Diario de un lacasito
Sobre lacasitos, piruletas y otras cosas que suceden con la lengua :P
Acerca de
Erase una vez un lacasito...
Sindicación
 
Por algo la llaman patria querida...
Hace tres días que regresé de Asturias y aún tengo el síndrome post-vacacional... algo que siempre me suele pasar ¿a quién no? Después de haber pasado unos días increíbles en una tierra maravillosa, rodeada de personas que me han hecho disfrutar, de unas calles dignas de mil paseos, de colores intensos, de botellas de sidra, de horas sin reloj... pues como que una anda sin muchas ganas de permanecer en este escenario tan acostumbrado a la monotonía.
Del viaje podría contar muchas cosas, fueron un sin fin de historias las que nos acompañaron, desde nuestra primera borrachera con final en urgencias cortesía de Pat, hasta los efectos “viagra” por parte de Lau, sin olvidar a la inigualable Bea, o la autenticidad de Vir. La liamos de muchas y distintas maneras, con la naturalidad del que simplemente pretende pasarlo bien, y lo pasamos mejor que eso, nos permitimos improvisar sin decisiones, lo único importante era que estábamos allí.
Conocí a la Guaja... aix la Guaja... ahora mismo no sabría qué decir de ella, de su mellita, de su sonrisa... lo que sucedió entre nosotras fue tan espontáneo como entrañable. Nos regalamos una amistad diferente, una que se besa y abraza, que se atreve a dar algo más sin sentir que es menos de lo que merece.
La verdad es que las consecuencias del viaje han sido muy buenas, he encontrado el ecuador que andaba esperando, me ha venido bien el cambio de ciudad, de personas, de conversaciones, de actitudes... me he reencontrado con ese lado rebelde que tan acallado tenía últimamente, el que amanece en una playa, el que comprende que la intensidad siempre vuelve.
Me ha servido para rescatarme, no es una recompensa, tampoco un regalo, estoy convencida que la sensación de plenitud que traigo conmigo, simplemente es eso, una emoción, un significado traducido.
No me he olvidado de S aunque ya no piense en llamarla y haya dejado de echarla de menos, ni de que a veces, cuando no me doy cuenta, hablo de bebepop como si aún tuviera algo que decir sobre ella. Supongo que todo se va canalizando, me voy quitando peso y volar ya no me cuesta tanto.
Sólo quiero seguir descalza sobre un suelo de reacciones, y escanciar sueños... muchos sueños...
 
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Despertó un día claro tras una noche de lluvia, el sol roza mi lado izquierdo, el humo alcanza el techo mientras Sabina le canta a sus Wendys. Y me dio por cuadrar la contrapartida de mi deuda con Cupido, para dejar la cuenta a 0, aquella que me proveyó sentimientos, a la que le he entregado mi pago más sincero.
Hace unos días que fue viernes, a mi madre la operaron de “noseké” huesos de los dos pies, pasé un rato en la planta de un hospital para después ir con Vir a tomar algo por Malasaña, nos pusieron aceitunas y sonreímos contentas, de ahí a Clamores a ver como Andy Changó hacía música en pijama, una vez más el tipo de la nariz inquieta quiso hacernos disfrutar, y nosotras, como buenas alumnas de la alegría, aplaudimos con diez dedos.
Pasamos un rato de risas aparcadas en el coche, nos invitamos a un momento loco de matices cuerdos, divagamos sobre las formas de vivir y de lo difícil que resulta salir ileso, nos dimos cuenta que a las dos nos gusta ser amiguitas.
Un porro y a los brazos de Morfeo.
Mañana inerte en un colchón, de las sábanas a la calle, ¡ah sí! casi lo olvidaba, felicidades papá. Quedé con mi prima y su novio para ir a ver a mi madre, hacía tiempo que no paseaba por Madrid sin que fueran mis manos las que estuvieran en el volante, y como cuando era pequeña, me pegué muy cerca del cristal y saludé a la gente en los semáforos.
Fuimos a comprar las botellas del cumpleaños, de ahí al B.K a comerme un menú infantil con un petit suise de postre, ya en casa estuvimos viendo fotos de antaño botella de lambrusco en mano, es curioso como se era con 7 años menos, tiendes a señalar con el dedo aquello que hoy tachas de pintas y te das cuenta que en realidad posees muchos recuerdos.
