Diario de un lacasito
Sobre lacasitos, piruletas y otras cosas que suceden con la lengua :P
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Erase una vez un lacasito...
Sindicación
 
Garabatos de invierno
Si los suspiros se pudieran meter en una caja de galletas, la mía pesaría cientos de kilos. Puede parecer una cantidad exagerada, incluso es probable que los suspiros ni tan siquiera se puedan calcular, pero yo sé que los míos pesan cientos de kilos, lo llevo notando varios días, cuando cada hora se empeña en convertir el oxígeno en una muestra de lo que ya es evidente. Estoy pillada, pilladísima para ser más concreta, y sí, lo tengo que reconocer, ésta vez me han dado en el centro de la diana, y ¡tachán! Se ha encendido la bombillita y han caído los confetis, ¡premio! Te has llevado mi corazón, ¿quieres que te lo envuelva o te lo llevas puesto?
Aún se me hace extraño, sabes que para mí no es fácil aceptar que un alto porcentaje de mis ilusiones dependan de ti, sabes que he luchado muchas veces contra eso, que la libertad emocional era la causa de mi rebeldía, que no quería ser de nadie, pero ya no me valen mis tácticas de pez escurridizo, tampoco cuenta ese currículum de 0 derrotas. Me has hecho decir “órdago” aún no teniendo nada con lo que envidar.
El viernes salí a la calle desnuda, sabía que me enfrentaba al frío y a tus manos, las que me podían cazar como a un insecto distraído. Subí a tu casa, con más miedo que tiempo, me enseñaste tu habitación y quise quedarme ahí, junto a tu ventana, para disfrazarme de luna. Hablabas tan de deprisa que no me di cuenta de que ya me estabas besando, supiste usar la corta distancia que separaba tus labios de los míos, me hiciste estremecer con tu lengua bailando sobre mi sonrisa. Fuimos a casa de tu hermana, una vez más nos prestaba un espacio para llenarlo de momentos; hablamos de ti y de mí, de ése “ahora” tan indefenso, que te tanto miedo te da y que a mí me vuelve vulnerable. Tu ex sigue ahí, queriendo volver contigo, atacando donde más te duele, te creo cuando me dices que se acabó, te creo porque durante mucho tiempo intercambiamos confesiones, cuando tú eras la amiga y yo la novia; a M la comprendo, yo también lucharía por ti, sé que no tengo que competir con ella así como tú sabes de ese orgullo que me impide caer en la trampa de los celos. También dejaste en el aire una frase: sabes que si te lo pusiera fácil ya te habrías cansado. La sinceridad acompasó nuestra charla, en mis turnos no te miré, no podía hacerlo por miedo a perder la convicción con la que te dije que no volvería a caer en la rutina de los milagros, que no iba a volver a parchear mis sueños. Te dije que no quería más treguas, que las había gastado todas cuando traté de enamorarme de ella, cuando alimenté una relación de casi dos años con la esperanza de que algún día las dos estaríamos en el mismo escalón, cuando he vivido muchas de puntillas sabiendo que no era yo la que tenía que perder. Te dije que ya me cansé de todo, sabes que lo decía en serio, lo sabes porque mis ojos estaban tristes, te diste cuenta porque mis manos estaban frías.
Te di el regalo que te había hecho, me diste las gracias y yo a ti, no sabes el tiempo que hacía que no usaba cartulinas de colores para demostrar mis sentimientos. Siempre me dices que me cuesta mirarte, por eso quería regalarte este pequeño foto-cuento, con todas las imágenes que me emocionaron tras la cámara, con el cuento que me sacaste en aquella mañana en la que me emborraché a solas pensando en ti. También te di un CD con las canciones que han sonado en los mejores momentos de mi vida, y en la portada te puse aquella poesía que escribí con mi torpe inglés.
Tus ojos me lo dijeron todo.
Pusiste el CD, caí en mi trampa, tenerte con aquella música sonando era demasiado para mí, mientras tanto tú tratabas de transmitirme todo lo que sentías, ahí me di cuenta de que ya no podía ni quería volver atrás. Luego vinieron A e I, los porros me ayudaron a estar más torpe, aquella situación era una prueba para todos aunque tal vez ninguno lo pensamos, estábamos los mismos, pero tú no tenías al lado a M ni yo a bebepop, éramos tú y yo las que intercambiábamos miradas, las tuyas siempre atentas a mi estado de ánimo, las de ellos para decirnos que no teníamos nada que esconder, que no tenían nada que juzgarnos.
Aquello supo hacerme feliz.
El sábado me fui a comer con mis padres y mi hermano, me sentí muy bien cuando brindamos, cuando mi madre decía “mira que chico tan guapo”, y la cómplice sonrisa de mi hermano sabía que una camarera hubiera estado mejor. Hacía tiempo que no compartíamos algo juntos, los cuatro, sin que ese detalle me hiciera pensar que quería despegarme de eso, sin esa extraña “vergüenza” adolescente cuando tu padre te pasa el brazo por el hombro. Después me fui al teatro yo sola, Error 108, tan abstracta como sugerente, tan irreal como sensata. Me encanta ir sola al teatro, ir con la mente en blanco, lejos de fijarme en los conceptos y dispuesta a emocionarme de principio a fin.
Después de la obra un mensaje de S, estaban en Tirso, en el bar dónde bebepop y yo nos conocimos, ése al que siempre me niego a ir por cuestiones aún no razonadas. De Chueca al metro, con mi característico despiste cuando estoy sola, ése que hasta me hace olvidarme de cómo se llega a los sitios a pesar de haber estado muchas veces. Allí estaban todos, I, A&P, “la Rakel” y S, llegar la última siempre me da cierta tensión, y más ahí que sentía que todos miraban con buenos ojos nuestro saludo, el corto beso que me dio lo interpreté como un “sigo aquí”. Su mano no dejó de acariciar mi espalda, ni de buscar las mías, y su voz preguntándole a mi oído que cómo estaba. Bien, estoy bien (me pasa siempre que estoy a tu lado). Tras un ameno rato nos fuimos al Artépolis, un sitio que conocí con “una_chica_con_la_que_estuve”, pero Madrid ya no es el mismo desde que lo comparto contigo. Mientras los demás se fumaban un porro fuera tú y yo estábamos dentro, es ahí cuando me preguntaste si había pensado en algo, te dije que me dejaría llevar. Me confesaste que el día anterior sentiste miedo, y que eso te hizo ver que lo que sentías no era algo esporádico. Es ahí cuando recuperé la sonrisa que durante unos días me había abandonado, ya no pude dejar de tocarte.
Hice algo atípico, negar mi cansancio y llevarte hasta tu casa, para que el tiempo me diera más segundos de estar contigo, cada semáforo en rojo significaba un beso, cada cambio de marcha rozar tu mano, Madrid estaba precioso.
Hoy sólo soy capaz de recordar, ¿y sabes qué? mis manos todavía huelen a ti.
No