De once a cero
El sábado por la noche nos despedimos de Boeder por una buena temporada: se muda a Murcia. No fue gran cosa. Salimos a dar una vuelta, deambulamos por el paseo marítimo. Ah, y hablé con mi exnovia borracha por teléfono.
Tiene un perro nuevo y sigue tan graciosa como siempre. Con ella me he reído como nunca (bueno, aquí podría poner dos excepciones), y me lo he pasado genial. Sin embargo, estando con ella lo pasé muy mal porque en el fondo es una loca desquiciada que desea llamar la atención. Lo alarmante es que la eché de menos. Pero ya se me ha pasado.
Me sentí muy mal esa noche, sabiendo que Boeder se iba. Me acompañó a casa y allí nos despedimos. No fue nada emotivo, todos actuábamos como si fuéramos a verle la semana que viene. Y ahora me siento bastante bobo, pensando en que nuestra última charla fue sobre hormigas. Sí, sí, hablábamos de hormigas, antes de despedirnos. Y durante la despedida. De por qué nunca, bajo ningún concepto y por el bien de la humanidad, las hormigas deberían aprender a utilizar armas de fuego. Y apenas me di cuenta: un abrazo largo en mi portal, intercambio de tequieros y un no muy convencido ruego de que no se marchara, y se había terminado.
Subí a casa y estuve hablando con Sísifo. Qué encanto de hombre. Me encanta hablar con él. Puede que el hecho de que logre que se me suba el pavo cada dos por tres tenga algo que ver, pero qué queréis, nadie le dice que no a una inyección de autoestima. Como las que él se merece. En serio, hay personas para las que la humildad y la baja autoestima deberían ser pecados. Y él es una de ellas. Bueno, total, que me fui a dormir tarde.
Y al día siguiente, domingo, me levanté a las cuatro de la tarde. He dormido ayer por la mañana lo que no he dormido en meses. Lo curioso es que me levanté y mis padres seguían dormidos. Qué cosas.
Lo malo de levantarme tan tarde es que me paso atontado el resto del día, prácticamente dando tumbos contra las paredes. También me pasa cuando echo siesta, solo que además echar la siesta me pone de mal humor.
Hay otra cosa mala de dormir tanto. Anoche me pasé la noche en vela. Mi madre ha vuelto a sus costumbres madrugadoras y ha venido a despertarme a las ocho, pero yo no había llegado a dormirme. No tenía sueño, y me he pasado la noche viendo la tele, recogiendo todo lo que tiraba la gata (no sé qué demonios le pasa últimamente) y peleándome con Olvidado Rey Gudú. Para mi es un libro importante, porque fue el primer tocho que leí. Es curioso, cuando lo leí por primera vez, con diez años, al principio me pareció un ladrillo intragable pero luego lo leí del tirón (aunque debo reconocer que no lo entendí muy bien). Ahora que sé que me encanta, me cuesta mucho leerlo.
Total, que me han dado las ocho y me he puesto a mirar el mar con un café autocalentable en la mano, a ver cómo se bañaban las gaviotas y preguntándome qué narices hacía un peregrino del camino de Santiago en la playa a las ocho y media de la mañana. Ahora mismo sigo en funcionamiento por el único motivo de que a lo largo de la mañana me he metido entre pecho y espalda una buena cantidad de café. Y aún así tengo la sensación de que voy a desplomarme en cualquier momento. Pero no puedo echarme a dormir porque tengo clase de latín, y además odio echar siesta.
Necesito más cafeína. O anabolizantes. O un cerebro nuevo. Pero lamentablemente en la cocina sólo encontraré de lo primero.
P.D.: Respecto a la historia de la rama clavada donde nunca debería clavarse una rama... lo dejo para otro día. Estoy demasiado agotado. Y tengo que analizar un puñado de frases en latín todavía.
Tiene un perro nuevo y sigue tan graciosa como siempre. Con ella me he reído como nunca (bueno, aquí podría poner dos excepciones), y me lo he pasado genial. Sin embargo, estando con ella lo pasé muy mal porque en el fondo es una loca desquiciada que desea llamar la atención. Lo alarmante es que la eché de menos. Pero ya se me ha pasado.
Me sentí muy mal esa noche, sabiendo que Boeder se iba. Me acompañó a casa y allí nos despedimos. No fue nada emotivo, todos actuábamos como si fuéramos a verle la semana que viene. Y ahora me siento bastante bobo, pensando en que nuestra última charla fue sobre hormigas. Sí, sí, hablábamos de hormigas, antes de despedirnos. Y durante la despedida. De por qué nunca, bajo ningún concepto y por el bien de la humanidad, las hormigas deberían aprender a utilizar armas de fuego. Y apenas me di cuenta: un abrazo largo en mi portal, intercambio de tequieros y un no muy convencido ruego de que no se marchara, y se había terminado.
