Ventanas con cara
Aún conservo vivo el e-mail que ayer hizo de mis ocho en punto una expresión en la tarde, también la visión doble del comienzo del mismo, ése “Llevo” como saludo, ése “algún tiempo” como resumen de mis minutos a oscuras.
Llegaron; sus vocales, sus consonantes, sus acentos y sus comas, regresaron sus puntos, y los “a parte” también; llegaron sus cosas. No supe decir que no, las tuve que leer.
Tardó en escribir, falta de tiempo, el no saber qué decir. Tardó porque el sábado le quedó una sensación rara, porque no se debía al cansancio. Dice que quizá es porque no hemos hablado, sólo una vez, aquella por teléfono, cuando todo le pilló por sorpresa, cuando no supo usar su reacción. Dice que se alegra de la decisión que tomé, que de un tiempo atrás es lo mejor que hemos hecho, protegernos a nosotras mismas para salvaguardar el resto de nuestra propia historia. No la quiero creer, no quiero darle la razón en ese punto, para mí tomar esa decisión ha sido lo más difícil que he hecho en mucho tiempo, ha sido la epidemia más grande a la que me he sumado. Pero aún así leo; dice que algo se quedó a medias, que no sabe cómo estoy, que aún no me lo ha preguntado, que no es desinterés, es sólo que no ha encontrado la forma de hacerlo. Entiende que me tome cierta distancia para evitar sufrir, pero que no le gustaría que eso se convirtiera en vacío habiendo conocido una parte de mí que no quiere borrar. Se me olvidó decirle que las distancias también condenan, que la ausencia es la misma esté donde esté. Se me olvidó contarle que fui con ella lo que ya no soy. Dice que quiere que un día hablemos, si quiero, que si no, igualmente lo comprenderá. Se despide de mí con un beso, y me pide que me cuide.
Desde mi cama se lo devolví, y no fue en sus labios, tal vez se vertieron en sus mejillas, es muy posible que sólo llegaran a su mano.
Aún conservo intacta la misma sonrisa de anoche, el mismo guiño a solas, aquél que me hizo inventar una imagen. Las frases llegaron desde algún lugar, el pensamiento de una identidad que pasea por la misma ciudad, y que sin embargo no sabría reconocer entre una multitud.
Una puerta que llamó a otra, un saludo y un viceversa, un espejo, una piruleta; de corazón, que son las auténticas. Y me preguntó qué es lo que sucede con la magia, qué es lo que se hace para invocarla, qué es lo que acontece para luego perderla. ¿Dónde están las cosas que no se tienen? Y se comió un lacasito, y me dijo que el mío sigue dentro de mí. Entonces es cuando sonreí, cuando nadie sabía que lo hacía, cuando nadie me preguntó un porqué. Y pensé tantas cosas como pude, y sentí tantas como quise. Le di la razón a su espejo; con brillo somos menos feos, con esperanza las circunstancias se notan menos.
Se llama Elena, que no Elenita.
Aún conservo aquella llamada, la alegría del viernes y la primera vez de sus ojos abiertos. Isaac llegó al mundo, al mismo mundo de todos, a vivir con sus pequeñas manos, para sonreír aún sin dientes, para caminar aún sin pasos.
Le cojí entre mis brazos y supe que le iba a querer, a querer como primo, a querer como se quieren a los bebés que algún día dejarán de serlo, como a la persona con la que algún día me miraré a los ojos. Reviví en la mirada de Chemita la felicidad que produce tener un hermano, de ser el mayor, de prometerse entre dientes que cuidarás de él. Quise abrazarles a los dos, contagiarme de su inocente percepción de las cosas, revivir lo que viven ellos, pactar conmigo un sueño por semana.
Aún conservo la noche del Sábado, en la que celebramos el cumpleaños de P, cuando tuve que volver a entrar en su casa, ver sus libros en la estantería, dejar mi abrigo en su cama. Volví a sentarme en su sofá, y la casualidad quiso que estuviéramos al lado, ésta vez me moví para no rozarla, me quedé quieta para no sentirla. Sólo la miré dos veces, par las ocasiones en las que frente a frente dejé que mi boca le hablara, para contarla cosas absurdas sobre la semana, sobre mis olvidos decididos de antemano.
Reí, al principio menos, en el transcurso más; hablé, aguanté de un tirón tantos crujidos como pude, me seguía esconciendo, sí, el cariño no se olvida tan pronto.
Fui una más, sentada como todos, alzando mi vaso, brindando por los años de mi amiga, compartiendo bromas, partidas de pictionary, caladas de un porro. También pensé en ella, en bebepop que no estaba, y desde allí, desde ese lugar donde nadie dice nada, le conté lo mucho que deseaba que fuera feliz.
