Cerrado por reformas, vuelva usted mañana
Todavía no os he hablado de P, el tercer hombre en mi vida. Ahora queda todo tan lejano que casi es como si no hubiera pasado.
A P lo conocí con 18 años, cuando empecé la Universidad. Yo seguía enamorado de F, mi niño de ojos de mar, el que fue objeto de mi segundo artículo en este diario. Ya hacía un tiempo que no nos veíamos con frecuencia, porque yo había cambiado de lugar de residencia y era difícil vernos. Hoy en día, los 60 km que separan nuestras ciudades no son nada, pero para un adolescente de 17 años, sin carnet de conducir y dependiente económicamente no era fácil desplazarse. También han pasado 20 años, y las carreteras y los autobuses no eran los de ahora.
El caso es que, como os digo, veía a F muy poco, nos escribíamos (ni siquiera existia el correo electrónico o los móviles... ¡qué mayor me siento!) y poco más. Yo sentía una enorme añoranza por los tiempos pasados y estaba ansioso por tener a alguien a mi lado. Todavía no sabía lo que era una herida de amor, porque mi separación de F se debía a las circunstancias, no a una ruptura.
En esas estaba cuando P se coló en mi vida, sin llamar a la puerta. Era un compañero de clase, de mi misma edad, simpático, charlatán, agradable. Físicamente muy distinto a F, que siempre ha tenido un encanto muy especial. P es poquita cosa, no muy alto, delgadito, muy corriente. Pero para mí empezó a tener un atractivo irresistible. En el año 91 terminé la diplomatura y decidí hacer el segundo ciclo y licenciarme. Para eso tenía que irme a estudiar a otra ciudad. Muchos de mis compañeros decidieron lo mismo, y un grupito de varios chicos y chicas nos repartimos en varios pisos y empezamos nuestra vida de estudiantes en una ciudad ajena. Para mí, la experiencia de estar fuera de casa, con 21 años, estudiando, divirtiéndonos, haciendo una especie de ensayo de lo que es la vida adulta, fue maravillosa. Creo que ha sido la etapa más loca y divertida de mi vida. Por un lado era joven, con ganas de aprender y de disfrutar, y por el otro ya tenía edad para tomar mis propias decisiones y empezar a ser adulto. En resumen, me lo pasé teta.
No compartía piso con P, pero su casa estaba cerca y, mientras la mayoría de los compañeros se iban a sus casas los fines de semana, él y yo nos acostumbramos a quedarnos de vez en cuando en nuestra nueva y apasionante ciudad. Aprovechábamos para ir al cine, a conciertos, a exposiciones, de marcha... nunca he salido tanto ni he vuelto a tener una vida cultural tan activa. Y como los dos estábamos solos, pues muchas veces me quedaba dormir en su casa. A estas alturas, como os podéis imaginar, yo estaba ya muy enamorado, o eso creía yo.
P es hetero, y yo lo sabía. Pero es uno de esos chicos que no tiene miedo al contacto físico. Mas de una vez me cogía de los hombros para contarme confidencias, o me daba un abrazo sin haber ninguna razón. A mí a veces me confundía, aunque ahora, visto desde la distancia, digamos que yo quería confundirme. Después de las navidades del año de las olimpiadas y de la expo, una noche decidí que tenía que contarle lo que sentía. Ya había pasado por esto con F y nunca había tenido gónadas para contárselo, y no estaba dispuesto a sufrir en silencio (ojalá hubieran sido las hemorroides, pero no, las heridas del amor son mucho peores).
Habíamos vuelto de las vacaciones navideñas un par de días antes que los demás, y yo me quedaba a dormir en su casa. Habíamos pasado el día juntos y estábamos sentados viendo la tele. Yo no hacía más que resoplar y decirme a mi mismo que tenía que contárselo, pero no me atrevía. Entonces él me dijo que se iba a la cama. A los 5 minutos, con el corazón en la boca, entré en su habitación y a penas pude decirle que quería contarle una cosa. Ya estaba en la cama, se incorporó y me senté a sus pies, medio tapado con su manta, sintiendo su calor.
Empecé hablándole de F:
- Mira, tuve un amigo del instituto, de cuando era muy jovencito, por el que tenía un afecto muy especial -le dije, arrastrando las palabras, con poca decisión-
- ¿Qué ocurre? ¿Le ha pasado algo?
