Diario de un lacasito
Sobre lacasitos, piruletas y otras cosas que suceden con la lengua :P
Acerca de
Erase una vez un lacasito...
Sindicación
 
Así cosía así así... así cosía que yo la vi.
El día está pelín nublado, el aire barre y desparrama los sobrantes del suelo, el ruido de un camión aniquila durante unos instantes el sonido de la radio, Radio3 como cada mañana. Mientras, finjo que todo me es ajeno, mis armas: un sándwich de atún vegetal y una lata de red bull fresquita. En la mesa de enfrente, uno de mis jefes y el gestor teclean y hablan de cobros y pagos, de fechas, de confirmings; no me interesan las conversaciones de plástico, ni las corbatas anudadas, ni las americanas con botones. A ellos sí, y sus relojes de anuncio, y sus coches de revista, y sus perfumes sólo para hombres. Les hace felices, importantes; sin sus metas materiales se quedan pequeños, serían hombrecillos minúsculos a los que el viento barrería, los juegos de llaves en sus bolsillos les dan peso / exceso de gravedad que les impide el secuestro aéreo; también el betún en sus zapatos / ellos no saben andar descalzos.
Pero no me importa, las críticas son cepos en la lengua, y la mía, la mía sólo sabe hacer volteretas.

Estoy agusto, agustito con la vida, porque yo no guardo llaves en mis bolsillos, sino semillas, y cada vez que escupo (una ilusión, un sueño) ellas crecen un poquito más, como yo, que soy un poco menos pequeña. Aunque a mí me gusta ser pequeña y que el viento me barra, allí, en los remolinos, se encuentran muchas cosas: papeles, hierbajos, bolsas... tesoros desterrados, utensilios para el reino de la imaginación. Prefiero los zapatos sucios, eso significa que he andado, caminado y tropezado. Me agrada saber que mis rodillas han tenido heridas, y mercromina roja, porque he jugado, he jugado muchas veces, con tirachinas de globo y botella, he hecho cabañas con mi prima en el portalón de la casa de la abuela, porque una vez tuve muchas manos locas que pegar en el techo, mis manos locas... lo que daría por volver a tener una.

Ayer no fui a clase y el sábado me corté el pelo; me dolía la tripa / tenía ganas de hacer una travesura capilar. Se me pasó el dolor y limpié mi coche / ahora tengo algún trasquilón al que invito a guiños frente al espejo.

Juan Luis Cordero ya no es concursante del pasapalabra, y como ya no fumo porros por las tardes y él no está, he dejado de verlo; aún así, sigo queriendo una chapa con su cara, para mí es el campeón.

Hoy me he acordado de un libro que me mandaron en el colegio “Yo te cuidaré dijo el pequeño oso”, trataba sobre un pequeño oso que encontraba a un pequeño tigre enfermo, entonces el pequeño oso le recogía en su casa y le preguntaba cuáles eran sus platos favoritos, el pequeño tigre se lo decía y el pequeño oso los cocinaba pensando que así, el pequeño tigre se curaría; le daba de comer ricas sopas y frutos silvestres, también le arropaba con su pequeña mantita. El pequeño tigre estaba contento de haber encontrado al pequeño oso, y el pequeño oso era feliz cuidando al pequeño tigre. Un pelícano traía desde lejos en su pico una poción de color azul para el pequeño tigre, pero no se curaba a pesar de las atenciones del pequeño oso. Al final le llevaron al hospital de animales, de camino, el pequeño oso y el pequeño tigre, se encontraron con un montón de animalitos que querían ser sus amigos, y visitar en el hospital de animales al pequeño tigre. Crearon una variopinta cabalgata multiracial, presidida por el pequeño tigre en hombros del pequeño oso, y también de la mantita. En el hospital había otros animalitos enfermos; zorros con la pata escayolada y otros que ya no recuerdo; allí le hicieron una radiografía: el pequeño tigre tenía una raya torcida.
Las enfermeras; patas con cofia que ponían inyecciones de nubes (así se lo contaban a los enfermos) que daban sueño pero no dolían; y los médicos que eran también animales con bata blanca y fonendoscopio; operaron al pequeño tigre de su raya torcida, y cuando despertó de la inyección del sueño, se encontró con todos sus amiguitos, entre ellos el pequeño oso. Todos estaban contentos y festejaron que el pequeño tigre se hubiera recuperado. El pequeño tigre se fue a vivir con el pequeño oso, y éste se puso malito pero ya no me acuerdo de qué, entonces el pequeño tigre le dijo: yo te cuidaré.