Decidí pasármelo bien sin buscar un motivo, dejarme llevar sin esperar un momento. Y lo hice; con P, con A, con I, con las otras ellas y con él; lo hice porque ése era mi verdadero regalo: ser yo misma.
S se acostó antes, su sitio quedó vacío, y sí, lo miré, miré el lugar donde ya no había nadie, sabía que la distancia eran unos pasos, un pasillo. Pensé que quería ir hasta allí, perder una hoja debajo de su puerta, una hoja tan blanca que no hiciera falta decir nada más. Sin embargo no lo hice, no quería escribir garabatos que claudicaran sobre el papel, que incitaran a una tregua, a descalzar los pies, a pedir que pisaran la misma hierba.
Aún conservo los retales de la semana, las conversaciones sobre los exámenes, el fin de los mismos, la proximidad de las vacaciones. Las “chuletas” de mis compañeras de clase, el tráfico de apuntes, y la risa. Otra vez la risa; la de las veces con la música en el coche, la de inventarme una guitarra, la de estar tumbada en mi cama, la de saludar a la Kioskera, la que le dice a Vir que la semana que viene en Asturias seremos felices, la que le cuenta a la Guaja las ganas que tiene de conocerla, la que se esboza con Shaadi en una pantalla, la que trabaja y hace paréntesis para hablar con Estela, a la que divierten los piropos de Koke, la que le lee fumada a su hermano sus historias, la que sale a la calle y vive, la que escucha "La canción más hermosa del mundo" de Sabina; la que discurre más allá de este papel.
Llegaron; sus vocales, sus consonantes, sus acentos y sus comas, regresaron sus puntos, y los “a parte” también; llegaron sus cosas. No supe decir que no, las tuve que leer.
Tardó en escribir, falta de tiempo, el no saber qué decir. Tardó porque el sábado le quedó una sensación rara, porque no se debía al cansancio. Dice que quizá es porque no hemos hablado, sólo una vez, aquella por teléfono, cuando todo le pilló por sorpresa, cuando no supo usar su reacción. Dice que se alegra de la decisión que tomé, que de un tiempo atrás es lo mejor que hemos hecho, protegernos a nosotras mismas para salvaguardar el resto de nuestra propia historia. No la quiero creer, no quiero darle la razón en ese punto, para mí tomar esa decisión ha sido lo más difícil que he hecho en mucho tiempo, ha sido la epidemia más grande a la que me he sumado. Pero aún así leo; dice que algo se quedó a medias, que no sabe cómo estoy, que aún no me lo ha preguntado, que no es desinterés, es sólo que no ha encontrado la forma de hacerlo. Entiende que me tome cierta distancia para evitar sufrir, pero que no le gustaría que eso se convirtiera en vacío habiendo conocido una parte de mí que no quiere borrar. Se me olvidó decirle que las distancias también condenan, que la ausencia es la misma esté donde esté. Se me olvidó contarle que fui con ella lo que ya no soy. Dice que quiere que un día hablemos, si quiero, que si no, igualmente lo comprenderá. Se despide de mí con un beso, y me pide que me cuide.
Desde mi cama se lo devolví, y no fue en sus labios, tal vez se vertieron en sus mejillas, es muy posible que sólo llegaran a su mano.
Aún conservo intacta la misma sonrisa de anoche, el mismo guiño a solas, aquél que me hizo inventar una imagen. Las frases llegaron desde algún lugar, el pensamiento de una identidad que pasea por la misma ciudad, y que sin embargo no sabría reconocer entre una multitud.
Una puerta que llamó a otra, un saludo y un viceversa, un espejo, una piruleta; de corazón, que son las auténticas. Y me preguntó qué es lo que sucede con la magia, qué es lo que se hace para invocarla, qué es lo que acontece para luego perderla. ¿Dónde están las cosas que no se tienen? Y se comió un lacasito, y me dijo que el mío sigue dentro de mí. Entonces es cuando sonreí, cuando nadie sabía que lo hacía, cuando nadie me preguntó un porqué. Y pensé tantas cosas como pude, y sentí tantas como quise. Le di la razón a su espejo; con brillo somos menos feos, con esperanza las circunstancias se notan menos.
Se llama Elena, que no Elenita.
Aún conservo aquella llamada, la alegría del viernes y la primera vez de sus ojos abiertos. Isaac llegó al mundo, al mismo mundo de todos, a vivir con sus pequeñas manos, para sonreír aún sin dientes, para caminar aún sin pasos.
Le cojí entre mis brazos y supe que le iba a querer, a querer como primo, a querer como se quieren a los bebés que algún día dejarán de serlo, como a la persona con la que algún día me miraré a los ojos. Reviví en la mirada de Chemita la felicidad que produce tener un hermano, de ser el mayor, de prometerse entre dientes que cuidarás de él. Quise abrazarles a los dos, contagiarme de su inocente percepción de las cosas, revivir lo que viven ellos, pactar conmigo un sueño por semana.
