Por primera vez en la historia, sesenta y seis estados han apoyado un llamamiento dirigido a los miembros de Naciones Unidas para urgirles a despenalizar la homosexualidad, inicialmente promovido por Francia. El embajador argentino, Jorge Argüello, ha sido el encargado de leer la declaración ante la Asamblea General, en nombre de los 66 firmantes.
“Urgimos a los estados a tomar todas las medidas necesarias, legislativas o administrativas, para asegurar que la orientación sexual o la identidad de género no puedan ser, bajo ninguna circunstancia, base para una persecución penal, en particular ejecuciones, arrestos o detenciones” dice el histórico documento.

Ni los países de mayoría musulmana, ni Estados Unidos, ni Rusia ni China han querido estampar su firma. Tampoco la representación permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas, que ha liderado el movimiento diplomático en contra del documento. De hecho, la firma de 66 países supone un cierto fracaso del Vaticano. Hace pocos días, Federico Lombardi, director de la oficina de prensa vaticana, se vanagloriaba de que “menos de 50 estados” se habían adherido a la propuesta, afirmando que “la Santa Sede no está sola”.
Homosexualidad y Cristianismo: una constante a lo largo de la historia
Hace algunos años, se publicó un texto con el título Lo que Jesús dijo acerca de la homosexualidad: contenía sólo páginas en blanco. Aunque estaba preparado para comentar una amplia gama de asuntos morales y sociales, parece que Jesús de Nazaret no tenía nada que decir acerca de la homosexualidad. Allí donde Jesús guardó silencio, el apóstol Pablo habló y sus palabras han sido usadas extensamente para condenar la homosexualidad.
Alrededor del año 1000, la iglesia occidental comenzó a centralizar el poder alrededor del papa. Los herejes y aquellos cuyas prácticas sexuales eran consideradas contrarias a los dictados de la ley moral comenzaron a ser clasificados y perseguidos. Se hizo uso de acusaciones de sodomía contra los enemigos políticos. La intolerancia creció durante la Edad Media y hombres y mujeres acusados de crimen "tan terrible que no puede ser nombrado" fueron a menudo quemados en la hoguera. Miles de ellos fueron ejecutados por las inquisiciones católicas de los siglos XVI y XVII, y también en la Europa protestante. La colonia de puritanos de Plymouth en Norteamérica, temiendo que su "nueva Jerusalén" pudiera convertirse en una nueva Sodoma, estableción en 1636 que la sodomía sería castigada con la muerte.
En 1955 se entablaron nuevas discusiones cuando Derek Sherwin Bailey publicó el polémico libro Homosexualidad y la tradición occidental, que provocó que escritores cristianos y líderes religiosos reexaminaran la Biblia. Los gays y lesbianas cristianos comenzaron a organizarse, algunos tratando de cambiar las posturas dentro de sus iglesias, otros creando nuevas iglesias específicamente orientadas a los gays. En 1989 el obispo estadounidense John Selby Spong publicó una reinterpretación de la historia bíblica de Sodoma en su libro Viviendo en pecado. En él argumentaba que el punto principal de la historia no era la homosexualidad, sino la violación del principio de hospitalidad del Oriente Próximo.
Por parte de algunos cristianos evangélicos protestantes se ha producido una violenta reacción, especialmente en los Estados Unidos. En 1990, Scriptures in América publicó un folleto titulado La pena de muerte para los homosexuales está prescrita en la Biblia, que argumentaba que los cristianos que no practicaran la violencia contra los gays no estaban cumpliendo sus obligaciones como cristianos. El estado en el que se publicó el folleto, Colorado, fue testigo a continuación de un aumento sustancial de los crímenes de odio.
La iglesia católica también ha adoptado una postura más agresiva en los últimos años. En 2003 el papa Juan Pablo II publicó unas consideraciones especiales condenando la homosexualidad, describiendo el apoyo al matrimonio gay como "legitimar el mal" y acusando a los padres gays de provocar "violencia" a sus hijos.