La noche era tibia en aquel parking de Alcorcón, competían Bisbales y bakalaós por amenizar los bailes en grupo, mi prima celebraba sus 24 y ahí quise estar para verlo. Su amiga Noelia sigue teniendo ese puntillo que llama mi atención cada cumpleaños, ella sigue sin novio y yo pensando “que lástima que sea hetero”. No lo pasé mal a pesar de estar en un ambiente tan distinto al mío, un grupo formado por parejas, la que no lleva 4 lleva 8 años, en el que las chicas hablan de sus chicos, en el que los chicos hablan de sus coches. A veces se besan, otras se abrazan, se guiñan desde lejos, “sí cariño, ahora estoy contigo”. Yo tengo mi vaso y las chapas de mi abrigo, la posibilidad de pensar qué es lo que quiero.
El domingo la llamada de mi primo me despierta, olvidé que llegó el viernes de Helsinki para conocer a su nuevo sobrino, hay cita familiar para vaciar unas cervezas y celebrarlo todos juntos. Mi hermano se apunta, y nos vemos los tres comprándole una rosa roja a su novia finlandesa, quiere que sea lo primero que huela cuando llegue a Barajas, el detalle me enternece, demasiado amor últimamente.
Mi tía, sin perder su tradición de creyente, nos sugiere que una excursión a la iglesia le haría muy feliz, en otro momento hubiera protestado expresando una larga lista de razones por las que mi fe no alza altares, pero al ver que mi media hora perdida allí le hace feliz, me hace callar y asentir. Así que allá vamos, con ramito de olivo incluido, la iglesia hasta arriba de devotos, el cura repartiendo bendiciones en nombre del hijo del señor, y sus coros festejándolo con guitarras y panderetas. Todos nos miramos con caras de circunstancias, mi tía sólo al frente dándonos las gracias por regalarle ese momento “seguro que la abuelita nos está viendo desde el cielo”, entonces le mando un beso.
Y por fin las merecidas cañitas en una terraza, mi tía nos deleitó con su diplomacia, con esa humilde elegancia que le hace estar cada día más guapa, es una mujer con luz, con el cariño dispuesto las 24h. Estuvimos filosofando un rato, me encantan esas conversaciones familiares en las que nos tratamos de tú a tú, en el que cada uno cuenta su manera de sobrevivir a los contratiempos, en el que el resto escucha con atención, y asiente o sugiere según lo que escucha. Me encanta mi familia, desde el más grande hasta el más pequeño, me gustaría haber dicho algo más en aquel momento comuna, pero la tradición de sus costumbres aún me hace callar que tengo las puertas de un armario esperando su “par en par”.
Ya por la tarde quedé con S en el nanai, verla en la mesa de siempre, en la que han pasado y se han hablado tantas cosas, me traspasó un ligero escalofrío de ésos que se ubican en la nuca. Estuvimos hablando de los últimos días, de lo que había hecho cada una, de las vacaciones que están a la vuelta, una vez nos relajamos sacamos el tema que nos reunió.
Le dije que no quería que me explicara nada, que sus palabras conformarían a mi cerebro pero que lo que me unía a ella nunca fueron pensamientos, sino emociones, y que eso no se aplacaría con una explicación. Te escucharé tantas veces como haga falta, pero no me convenzcas de que no vale la pena sentirte, yo no lo haré para que me quieras.
Como bien dijo, por mucho que se diga no se explica nada; una vez más recalcó que no imaginó que me despidiera tan pronto, frenó porque le punzaba el capítulo sin cerrar de su otra historia, no la quería, pero aún no estaba ordenada, optó por cambiar su actitud, no quería mantenerme si no estaba segura. Y bueno, intercambiamos puntos de vista y cosas por el estilo, la sinceridad estuvo presente en todo momento, en lo único que fingí fue en pasar por alto su insinuación de que tal vez con el tiempo... claro que me encantaría que el tiempo nos reencontrara, pero no quiero aferrarme a nada de eso, no me voy a obligar a quererte ni tampoco a olvidarte, no quiero caer en esas trampas, retenerme a la espera de algo que tal vez nunca llegue, si no pudimos prometer un presente ¿cómo hacerlo con un futuro?
Y bien, ya en casa me pasó lo mismo de siempre, cuando hablo con ella me siento hasta eufórica, porque me atrevo a ser yo misma, pero cuando vuelvo ahí, a mis cuatro paredes, la losa aumenta su peso, y me digo que se pasará sabiendo que se está pasando.
