempre. Lo hago, aquí, ahora, cuando digo, otra vez.
Es diferente, la habitación es diferente, y la ventana, y lo que hay fuera y dentro de aquí, de esta nueva casa, de este otro rincón de la ciudad, donde ahora vivo.
Escucho Tiza mientras canturreo >> por un beso tuyo, contigo me voy>>, no me concentro y sé que esta noche hay sueño.
Ya sólo huele a aire.
Fue otro día que se me escapó...
No siempre vale el momento elegido, y elegir no es el fin de aquello por lo que te decidiste.
Hoy me huele a desodorante, quizá el de algún vecino que bajó contento a comprar el pan y quiso celebrar que hacía sol con el gas de un frasco.
Yo estoy en pijama, y podría decir que ni tan siquiera me he lavado la cara, después de darle un repasito al salón (salpicándome los pies con friegasuelos para madera) he decidido venir hasta aquí, a mirar lo que el blanco de esta hoja me lleva callando tanto tiempo. Quizá hoy sea más de lo mismo, y no salgas quedándote ahí dentro, suspendida en tu condición de palabra, siendo cruel con mis ganas de hablar.
Lo intento, quitarme el polvo de los días ciertos, que sabían que lo que escribía quedaría dicho para siempre. Lo hago, aquí, ahora, cuando digo, otra vez.
Es diferente, la habitación es diferente, y la ventana, y lo que hay fuera y dentro de aquí, de esta nueva casa, de este otro rincón de la ciudad, donde ahora vivo.
Escucho Tiza mientras canturreo >> por un beso tuyo, contigo me voy>>, no me concentro y sé que esta noche hay sueño.
Ya sólo huele a aire.
Fue otro día que se me escapó...
Soy parte de aquella vez, y de las que son y aún no han sido
Uno es parte de muchas cosas, y las partes son de uno también.
Ahora lo soy de esta noche y de la conversación con mis recuerdos.
Hoy ha sido miércoles, y en Madrid se han dejado ver ronchones de sol entre nubes teñidas de agua sin deshacer. Hoy ha sido miércoles y he vuelto a madrugar con ojeras y kilómetros de música antes de llegar al trabajo. Hoy he vuelto a despertar con ella y su sonrisa de niña que ríe por primera vez.
El trabajo ha sido rutina, y el tiempo un tres de noviembre en el calendario. Habrá gente que hoy haya celebrado su cumpleaños, o cerrado los ojos para ver otro mundo catalogado (a modo de despedida) como mejor; y gente, como yo ahora, que sea parte de aquella vez que es y no ha sido.
Sí, soy aquellos nervios subiendo las escaleras del metro, para mirar a ambos lados de la Gran Vía la sonrisa de los cristales verdes de unas gafas de sol. Soy aquella vez que nos besamos mientras sonaba una canción de Astrud, y una cara junto a la tuya en aquella primera foto que nos hizo Esther.
Soy aquel te quiero que sin querer quería, y te quería a ti.
Soy aquel año en el que las palabras de tu cama me dormían con azul.
Sólo falta un mes, para que se cierre la cuenta de las margaritas que dijeron no. Para que todo esto me sepa a “ya no me acuerdo”.
Soy una extraterrestre en su propio planeta, y no en el mortal que es más tópico, sino en el suyo propio; en el de verdad.
En el espejo no lo parece, ni en los ojos que miro; sonrío como si ayer también hubiera sido un día especial, y porque lo fue, y es y aún no ha sido.
Escucho la radio, evocando aquellas noches de Walkman bajo las sábanas, en aquellos noventa que suenan a tiempo inacabado. Cuando el día no era 3 de noviembre sino 5 de algún mes.
Hoy no sólo es miércoles, no sólo es que volverá a ser diciembre y recordaré que fue allí dónde todo se acabó. Tú tampoco eres tú, ni yo soy yo, ni nosotras aquel nosotras que quería ser dos.
Por eso hoy soy tus canciones de La casa Azul, y tú la canción de Rem que acaban de poner en la radio. La canción, la gran canción, la que me hacía ser una especie de viento sin nada que arrastrar.
Te has convertido en un altar en mi cerebro, al que condecoro su bondad con flores desteñidas. En una culpa con aniversario.
No sirve de nada, que hoy te diga que me acuerdo y que quiero creer que tú también; que hoy tengas tu vida y maldigas mi estancia. No sirve que yo me diga que te diría “ahora lo sé”.
Tal vez tu cerebro también tenga el recuerdo de que mis manos con las tuyas eran una casa con tejado.
Puede que hayas olvidado las miradas que tramaba para robarle a tus ojos una sonrisa, y las veces en las que tu cuerpo y el mío se desesperaban por ser uno.
