Sones
El calor pesa, como las bolsas de la compra, como las mudanzas.
Las paredes son moradas, y poco a poco se van pareciendo a sí mismas, como si ya hubieran existido en un pensamiento y fuera éste el que las trajo hasta aquí.
Una vez más he llegado cansada, el trabajo a veces (o muchas) es un sinsabor que pesa, y que agota con su monotemática existencia. Debería planchar, pero prefiero escuchar a Los Panchos e imaginar que uno de sus boleros habla de hoy, de ése día que nunca se acaba, porque si tú me dices ven...
Estoy sola,
algo extraño ya que tres es un número que basta para llenar algo, Ana creo que está en clase, y “la Rakel” (que ya no es “la Rakel” sino Raquel) a ver a su madre. Así que sólo tengo la música y las dos flores amarillas que sobresalen de un vaso, sibaritas de plástico que contrastan con la mesa azul.
Te estoy viendo, dudosa en tu aparente inmovilidad, como si supieras que me cuesta mirarte. Aún eres más hábil que yo y te vales con cerrar los ojos, entonces me jodes, porque me vuelves a dejar muda y gritando a voces.
Ya no suenan los Panchos, Pastora habla de un niño silvestre y me imagino un árbol, con las ramas esparcidas de puntos-hoja que inventan un nuevo paisaje, en el que la luna está pariendo estrellas y de éstas nacen soles.
Me apetece creémerlo ¿por qué no? no tengo nada mejor que hacer y se me ocurre que así, en el fondo, te estoy jodiendo a ti.
Con estos renglones, con Beck que ahora hace que la habitación baile sin pisar los susurros.
Me pesa el agua en la boca,
la vida en el pecho es un corazón.
Las paredes son moradas, y poco a poco se van pareciendo a sí mismas, como si ya hubieran existido en un pensamiento y fuera éste el que las trajo hasta aquí.
Una vez más he llegado cansada, el trabajo a veces (o muchas) es un sinsabor que pesa, y que agota con su monotemática existencia. Debería planchar, pero prefiero escuchar a Los Panchos e imaginar que uno de sus boleros habla de hoy, de ése día que nunca se acaba, porque si tú me dices ven...
Estoy sola,
algo extraño ya que tres es un número que basta para llenar algo, Ana creo que está en clase, y “la Rakel” (que ya no es “la Rakel” sino Raquel) a ver a su madre. Así que sólo tengo la música y las dos flores amarillas que sobresalen de un vaso, sibaritas de plástico que contrastan con la mesa azul.
Te estoy viendo, dudosa en tu aparente inmovilidad, como si supieras que me cuesta mirarte. Aún eres más hábil que yo y te vales con cerrar los ojos, entonces me jodes, porque me vuelves a dejar muda y gritando a voces.
Ya no suenan los Panchos, Pastora habla de un niño silvestre y me imagino un árbol, con las ramas esparcidas de puntos-hoja que inventan un nuevo paisaje, en el que la luna está pariendo estrellas y de éstas nacen soles.
Me apetece creémerlo ¿por qué no? no tengo nada mejor que hacer y se me ocurre que así, en el fondo, te estoy jodiendo a ti.
Con estos renglones, con Beck que ahora hace que la habitación baile sin pisar los susurros.
Me pesa el agua en la boca,
la vida en el pecho es un corazón.