Compromisos sociales
Hoy es uno de esos días en que no estoy donde me gustaría estar. Mi chico tiene hoy la boda de una de sus primas. Y como los dos estamos más en el armario que las camisas con hombreras, pues lógicamente yo no estoy allí. Acabo de hablar con él y me he puesto un poco tristón. Y sobre todo porque él también lo está. No le apetece ir ...
Porque no le gusta la ropa que se ha puesto, pero tampoco ha querido comprarse ropa nueva.
Porque dice que está gordo (tema recurrente... jo, con lo que a mí me gustan sus mollitas).
Porque le duele la pierna izquierda.
Porque se ha rapado el pelo y dice que ahora tiene la cabeza blanca comparada con la cara.
Porque tiene que conducir y, no es por la bebida, no creáis, es que no le gusta nada coger el coche.
Porque lleva en el coche a su padre y a su tía, que tampoco quieren ir, y tienen una conversación la mar de “interesante” (¿se nota el tono irónico?).
Y encima yo estoy aquí sin poder estar a su lado, para animarle al menos un poco. En definitiva, él preferiría estar en casa, y yo preferiría estar con él. Hay que joderse, los putos compromisos sociales...
Porque no le gusta la ropa que se ha puesto, pero tampoco ha querido comprarse ropa nueva.
Porque dice que está gordo (tema recurrente... jo, con lo que a mí me gustan sus mollitas).
Porque le duele la pierna izquierda.
Porque se ha rapado el pelo y dice que ahora tiene la cabeza blanca comparada con la cara.
Porque tiene que conducir y, no es por la bebida, no creáis, es que no le gusta nada coger el coche.
Porque lleva en el coche a su padre y a su tía, que tampoco quieren ir, y tienen una conversación la mar de “interesante” (¿se nota el tono irónico?).
Y encima yo estoy aquí sin poder estar a su lado, para animarle al menos un poco. En definitiva, él preferiría estar en casa, y yo preferiría estar con él. Hay que joderse, los putos compromisos sociales...
[...]
Te confieso que no atino
a encontrar la calma.
Nada ansío más
y es lo que menos tengo.
Se va el alma silenciosa por la ventana
detrás de algunos ojos azul sediento.
¡Ay! del que se enamora hasta en un desierto.
Dame descanso como quien da un refresco.
[...]
Que el amanecer me encuentra siempre despierto.
Que me desvela el hambre que de ti tengo.
Se va el alma silenciosa por la ventana.
Se va detrás del lucero de la mañana.
[...]
Zorras
- ¿Sabes que Sonia ha dejado a su novio?
- ¿Sí? No me lo puedo creer.
- La muy zorra se ha liado con un cajero del supermercado.
- Querrás decir la muy gilipollas.
- Sí, zorra y gilipollas. Zorra por ponerle los cuernos a ese quesito de Burgos y gilipollas por ponérselos con ese macarra que lo más que ha pensado en su vida es porqué las camisas de los hombres y de las mujeres se abotonan al revés.
- Con lo buen partido que es Andrés. Su carrera casi terminada, su padre empresario y esa cara de ángel recién despertado de la siesta.
- Cuando se dé cuenta de lo que ha perdido, Andresito ya será mío.
- O mío, so buitre.
Ana y Raquel eran amigas desde que empezaron a contar sus penas sobre el césped del campus, y las tardes de los viernes tocaba cotilleo. Se reunían en el café Meeting Point y rajaban sin piedad. Aquella tarde Ana había visto a Andrés arrastrándose por los pasillos de la facultad y no había podido evitar preguntarle. Era tan guapo... más que guapo era dulce, de esos chicos tiernos que dan ganas de abrazar y de dormir con ellos abrazaditos... Siempre que lo veía se ponía mala.
Se habían conocido dos años antes, cuando Ana, como siempre, llegó tarde a clase el primer día de universidad, y Andrés, le cedió su sitio en la última fila de un aula atestada para ponerse de pié detrás de ella. Como las hormonas cuando una tiene dieciocho se empeñan en arruinar tu vida sin dejarte pensar en otra cosa que no sean los chicos, Ana le iba lanzando miraditas al angelito amable de los ojos de gato. Una hora después, el profesor García recogía sus trastos y se despedía hasta la siguiente semana, mientras Ana se preguntaba qué coño había dicho durante toda esa hora en la que ella había estado jugando con los bolis porque no había podido jugar con los deditos de su amable caballero.
Unas semanas después ya se entretenía con esos deditos mientras García se empeñaba en desentrañar los misterios de los espacios vectoriales, las bases, las combinaciones lineales y la madre que los parió a todos. Dos meses mas tarde, pasaban los jueves estudiando o, más bien, mirando las musarañas en la biblioteca y luego tomaban un té de máquina en un banquito, mientras se decían cosas dulces.
Hasta que apareció Sonia.
-- Continuará --
- ¿Sí? No me lo puedo creer.
- La muy zorra se ha liado con un cajero del supermercado.
- Querrás decir la muy gilipollas.
- Sí, zorra y gilipollas. Zorra por ponerle los cuernos a ese quesito de Burgos y gilipollas por ponérselos con ese macarra que lo más que ha pensado en su vida es porqué las camisas de los hombres y de las mujeres se abotonan al revés.
- Con lo buen partido que es Andrés. Su carrera casi terminada, su padre empresario y esa cara de ángel recién despertado de la siesta.
- Cuando se dé cuenta de lo que ha perdido, Andresito ya será mío.
- O mío, so buitre.
Ana y Raquel eran amigas desde que empezaron a contar sus penas sobre el césped del campus, y las tardes de los viernes tocaba cotilleo. Se reunían en el café Meeting Point y rajaban sin piedad. Aquella tarde Ana había visto a Andrés arrastrándose por los pasillos de la facultad y no había podido evitar preguntarle. Era tan guapo... más que guapo era dulce, de esos chicos tiernos que dan ganas de abrazar y de dormir con ellos abrazaditos... Siempre que lo veía se ponía mala.
Se habían conocido dos años antes, cuando Ana, como siempre, llegó tarde a clase el primer día de universidad, y Andrés, le cedió su sitio en la última fila de un aula atestada para ponerse de pié detrás de ella. Como las hormonas cuando una tiene dieciocho se empeñan en arruinar tu vida sin dejarte pensar en otra cosa que no sean los chicos, Ana le iba lanzando miraditas al angelito amable de los ojos de gato. Una hora después, el profesor García recogía sus trastos y se despedía hasta la siguiente semana, mientras Ana se preguntaba qué coño había dicho durante toda esa hora en la que ella había estado jugando con los bolis porque no había podido jugar con los deditos de su amable caballero.
Unas semanas después ya se entretenía con esos deditos mientras García se empeñaba en desentrañar los misterios de los espacios vectoriales, las bases, las combinaciones lineales y la madre que los parió a todos. Dos meses mas tarde, pasaban los jueves estudiando o, más bien, mirando las musarañas en la biblioteca y luego tomaban un té de máquina en un banquito, mientras se decían cosas dulces.
Hasta que apareció Sonia.
-- Continuará --