Pero nos fuimos, tú también.
No tiene sentido seguir imaginando reencuentros en las mismas calles. Es absurdo intentar que lo evidente sea una oportunidad de alabar virtudes que se vivieron como defectos. Inútil buscar lo que definitivamente se ha perdido.
Ahora lo sé; lo que se hace cuando el corazón ya no es rojo sino de cristal; cuando tu mundo te hace sentir una extraña y la ausencia es responsable de tu fantasía.
Ahora sé lo que se siente cuando lo das todo sin esperar nada más que la ocasión de vivir ese momento sin sentirte sola.
Y sé que en el fondo tú sabías que yo tenía que aprenderlo después de ti, cuando ya no pudiera negarlo.
Eso es lo que más rabia te da, que lo sabías, y lo que más culpa me carga, que yo también.
Por eso ahora tú y yo seremos eso.
Tú.
Yo.
Y mañana...
Cuatro de noviembre.
Ahora lo soy de esta noche y de la conversación con mis recuerdos.
Hoy ha sido miércoles, y en Madrid se han dejado ver ronchones de sol entre nubes teñidas de agua sin deshacer. Hoy ha sido miércoles y he vuelto a madrugar con ojeras y kilómetros de música antes de llegar al trabajo. Hoy he vuelto a despertar con ella y su sonrisa de niña que ríe por primera vez.
El trabajo ha sido rutina, y el tiempo un tres de noviembre en el calendario. Habrá gente que hoy haya celebrado su cumpleaños, o cerrado los ojos para ver otro mundo catalogado (a modo de despedida) como mejor; y gente, como yo ahora, que sea parte de aquella vez que es y no ha sido.
Sí, soy aquellos nervios subiendo las escaleras del metro, para mirar a ambos lados de la Gran Vía la sonrisa de los cristales verdes de unas gafas de sol. Soy aquella vez que nos besamos mientras sonaba una canción de Astrud, y una cara junto a la tuya en aquella primera foto que nos hizo Esther.
Soy aquel te quiero que sin querer quería, y te quería a ti.
Soy aquel año en el que las palabras de tu cama me dormían con azul.
Sólo falta un mes, para que se cierre la cuenta de las margaritas que dijeron no. Para que todo esto me sepa a “ya no me acuerdo”.
Soy una extraterrestre en su propio planeta, y no en el mortal que es más tópico, sino en el suyo propio; en el de verdad.
En el espejo no lo parece, ni en los ojos que miro; sonrío como si ayer también hubiera sido un día especial, y porque lo fue, y es y aún no ha sido.
Escucho la radio, evocando aquellas noches de Walkman bajo las sábanas, en aquellos noventa que suenan a tiempo inacabado. Cuando el día no era 3 de noviembre sino 5 de algún mes.
Hoy no sólo es miércoles, no sólo es que volverá a ser diciembre y recordaré que fue allí dónde todo se acabó. Tú tampoco eres tú, ni yo soy yo, ni nosotras aquel nosotras que quería ser dos.
Por eso hoy soy tus canciones de La casa Azul, y tú la canción de Rem que acaban de poner en la radio. La canción, la gran canción, la que me hacía ser una especie de viento sin nada que arrastrar.
Te has convertido en un altar en mi cerebro, al que condecoro su bondad con flores desteñidas. En una culpa con aniversario.
No sirve de nada, que hoy te diga que me acuerdo y que quiero creer que tú también; que hoy tengas tu vida y maldigas mi estancia. No sirve que yo me diga que te diría “ahora lo sé”.
Tal vez tu cerebro también tenga el recuerdo de que mis manos con las tuyas eran una casa con tejado.
Puede que hayas olvidado las miradas que tramaba para robarle a tus ojos una sonrisa, y las veces en las que tu cuerpo y el mío se desesperaban por ser uno.
Pero nos fuimos, tú también.
No tiene sentido seguir imaginando reencuentros en las mismas calles. Es absurdo intentar que lo evidente sea una oportunidad de alabar virtudes que se vivieron como defectos. Inútil buscar lo que definitivamente se ha perdido.
Ahora lo sé; lo que se hace cuando el corazón ya no es rojo sino de cristal; cuando tu mundo te hace sentir una extraña y la ausencia es responsable de tu fantasía.
Ahora sé lo que se siente cuando lo das todo sin esperar nada más que la ocasión de vivir ese momento sin sentirte sola.
Y sé que en el fondo tú sabías que yo tenía que aprenderlo después de ti, cuando ya no pudiera negarlo.
Eso es lo que más rabia te da, que lo sabías, y lo que más culpa me carga, que yo también.
Por eso ahora tú y yo seremos eso.
Tú.
Yo.
Y mañana...
Cuatro de noviembre.