El arroz de Catalina o diario de un idiota
Ojos que no ven, hostión que te pegas.
Acerca de
Sólo soy esa cara de idiota

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Los cajones del corazón
Al fondo del corazón tengo un cajón. Es uno de esos cajones grandes, pesados, como los de la cómoda de mi abuela. Es poco accesible, cuesta de abrir porque el tiempo ha desgastado las guías sobre las que se desliza. Está forrado de papel de regalo, también ajado, con dibujos geométricos y de colores apagados.
En él atesoro todo aquello que me hizo feliz algún día. Son viejos recuerdos, de esos que guardas al fondo pero de los que no deseas desprenderte. Sólo lo abro en contadas ocasiones, buscando hacer limpieza, pero rara vez me desprendo de algo. Junto a las vacaciones en la casita del campo con mis hermanos y mis primos, guardo mis más preciados juguetes: mis piezas de madera, mi tren minero, mi scalextric. Allí están también los abrazos de mi abuela, los chistes de mi abuelo, los cocidos navideños de mi otro abuelo y el retrato de mi abuela, la que nunca conocí; y el de mi abuelastra, por así decirlo, que tampoco conocí. En los rincones se escabullen las nochebuenas, los amigos de la infancia, el olor de los cuadernos del colegio el día del estreno y las paellas de los domingos. Y en una cajita de madera, sencilla y diminuta pero con el interior de fieltro para protegerlo, está el primer amor, el más profundo, el más auténtico, el más incondicional ... y el más inalcanzable.
Tengo otro cajón, el de los desechos. Todo lo que en él está debería haber salido hace mucho tiempo, pero mi pertinaz melancolía me lo impide. Junto a los amigos que nunca lo fueron, están las malas experiencias y los momentos de dolor. También hay hueco para los fracasos y las desilusiones. Quizás algún día consiga vaciarlo del todo y llenar ese hueco de canciones, alegres o melancólicas, de días de lluvia, de paseos a la orilla del mar y de olor a pan recién horneado.
De entre todos los cajones, el que está más a mano es el de los recuerdos de diario, los que te pones todos los días y forman hoy mi vida. Algunos, más bien pocos, son de temporada: cuando cambia la estación, hay que renovarlos, porque son de poca calidad. Una vez usados se desgastan enseguida y quedan inservibles. Entre ellos, mucho más numerosas, hay prendas que siguen ahí año tras año, tan de moda como el primer día. Ya forman parte de tí y no quieres que se estropeen nunca. Mis amigos ocupan buena parte del espacio, los de verdad, los que están conmigo desde los tiempos de la adolescencia. Mi familia comparte el espacio con ellos en buena armonía. Tíos, primos y hermanos montan un sarao cada día, mientras mi madre se reparte entre protegernos y cuidar de la memoria de mi padre, que siempre está en nuestros sueños y en nuestras conversaciones.
En el centro, desde no hace mucho, tengo un hueco especial, rodeado de flores y sedas. En él está mi niño, dispuesto a quedarse para siempre, así que cada vez le hago más espacio y procuro rodearle de las mayores comodidades.
Soy de los que no abro los cajones en público, pertenecen a mi intimidad. Sólo de vez en cuando, alguien especial tiene el privilegio de asomarse y observar el desorden que impera en ellos. Hoy habéis sido vosotros.