Todo esto me hace sentir muy viva, y eso es con lo que me quedo.

Ayer estuve hablando con la Guaja, ¡mañana por fin nos conocemos!, me reí muchísimo con ella, si es que es un sol de niña. Y eso, que tengo muchísimas ganas de recorrer unos cuántos kilómetros y cantar canciones en el coche. Tengo ganas de una foto en un prado, de un paseo por la playa, de escribir en una botella un mensaje sin palabras.
Después de ir a pillar unos porrillos y hacer de ama de casa (hay que cuidar a mamá), volví a engancharme al “Pasapalabra”, me encanta verlo cuando estoy fumada, y nada, quería hacerle un hueco a cierto personaje del que me estoy haciendo fan, Juan Luis Cordero, un tipo muy peculiar que ya lleva unas cuantas semanas invencible. Aquí su foto, con la que me pienso hacer una chapita.
Y nada más que decir, a Elena que vuelva, que añoro subirme a nube cada vez que la leo.
Disfrutad de las vacaciones.




 
E-mail
Tenías razón al decir que son muchas las cosas que se quedan en el aire, en la boca, o en alguno de esos rincones donde no llegan las cuerdas vocales.
Tenías razón al decir que es difícil transmitir lo que uno siente. Se queda en nada cuando sale a la superficie... tan poco que es la mitad de una mitad de una mitad... aún así, se dice, se cuenta, se imprecisa, uno parece sentirse mejor, pero cuando se miran las frases con distancia, ves que sólo tradujiste un silencio de tantos.
Y aquí estoy, necesitando de un lunes borroso para intentar lo que un claro domingo enmudeció; supongo que me podía ahorrar estos párrafos, claudicarlos con algún razonamiento de ésos que convencen, pero soy demasiado rebelde como para permitirme un amago de falsa memoria, mi causa es otra.
Ayer no te dije lo mucho que me intrigaron tus miradas, ni que me hubiera gustado apuntarme a un cursillo de telépatas para aprender a interpretarlas; y si me permites jugar con el dramatismo, te diría que casi intercambio con una cruz de madera, una penitencia a cambio de un milagro, o en su defecto, por un consejo sobre cómo soportar con dignidad los clavos. Tampoco te dije que aquel intento de casualidad con piano de fondo me animó a pensar una sola vez que aún podía desenterrar un “te necesito”, que tenía ganas de verte para no despedirme, que no respiré para no tener que olerte.
Todo esto importa lo mismo que una burbuja en un refresco, hoy no vale más que ayer, la diferencia es que ahora el contenido se disipa, y dudo sobre qué es lo que debo beber.
Y sí, confesé entre líneas mi intención de olvidarte un día de éstos, cuando deje de darme cuenta que te echo de menos. Mientras tanto comprendo que no puedo hipotecar mis sueños sólo porque la añoranza sea una baldosa que me cuesta pisar, y acepto que con exceso de equipaje las alas no responden.
Sin embargo mi motivo no es ése; ni los que te he dicho ni los que se quedarán en el cajón de los recortes; si hoy transformo mi muralla en hilo es porque antes de “marcharme” me parece justo que sepas que si no me quedé fue porque me enamoré de ti; dos minutos más en esas circunstancias hubieran significado muchas cosas, y tú reloj y el mío no marcaban la misma hora.
Las partidas se pierden o se ganan, eso sí, con todas las cartas sobre la mesa, y ésta era la que me faltaba.
 
Ventanas con cara
Aún conservo vivo el e-mail que ayer hizo de mis ocho en punto una expresión en la tarde, también la visión doble del comienzo del mismo, ése “Llevo” como saludo, ése “algún tiempo” como resumen de mis minutos a oscuras.
Llegaron; sus vocales, sus consonantes, sus acentos y sus comas, regresaron sus puntos, y los “a parte” también; llegaron sus cosas. No supe decir que no, las tuve que leer.