- No, no es eso. Lo que ocurre es que un día me dí cuenta de que era más que un amigo, que lo que yo sentía por él no es lo que se siente por un amigo. ¿Entiendes de lo que estoy hablando?
- Sí, te comprendo.
- Pues mira P, resulta que ahora me he dado cuenta de que estoy sintiendo por tí lo mismo que sentía entonces por él.
- ¿Sabes? estoy teniendo contigo la conversación más sincera e importante de mi vida y no sé que decirte.
- No digas nada, sólo abrázame.
Nos abrazamos, yo con los ojos húmedos (no os lo queréis creer, pero 15 años después, me sigo emocionando). Y respiré. Sentía que la losa que me oprimía se había hecho añicos y que despertaba a una nueva vida. Era la primera vez que hablaba de esto con alguien. Nunca, nadie, jamás había sabido nada de esto.
Luego hablamos de algunas vanalidades, entre risas nerviosas y me fui a dormir a otra habitación.
Los primeros días transcurrieron sin novedad, tampoco nos atrevimos a hablar del tema. Pero hay puertas que, una vez abiertas no se pueden cerrar. Y poco a poco nuestra relación fue cambiando. Se acabó el contacto físico, los abrazos, los guiños, y nos volvimos dos machos heteros: ¡que corra el aire!
Conforme él se iba alejando yo empecé a mendigar su atención. Y él se iba de mi lado para compartir la amistad que habíamos tenido con otras personas.
Estábamos acabando el curso, el último curso, y aquello se convirtió en un infierno. Sólo deseaba acabar, volver a mi ciudad y olvidarme de todo. Pero por otro lado, no podía desengancharme de él.
Luego no dejamos de vernos, porque compartimos director de Proyecto Final de Carrera y teníamos que vernos a menudo. Finalmente un día tuvimos una conversación en la que rompimos cualquier lazo y ya no volvimos a hablar del tema, ni a vernos a solas, ni a hacer nada juntos.
El amor dio paso al odio. No quería verlo, no quería saber nada de él. Nadie me ha hecho más daño en este mundo que él.
Curiosamente no hemos dejado de vernos de vez en cuando en todos estos años. La vidad es curiosa y propicia extrañas carambolas: he ido a su boda, conozco a su mujer y a sus hijas y, por si fuera poco, somos compañeros de trabajo (tiene huevos la cuestión). Afortunadamente estamos en departamentos distintos y se pasan días sin vernos, pero no le pierdo la pista.
Desde la distancia los errores se dimensionan mejor. Desde luego él no estuvo a la altura de las circunstancias. Yo fui obsesivo en algunos momentos y en otros me puse muy celoso, es cierto. Lo que no le perdono son las palabras tan duras que me dijo y, sobre todo, las que no me dijo porque se mordió la lengua pero estuvo a punto de decir. Y me duelen en él, que siempre se ha vanagloriado de ser una persona muy tolerante, muy abierta, muy moderna. La herida fue muy grande, tardó tanto en sanar que he estado más de diez años con el corazón cerrado por reformas, vuelva usted mañana.
No penséis que a estas alturas ese agua mueve todavía el molino, en absoluto. Sólo siento indiferencia por él. Cuando lo veo por los pasillos no siento nada, pero me ayuda a no olvidarme de mis errores.
PD: Para quitarle hierro al asunto, os diré que el tiempo se ha encargado de vengarme: en estos años se ha quedado calvo como una bola de billar y parece mi padre. Mi pequeña venganza es pavonearme delante de él, sabiendo que el tiempo me ha tratado mejor. No es por nada, pero ahora estoy mejor que nunca y cada vez más atractivo, jajaja. Para terminar una canción de aquella época que me servía de terapia.
A P lo conocí con 18 años, cuando empecé la Universidad. Yo seguía enamorado de F, mi niño de ojos de mar, el que fue objeto de mi segundo artículo en este diario. Ya hacía un tiempo que no nos veíamos con frecuencia, porque yo había cambiado de lugar de residencia y era difícil vernos. Hoy en día, los 60 km que separan nuestras ciudades no son nada, pero para un adolescente de 17 años, sin carnet de conducir y dependiente económicamente no era fácil desplazarse. También han pasado 20 años, y las carreteras y los autobuses no eran los de ahora.
