todavía es tarde
La vida es rara. Juega contigo, tú aceptas el juego y juegas con ella. Juegas con una venda en los ojos, ella tiene ventaja. Siempre te sorprende con golpes inesperados. Buenos y malos. Más inesperados los malos. Ante esos golpes tú tienes que reaccionar de la mejor forma posible, intentar esquivar los peores para que no te den de lleno y te derriben. Si no K.O. Estarías muerta en vida. Todo acabado pero apariencia perfecta.
La vida es rara y también están esas jugadas en las que no sabes si estas ganando o perdiendo. En las que no sabes si es su turno o el tuyo. Y mientras esperas la señal que te indique a quién le toca mover, caminas. Caminas mirando a todos lo lados pero sin ver nada. O quizás si. Que cuando crees mirar sin ver a veces encuentras sin saber.
Y andando por la calle. Una calle llena de tiendas, llena de gente. Personas que se cruzan contigo, que te miran y tú miras. O que eres tan invisible para ellos como ellos para ti. Te vas chocando sin poder evitarlo de lo abarrotada que está la calle, por un lado y por otro. Una riada de personas que nunca volverás a ver o que quizás se crucen todos los días contigo y ni te des cuenta.
Y la señal. Te toca mover a ti. Aunque también podrías dejarte llevar y que la vida jugase contigo sin tú participar. De un lado a otro, una marioneta en sus manos. Pero eso es aburrido, te gusta el juego. Juegas.
Pero hay veces que la vida juega tanto contigo que no sabes ni donde estás ni qué ha pasado, te deja descolocada. Tan descolocada que tardas meses en saber donde has ido a parar.
Todo cambia. Es divertido a veces. Lo de siempre cansa. Una pequeña variación y todo será diferente. Mejor o peor. A veces esa pequeña variación desemboca en un profundo cambio. Toda tu estructura tiembla.
Prefieres evitar los problemas antes que pretender resolverlos. Y los guardas en secretos creyendo que ellos solos se desvanecerán. Pero no, se quedan dentro pudriéndose e infectando todo. Y cuando te quieres dar cuenta ya es tarde. Todavía es tarde.
Alguna vez has salido a la calle sin lentillas y sin gafas. Ves el mundo de otra forma, todo desenfocado a no ser que esté a dos palmos de ti. Todo desenfocado, parece un videoclip y que en unos segundos empezarán a sonar los primeros acordes. Y tú la protagonista del video.
Y noches en vela. Noches sin dormir. Tú pensando. Tú dando vueltas. Tú asomándote por la ventana. Tú mirando al techo. Tú. Tú. Tú. Yo. Sin dormir, como si por quitar horas al sueño te regalasen horas de vida. Minutos de tu turno. Sin trampas, sin trucos, sin engaños. Hay que pillarle el truco a la vida para que tus jugadas sean mejores que las suyas. Pero te toca mover a ti y aún no conoces ese truco. Y sigues sin poder dormir y la hora de levantarte llega. De nuevo un día nuevo. Ojeras y mala cara, pero bien.
Y escuchas a Bunbury como en su Pequeño (para ti su mejor disco) en una de las canciones dice “..y engáñame un poco al menos, di que me quieres aún más y que durante todo este tiempo lo has pasado fatal “. Te hace gracia esa frase, siempre lo ha hecho. Todos nos engañamos y queremos oír lo que queremos real. Te engañas. Te engañas. Y una vez más te vuelves a engañar.
Dicen que hay gente con “estrella”, que nace con ella, que todo su mundo parece una muestra de lo bien que puede ir la vida y lo feliz que se puede ser. Tú no tienes. Ahora si. Y la verás siempre para recordarte que si, que si no se tiene se busca.
Y el hablar de la partida con la vida te recuerda a una frase “You play, you win, you play, you lose. You play” de un libro que te encantó y que también encantó a la niña que aquí llamaste como la pequeña niña. Una niña que una noche sin verte te escribió para decirte que tan solo nueve noches quería. Nueve noches contigo. Nueve noches como en ese libro. Un libro con muchos gamblers y mucho play.
Y esa frase te gusta. Te gusta porque es así. La vida es así. Juegas ganando o perdiendo. Juegas.
Y escribes un Tú en lugar de un Yo. Y no sabes por qué. Hay tantas cosas que no sabes, que no conoces, que no comprendes. Y ese Tú esconde un Yo. Un Yo temeroso que quiere comprender. Un Yo que hoy piensa en lo que hizo y en lo que hará. Un Yo que no sabe. Un yo que ahora solo quiere dormir y soñar. Te despides del Tú y te despides del Yo.
Ahora solo quiero dormir.