Tardó en escribir, falta de tiempo, el no saber qué decir. Tardó porque el sábado le quedó una sensación rara, porque no se debía al cansancio. Dice que quizá es porque no hemos hablado, sólo una vez, aquella por teléfono, cuando todo le pilló por sorpresa, cuando no supo usar su reacción. Dice que se alegra de la decisión que tomé, que de un tiempo atrás es lo mejor que hemos hecho, protegernos a nosotras mismas para salvaguardar el resto de nuestra propia historia. No la quiero creer, no quiero darle la razón en ese punto, para mí tomar esa decisión ha sido lo más difícil que he hecho en mucho tiempo, ha sido la epidemia más grande a la que me he sumado. Pero aún así leo; dice que algo se quedó a medias, que no sabe cómo estoy, que aún no me lo ha preguntado, que no es desinterés, es sólo que no ha encontrado la forma de hacerlo. Entiende que me tome cierta distancia para evitar sufrir, pero que no le gustaría que eso se convirtiera en vacío habiendo conocido una parte de mí que no quiere borrar. Se me olvidó decirle que las distancias también condenan, que la ausencia es la misma esté donde esté. Se me olvidó contarle que fui con ella lo que ya no soy. Dice que quiere que un día hablemos, si quiero, que si no, igualmente lo comprenderá. Se despide de mí con un beso, y me pide que me cuide.
Desde mi cama se lo devolví, y no fue en sus labios, tal vez se vertieron en sus mejillas, es muy posible que sólo llegaran a su mano.

Aún conservo intacta la misma sonrisa de anoche, el mismo guiño a solas, aquél que me hizo inventar una imagen. Las frases llegaron desde algún lugar, el pensamiento de una identidad que pasea por la misma ciudad, y que sin embargo no sabría reconocer entre una multitud.
Una puerta que llamó a otra, un saludo y un viceversa, un espejo, una piruleta; de corazón, que son las auténticas. Y me preguntó qué es lo que sucede con la magia, qué es lo que se hace para invocarla, qué es lo que acontece para luego perderla. ¿Dónde están las cosas que no se tienen? Y se comió un lacasito, y me dijo que el mío sigue dentro de mí. Entonces es cuando sonreí, cuando nadie sabía que lo hacía, cuando nadie me preguntó un porqué. Y pensé tantas cosas como pude, y sentí tantas como quise. Le di la razón a su espejo; con brillo somos menos feos, con esperanza las circunstancias se notan menos.
Se llama Elena, que no Elenita.

Aún conservo aquella llamada, la alegría del viernes y la primera vez de sus ojos abiertos. Isaac llegó al mundo, al mismo mundo de todos, a vivir con sus pequeñas manos, para sonreír aún sin dientes, para caminar aún sin pasos.
Le cojí entre mis brazos y supe que le iba a querer, a querer como primo, a querer como se quieren a los bebés que algún día dejarán de serlo, como a la persona con la que algún día me miraré a los ojos. Reviví en la mirada de Chemita la felicidad que produce tener un hermano, de ser el mayor, de prometerse entre dientes que cuidarás de él. Quise abrazarles a los dos, contagiarme de su inocente percepción de las cosas, revivir lo que viven ellos, pactar conmigo un sueño por semana.

Aún conservo la noche del Sábado, en la que celebramos el cumpleaños de P, cuando tuve que volver a entrar en su casa, ver sus libros en la estantería, dejar mi abrigo en su cama. Volví a sentarme en su sofá, y la casualidad quiso que estuviéramos al lado, ésta vez me moví para no rozarla, me quedé quieta para no sentirla. Sólo la miré dos veces, par las ocasiones en las que frente a frente dejé que mi boca le hablara, para contarla cosas absurdas sobre la semana, sobre mis olvidos decididos de antemano.
Reí, al principio menos, en el transcurso más; hablé, aguanté de un tirón tantos crujidos como pude, me seguía esconciendo, sí, el cariño no se olvida tan pronto.
Fui una más, sentada como todos, alzando mi vaso, brindando por los años de mi amiga, compartiendo bromas, partidas de pictionary, caladas de un porro. También pensé en ella, en bebepop que no estaba, y desde allí, desde ese lugar donde nadie dice nada, le conté lo mucho que deseaba que fuera feliz.
Decidí pasármelo bien sin buscar un motivo, dejarme llevar sin esperar un momento. Y lo hice; con P, con A, con I, con las otras ellas y con él; lo hice porque ése era mi verdadero regalo: ser yo misma.
S se acostó antes, su sitio quedó vacío, y sí, lo miré, miré el lugar donde ya no había nadie, sabía que la distancia eran unos pasos, un pasillo. Pensé que quería ir hasta allí, perder una hoja debajo de su puerta, una hoja tan blanca que no hiciera falta decir nada más. Sin embargo no lo hice, no quería escribir garabatos que claudicaran sobre el papel, que incitaran a una tregua, a descalzar los pies, a pedir que pisaran la misma hierba.