El caso es que, como os digo, veía a F muy poco, nos escribíamos (ni siquiera existia el correo electrónico o los móviles... ¡qué mayor me siento!) y poco más. Yo sentía una enorme añoranza por los tiempos pasados y estaba ansioso por tener a alguien a mi lado. Todavía no sabía lo que era una herida de amor, porque mi separación de F se debía a las circunstancias, no a una ruptura.
En esas estaba cuando P se coló en mi vida, sin llamar a la puerta. Era un compañero de clase, de mi misma edad, simpático, charlatán, agradable. Físicamente muy distinto a F, que siempre ha tenido un encanto muy especial. P es poquita cosa, no muy alto, delgadito, muy corriente. Pero para mí empezó a tener un atractivo irresistible. En el año 91 terminé la diplomatura y decidí hacer el segundo ciclo y licenciarme. Para eso tenía que irme a estudiar a otra ciudad. Muchos de mis compañeros decidieron lo mismo, y un grupito de varios chicos y chicas nos repartimos en varios pisos y empezamos nuestra vida de estudiantes en una ciudad ajena. Para mí, la experiencia de estar fuera de casa, con 21 años, estudiando, divirtiéndonos, haciendo una especie de ensayo de lo que es la vida adulta, fue maravillosa. Creo que ha sido la etapa más loca y divertida de mi vida. Por un lado era joven, con ganas de aprender y de disfrutar, y por el otro ya tenía edad para tomar mis propias decisiones y empezar a ser adulto. En resumen, me lo pasé teta.
No compartía piso con P, pero su casa estaba cerca y, mientras la mayoría de los compañeros se iban a sus casas los fines de semana, él y yo nos acostumbramos a quedarnos de vez en cuando en nuestra nueva y apasionante ciudad. Aprovechábamos para ir al cine, a conciertos, a exposiciones, de marcha... nunca he salido tanto ni he vuelto a tener una vida cultural tan activa. Y como los dos estábamos solos, pues muchas veces me quedaba dormir en su casa. A estas alturas, como os podéis imaginar, yo estaba ya muy enamorado, o eso creía yo.
P es hetero, y yo lo sabía. Pero es uno de esos chicos que no tiene miedo al contacto físico. Mas de una vez me cogía de los hombros para contarme confidencias, o me daba un abrazo sin haber ninguna razón. A mí a veces me confundía, aunque ahora, visto desde la distancia, digamos que yo quería confundirme. Después de las navidades del año de las olimpiadas y de la expo, una noche decidí que tenía que contarle lo que sentía. Ya había pasado por esto con F y nunca había tenido gónadas para contárselo, y no estaba dispuesto a sufrir en silencio (ojalá hubieran sido las hemorroides, pero no, las heridas del amor son mucho peores).
Habíamos vuelto de las vacaciones navideñas un par de días antes que los demás, y yo me quedaba a dormir en su casa. Habíamos pasado el día juntos y estábamos sentados viendo la tele. Yo no hacía más que resoplar y decirme a mi mismo que tenía que contárselo, pero no me atrevía. Entonces él me dijo que se iba a la cama. A los 5 minutos, con el corazón en la boca, entré en su habitación y a penas pude decirle que quería contarle una cosa. Ya estaba en la cama, se incorporó y me senté a sus pies, medio tapado con su manta, sintiendo su calor.
Empecé hablándole de F:
- Mira, tuve un amigo del instituto, de cuando era muy jovencito, por el que tenía un afecto muy especial -le dije, arrastrando las palabras, con poca decisión-
- ¿Qué ocurre? ¿Le ha pasado algo?
- No, no es eso. Lo que ocurre es que un día me dí cuenta de que era más que un amigo, que lo que yo sentía por él no es lo que se siente por un amigo. ¿Entiendes de lo que estoy hablando?
- Sí, te comprendo.
- Pues mira P, resulta que ahora me he dado cuenta de que estoy sintiendo por tí lo mismo que sentía entonces por él.
- ¿Sabes? estoy teniendo contigo la conversación más sincera e importante de mi vida y no sé que decirte.