En 1972 el escritor estadounidense George Weinberg fue uno de los primeros en acuñar la expresión "homofobia", definiéndola como "el temor a estar cerca de los homosexuales". Mark Freedman la describió después como una "reacción de extrema ira y miedo hacia los homosexuales". La definición de la poetisa Audre Lorde en 1978 resultaba más compleja: "Miedo a los sentimientos de amor por los miembros del propio sexo y por consiguiente odio hacia esos sentimientos en los demás".
Pero, ¿cuál es el fundamento de ese miedo? Muchos aducen que tiene que ver con la percepción de que la homosexualidad destruye el orden sexual y de género de la llamada ley natural. No sigue las normas o, en las palabras del papa Juan Pablo II, es "desordenada". Los homosexuales son percibidos como "diferentes" en aspectos que despiertan temor o malestar. Quizás la homosexualidad evoca los temores primarios acerca de la continuidad de la raza, de la tribu o de los genes. La naturaleza no procreadora del sexo homosexual (como la masturbación) puede verse como un derroche y, por tanto, indeseable.
Pero la homofobia tiene todavia un tanto de misterio, cuyas raices parecen complejas y mudables. Tal y como se han percatado los historiadores, las objeciones a la homosexualidad tienen una capacidad de mutar de acuerdo con las cuestiones del momento. En tiempos de pánico moral la homosexualidad ha sido considerada "pecaminosa" y "antinatural". En tiempos de epidemia ha sido considerada una "plaga" y "malsana". En tiempos de guerra, "degenerada" e incluso "antipatriótica".
En su historia del prejuicio, Homofobia, Byrne Fone detalla las múltiples acusaciones que ha sufrido la homosexualidad, incluso provocar terremotos y eclipses. Los sodomitas han sido acusados de amenazar a la familia, al estado, al orden natural y a la propia supervivencia de la raza humana. La reacción anti-gay en los albores de la epidemia del sida formaba parte de una larga tradición.
La homofobia está unida con frecuencia a otros prejuicios, racismo o xenofobia, por ejemplo. Y las reacciones hostiles hacia los hombres gays pueden estar relacionadas con actitudes sexistas hacia las mujeres. Si los hombres normalmente desprecian a las mujeres porque creen que son débiles, irracionales o inferiores, también pueden despreciar a los hombres que -según su punto de vista- se comportan "como mujeres".
Tres hombres jóvenes entran charlando en un bar llamado Fireside Lounge. Tienen poco más de veinte años. Dos de ellos se conocen. El tercero, un estudiante llamado Matthew Shepard, no conocía a los otros de antes. Es gay y piensa que los otros también lo son. Unas horas después, Mathew está agonizando, con el cráneo destrozado, moratones hasta en la ingle y la cara interna de sus muslos y el cuerpo atado a una verja.

El motivo que dio uno de sus jóvenes asesinos para golpear al estudiante con una pistola hasta la muerte fue que Matthew había coqueteado con él. La gente del pueblo que protestaba en su funeral en Casper, Wyoming, apoyaba a los asesinos, Aaron McKinney y Russell Henderson. Llevaban carteles que decían "Dios odia a los maricones" y "Matt al infierno".
Tales incidentes no son una peculiaridad de la América rural del Cinturón Bíblico. La violencia homofóbica puede brotar incluso en los lugares más aparentemente tolerantes. En una tarde cálida de la primavera de 1999, David Copeland colocó un letal aparto explosivo lleno de clavos en el abarrotado pub Admiral Duncan, un conocido lugar de amiebte gay en el Soho, Londres. La explosión mató a tres personas y provocó decenas de heridos. Al día siguiente, la organización LGTB Stonewall recibió más llamadas homofóbicas en unas pocas horas que en los seis meses precedentes. Una de las llamadas decía: "'¡Debería haberos pillado a todos!". Es imposible, dado el bajo número de denuncias debido a los tabúes que rodean a la homosexualidad, dar una cifra precisa del número de asesinatos homofóbicos que tienen lugar en el mundo. Pocos casos llegan alguna vez a los tribunales: en Brasil sólo es juzgado el cinco por ciento de un promedio de alrededor de 90 asesinatos de personas LGTB al año. V. Baird
Espero que esta aventura que empieza hoy dure mucho tiempo.