El arroz de Catalina o diario de un idiota
Ojos que no ven, hostión que te pegas.
Acerca de
Sólo soy esa cara de idiota

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Amores compartidos
El día que P apareció, mi vida cambió para siempre. Ya todo gira a su alrededor.
Sus enormes ojos oscuros me miran y se le dibuja una sonrisa en los labios, rojos, carnosos, brillantes. Y yo me derrito por dentro. Me tiene loco, me vuelvo un niño cuando estoy con él. A veces nos enfadamos, él me dice que ya no me quiere, y yo le digo que no me importa, que yo tampoco, pero los dos sabemos que diez minutos después todo ha pasado y volvemos a ser cómplices.
Me gusta abrazarlo y besarlo cuando lo pillo desprevenido. A veces se revuelve y me aparta, un poco cansado de que sea tan pegajoso. Otras veces me devuelve gustoso los besos y me coge de la mano.
Dormir con él es un placer, sentir su respiración y su calor. Lo miro de reojo, y su perfil despierta en mí la mayor de las ternuras.
P no sabe que tengo otro amor, J. Sin embargo, mi novio, J, sí que sabe que P existe. Pero no le importa compartirme con él. No estoy tan seguro de que P lo comprendiera tan bien, sospecho que me quiere sólo para él.
P tiene cuatro años y nada me hace más feliz que cuando me dice "te quiero mucho tío". Entonces una lágrima asoma a mis ojos y pienso que quizás él sea lo más parecido a un hijo que nunca llegue a tener.

 
Años, meses, días, minutos
21 de diciembre. Casi cinco meses sin escribir, aunque mucho por contar. Cuando estaba lanzado en esto de escribir, los blogs de Chueca se van de vacaciones, y luego, la pereza, la falta de inspiración, el trabajo... en fin, la vida, te ocupan demasiado tiempo.
Es domingo, hace un día precioso en el levante español, frío pero soleado, y me ha dado por releer este diario y los comentarios correspondientes. He pensado que hace casi un año que lo empecé y no es de recibo que ya esté tan abandonado. Así que despido el año volviendo a escribir y con la esperanza de recuperar esta sana costumbre de ir plasmando por aquí lo que me ronda por la cabeza.
Mi maquinaria neuronal está demasiado oxidada como para ofreceros un artículo imaginativo, profundo o emotivo. Así que mejor será contaros qué ha ocurrido en estos meses que presentaros algo más sesudo pero también más patético. Uno no está para grandes alardes literarios.
El caso es que estos meses han sido razonablemente satisfactorios, a la vez que inusitadamente viajeros. Tras un mes de julio de trabajo agotador, con incremento de saldo incluido en la cuenta corriente de la edad (mi madre me parió un 30 de julio, cosas del destino), el mes de agosto, vacaciones forzosas para los docentes, empezó con dosis importantes de aburrimiento (es lo que tiene tener la playa a 5 minutos andando, que uno no sabe valorarla) pero acabó con el primer viaje acompañado por mi chico (si se entiende como viaje aquel desplazamiento que supone pasar alguna noche en un hotel). Estuvimos en Barcelona, y todo salió realmente bien. Tenía cierta preocupación, porque los viajes suelen ser un buen test para una pareja. Y he de decir que salimos airosos, con un nota realmente alta. Fue estupendo no tener que despedirnos por la noche, dormir abrazados, recorrer la Ciudad Condal juntos... en fin, una nueva experiencia (tiene narices, con 38 tacos...)
Tan contentos volvimos que el 2 de septiembre ya teníamos contratado el siguiente viaje, este con avión incluido ... luego os cuento. Mientras tanto, los meses de septiembre, octubre y noviembre han transcurrido con importantes cambios en el trabajo. Me ha sobrevenido (bueno, he de confesar que yo también lo he buscado) una nueva responsabilidad. Ha coincidido, para más inri, con toda la reestructuración que se está realizando en la Universidad española como consecuencia de la adaptación al EEES (vamos, el proceso de Bolonia, que aunque tenga nombre de salsa para spaghetti es, básicamente, un coñazo). Supongo que la mayoría estáis al tanto de lo que esto supone y, si como yo, estáis involucrados en ello, sabréis de qué os hablo: un trabajo de la hostia, en pocas palabras.
El final de noviembre nos ha traido más saldos en las cuentas corrientes de la edad (en este caso, en la de mi niño) y menos en las del banco. Entre la recurrente crisis y el viajecito que ya os he adelantado, nos hemos quedado tiritando. Y es que nos hemos ido cinco días a Londres. Hemos vuelto más alegres, más descansados de mente, mucho más cansados de cuerpo, y un tanto despistados. Yo pensando que los londinenses eran pelirrojos y feillos (mi chico dice que son unos lánguidos) y que hablaban la lengua de Shakespeare, y resulta que son morenos y tienen acento manchego ... ¡joder con la puta crisis! si media España estaba allí.
En fin, nada de practicar ingles ni podernos reir en su cara de su físico deslavazado, pero mucho de ver parques, luces navideñas, parlamentos, puentes, torres, catedrales, museos, mercados y norias. Y encima, lo nunca visto, cinco días seguidos de sol ... bueno, algo parecido al sol, pero como para darse con un canto en los dientes.
Y ahora con sentimientos encontrados: por un lado esperando ya las vacaciones como agua de mayo, y por otro, deseando que pasen estos putos días de comilonas y cajones demasiado abiertos (¿recordáis el artículo sobre los cajores del corazón? pues eso).
En fin, esperemos no sufrir demasiados estragos y que acabemos el año bien y empecemos el nuevo mejor.
Un abrazo a todos y prometo intentar actualizar más a menudo.



Una emotiva canción en una versión aún más emotiva.