Noches que son tardes
Tengo dos manos, dos, como las que se necesitan para tocar el acordeón. Yo no sé tocar el acordeón, pero sé que los pianos tienen teclas negras. Ella también lo sabe, sabe que las teclas de los pianos sirven para saltar, y pincelar el aire con el pelo, que no es de un color, sino de dos, el tuyo y el mío, pero no nos vemos.
Hoy huele a cielo, a cuatro gotas de agua, a una acera con farolas. Quiero un sillón azul de ésos en los que las rodillas sirven para columpiar las canicas de un bolsillo, y una cerilla, quiero una esfera de luz para acabar a oscuras.
Por mi nariz entra el sonido de una pelota acariciando las tejas de un tejado, y yo sólo me atrevo a sonreír, a silbar vocales que no rimen con la mente. Porque tengo dos manos, dos, como las que necesito para acariciar lo que quiero.
Hoy me apetece saltar en una comba imaginaria que me despeine el flequillo, que me intrigue con sus dedos.
Hoy huele a cielo, a cuatro gotas de agua, a una acera con farolas. Quiero un sillón azul de ésos en los que las rodillas sirven para columpiar las canicas de un bolsillo, y una cerilla, quiero una esfera de luz para acabar a oscuras.
Por mi nariz entra el sonido de una pelota acariciando las tejas de un tejado, y yo sólo me atrevo a sonreír, a silbar vocales que no rimen con la mente. Porque tengo dos manos, dos, como las que necesito para acariciar lo que quiero.
Hoy me apetece saltar en una comba imaginaria que me despeine el flequillo, que me intrigue con sus dedos.