Primos
Juan entró en el centro psiquiátrico con una bolsa en la mano. En la bolsa llevaba un cartón de tabaco rubio para su primo Álvaro. La madre de este último le había pedido a Juan que se pasara por allí y se lo dejara a él o, si no podía verlo, en la recepción.
En recepción le dicen que espere cinco minutos para que el médico le diga si puede ver a Álvaro. Mientras espera, Juan hace un repaso de la vida de ambos, de las reuniones familiares, de sus infacias y sus adolescencias, de los acontecimientos más recientes, de cosas que nunca había contado a nadie, ni siquiera a sus parejas o amigos más íntimos.
Juan y Álvaro tenían la misma edad, 26 o 27 entonces.Siempre se habían llevado bien , a pesar de ser bastante distintos. De pequeños, con uno o dos años, le cuentan a veces a Juan que siempre quería imitar a su primo que, siendo unos meses más joven, siempre fue más precoz. Si a Álvaro le gustaba comerse la verdura cruda, Juan también quería hacerlo, aunque por mucho que lo intentara siempre acababa escupiéndolo. No se veían con mucha frecuencia, sólo cuando Álvaro venía de vacaciones con sus padres.
Con 10 ó 11 años Álvaro, que era rebelde y bastante bruto aunque, eso sí, inteligente, se había convertido en la oveja negra de la familia, sobre todo para la abuela, que tenía a Juan y a su prima mayor como nietos preferidos. La abuela debió pensar que dos nietos ya eran suficientes y a todos los demás que llegaron después nunca les prestó la misma atención que a los dos mayores.
A pesar de todo, y de seguir siendo tan distintos, entre ellos había una conexión que hacía que además de primos fueran amigos y que Juan se sientiera orgulloso de ello. O por lo menos eran amigos para aficiones en las que los dos coincidían. Les gustaba ver la tele juntos, cambiarse tebeos o libros de aventuras, compartir juguetes o estar juntos cuando había alguna celebración familiar. Para otros juegos Álvaro tenía a Raúl, que tenía tres o cuatro años más. Y no es que a Juan le cayera mal el nuevo amigo, pero sentía que se lo robaba un poco en estas ocasiones. Con Raúl hacía cosas que la madre de Juan no le permitía hacer, además de que ya era él bastante patoso para hacerlas, como perderse por el campo buscando huevos en los nidos de los árboles, cazar todo tipo de bichos, subirse a la sierra o bañarse en los sitios más profundos del río.
Una vez que tuvieron que dormir juntos Álvaro le propuso a Juan hacer algo, aunque éste dijo que eso era de maricas. Su primo contestó que no, que de maricas era jugar con las chicas, pero eso no lo era. Así que accedió, aunque un minuto después de haber empezado se quedaron dormidos sin más.
En la adolescencia Álvaro siguió siendo más precoz en todo. Para salir, para beber alcohol, para tomar drogas, para tener novia, para dejar los estudios, pero la relación entre ellos siguió siendo la misma.
Con 20 años los padres de Álvaro estaban muy preocupados. Se había convertido en el hijo que no va por el camino que ellos querían. No duraba en ningún trabajo más de una semana y en su ropa encontraban todo tipo de cosas que no les gustaban. Un día que había una celebración familiar en su casa sólo aguantó un rato en la comida, después desapareció tan pronto como pudo para irse con esos amigos con los que sus padres preferían que no saliera. Juan y otros primos le caían bien, quizá porque por la juventud tenían cosas en común de que hablar, pero a muchos de sus tíos y tías no los soportaba.
Y fue ese día cuando Juan se dio cuenta que si Álvaro no estaba allí con ellos aquella reunión familiar no tenía mucho sentido. Se dio cuenta que le echaba mucho de menos. Y le costó admitirlo pero después de un tiempo tuvo que aceptar que sí, que estaba enamorado de él.
Nunca dijo nada a nadie, ni a quienes sabían que era gay, entre otras cosas porque se trataba de su primo, aunque él nunca pensó que eso fuera nada malo. Pero quizá tenía ciertos reparos ante lo que pudieran pensar los demás. Cuando sus compañeros y sobre todo sus compañeras de piso le preguntaba que debía haber alguien que le gustara, Juan, sintiéndose tan enamorado, decía que sí, pero que no podía decir quien, que había ciertas cosas que no se pueden contar. Ellas hacían todo tipo de conjeturas,que si era una de ellas , que si era un chico, pero él callaba y no decía nada.