Aún conservo los retales de la semana, las conversaciones sobre los exámenes, el fin de los mismos, la proximidad de las vacaciones. Las “chuletas” de mis compañeras de clase, el tráfico de apuntes, y la risa. Otra vez la risa; la de las veces con la música en el coche, la de inventarme una guitarra, la de estar tumbada en mi cama, la de saludar a la Kioskera, la que le dice a Vir que la semana que viene en Asturias seremos felices, la que le cuenta a la Guaja las ganas que tiene de conocerla, la que se esboza con Shaadi en una pantalla, la que trabaja y hace paréntesis para hablar con Estela, a la que divierten los piropos de Koke, la que le lee fumada a su hermano sus historias, la que sale a la calle y vive, la que escucha "La canción más hermosa del mundo" de Sabina; la que discurre más allá de este papel.
 
Resumiendo... que es gerundio
Hacía tiempo que no me pasaba por aquí, a veces se necesitan días para saber qué decir, o simplemente para encajar lo que se ha dicho.
Mi vida últimamente es una especie de tragicomedia, mi humor se vale del instante, y los cambios... pues bueno ahí están, a veces los encajo, a veces me desubican, pero ya ves, todo continúa.
La semana pasada se me antojó un tanto extraña, lógico cuando pasas del éxtasis al fracaso, ¿he dicho fracaso? No sé si la palabra es acertada, supongo que no del todo, perder no es sólo perder, también se gana algo ¿no? He ganado sentimientos, aprendido cosas... sobre todo no he dejado que la vida me pase de refilón, sino que he participado en ella, y eso, aunque a veces se tache de consuelo, para mí es una victoria.
Como decía fue extraña, más bien apática, en el curro apenas hice nada, no pasé por clase, me dediqué a estar fumada... en fin, me dejé estar. Me permití llorar, como una niña pequeña, me consentí momentos de tristeza, de desahogo, dejé que todo saliera sin intenciones de camuflarlo, sin pensar en un después. Fui con Vir a ver una exposición de fotografía sobre el Carnaval de Venecia, recordamos nuestro viaje del verano pasado y pudimos señalar aquel momento sentadas en la Plaza de San Marcos, cuando todo era verano, cuando todo tenía sol.
En el trabajo somos unos más, Sony, un bonito cachorro de pastor alemán es el último fichaje, su carita de peluche es de lo más enternecedora, a ver si le saco una foto y os le presento, promete ser todo un galán.
Hablando de trabajo, las cosas van mejor, hablé con mi jefe sobre lo del cambio en mi nómina, a pesar de que sigo cobrando lo mismo, me modificaron la nómina como si estuviera sólo media jornada, le dije de muy buenas formas que comprendiera que eso me perjudicaba, que no podía ser y bueno, le he dado un voto de confianza y seguiré creyendo sus palabras de que hablaría con la gestoría para que me lo volvieran a cambiar.
Hace un par de semanas que eché currículum en el Ayuntamiento, y este lunes me llamaron para una entrevista de trabajo, la primera de mi existencia, la cosa se me antojó curiosa, ya ves... yo siempre buscando el lado subjetivo a las cosas, encajaba con el perfil pero 600 Euros es una cifra que sin duda me hizo reír.
El fin de semana también fue diferente, el viernes quedamos Vir y yo con nuestros viejos amigos, hacía mucho tiempo que no les veía, y para mi sorpresa, la cosa salió mejor de lo que esperaba. Ellos son así, siguen en el mismo punto, no podemos andar por el mismo camino, pero sí que podemos mantener un enlace que nos una. Me alegró ver que Koke estaba mejor (larga su historia...), me sentí muy bien cuando caminamos por la calle abrazados, cuando pude volver a sentir el calor de su cuerpo, su olor, sus grandes brazos rodeándome, como hacía aquellas tantas veces en las que fuimos más que amigos, en las que nos besábamos sintiendo algo. No eché de menos esa sensación, ni mucho menos se me pasó por la cabeza tratar de reencontrarla, tal vez en otro momento de mi vida me hubiera cegado por mis circunstancias y hubiera buscado la salida más fácil, antes sabía negarme las verdades, antes sabía mentirme cuando se trataba de buscar causas, pero esta vez no, esta vez me estuve quieta, asumiendo quién era y qué me pasaba, dejando que el momento en sí, se encargara de mimarme.
