Los lápices de colores
Mario ha vivido deprisa. A sus cuarenta ha visto muchas cosas pero ha mirado muy pocas. Por sus días han pasado caballeros andantes y lindas damiselas que le han ido despojando de las galas que enaltecían su espíritu.
Ella, su princesa de la boca de fresa, se llevó el rojo. Ya no hay labios carmesí, ya no hay cerezas, ya no hay sangre en sus venas.
El chico de los ojos de mar le robó el azul. El cielo encapotado cubre desde entonces su mundo y su amado océano es el hogar de medusas y criaturas que ni imagina.
Un día la luz de sus ojos, aquél condenado adonis de rubios rizos que iluminaban su vida, se apoderó del amarillo y dejó su existencia en tinieblas. Un sol cenizo apenas alcanza a borrar las sombras eternas.
Sólo él sabe lo que añora el verde valle, el trigal en primavera, los pinos de aroma fresco. Sólo ella sabe porqué le arrancó el verde, porqué se llevó la esperanza en el zurrón del olvido.
Hoy Mario mira por su triste ventana el cielo plomizo y su valle teñido de cenizas. Apenas si recuerda cómo era su mundo cuando todo brillaba y hacía que su alma se hinchiera de gozo. Ahora sólo espera melancólico que el amor, o el tiempo, o vete tú a saber qué, le devuelvan sus lápices de colores.
Ella, su princesa de la boca de fresa, se llevó el rojo. Ya no hay labios carmesí, ya no hay cerezas, ya no hay sangre en sus venas.
El chico de los ojos de mar le robó el azul. El cielo encapotado cubre desde entonces su mundo y su amado océano es el hogar de medusas y criaturas que ni imagina.
Un día la luz de sus ojos, aquél condenado adonis de rubios rizos que iluminaban su vida, se apoderó del amarillo y dejó su existencia en tinieblas. Un sol cenizo apenas alcanza a borrar las sombras eternas.
Sólo él sabe lo que añora el verde valle, el trigal en primavera, los pinos de aroma fresco. Sólo ella sabe porqué le arrancó el verde, porqué se llevó la esperanza en el zurrón del olvido.
Hoy Mario mira por su triste ventana el cielo plomizo y su valle teñido de cenizas. Apenas si recuerda cómo era su mundo cuando todo brillaba y hacía que su alma se hinchiera de gozo. Ahora sólo espera melancólico que el amor, o el tiempo, o vete tú a saber qué, le devuelvan sus lápices de colores.