Sobre humos y otras nubes negras
No me gusta cuando te despides de mí con un “ya hablaremos”, como si ese “ya” tan inconcreto dejara para un segundo plano el “hablaremos”. Lo reconozco, soy una maniática con determinadas palabras, pero no puedo evitar que me suenen: ¿frías? Supongo que todo esto no es más que una de mis muchas incoherencias ocupando un terreno, que lo dices porque es tu forma de acabar una conversación, pero no sé, esas dos palabras me suenan sin apego, tal vez el ladrón se cree que todos son de su condición, y eso me resta cordura.
Ayer te llamé, créeme si te digo que me lo estuve pensando un rato antes de hacerlo, ésa es otra de las cosas que no me gusta, volverme tan dubitativa, nunca le he dado vueltas al cable del teléfono como si estuviera deshojando margaritas, “si.. no.. si.. no”, y todo por no saber si ese día te apetecerá hablar. Supongo de nuevo que todo esto que pienso no es más que una tontería, una tontería de ésas que cobran importancia por sí solas, o una incertidumbre poco acostumbrada, aún no puedo evitar querer escurrirme, sentir cierta desconfianza, pero es la primera vez que siento algo tan profundo en tan poco tiempo, normalmente a estas alturas ya se me hubiera pasado el efecto “hormigas en el estómago” e incluso ya hubiera visto algunos de tus defectos, lo cuál me daría un margen de seguridad que me ahorraría todas estas cruzadas mentales.
A veces pienso que sabes que lo tienes todo en tu mano, como si me hubieras hecho una radiografía y en ella hubieras comprobado que mis latidos se ponen de rodillas cada vez que te ven, mis ojos son demasiado transparentes qué le vamos a hacer. Por otra parte no quiero caer en juegos idiotas, ésos en los que las dos personas luchan contra sí mismas y contra el otro, por mantener la cabeza fuera del agua, como si ésa fuera la forma de llevarse una inmunidad temporal.
Tus reservas me confunden, no estoy acostumbrada a tener tantas cosas en el aire, uno tras otro han ido sumando treinta y tantos días y aún no sé en qué consiste este lazo; no quiero pegatinas, ni lugares, ni etiquetas con caducidad, sólo quiero que hagamos un viaje sin maletas, que no nos tracemos líneas.
Ayer te llamé, créeme si te digo que me lo estuve pensando un rato antes de hacerlo, ésa es otra de las cosas que no me gusta, volverme tan dubitativa, nunca le he dado vueltas al cable del teléfono como si estuviera deshojando margaritas, “si.. no.. si.. no”, y todo por no saber si ese día te apetecerá hablar. Supongo de nuevo que todo esto que pienso no es más que una tontería, una tontería de ésas que cobran importancia por sí solas, o una incertidumbre poco acostumbrada, aún no puedo evitar querer escurrirme, sentir cierta desconfianza, pero es la primera vez que siento algo tan profundo en tan poco tiempo, normalmente a estas alturas ya se me hubiera pasado el efecto “hormigas en el estómago” e incluso ya hubiera visto algunos de tus defectos, lo cuál me daría un margen de seguridad que me ahorraría todas estas cruzadas mentales.
A veces pienso que sabes que lo tienes todo en tu mano, como si me hubieras hecho una radiografía y en ella hubieras comprobado que mis latidos se ponen de rodillas cada vez que te ven, mis ojos son demasiado transparentes qué le vamos a hacer. Por otra parte no quiero caer en juegos idiotas, ésos en los que las dos personas luchan contra sí mismas y contra el otro, por mantener la cabeza fuera del agua, como si ésa fuera la forma de llevarse una inmunidad temporal.
Tus reservas me confunden, no estoy acostumbrada a tener tantas cosas en el aire, uno tras otro han ido sumando treinta y tantos días y aún no sé en qué consiste este lazo; no quiero pegatinas, ni lugares, ni etiquetas con caducidad, sólo quiero que hagamos un viaje sin maletas, que no nos tracemos líneas.