Fuimos a casa de Claudio al que hacía mucho tiempo que no veía, también vi a Ibrahim y a Gusy.. vaya.. otro ex, otra vez me vi tentada por hacer algo, detesto estar de brazos cruzados cuando dentro de mí se sienten muchas cosas, y me dije que el rubio que estaba sentado en el sofá no estaba tan mal, era la clase de chico que me gustaba, que me gustaba antes, antes de que una chica me besara, un antes que nada tiene que ver con el ahora.
Al final acabé hablando con ellos de chicas, llegamos a la conclusión de que a la mayoría no hay quien las entienda.
El sábado quedé sólo con Vir, llamé a éstas pero iban a casa de S y de I, S me mandó un mensaje para que nos pasáramos, pensé en aceptar la propuesta, pero aquello no era buena idea, y no porque quisiera ser orgullosa, y no porque quisiera inventarme una estrategia, simplemente necesitaba seguridad, y sabía que sólo me la daría Vir, que sólo la sentiría estando con ella. Fuimos al Gris a beber unas copas, de allí salimos algo borrachas y nos dio por ir a bailar, ya ves.. Vir y yo bailando pachanga.. para ser la primera vez que lo hacíamos juntas la cosa resultó muy divertida, hasta incluso nos atrevimos a inventar alguna que otra coreografía. Acabamos en el Long play, si no fuera porque estaba borracha y me lo estaba pasando de lujo, apuesto a que no hubiera ido (una es un poco rarita a la hora de salir), pero no me apetecía pensar, pensar en lo que me gusta o lo que no me gusta, simplemente me quería dejar llevar. Por otro lado, ya que una ha pasado al “mercado” tiene que explorar la oferta y la demanda.. me ahorraré comentarios, porque salí de allí pensando que me volvería asexual, a veces Chueca puede deprimir bastante.
Lo que me resaltó de ese día fue la actitud de Vir, me podía haber dicho de ir a otro sitio, me podía haber insinuado que es ella la que lleva más tiempo sin un tío, pero no, Vir se encargó de fichar féminas para que su amiga estuviera menos triste. Nunca me cansaré de quererla, lo sé, tengo una amiga de las que sólo se tienen una vez.
El domingo me lo pasé en casa, apenas salí de mi habitación, regresé a mi huelga social sin querer saber nada de lo que sucedía más allá de mis cuatro paredes. A me llamó, y a S le mandé un mensaje para saber qué le regalaríamos a P por su cumple, me contestó de buen rollo, colándome sus ya clásicos “cuídate” y “hablamos”.
Esta semana ha sido de vuelta a la realidad, de volver a ubicarme en mis cosas sin pretender llegar a ningún sitio. Me ha sentado bastante bien, ir a clase me ha despejado mucho, tengo unas “compis” muy salás con las que siempre veo una oportunidad para bromear. El miércoles me llamó S, me sorprendió bastante, sobre todo su tono de voz, tan a la defensiva sin ataque. Dejó caer que hacía mucho que no nos veíamos (tampoco tanto, sólo semana y pico), que hacía mucho que no hablábamos, que por qué no me pasé por su casa, que si me molestaba su llamada.. fui muy cordial, no fingí indiferencia ni cariño ni reproche, no actué. Parecía demostrar cierto recelo porque me había ido a Chueca, pero no quise usar ese detalle como una estrategia para decirle que me habían entrado o que había probado los labios de alguien, no quise sentir nada de lo que no sentía sólo para llamar su atención. Lo que no comprendo es por qué recalcaba el distanciamiento, claro que seremos amigas, pero ya le dije que todo tiene su proceso, si la hubiera llamado más de dos veces apuesto a que estaría incómoda pensando que no quiere hacerme daño... realmente sigo sin entender muchas cosas, pero no quiero engancharme a eso, aferrarme a las cosas que no comprendo para atarme a ella, a su oportunidad, a su milagro. Sigo pensando lo mismo, que vivimos algo maravilloso, que lo que he sentido por ella ha sido un regalo, pero que se terminó, se terminó porque se despertó la magia. Y sí, a veces me da pena, muchísima pena, tal cantidad de pena que sólo acierto a tiritar, a echarla de menos, a recordar las cosas que hemos hecho juntas. Ésa niña me encantaba, me fascinaba, me tenía loka; y sí, la busqué en cada una de las chicas que vi por Chueca, pero ninguna era ella, ninguna tenía su pelo largo, ni su cara, ni sus dulces labios ni su seductora mirada. Y sí, me encanta y no la tengo, sé que esta vez me van a costar muchas cosas, que tengo excesos que canalizar, pero sigo disponiendo de todo el tiempo del mundo, tengo que apartarme de las prisas, del rencor, y de la autocompasión, tengo que olvidarme de los caprichos y de las falsas tiritas, las heridas se cicatrizan solas, y las preguntas no siempre tienen respuesta.