Aún conservo la noche del Sábado, en la que celebramos el cumpleaños de P, cuando tuve que volver a entrar en su casa, ver sus libros en la estantería, dejar mi abrigo en su cama. Volví a sentarme en su sofá, y la casualidad quiso que estuviéramos al lado, ésta vez me moví para no rozarla, me quedé quieta para no sentirla. Sólo la miré dos veces, par las ocasiones en las que frente a frente dejé que mi boca le hablara, para contarla cosas absurdas sobre la semana, sobre mis olvidos decididos de antemano.
Reí, al principio menos, en el transcurso más; hablé, aguanté de un tirón tantos crujidos como pude, me seguía esconciendo, sí, el cariño no se olvida tan pronto.
Fui una más, sentada como todos, alzando mi vaso, brindando por los años de mi amiga, compartiendo bromas, partidas de pictionary, caladas de un porro. También pensé en ella, en bebepop que no estaba, y desde allí, desde ese lugar donde nadie dice nada, le conté lo mucho que deseaba que fuera feliz.
Decidí pasármelo bien sin buscar un motivo, dejarme llevar sin esperar un momento. Y lo hice; con P, con A, con I, con las otras ellas y con él; lo hice porque ése era mi verdadero regalo: ser yo misma.
S se acostó antes, su sitio quedó vacío, y sí, lo miré, miré el lugar donde ya no había nadie, sabía que la distancia eran unos pasos, un pasillo. Pensé que quería ir hasta allí, perder una hoja debajo de su puerta, una hoja tan blanca que no hiciera falta decir nada más. Sin embargo no lo hice, no quería escribir garabatos que claudicaran sobre el papel, que incitaran a una tregua, a descalzar los pies, a pedir que pisaran la misma hierba.
Aún conservo los retales de la semana, las conversaciones sobre los exámenes, el fin de los mismos, la proximidad de las vacaciones. Las “chuletas” de mis compañeras de clase, el tráfico de apuntes, y la risa. Otra vez la risa; la de las veces con la música en el coche, la de inventarme una guitarra, la de estar tumbada en mi cama, la de saludar a la Kioskera, la que le dice a Vir que la semana que viene en Asturias seremos felices, la que le cuenta a la Guaja las ganas que tiene de conocerla, la que se esboza con Shaadi en una pantalla, la que trabaja y hace paréntesis para hablar con Estela, a la que divierten los piropos de Koke, la que le lee fumada a su hermano sus historias, la que sale a la calle y vive, la que escucha "La canción más hermosa del mundo" de Sabina; la que discurre más allá de este papel.
Comentario:
ESPERO Q D VERDAD SEAS FELIZ EN ASTURIAS NIÑA. ES TODO UN HONOR Q MI NOMBRE, BUENO, MÁS BIEN UNO D MIS APODOS, APAREZCA EN TU BLOG, JEJE.
YA VERÁS Q RICA SABE LA SIDRA!!! BSINNN
YA VERÁS Q RICA SABE LA SIDRA!!! BSINNN
Comentario:
Tú dijiste:
Se me olvidó contarle que fui con ella lo que ya no soy
Erase una vez una niña que miraba con ojos de pez el grifo de la cocina... "mama, ¿adonde va el agua?" "mama, ¿de dónde sale tanta agua?" Era una niña de ciudad y no había visto ríos, le daba miedo que un día el agua se acabase. Entonces su madre le explico que el agua siempre cambia, siempre se mueve y que nunca es la misma y que por supuesto nunca se acaba. Y ella abriendo mucho los ojos dijo: "Ahh, yo lo entiendo, es magia"
Y es magia que seamos distintos a cada momento.
Es magia que la niña se siente en la ventana y desee volar. Es magia que algún día será realidad
y volaras (y volará)
Elena
Se me olvidó contarle que fui con ella lo que ya no soy
Erase una vez una niña que miraba con ojos de pez el grifo de la cocina... "mama, ¿adonde va el agua?" "mama, ¿de dónde sale tanta agua?" Era una niña de ciudad y no había visto ríos, le daba miedo que un día el agua se acabase. Entonces su madre le explico que el agua siempre cambia, siempre se mueve y que nunca es la misma y que por supuesto nunca se acaba. Y ella abriendo mucho los ojos dijo: "Ahh, yo lo entiendo, es magia"
Y es magia que seamos distintos a cada momento.
Es magia que la niña se siente en la ventana y desee volar. Es magia que algún día será realidad
y volaras (y volará)
Elena