A él nunca le pudo contar nada. Un sábado Álvaro salió con Juan en la ciudad donde el último estudiaba.Luego durmió en una cama plegable no muy cómoda al lado de la de Juan. Por la mañana se despertaron y se pusieron a hablar. La imagen de Álvaro en calzoncillos y tapado con una ligera sábana sólo hasta el ombligo era algo difícil de resistir. Y al fin y al cabo aquello era algo más que un amor platónico.
Juan: esa cama es muy incómoda con ese hierro que tiene en medio. Si quieres vente a la mía que hay espacio más que suficiente.
Álvaro: No te preocupes, estoy bien y además ya es casi hora de levantarse.
Álvaro y su familia ya no iban de vacaciones donde los padres de Juan vivían, sólo a veces traía a su madre de visita, porque ella no conducía. Entonces lo normal era que Álvaro se fuera con Juan, si estaba allí, a dar una vuelta y para hablar de los sitios por donde salían y temas parecidos. Álvaro tenía cierta obsesión con las drogas y convenció a su primo para que le diese los tranquilizantes que su madre guardaba en un armario hacía mucho tiempo y que probablemente ni recordaba que los tenía allí. No importaba que estuvieran caducados. Para entonces el comportamiento de Álvaro ya era un poco extraño de vez en cuando, en cierto sentido un poco antisocial.
Por supuesto Juan deseaba y disfutaba de aquellas visitas y aquellas conversaciones. Muchas veces recordaba aquella vez que durmieron juntos de pequeños y hasta pensó en recordárselo pero nunca lo hizo. Cuando Álvaro se iba, él se encerraba en su cuarto y se tumbaba en la cama totalmente inundado de amor y preguntándose cuándo volvería. Escribía los mejores poemas y con más sentimientos que jamás había escrito, hablando de un amor imposible, de su cuerpo, de sus ojos verdes.
Un año o dos después el comportamiento de Álvaro se hizo más extraño, hasta que al final tuvo que ser ingresado en el hospital psiquiátrico. Poco a poco el amor de Juan se había ido transformando en cariño y a veces en tristeza por verlo así.
Juan estaba recordando todo esto cuando llegó el psiquiatra. Álvaro todavía no estaba muy bien y no eran aconsejables las visitas.
En recepción le dicen que espere cinco minutos para que el médico le diga si puede ver a Álvaro. Mientras espera, Juan hace un repaso de la vida de ambos, de las reuniones familiares, de sus infacias y sus adolescencias, de los acontecimientos más recientes, de cosas que nunca había contado a nadie, ni siquiera a sus parejas o amigos más íntimos.
Juan y Álvaro tenían la misma edad, 26 o 27 entonces.Siempre se habían llevado bien , a pesar de ser bastante distintos. De pequeños, con uno o dos años, le cuentan a veces a Juan que siempre quería imitar a su primo que, siendo unos meses más joven, siempre fue más precoz. Si a Álvaro le gustaba comerse la verdura cruda, Juan también quería hacerlo, aunque por mucho que lo intentara siempre acababa escupiéndolo. No se veían con mucha frecuencia, sólo cuando Álvaro venía de vacaciones con sus padres.
Con 10 ó 11 años Álvaro, que era rebelde y bastante bruto aunque, eso sí, inteligente, se había convertido en la oveja negra de la familia, sobre todo para la abuela, que tenía a Juan y a su prima mayor como nietos preferidos. La abuela debió pensar que dos nietos ya eran suficientes y a todos los demás que llegaron después nunca les prestó la misma atención que a los dos mayores.
A pesar de todo, y de seguir siendo tan distintos, entre ellos había una conexión que hacía que además de primos fueran amigos y que Juan se sientiera orgulloso de ello. O por lo menos eran amigos para aficiones en las que los dos coincidían. Les gustaba ver la tele juntos, cambiarse tebeos o libros de aventuras, compartir juguetes o estar juntos cuando había alguna celebración familiar. Para otros juegos Álvaro tenía a Raúl, que tenía tres o cuatro años más. Y no es que a Juan le cayera mal el nuevo amigo, pero sentía que se lo robaba un poco en estas ocasiones. Con Raúl hacía cosas que la madre de Juan no le permitía hacer, además de que ya era él bastante patoso para hacerlas, como perderse por el campo buscando huevos en los nidos de los árboles, cazar todo tipo de bichos, subirse a la sierra o bañarse en los sitios más profundos del río.