La vida es rara y también están esas jugadas en las que no sabes si estas ganando o perdiendo. En las que no sabes si es su turno o el tuyo. Y mientras esperas la señal que te indique a quién le toca mover, caminas. Caminas mirando a todos lo lados pero sin ver nada. O quizás si. Que cuando crees mirar sin ver a veces encuentras sin saber.
Y andando por la calle. Una calle llena de tiendas, llena de gente. Personas que se cruzan contigo, que te miran y tú miras. O que eres tan invisible para ellos como ellos para ti. Te vas chocando sin poder evitarlo de lo abarrotada que está la calle, por un lado y por otro. Una riada de personas que nunca volverás a ver o que quizás se crucen todos los días contigo y ni te des cuenta.
Y la señal. Te toca mover a ti. Aunque también podrías dejarte llevar y que la vida jugase contigo sin tú participar. De un lado a otro, una marioneta en sus manos. Pero eso es aburrido, te gusta el juego. Juegas.
Pero hay veces que la vida juega tanto contigo que no sabes ni donde estás ni qué ha pasado, te deja descolocada. Tan descolocada que tardas meses en saber donde has ido a parar.
Todo cambia. Es divertido a veces. Lo de siempre cansa. Una pequeña variación y todo será diferente. Mejor o peor. A veces esa pequeña variación desemboca en un profundo cambio. Toda tu estructura tiembla.
Prefieres evitar los problemas antes que pretender resolverlos. Y los guardas en secretos creyendo que ellos solos se desvanecerán. Pero no, se quedan dentro pudriéndose e infectando todo. Y cuando te quieres dar cuenta ya es tarde. Todavía es tarde.
Alguna vez has salido a la calle sin lentillas y sin gafas. Ves el mundo de otra forma, todo desenfocado a no ser que esté a dos palmos de ti. Todo desenfocado, parece un videoclip y que en unos segundos empezarán a sonar los primeros acordes. Y tú la protagonista del video.
Y noches en vela. Noches sin dormir. Tú pensando. Tú dando vueltas. Tú asomándote por la ventana. Tú mirando al techo. Tú. Tú. Tú. Yo. Sin dormir, como si por quitar horas al sueño te regalasen horas de vida. Minutos de tu turno. Sin trampas, sin trucos, sin engaños. Hay que pillarle el truco a la vida para que tus jugadas sean mejores que las suyas. Pero te toca mover a ti y aún no conoces ese truco. Y sigues sin poder dormir y la hora de levantarte llega. De nuevo un día nuevo. Ojeras y mala cara, pero bien.
Y escuchas a Bunbury como en su Pequeño (para ti su mejor disco) en una de las canciones dice “..y engáñame un poco al menos, di que me quieres aún más y que durante todo este tiempo lo has pasado fatal “. Te hace gracia esa frase, siempre lo ha hecho. Todos nos engañamos y queremos oír lo que queremos real. Te engañas. Te engañas. Y una vez más te vuelves a engañar.
Dicen que hay gente con “estrella”, que nace con ella, que todo su mundo parece una muestra de lo bien que puede ir la vida y lo feliz que se puede ser. Tú no tienes. Ahora si. Y la verás siempre para recordarte que si, que si no se tiene se busca.
Y el hablar de la partida con la vida te recuerda a una frase “You play, you win, you play, you lose. You play” de un libro que te encantó y que también encantó a la niña que aquí llamaste como la pequeña niña. Una niña que una noche sin verte te escribió para decirte que tan solo nueve noches quería. Nueve noches contigo. Nueve noches como en ese libro. Un libro con muchos gamblers y mucho play.
Y esa frase te gusta. Te gusta porque es así. La vida es así. Juegas ganando o perdiendo. Juegas.
Y escribes un Tú en lugar de un Yo. Y no sabes por qué. Hay tantas cosas que no sabes, que no conoces, que no comprendes. Y ese Tú esconde un Yo. Un Yo temeroso que quiere comprender. Un Yo que hoy piensa en lo que hizo y en lo que hará. Un Yo que no sabe. Un yo que ahora solo quiere dormir y soñar. Te despides del Tú y te despides del Yo.
Ahora solo quiero dormir.
subir y bajar
Ayer me di cuenta de cuánto daño estoy haciendo a uno de mis mejores amigos. Después de salir cada uno por nuestra cuenta con diferentes amigos, quedamos para ir a Chueca un rato, que hacia varios días que no nos veíamos. Allí, en la plaza conocimos a un par de brasileños con los que acabamos en no me acuerdo que sitio. Y yo, dejándome llevar con uno de ellos, por una diversión pasajera que a los diez minutos olvidas, acabé derribando el muro que mi amigo se había creado. Y a la salida de ese sitio se derrumbó y me dijo todo lo que sentía, todo lo que le dolía…todo el daño que le estaba haciendo. Nunca le había visto llorar, y ayer le vi. Sus lágrimas hicieron que me diera cuenta de que era de verdad, que no era un enfado sino dolor.