- No digas nada, sólo abrázame.
Nos abrazamos, yo con los ojos húmedos (no os lo queréis creer, pero 15 años después, me sigo emocionando). Y respiré. Sentía que la losa que me oprimía se había hecho añicos y que despertaba a una nueva vida. Era la primera vez que hablaba de esto con alguien. Nunca, nadie, jamás había sabido nada de esto.
Luego hablamos de algunas vanalidades, entre risas nerviosas y me fui a dormir a otra habitación.
Los primeros días transcurrieron sin novedad, tampoco nos atrevimos a hablar del tema. Pero hay puertas que, una vez abiertas no se pueden cerrar. Y poco a poco nuestra relación fue cambiando. Se acabó el contacto físico, los abrazos, los guiños, y nos volvimos dos machos heteros: ¡que corra el aire!
Conforme él se iba alejando yo empecé a mendigar su atención. Y él se iba de mi lado para compartir la amistad que habíamos tenido con otras personas.
Estábamos acabando el curso, el último curso, y aquello se convirtió en un infierno. Sólo deseaba acabar, volver a mi ciudad y olvidarme de todo. Pero por otro lado, no podía desengancharme de él.
Luego no dejamos de vernos, porque compartimos director de Proyecto Final de Carrera y teníamos que vernos a menudo. Finalmente un día tuvimos una conversación en la que rompimos cualquier lazo y ya no volvimos a hablar del tema, ni a vernos a solas, ni a hacer nada juntos.
El amor dio paso al odio. No quería verlo, no quería saber nada de él. Nadie me ha hecho más daño en este mundo que él.
Curiosamente no hemos dejado de vernos de vez en cuando en todos estos años. La vidad es curiosa y propicia extrañas carambolas: he ido a su boda, conozco a su mujer y a sus hijas y, por si fuera poco, somos compañeros de trabajo (tiene huevos la cuestión). Afortunadamente estamos en departamentos distintos y se pasan días sin vernos, pero no le pierdo la pista.
Desde la distancia los errores se dimensionan mejor. Desde luego él no estuvo a la altura de las circunstancias. Yo fui obsesivo en algunos momentos y en otros me puse muy celoso, es cierto. Lo que no le perdono son las palabras tan duras que me dijo y, sobre todo, las que no me dijo porque se mordió la lengua pero estuvo a punto de decir. Y me duelen en él, que siempre se ha vanagloriado de ser una persona muy tolerante, muy abierta, muy moderna. La herida fue muy grande, tardó tanto en sanar que he estado más de diez años con el corazón cerrado por reformas, vuelva usted mañana.
No penséis que a estas alturas ese agua mueve todavía el molino, en absoluto. Sólo siento indiferencia por él. Cuando lo veo por los pasillos no siento nada, pero me ayuda a no olvidarme de mis errores.
PD: Para quitarle hierro al asunto, os diré que el tiempo se ha encargado de vengarme: en estos años se ha quedado calvo como una bola de billar y parece mi padre. Mi pequeña venganza es pavonearme delante de él, sabiendo que el tiempo me ha tratado mejor. No es por nada, pero ahora estoy mejor que nunca y cada vez más atractivo, jajaja. Para terminar una canción de aquella época que me servía de terapia.
Así son los hombres
Como habéis podido comprobar he estado ausente unas semanas. He estado bastante liado en el trabajo, pero no ha sido esa la causa de teneros abandonados. Realmente el problema es que no he tenido inspiración. A ver si la voy recuperando.
Conocí a mi chico hace casi dos años en un chat. Me hizo reir mucho en aquella primera conversación, hasta que tuve un fallo en la red y se me desconectó (me caí, como se suele decir). Cuando después de diez minutos intentando conectarme, más desesperado que Massiel sin una botella cerca, conseguí recuperar la conversación, lo primero que me espeta es "Qué susto! creía que me había abandonado mi futuro marido", y no pude menos que reirme. Diréis que lo del flechazo es una tontería, pero yo pegué un respingo en la silla y me subieron los calores uterinos. En fin, debo ser carne de flechazo, ya conocéis mi historia con F.