Una vez que tuvieron que dormir juntos Álvaro le propuso a Juan hacer algo, aunque éste dijo que eso era de maricas. Su primo contestó que no, que de maricas era jugar con las chicas, pero eso no lo era. Así que accedió, aunque un minuto después de haber empezado se quedaron dormidos sin más.
En la adolescencia Álvaro siguió siendo más precoz en todo. Para salir, para beber alcohol, para tomar drogas, para tener novia, para dejar los estudios, pero la relación entre ellos siguió siendo la misma.
Con 20 años los padres de Álvaro estaban muy preocupados. Se había convertido en el hijo que no va por el camino que ellos querían. No duraba en ningún trabajo más de una semana y en su ropa encontraban todo tipo de cosas que no les gustaban. Un día que había una celebración familiar en su casa sólo aguantó un rato en la comida, después desapareció tan pronto como pudo para irse con esos amigos con los que sus padres preferían que no saliera. Juan y otros primos le caían bien, quizá porque por la juventud tenían cosas en común de que hablar, pero a muchos de sus tíos y tías no los soportaba.
Y fue ese día cuando Juan se dio cuenta que si Álvaro no estaba allí con ellos aquella reunión familiar no tenía mucho sentido. Se dio cuenta que le echaba mucho de menos. Y le costó admitirlo pero después de un tiempo tuvo que aceptar que sí, que estaba enamorado de él.
Nunca dijo nada a nadie, ni a quienes sabían que era gay, entre otras cosas porque se trataba de su primo, aunque él nunca pensó que eso fuera nada malo. Pero quizá tenía ciertos reparos ante lo que pudieran pensar los demás. Cuando sus compañeros y sobre todo sus compañeras de piso le preguntaba que debía haber alguien que le gustara, Juan, sintiéndose tan enamorado, decía que sí, pero que no podía decir quien, que había ciertas cosas que no se pueden contar. Ellas hacían todo tipo de conjeturas,que si era una de ellas , que si era un chico, pero él callaba y no decía nada.
A él nunca le pudo contar nada. Un sábado Álvaro salió con Juan en la ciudad donde el último estudiaba.Luego durmió en una cama plegable no muy cómoda al lado de la de Juan. Por la mañana se despertaron y se pusieron a hablar. La imagen de Álvaro en calzoncillos y tapado con una ligera sábana sólo hasta el ombligo era algo difícil de resistir. Y al fin y al cabo aquello era algo más que un amor platónico.
Juan: esa cama es muy incómoda con ese hierro que tiene en medio. Si quieres vente a la mía que hay espacio más que suficiente.
Álvaro: No te preocupes, estoy bien y además ya es casi hora de levantarse.
Álvaro y su familia ya no iban de vacaciones donde los padres de Juan vivían, sólo a veces traía a su madre de visita, porque ella no conducía. Entonces lo normal era que Álvaro se fuera con Juan, si estaba allí, a dar una vuelta y para hablar de los sitios por donde salían y temas parecidos. Álvaro tenía cierta obsesión con las drogas y convenció a su primo para que le diese los tranquilizantes que su madre guardaba en un armario hacía mucho tiempo y que probablemente ni recordaba que los tenía allí. No importaba que estuvieran caducados. Para entonces el comportamiento de Álvaro ya era un poco extraño de vez en cuando, en cierto sentido un poco antisocial.
Por supuesto Juan deseaba y disfutaba de aquellas visitas y aquellas conversaciones. Muchas veces recordaba aquella vez que durmieron juntos de pequeños y hasta pensó en recordárselo pero nunca lo hizo. Cuando Álvaro se iba, él se encerraba en su cuarto y se tumbaba en la cama totalmente inundado de amor y preguntándose cuándo volvería. Escribía los mejores poemas y con más sentimientos que jamás había escrito, hablando de un amor imposible, de su cuerpo, de sus ojos verdes.
Un año o dos después el comportamiento de Álvaro se hizo más extraño, hasta que al final tuvo que ser ingresado en el hospital psiquiátrico. Poco a poco el amor de Juan se había ido transformando en cariño y a veces en tristeza por verlo así.
Juan estaba recordando todo esto cuando llegó el psiquiatra. Álvaro todavía no estaba muy bien y no eran aconsejables las visitas.
Comentario:
Ya lo dice el refrán cuanto más primo...