Eso me ha hecho pensar en una poesía que me escribió S, de Benedetti, que se llama Vicerversa, y que según ella, definía muy bien lo que sentía por mí.

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
Tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte
Tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

Recuerdo que me gustaba mucho el libro de: Yo te cuidaré dijo el pequeño oso, y también que me daba hambre cuando lo leía; entonces iba a la despensa a buscar frutas silvestres y ricas sopitas, pero claro, en mi casa no había las mismas cosas que en la casa del pequeño oso. Lo mismo me sucedía con Heidi, yo también quería beber leche en cuencos de madera y comer queso como el que le daba su abuelo. En mi casa había leche y queso, pero debe de ser que no sabían igual, porque a mí no se me quedaba la misma cara que a Heidi; tal vez porque el salón de mi casa no se parecía a la cabaña del abuelo de Heidi en la montaña.

Cuando era más pequeña que ahora, a mí también me ponían inyecciones porque siempre tenía problemas con las anginas, durante mucho tiempo pensé que el practicante cumplía el trato pactado: sin aguja. Entonces cuando me pinchaba en un cachete a mí no me dolía, y miraba a mi padre o a mi madre, con cara de: ¿has visto que valiente soy? Hasta que un día, me dio por darme la vuelta, y allí, amenazante, me econtré con una aguja.
Desde ese momento ya siempre me dolió.
Al final me operaron de las anginas, recuerdo que tenía unos capuchones que eran cabezas de animales y que regalaban con los petit-suise (siempre los comía, a veces mi madre me los mezclaba en un cuenco con yogur de fresa). Los llevaba en la mano cuando me operaron, el anestesista me dijo que contara hasta diez, como mucho llegué hasta el 3 (odio el 3) y me quedé dormida, alomejor a mí también me pusieron una inyección de nube (como al tigre del cuento), tal vez porque llevaba animalitos en mi mano. Eso ya no lo recuerdo, pero sí que al despertar lo primero que hice fue preguntar por ellos, y allí estaban, en el bolso de mi madre.
Desde ese momento, aprendí que tras el dolor siempre hay una recompensa.

Me acuerdo de una canción que me enseñaron en parvulitos que también trataba sobre osos y decía así: El oso y el osito se fueron a pasear, el oso iba delante el osito iba detrás. El osito le preguntaba: papá papá papá... y el oso le contestaba: lará lará lará.