Subí a casa y estuve hablando con Sísifo. Qué encanto de hombre. Me encanta hablar con él. Puede que el hecho de que logre que se me suba el pavo cada dos por tres tenga algo que ver, pero qué queréis, nadie le dice que no a una inyección de autoestima. Como las que él se merece. En serio, hay personas para las que la humildad y la baja autoestima deberían ser pecados. Y él es una de ellas. Bueno, total, que me fui a dormir tarde.
Y al día siguiente, domingo, me levanté a las cuatro de la tarde. He dormido ayer por la mañana lo que no he dormido en meses. Lo curioso es que me levanté y mis padres seguían dormidos. Qué cosas.
Lo malo de levantarme tan tarde es que me paso atontado el resto del día, prácticamente dando tumbos contra las paredes. También me pasa cuando echo siesta, solo que además echar la siesta me pone de mal humor.
Hay otra cosa mala de dormir tanto. Anoche me pasé la noche en vela. Mi madre ha vuelto a sus costumbres madrugadoras y ha venido a despertarme a las ocho, pero yo no había llegado a dormirme. No tenía sueño, y me he pasado la noche viendo la tele, recogiendo todo lo que tiraba la gata (no sé qué demonios le pasa últimamente) y peleándome con Olvidado Rey Gudú. Para mi es un libro importante, porque fue el primer tocho que leí. Es curioso, cuando lo leí por primera vez, con diez años, al principio me pareció un ladrillo intragable pero luego lo leí del tirón (aunque debo reconocer que no lo entendí muy bien). Ahora que sé que me encanta, me cuesta mucho leerlo.
Total, que me han dado las ocho y me he puesto a mirar el mar con un café autocalentable en la mano, a ver cómo se bañaban las gaviotas y preguntándome qué narices hacía un peregrino del camino de Santiago en la playa a las ocho y media de la mañana. Ahora mismo sigo en funcionamiento por el único motivo de que a lo largo de la mañana me he metido entre pecho y espalda una buena cantidad de café. Y aún así tengo la sensación de que voy a desplomarme en cualquier momento. Pero no puedo echarme a dormir porque tengo clase de latín, y además odio echar siesta.
Necesito más cafeína. O anabolizantes. O un cerebro nuevo. Pero lamentablemente en la cocina sólo encontraré de lo primero.
P.D.: Respecto a la historia de la rama clavada donde nunca debería clavarse una rama... lo dejo para otro día. Estoy demasiado agotado. Y tengo que analizar un puñado de frases en latín todavía.
La chica que vivía en una bota gigantesca
¿Qué? ¿Cuál? ¿Que yo actualicé hace bien poco, y que era una sarta de lamentos y lloriqueos? No, no me suena. ¿Qué...? No, en serio, no sé de que me hablas. Eso que dices nunca ocurrió. Nunca. Y cualquiera que diga lo contrario, miente. No, en serio, olvidadlo. Fue estúpido y transitorio. Y algo exagerado. O eso espero.
Nah, no fue para tanto. No era mi mejor día. Y sí, admiro mucho a Sísifo, como a muchas otras personas. Pero me sigue dando pavor hablar contigo, así que prométeme que no dejarás que la conversación decaiga. Tú dame palique o me atormentaré el resto de mis días, ¿vale?
Hoy he ido al médico, por lo de mi problema con la caca. Es que todavía no ha parado, y hay algo nuevo: sangre en las heces. No me preguntéis cómo lo averigüé. No es una historia bonita. Pero al parecer lo más problable es que sea una gastroenteritis. Menos mal, porque si fuera mi manera de echar de menos a Dony, tendría que replantearme mi amistad con ella. Supongo que entendéis lo que quiero decir, ¿no? Caca. Las heces y los amigos del cagón no son cosas que se suelan llevar bien.
Por si acaso, me voy a hacer una analítica, así que el jueves a las ocho me saco sangre. He quedado a las nueve con Boeder para desayunar por ahí. Me lo debe, porque el viernes me marcó. No de modo moral o espiritual, no. Me hizo dos enormes arañazos en el cuello. Y uno debajo de la nariz, el muy animal. ¿Y todo por qué? Sólo porque le ataqué. Varias veces. Además, me interesa hablar con él, para ver cómo lleva la ausencia de Dony, su querida (nuestra querida) RosaAzul. Creo que la llamaba así en su blog, no lo sé, sólo entré dos veces. Luego decidí respetar su intimidad.