El caso es que unos días después nos conocimos. Quedamos en un parque cerca de casa para dar un paseo. Cuando llegué al lugar acordado ví a un abuelete en un banco y por un momento se me pasó toda mi vida por la cabeza, hasta que lo localicé unos metros más allá. Era todavía más guapo que en la foto, aunque he de confesar que su corte de pelo no me gustaba demasiado. Bueno, siendo sincero, llevaba el corte que más detesto en un hombre. Os adelantaré que una semana después se había "cortado la coleta".
Era primavera, hacía una tarde estupenda y nos fuimos a caminar por la playa. Nos pasamos toda la tarde charlando animadamente, haciendo bromas y contándonos (parte de) nuestras vidas. Nos sentamos en una zona rocosa, espalda con espalda, y no sabéis el escalofrío que me recorrió el cuerpo. Subió a casa, tomamos un refresco y finalmente se fue, dejándome tendida en el sofá una extraña mezcla de ilusión, desasosiego, alegría, miedo y ... deseo.
Nos vimos dos días después, y de nuevo salimos a caminar. Después de una tarde de risas y confidencias volvió a subir a casa, y continuamos la charla. Se fue haciendo cada vez más íntima y se formó un ambiente muy especial. Y entonces me besó, nos besamos. Nunca olvidaré ese momento y sobre todo lo que vino después... y no seáis malpensados, que no me refiero a eso en lo que estáis pensando todos. Traía una canción en su mp3 y me la hizo escuchar, según él dedicada a mí. Empezó a sonar Rocío Dúrcal, que en ese momento todavía estaba entre nosotros, y la canción decía así:
Nada ha sido en serio
todo fue una broma
que bien me engañó.
Yo hubiera metido
las manos al fuego
por él y su amor.
Nada ha sido en serio
todo fue una broma
que clase de persona
él se cree que soy.
Cuando vio que hablaba
de mi amor en serio
en ese momento me miró y se rió.
Me dijo es broma
nada ha sido en serio
como crees paloma
que te quiero yo.
Así son los hombres
todos son iguales
pero que bonito se siente
cuando uno te guiña un ojo
y como una guitarra poquito a poco
te coge y te toca y hace una canción.
Así son los hombres
todos son iguales
pero que bonito se siente
cuando uno te da un besito
te dice te quiero y poco a poquito
semete adentrose va hasta el fondo
de tu corazón.
Nada ha sido en serio
todo fue una broma
que clase de persona
él se creé que soy.
Cuando vio que hablaba
de mi amor en serio
en ese momento me miró y se rió.
Me dijo es broma
nada ha sido en serio
como crees paloma
que te quiero yo.
Así son los hombres
todos son iguales
pero que bonito se siente
cuando uno te guiña un ojo
y como una guitarra poquito a poco
te coge y te toca y hace una canción.
Así son los hombres
todos son iguales
pero que bonito se siente
cuando uno te da un besito
te dice te quiero y poco a poquito
semete adentrose va hasta el fondo
de tu corazón.
Me quedé de piedra, pensando que todo había sido una broma. Mi cara de gilipollas podría haber pasado a la historia. Se me agolpó todo en la cabeza, pensando en lo idiota que había sido pretendiendo que un chico tan guapo y seis años menor que yo pudiera estar empezando a enamorarse de mí. Sin dar crédito a lo que me estaba pasando y al borde de un jamacuco se empezó a reir como sólo él sabe hacerlo, con esa carcajada profunda y contagiosa. Por fin comprendí que la broma era la canción y no lo que me había hecho sentir.
Han pasado casi dos años, y esa atracción inicial se ha convertido en amor, en complicidad, en ternura, en risas -bendito sentido del humor, nunca nos abandones- y en lo más bonito que nunca he tenido con nadie.
Ya conocéis el principio. En próximos episodios de "Así son los hombres" iremos conociendo mejor a los personajes de esta historia. Un beso a todos y muchas gracias por vuestros mensajes, tan amables y cariñosos.
Conocí a mi chico hace casi dos años en un chat. Me hizo reir mucho en aquella primera conversación, hasta que tuve un fallo en la red y se me desconectó (me caí, como se suele decir). Cuando después de diez minutos intentando conectarme, más desesperado que Massiel sin una botella cerca, conseguí recuperar la conversación, lo primero que me espeta es "Qué susto! creía que me había abandonado mi futuro marido", y no pude menos que reirme. Diréis que lo del flechazo es una tontería, pero yo pegué un respingo en la silla y me subieron los calores uterinos. En fin, debo ser carne de flechazo, ya conocéis mi historia con F.