No sé porque escribo aquí todo esto, supongo que porque echo de menos poder contárselo a alguien, antes lo hacía con bebepop, a ella siempre le gustaba que le contara estas historias, se las representaba con caritas y voces, y ella, siempre, siempre sonreía y me decía: ¡pero que pequeña eres Amelie! A mí me encantaba que dijera eso, porque significaba que en ese momento ella era feliz. Bebepop no siempre era feliz, bebepop tuvo el corazón muchas veces roto. Durante mucho tiempo quise arreglárselo, pero cuánto más quería, más fallidas resultaban mis intenciones. Ella decía que era porque no estaba enamorada de ella, yo decía que era mi rebeldía la que me hacía trampas, pero ella siempre lo negaba: el día que te enamores no serás así. Yo no sabía en qué consistía el “así”, a veces lo acertaba, pero nunca encontraba la forma de que la nube negra que ella mencionaba se fuera lejos de nuestro cielo. Ella decía aquello de “querer es poder” pero yo pensaba que “querer no siempre es suficiente”. A veces, cuando dormía con ella, la abrazaba mucho, porque sabía que algún día, como hoy, no podría volver a hacerlo. Bebepop olía muy bien, su piel era muy suave y del color del chocolate; a veces le decía que me dejara probar las líneas de sus manos, porque parecían finas líneas de chocolate, ella me decía que no: Ame no puede ser, pero cuando no se daba cuenta iba con mi lengua en busca de su mano para chupárselas, y le ponía caritas, y le compensaba la travesura enseñándole una esquina de mi pelo, “la eskini”, que era más rubia que el resto del pelo y que a ella le encantaba. Tal vez gracias a eso descubrió que me encantan los besos en la frente, sólo mi padre cuando era pequeña me los daba, y casi siempre cuando dormía. También me leía cuentos; mi padre digo; el que más me gustaba era el de Simbad el marino, él sabía cómo luchar contra las águilas Rot, y a mí me encantaba beberme el colacao que mi padre me traía cada noche mientras le escuchaba. También metía a todos mis peluches conmigo en la cama, había uno que era mi favorito “Cervezón”, me lo trajo mi tía de Alemania, de una fiesta de la cerveza... de ahí el nombre. Es blanco y pequeño, tan pequeño que no le podía abrazar y tenía que conformarme con ponerlo junto a mi hombro. Siempre dormía con él y le contaba cosas, las cosas que no le contaba a nadie. A los otros peluches les quería menos, pero me daba pena que durmieran en el suelo cuando era invierno, por eso los metía todos conmigo: a los lados, debajo de las piernas... para que así no pasaran frío, de esa forma podía dormir tranquila. Pero por las mañanas nunca estaban, mi padre me los quitaba porque según él, no podía dormir entre aquella multitud.
Un día dejó de contarme cuentos y de traerme el colacaó, me dijo que tenía que aprender a leer yo los cuentos. Por aquella época en el colegio teníamos la cartilla de Micho, y mi padre me hacía dibujos en folios grandes con las vocales: si era A de araña, me pintaba una “a” y también una araña. Mi padre también me enseñó a silbar, a montar en bicicleta y las horas del reloj. Antes, cuando era pequeña, me encantaba que mi padre me enseñara cosas, hasta el día que me dijo que era yo la que tenía que aprender, aquellas palabras se volvieron en contra de los dos, porque desde ese día (seguramente fue mucho después), tras asumir la decepción de los cuentos, me rebelé contra todo lo que mi padre me quiso enseñar, y así hasta hoy; él todavía quiere enseñarme lo que es la vida, pero ya no le dejo, no, no quiero que me la enseñe, comprendo y respeto su papel de padre, y se lo agradezco sin que él lo sepa, pero ya no quiero que me enseñe, se olvidó que yo aprendí a leer.

Bebepop sabía todo esto: lo del colacaó y los cuentos, lo del beso en la frente; las conclusiones de después no, las acabo de descubrir ahora. Con ella también existió un viceversa; distinto al del pequeño oso y el pequeño tigre, también al de Benedetti y al que pensaba S; tras algún tiempo he podido aprender y entender aquellas cosas de las que me hablaba y a las que siempre le contesté con excusas, con mis filosofías de andar por casa, según ella eran teorías baratas; a mí me hacían gracia.
Un viceversa de emociones sin ser recíprocas con las de nada ni con las de nadie, un viceversa de actitudes quizá, pero sólo dentro del corazón porque mi actitud no ha encontrado aún los ojos que la intencionen a salir fuera; S sólo las llevo hasta la puerta.
Un viceversa de sentimientos, sin compartir ni circunstancias ni actos. Hoy sé que la comprendo y también sé que no sirve de nada, ni tan siquiera se lo puedo decir, y aunque pudiera, no significaría nada. No creo que le importe que haya aprendido, la cadena de favores se rompió, le importaría si mi cambio le sirviera a ella, pero las dos sabemos (si acaso ella lo piensa) que no, que ya no importa que cambiemos, o que pensemos, o que crezcamos, porque ella y yo ya no tenemos viceversa, sólo el que ahora me invento, y puede, que ni tan siquiera se llame viceversa.