Quiere ir de camping a Zaragoza, antes de que ella se vaya de casa de su abuela a su casa definitiva en Jaén, y tal vez me autoinvite. Duchas públicas, noches frías y despertares a cuarenta grados dentro de la tienda, ¿qué más se puede pedir?
Esta semana se marcha él, a Murcia. Ha prometido solemnemente despedirse, sean cuales sean las circunstancias. Le voy a echar muchísimo de menos. Creo que con él he pasado mis mejores ratos, entre todos mis amigos. No porque me haya reído más con él. Vosotros me entendéis.
Perséfone está dando clases de francés, en el mismo sitio en el que yo doy clases de griego y latín. La diferencia es que yo tengo a la profesora para mí sola (sus dientes separados y mal formados me ponen TANTO), y ella la comparte con unas cuantas personas, entre ellas un chaval que ella asegura que es muy majo. Y gay. No sé, no le conozco. El caso es que este chico y ella van a pasar algunos ratos con una chica alemana recién llegada. Espero francamente que me inviten, porque después de tres días sentado en el retrete me apunto a un bombardeo.
El día veintiséis viene mi prima de Roma. Bueno, prima. Hace unos años nos enteramos de que somos primos terceros, y con prima se ha quedado. Veranea aquí, en el pueblo, porque su madre es de allí. Glassy, ella y yo pasamos Agosto allí. A veces se trae amigas. Hace unos años se trajo a dos hermanos, Matteo y Giulia. Él majo y tímido. Tan tímido que acabó persiguiéndome, llevándome debajo del brazo (¿alguna vez he mencionado que no soy precisamente alto? Bueno, ahora lo sabéis) y arrojándome al suelo frente a una iglesia donde me retorció los huevos. Pero de buenas. Y Giulia se ponía unas faldas muy cortas. No es que me queje, no. Yo encantado, de verdad. Vaya que sí.
Al año siguiente fue Antea. Unos ojos muy bonitos. Y una anormal de mierda. Fueron mejores las siguientes. Avanzamos doce meses y ¡tachán! Mi prima (vaaaaale, "prima") aparece con Giulia y Giulia (no, ninguna era la del primer verano), una rubia y una castaña algo infantiles, pero muy majas. Y la castaña imitaba muy bien a las cabras.
Hablando de mi prima y todo lo que ella me ha enseñado, ¿alguien tiene interés en aprender a decir "maricón cornudo" en italiano? ¿No? ¿Nadie?
Pues vale.
Inciso: hoy he visto un gif animado. Salían dos perros fornicando. Se ve que el de arriba se mareaba con tanto trajín, porque vomitaba. Y tan ancho se ponía a comérselo. Ha sido, sin duda, una de las cosas más repugnantes que he visto nunca. Y para que comprendáis lo que digo: una vez vi una rama clavada en mis testículos, y no me dio tanto asco.
Nah, no fue para tanto. No era mi mejor día. Y sí, admiro mucho a Sísifo, como a muchas otras personas. Pero me sigue dando pavor hablar contigo, así que prométeme que no dejarás que la conversación decaiga. Tú dame palique o me atormentaré el resto de mis días, ¿vale?
Hoy he ido al médico, por lo de mi problema con la caca. Es que todavía no ha parado, y hay algo nuevo: sangre en las heces. No me preguntéis cómo lo averigüé. No es una historia bonita. Pero al parecer lo más problable es que sea una gastroenteritis. Menos mal, porque si fuera mi manera de echar de menos a Dony, tendría que replantearme mi amistad con ella. Supongo que entendéis lo que quiero decir, ¿no? Caca. Las heces y los amigos del cagón no son cosas que se suelan llevar bien.
Por si acaso, me voy a hacer una analítica, así que el jueves a las ocho me saco sangre. He quedado a las nueve con Boeder para desayunar por ahí. Me lo debe, porque el viernes me marcó. No de modo moral o espiritual, no. Me hizo dos enormes arañazos en el cuello. Y uno debajo de la nariz, el muy animal. ¿Y todo por qué? Sólo porque le ataqué. Varias veces. Además, me interesa hablar con él, para ver cómo lleva la ausencia de Dony, su querida (nuestra querida) RosaAzul. Creo que la llamaba así en su blog, no lo sé, sólo entré dos veces. Luego decidí respetar su intimidad.
Quiere ir de camping a Zaragoza, antes de que ella se vaya de casa de su abuela a su casa definitiva en Jaén, y tal vez me autoinvite. Duchas públicas, noches frías y despertares a cuarenta grados dentro de la tienda, ¿qué más se puede pedir?
Esta semana se marcha él, a Murcia. Ha prometido solemnemente despedirse, sean cuales sean las circunstancias. Le voy a echar muchísimo de menos. Creo que con él he pasado mis mejores ratos, entre todos mis amigos. No porque me haya reído más con él. Vosotros me entendéis.
