Soy parte de aquella vez, y de las que son y aún no han sido
Uno es parte de muchas cosas, y las partes son de uno también.
Ahora lo soy de esta noche y de la conversación con mis recuerdos.
Hoy ha sido miércoles, y en Madrid se han dejado ver ronchones de sol entre nubes teñidas de agua sin deshacer. Hoy ha sido miércoles y he vuelto a madrugar con ojeras y kilómetros de música antes de llegar al trabajo. Hoy he vuelto a despertar con ella y su sonrisa de niña que ríe por primera vez.
El trabajo ha sido rutina, y el tiempo un tres de noviembre en el calendario. Habrá gente que hoy haya celebrado su cumpleaños, o cerrado los ojos para ver otro mundo catalogado (a modo de despedida) como mejor; y gente, como yo ahora, que sea parte de aquella vez que es y no ha sido.
Sí, soy aquellos nervios subiendo las escaleras del metro, para mirar a ambos lados de la Gran Vía la sonrisa de los cristales verdes de unas gafas de sol. Soy aquella vez que nos besamos mientras sonaba una canción de Astrud, y una cara junto a la tuya en aquella primera foto que nos hizo Esther.
Soy aquel te quiero que sin querer quería, y te quería a ti.
Soy aquel año en el que las palabras de tu cama me dormían con azul.
Sólo falta un mes, para que se cierre la cuenta de las margaritas que dijeron no. Para que todo esto me sepa a “ya no me acuerdo”.
Soy una extraterrestre en su propio planeta, y no en el mortal que es más tópico, sino en el suyo propio; en el de verdad.
En el espejo no lo parece, ni en los ojos que miro; sonrío como si ayer también hubiera sido un día especial, y porque lo fue, y es y aún no ha sido.
Escucho la radio, evocando aquellas noches de Walkman bajo las sábanas, en aquellos noventa que suenan a tiempo inacabado. Cuando el día no era 3 de noviembre sino 5 de algún mes.
Hoy no sólo es miércoles, no sólo es que volverá a ser diciembre y recordaré que fue allí dónde todo se acabó. Tú tampoco eres tú, ni yo soy yo, ni nosotras aquel nosotras que quería ser dos.
Por eso hoy soy tus canciones de La casa Azul, y tú la canción de Rem que acaban de poner en la radio. La canción, la gran canción, la que me hacía ser una especie de viento sin nada que arrastrar.
Te has convertido en un altar en mi cerebro, al que condecoro su bondad con flores desteñidas. En una culpa con aniversario.
No sirve de nada, que hoy te diga que me acuerdo y que quiero creer que tú también; que hoy tengas tu vida y maldigas mi estancia. No sirve que yo me diga que te diría “ahora lo sé”.
Tal vez tu cerebro también tenga el recuerdo de que mis manos con las tuyas eran una casa con tejado.
Puede que hayas olvidado las miradas que tramaba para robarle a tus ojos una sonrisa, y las veces en las que tu cuerpo y el mío se desesperaban por ser uno.
Pero nos fuimos, tú también.
No tiene sentido seguir imaginando reencuentros en las mismas calles. Es absurdo intentar que lo evidente sea una oportunidad de alabar virtudes que se vivieron como defectos. Inútil buscar lo que definitivamente se ha perdido.
Ahora lo sé; lo que se hace cuando el corazón ya no es rojo sino de cristal; cuando tu mundo te hace sentir una extraña y la ausencia es responsable de tu fantasía.
Ahora sé lo que se siente cuando lo das todo sin esperar nada más que la ocasión de vivir ese momento sin sentirte sola.
Y sé que en el fondo tú sabías que yo tenía que aprenderlo después de ti, cuando ya no pudiera negarlo.
Eso es lo que más rabia te da, que lo sabías, y lo que más culpa me carga, que yo también.
Por eso ahora tú y yo seremos eso.
Tú.
Yo.
Y mañana...
Cuatro de noviembre.
Ahora lo soy de esta noche y de la conversación con mis recuerdos.
Hoy ha sido miércoles, y en Madrid se han dejado ver ronchones de sol entre nubes teñidas de agua sin deshacer. Hoy ha sido miércoles y he vuelto a madrugar con ojeras y kilómetros de música antes de llegar al trabajo. Hoy he vuelto a despertar con ella y su sonrisa de niña que ríe por primera vez.
El trabajo ha sido rutina, y el tiempo un tres de noviembre en el calendario. Habrá gente que hoy haya celebrado su cumpleaños, o cerrado los ojos para ver otro mundo catalogado (a modo de despedida) como mejor; y gente, como yo ahora, que sea parte de aquella vez que es y no ha sido.
Sí, soy aquellos nervios subiendo las escaleras del metro, para mirar a ambos lados de la Gran Vía la sonrisa de los cristales verdes de unas gafas de sol. Soy aquella vez que nos besamos mientras sonaba una canción de Astrud, y una cara junto a la tuya en aquella primera foto que nos hizo Esther.
Soy aquel te quiero que sin querer quería, y te quería a ti.
Soy aquel año en el que las palabras de tu cama me dormían con azul.
Sólo falta un mes, para que se cierre la cuenta de las margaritas que dijeron no. Para que todo esto me sepa a “ya no me acuerdo”.
Soy una extraterrestre en su propio planeta, y no en el mortal que es más tópico, sino en el suyo propio; en el de verdad.
En el espejo no lo parece, ni en los ojos que miro; sonrío como si ayer también hubiera sido un día especial, y porque lo fue, y es y aún no ha sido.
Escucho la radio, evocando aquellas noches de Walkman bajo las sábanas, en aquellos noventa que suenan a tiempo inacabado. Cuando el día no era 3 de noviembre sino 5 de algún mes.
Hoy no sólo es miércoles, no sólo es que volverá a ser diciembre y recordaré que fue allí dónde todo se acabó. Tú tampoco eres tú, ni yo soy yo, ni nosotras aquel nosotras que quería ser dos.
Por eso hoy soy tus canciones de La casa Azul, y tú la canción de Rem que acaban de poner en la radio. La canción, la gran canción, la que me hacía ser una especie de viento sin nada que arrastrar.
Te has convertido en un altar en mi cerebro, al que condecoro su bondad con flores desteñidas. En una culpa con aniversario.
No sirve de nada, que hoy te diga que me acuerdo y que quiero creer que tú también; que hoy tengas tu vida y maldigas mi estancia. No sirve que yo me diga que te diría “ahora lo sé”.
Tal vez tu cerebro también tenga el recuerdo de que mis manos con las tuyas eran una casa con tejado.
Puede que hayas olvidado las miradas que tramaba para robarle a tus ojos una sonrisa, y las veces en las que tu cuerpo y el mío se desesperaban por ser uno.
Pero nos fuimos, tú también.
No tiene sentido seguir imaginando reencuentros en las mismas calles. Es absurdo intentar que lo evidente sea una oportunidad de alabar virtudes que se vivieron como defectos. Inútil buscar lo que definitivamente se ha perdido.
Ahora lo sé; lo que se hace cuando el corazón ya no es rojo sino de cristal; cuando tu mundo te hace sentir una extraña y la ausencia es responsable de tu fantasía.
Ahora sé lo que se siente cuando lo das todo sin esperar nada más que la ocasión de vivir ese momento sin sentirte sola.
Y sé que en el fondo tú sabías que yo tenía que aprenderlo después de ti, cuando ya no pudiera negarlo.
Eso es lo que más rabia te da, que lo sabías, y lo que más culpa me carga, que yo también.
Por eso ahora tú y yo seremos eso.
Tú.
Yo.
Y mañana...
Cuatro de noviembre.