No sé por qué cuento todo esto; tal vez porque ni el gestor ni mi jefe teclean ya cobros y pagos, porque se me acabó el red bull fresquito y el sándwich de atún vegetal. Puede que escriba todo esto porque estoy agustito con la vida, porque el cielo está menos nublado y el viento ha dejado de barrer los tesoros que nadie quiere ni en su isla ni en su mapa.
Tal vez lo haga porque me pareció escuchar una voz que decía: ¡pero que pequeña que eres Amelie! Y me hizo pensar que la dueña de aquella voz es feliz aunque no la vuelva a escuchar decir eso, aunque no la escuche decir nada.
Pero yo lo escribo, porque me acordé del cuento del pequeño oso que cuidaba del pequeño tigre, y de la canción de los otros dos ositos, y de los cuentos de Simbad, y de los colacaós.
Lo escribo porque S me regaló las vocales de un viceversa, porque yo le di las mías, porque cada una conserva las suyas.
Yo lo escribo porque la Guaja viene este fin de semana, y me ha prometido una sonrisa, y con su sonrisa la imagen de la mellita; lo escribo porque siempre quise tener una mellita en el diente, porque durante mucho tiempo me golpeaba flojito (con cucharas, contra la pared de mi habitación) para tener una, pero una un poco más pequeña que la de Mikel Erentxun, porque si yo tuviera una mellita mi lengua haría volteretas con ella.
Escribo esto porque Vir también es un tesoro, de los que no se entierran, de los que no necesitan mapa. Sí, Vir es un tesoro de carne y hueso, un tesoro real en un mundo real con la que comparto mis sueños.
También escribo esto porque estoy contenta de que la Kioskera y ecomuere conozcan "El garito", porque ellas también han comido las pipas de allí, porque allí siempre se acaba comiendo pipas. Lo escribo porque "la luz" ha visitado estos renglones, porque Elena los lee y me encantan sus cuentos. Porque a todas ellas las invito a lacasitos, porque ellas me invitan a sus historias, porque sus historias me gustan, porque me gusta que les gusten las mías.
Lo escribo porque me dejo llevar, como las cosas que vuelan cuando alguien las sopla.
Escribo todo esto porque el día de hoy es tan importante como todos, tal vez a simple vista no parezca especial, pero para mí lo es, lo va a ser, lo van a ser. Porque hoy, al escribir todo esto sin saber, me doy cuenta que lo hago para sentir, y sentir, siempre, siempre me hace feliz.

 
Comentario:

yo leí el libro de 'yo te cuidaré dijo el pequeño oso' cuando era chica. me encantaba, no sé porqué...
y hoy estoy enferma y me duele la garganta y mi mamá me dijo que me iba a cuidar como al pequeño oso. jajaj
y.. como quise buscarlo y no lo encuentro, google me hizo llegar hasta acá.



bueno, no creo que leas esto, ya que hace más de dos años que lo escribiste peero... acá está mi comentario. saludos.
 
Comentario:
gracias niña de las nubes. algunos días, lo mejor del día es hablar contigo a la hora de comer, cuando tu me cuentas sobre como crear un mundo entre cuatro paredes. otros días, me siento como tu "muy agustito" con la vida y me gusta que me describas con palabras como es la vida. porque suena a nuevo, a algo que no había visto antes. y los lacasitos... ya sabes que me quedo por los naranjas. espero que con o sin el plan anti-envejecimiento ;) siempre seas así, habiendo visto y sentido tanto y a la vez tocando todo por primera vez. como te dije ya una vez, todos somos un puzzle. quizás nuestras piezas estén desmontadas, pero las llevamos siempre a cuestas, porque a la vuelta de la esquina puede aparecer alguien que las una. gracias por compartir lo que sientes, tenías razón, igual a ti te da fuerza leer a la gente, pero los que te leen a ti son invencibles el resto del día
 
Comentario:
Jo, rubia...las heridas en las rodillas, la mercromina, el tirachinas, el queso del abuelo de heidi, las inyecciones, {tantas que me pusieron de pekeña :( }, los petit-suise...toda una regresion a la infancia, gacias a tus palabras,gracias a tus frases q te salen como el respirar... Y gracias por nombrarme de vez en cuando...me hace mucha ilusion.
P.D: Sigue escribiendo, somos afortunadas de leerte.
P.D: Te debo mas fragmentos de mi relato.
Besotte Rubia.
 