Fuera hace un día espléndido, con sol, con nubes bonitas, con cierto deje primaveral que hace que respirar sea un feliz momento, lo demás sólo es vivir, y viviremos... viviremos muchas cosas.
 
Sin cadenas ni bozales
Soy una persona libre, y no porque la libertad dependa exclusivamente de estar o no con alguien; digo que soy libre porque por primera vez en mi vida le he echado un par y me he enfrentado a mis propios miedos. Al miedo de hablar claro, al miedo que me dan los finales, al miedo de aceptar que las cosas no han salido como pensaba.
Ayer la llamé, tenía pensado esperar hasta que ella diera el paso, pero me di cuenta que esa actitud almacenaba cierto orgullo, y detesto el exceso de ego, y detesto estar a expensas de que alguien me diga por donde debo continuar. No quiero cometer los mismos errores.
No fui a clase, me dediqué unas horas a mí misma, sentía que me las debía, después de una super merienda vitaminante y una cocacola (siempre con dos hielos y medio limón) cogí el teléfono. En realidad estaba un poco acojonada y antes de marcar el último número me volví a preguntar si estaba segura de lo que iba a hacer. Un segundo fue suficiente para que la respuesta esperara los pitidos oportunos para decir que hasta aquí habíamos llegado. Su voz en un principio era una mezcla de sorpresa, tal vez porque pensaba que le iba a pedir una oportunidad. Tengo que reconocer que ni yo me lo creía, jamás había hablado con tanta serenidad cuando me estaba despidiendo de alguien. Le dije todo lo que pensaba, que lo nuestro no tenía sentido, que no estábamos en el mismo escalón y que no iba a aceptar empujones para lograrlo, que lo que me gustaba de esta historia se había desvanecido por lo que inevitablemente había dejado de creer en ella, que no me arrepentía de nada, que gracias a ella había aprendido muchas cosas, que me había dado cuenta de que me estaba perdiendo a mí misma y que no lo podía consentir, que no estaba huyendo de ella que tan sólo me enfrentaba a una realidad. Le dije que habíamos pasado de vivir algo bonito a entrar en una especie de telenovela, y que jamás iba a consentir que mis sentimientos se vieran envueltos en procesos mecánicos, en teorías, en soluciones milagrosas, que era mejor que nos olvidáramos de todo en este mismo momento, antes de corromperlo con exigencias, que no teníamos una base que nos permitiera cambiar nuestra forma de ver la vida. Le dije que obviamente en todo esto había una parte que se sentía triste, pero que no era momento para detenerse en ella, que tenía muchas cosas por hacer, y que me había dado cuenta que vivir sin corazas y luchar por lo que se siente, son de las mejores cosas que nos ofrece la vida. Me dijo que estaba de acuerdo conmigo, que no quería perderme del todo, que podíamos ser amigas, que ella tampoco se arrepentía de nada, que la llamara cuando quisiera... sé que no me lo dijo todo, sé que faltaba algo, de todas formas es mejor que lo dejáramos así.
Y sí, seremos amigas, volveremos al lugar que nos corresponde, no es plan de representar otro drama, pero todo tiene un proceso.
Fueron 20 minutos en los que me sentí fuerte, hasta feliz, a pesar de estar despidiéndome de alguien de quien me estaba a punto de enamorar; ayer me sentí libre, porque me había dado la oportunidad de arriesgarme, de vivir, de perder, de aceptar, de serme fiel. He sentido cosas maravillosas, me he dado cuenta de que lo que quiero está ahí fuera, que existe, que tengo que luchar por ello, que no tengo que negarlo, que siempre habrá motivos por los que mirar, y que en el fondo mi corazón no está vacío, está lleno de muchas cosas, de muchas personas, y que no importa que algunas se hayan ido; siempre, siempre estarán ahí, sólo por el hecho de haberlas sentido.