Y tiene razón. Desde mayo me he metido demasiado en mi mundo, olvidándome de las personas que quiero y que me quieren, haciéndoles daño sin darme cuenta siquiera. Y aunque ahora no es tanto como lo fue en verano, aún sigo siendo la egoísta en la que me he convertido. Como la que fui ayer.
Y todo esto se junta con que llevo ya varios días subiendo y bajando, subiendo y bajando… Levantándome triste y acostándome feliz, levantándome feliz y acostándome triste. Cambiando constantemente de estado de ánimo. Pasando de sentirme alegre, contenta, con una sonrisa de tonta en la cara, a sentirme por los suelos, triste, con ganas de llorar y de no hacer nada. Como una montaña rusa. Una montaña rusa muy, muy alta. Subiendo y bajando. Y no sé por qué. Ya me ha pasado otras veces, pero no tan extremo y exagerado como ahora. Que paso de sentirme completamente feliz, de que mis ojos sonrían brillantes, a sentirme completamente vacía y perdida. ¿Por qué? No lo sé. Quizá sospeche a qué se debe, pero no por qué está provocándome estos cambios tan extremos y tan bruscos.
Y tengo miedo. Tengo miedo porque cuando estoy arriba y me siento completamente feliz, siento la misma ilusión que he sentido en otras ocasiones. Pero que ahora no debo sentir porque ahora sé como van las cosas. Y por eso, no quiero sentir esa misma felicidad, esa misma ilusión, porque no hay motivo. Me lo estoy creando yo solita y estoy engañándome sin querer. Y cuando bajo es cuando veo la realidad, veo cómo son las cosas de verdad. Es entonces cuando me siento tan mal y tan vacía. Por ver como me engaño y ver esa realidad sin los adornos de mi imaginación.
Y ahora, mientras escribo esto, parece que hay cierto equilibrio, que estoy en una de las rectas de la montaña rusa. Que ahora parece como si lo estuviera viendo desde fuera, viéndome a mi misma. Desde otra perspectiva que hace que no me vuelque ni en un lado ni en otro. Pero espero que esta sensación no acabe al terminar de escribir esto. Porque estoy cansada de días y horas con sentimientos tan extremos y cambios tan bruscos, y cansada de hacer daño a las personas que quiero.
Y tiene razón. Desde mayo me he metido demasiado en mi mundo, olvidándome de las personas que quiero y que me quieren, haciéndoles daño sin darme cuenta siquiera. Y aunque ahora no es tanto como lo fue en verano, aún sigo siendo la egoísta en la que me he convertido. Como la que fui ayer.
Y todo esto se junta con que llevo ya varios días subiendo y bajando, subiendo y bajando… Levantándome triste y acostándome feliz, levantándome feliz y acostándome triste. Cambiando constantemente de estado de ánimo. Pasando de sentirme alegre, contenta, con una sonrisa de tonta en la cara, a sentirme por los suelos, triste, con ganas de llorar y de no hacer nada. Como una montaña rusa. Una montaña rusa muy, muy alta. Subiendo y bajando. Y no sé por qué. Ya me ha pasado otras veces, pero no tan extremo y exagerado como ahora. Que paso de sentirme completamente feliz, de que mis ojos sonrían brillantes, a sentirme completamente vacía y perdida. ¿Por qué? No lo sé. Quizá sospeche a qué se debe, pero no por qué está provocándome estos cambios tan extremos y tan bruscos.
Y tengo miedo. Tengo miedo porque cuando estoy arriba y me siento completamente feliz, siento la misma ilusión que he sentido en otras ocasiones. Pero que ahora no debo sentir porque ahora sé como van las cosas. Y por eso, no quiero sentir esa misma felicidad, esa misma ilusión, porque no hay motivo. Me lo estoy creando yo solita y estoy engañándome sin querer. Y cuando bajo es cuando veo la realidad, veo cómo son las cosas de verdad. Es entonces cuando me siento tan mal y tan vacía. Por ver como me engaño y ver esa realidad sin los adornos de mi imaginación.
Y ahora, mientras escribo esto, parece que hay cierto equilibrio, que estoy en una de las rectas de la montaña rusa. Que ahora parece como si lo estuviera viendo desde fuera, viéndome a mi misma. Desde otra perspectiva que hace que no me vuelque ni en un lado ni en otro. Pero espero que esta sensación no acabe al terminar de escribir esto. Porque estoy cansada de días y horas con sentimientos tan extremos y cambios tan bruscos, y cansada de hacer daño a las personas que quiero.