Comentario:
ahora la entiendo todo

ya se de donde salen las niñas de los lacasitos :) Con cuentos como el del oso y el tigre... (he pensado en ellos bastante rato, que habrá sido de ellos ahora)

Mi hermano y yo teníamos una tribu y hacíamos obras de teatro en las que los peluches se casaban entre si y luego tenían hijos (la vaca se casaba con el oso, vaquis y paddintong y tenían un hijo que era parecido a un conejo pero que se convertía en una bola, se llamaba bolis jejeje). Haciamos el vestuario y el decorado, tardábamos tanto que cuando queríamos jugar era hora de dormir ¡¡¡

Ahora tengo a vaquis en mi habitación, va vestida con un peto verde.
Pienso porque será, yo que nunca dormí con peluche, ahora duermo con Javi (perrito de raza abrazable). Quizás este encogiendo como Alicia al beber de la botella, espero no desaparecer, solo hacerme lo suficientemente pequeña para entender que los adultos no saben nada y para fingir (un poco, lo justo) que entiendo su mundo. Ya sabes, esas cosas que pasan con la gente de zapatos brillantes y llaves pesadas...

¿Dónde venderán manos pegajosas? Yo tenía una de color verde moco :)

besos
 
Comentario:
Joooo. Esas historias de peluches y muñecos las tenía casi olvidadas! Yo compartía habitación con mi hermana y los poníamos como ecomuere, con mantas y cojines en el suelo entre las dos camas. A mi muñeco favorito lo llamaba simplemente "la osita". Para mí era una osita, no un osito (porqué será...) Era blanca pero un poco rosada y tenía los ojos y la nariz negros y brillantes. De ella sí que me he acordado en muchas ocasiones y me he quejado a mi madre de que me la tirara. El caso es que cuando la tiró no me dí cuenta, pero después me acuerdo mucho de ella, del tacto que tenía y de cuánto me gustaba abrazarla. Después me hice una "tipa dura" y no tuve muñecos más, pero debo estar reblandeciéndome por dentro porque el otro día casi casi casi me compro un peluche, un osito blanco. Si llego a tener pelas cae, pero era algo caro. Y bueno, no me puedo despedir sin decir que a mí también me apetecía mucho comer el queso y el pan de Heidi y beber la leche en esos cuencos! Ay! A veces lo comento con mis hermanos, a ellos les pasa lo mismo.

Bueno también gracias por estos artículos tan bonitos--que me emocionan tía, me emocionan--y por mencionarme ahí que me ha hecho mucha ilusión :)

Un beso
 
Comentario:
yo hacía turnos con los peluches para dormir con ellos, una noche con uno, otra con otro, para q no se sintieran mal. a los q el turno no los premiaba con mi calor les hacía camas con mantas y cojines en el suelo, y cuando venía algún amigo y tiraba los peluches por el aire, o les pagaba, me daba mucha pena.
cuando iba a fiestas de cumpleaños siempre encontraba algún peluche feo y olvidado en cualquier rincón, y lo hacía diana de mi ternura.
muchas gracias por hacerme recordar y repensar estas cosas y otras muchas más, no solo de peluches y niños, sino también de relaciones y mayores.
muchas gracias también por nombrarme y valorar lo q t escribo y lo q escribo.

y por otra parte, supongo q después de haber escrito todo esto t habrás quedado tranquila. a mí a veces me pasa, en los periodos de gestación, de cambio, de actividad, de repente un día t sientas, y vomitas...y después t vas feliz contemplando mentalmente todo lo que has sabido decir.

me alegro :)
No