El caso es que unos días después nos conocimos. Quedamos en un parque cerca de casa para dar un paseo. Cuando llegué al lugar acordado ví a un abuelete en un banco y por un momento se me pasó toda mi vida por la cabeza, hasta que lo localicé unos metros más allá. Era todavía más guapo que en la foto, aunque he de confesar que su corte de pelo no me gustaba demasiado. Bueno, siendo sincero, llevaba el corte que más detesto en un hombre. Os adelantaré que una semana después se había "cortado la coleta".
Era primavera, hacía una tarde estupenda y nos fuimos a caminar por la playa. Nos pasamos toda la tarde charlando animadamente, haciendo bromas y contándonos (parte de) nuestras vidas. Nos sentamos en una zona rocosa, espalda con espalda, y no sabéis el escalofrío que me recorrió el cuerpo. Subió a casa, tomamos un refresco y finalmente se fue, dejándome tendida en el sofá una extraña mezcla de ilusión, desasosiego, alegría, miedo y ... deseo.
Nos vimos dos días después, y de nuevo salimos a caminar. Después de una tarde de risas y confidencias volvió a subir a casa, y continuamos la charla. Se fue haciendo cada vez más íntima y se formó un ambiente muy especial. Y entonces me besó, nos besamos. Nunca olvidaré ese momento y sobre todo lo que vino después... y no seáis malpensados, que no me refiero a eso en lo que estáis pensando todos. Traía una canción en su mp3 y me la hizo escuchar, según él dedicada a mí. Empezó a sonar Rocío Dúrcal, que en ese momento todavía estaba entre nosotros, y la canción decía así:
Nada ha sido en serio
todo fue una broma
que bien me engañó.
Yo hubiera metido
las manos al fuego
por él y su amor.
Nada ha sido en serio
todo fue una broma
que clase de persona
él se cree que soy.
Cuando vio que hablaba
de mi amor en serio
en ese momento me miró y se rió.
Me dijo es broma
nada ha sido en serio
como crees paloma
que te quiero yo.
Así son los hombres
todos son iguales
pero que bonito se siente
cuando uno te guiña un ojo
y como una guitarra poquito a poco
te coge y te toca y hace una canción.
Así son los hombres
todos son iguales
pero que bonito se siente
cuando uno te da un besito
te dice te quiero y poco a poquito
semete adentrose va hasta el fondo
de tu corazón.
Nada ha sido en serio
todo fue una broma
que clase de persona
él se creé que soy.
Cuando vio que hablaba
de mi amor en serio
en ese momento me miró y se rió.
Me dijo es broma
nada ha sido en serio
como crees paloma
que te quiero yo.
Así son los hombres
todos son iguales
pero que bonito se siente
cuando uno te guiña un ojo
y como una guitarra poquito a poco
te coge y te toca y hace una canción.
Así son los hombres
todos son iguales
pero que bonito se siente
cuando uno te da un besito
te dice te quiero y poco a poquito
semete adentrose va hasta el fondo
de tu corazón.
Me quedé de piedra, pensando que todo había sido una broma. Mi cara de gilipollas podría haber pasado a la historia. Se me agolpó todo en la cabeza, pensando en lo idiota que había sido pretendiendo que un chico tan guapo y seis años menor que yo pudiera estar empezando a enamorarse de mí. Sin dar crédito a lo que me estaba pasando y al borde de un jamacuco se empezó a reir como sólo él sabe hacerlo, con esa carcajada profunda y contagiosa. Por fin comprendí que la broma era la canción y no lo que me había hecho sentir.
Han pasado casi dos años, y esa atracción inicial se ha convertido en amor, en complicidad, en ternura, en risas -bendito sentido del humor, nunca nos abandones- y en lo más bonito que nunca he tenido con nadie.
Ya conocéis el principio. En próximos episodios de "Así son los hombres" iremos conociendo mejor a los personajes de esta historia. Un beso a todos y muchas gracias por vuestros mensajes, tan amables y cariñosos.