Perséfone está dando clases de francés, en el mismo sitio en el que yo doy clases de griego y latín. La diferencia es que yo tengo a la profesora para mí sola (sus dientes separados y mal formados me ponen TANTO), y ella la comparte con unas cuantas personas, entre ellas un chaval que ella asegura que es muy majo. Y gay. No sé, no le conozco. El caso es que este chico y ella van a pasar algunos ratos con una chica alemana recién llegada. Espero francamente que me inviten, porque después de tres días sentado en el retrete me apunto a un bombardeo.
El día veintiséis viene mi prima de Roma. Bueno, prima. Hace unos años nos enteramos de que somos primos terceros, y con prima se ha quedado. Veranea aquí, en el pueblo, porque su madre es de allí. Glassy, ella y yo pasamos Agosto allí. A veces se trae amigas. Hace unos años se trajo a dos hermanos, Matteo y Giulia. Él majo y tímido. Tan tímido que acabó persiguiéndome, llevándome debajo del brazo (¿alguna vez he mencionado que no soy precisamente alto? Bueno, ahora lo sabéis) y arrojándome al suelo frente a una iglesia donde me retorció los huevos. Pero de buenas. Y Giulia se ponía unas faldas muy cortas. No es que me queje, no. Yo encantado, de verdad. Vaya que sí.
Al año siguiente fue Antea. Unos ojos muy bonitos. Y una anormal de mierda. Fueron mejores las siguientes. Avanzamos doce meses y ¡tachán! Mi prima (vaaaaale, "prima") aparece con Giulia y Giulia (no, ninguna era la del primer verano), una rubia y una castaña algo infantiles, pero muy majas. Y la castaña imitaba muy bien a las cabras.
Hablando de mi prima y todo lo que ella me ha enseñado, ¿alguien tiene interés en aprender a decir "maricón cornudo" en italiano? ¿No? ¿Nadie?
Pues vale.
Inciso: hoy he visto un gif animado. Salían dos perros fornicando. Se ve que el de arriba se mareaba con tanto trajín, porque vomitaba. Y tan ancho se ponía a comérselo. Ha sido, sin duda, una de las cosas más repugnantes que he visto nunca. Y para que comprendáis lo que digo: una vez vi una rama clavada en mis testículos, y no me dio tanto asco.
Sísifo, poetas, de todo, vamos
Estar encerrado en casa es como beber agua salada. Le da a uno alucionaciones. Empiezas a desvariar. Y ahí viene, señores. Pero estas son desde un punto de vista... alegre. Alegre de un modo retorcido. Casi malvado. Pero alegre.
Tengo diecisiete años. Con esto quiero decir que soy un niñato de mierda y tengo todo el derecho del mundo a serlo. Tengo derecho a pensar que el mundo es una mierda sin haber vivido en él aún, en el de verdad. A decir que odio a mis padres cuando, a su manera, se desviven por mí. A fingir que lo sé todo cuando en realidad soy más ignorante que una piedra a oscuras. A creerme adulto y comportarme como un crío. A fingir que poseo algún atisbo de madurez cuando en realidad carezco completamente de ella. A ser irresponsable porque me da a mi la gana. A ser la persona más egoísta y egocéntrica del planeta (y ahí tenéis una prueba del egocentrismo). A sumirme en reflexiones que yo creo profundas pero que harían estallar en carcajadas a cualquier psicólogo y/o humanista. A usar un lenguaje grandilocuente (justo ahí tenéis un buen ejemplo). Todo eso y mucho más son derechos inalienables de los niñatos. Y yo reveindico mi derecho a ser un niñato. Y lo seré tanto tiempo como me salga a mí de la napia. O hasta que deje de darme miedo la cruda realidad. Hasta que deje de darme miedo mirarme al espejo y ser consciente de que de verdad soy un niñato de mierda.
Eso en primer lugar. No sé si tiene siquiera alguna conexión con todo lo que viene después, pero me da absolutamente igual si no es así, porque soy un niñato.
Cuando yo tenía como una década menos (y eso nos deja con bastantes pocos años), no soñaba con ser futbolista, o simplemente no soñaba. Yo quería crecer y ser un escritor capaz de crear relatos que perduraran siglos. Viajar por Europa con un montón de amigos cultos, y leer poesía y filosofar (aunque no sabía lo que es filosofar. Sabía que era algo que hacía la gente culta y que de la gente que filosofaba se hablaba durante siglos). Mantener conversaciones en ese idioma tan chulo que no tenía ni idea de qué era y que ahora sé que es latín y lo odio. Hablar de política. Y también de cosas de lo más tontas y reirme mucho. Pasar un año del bachillerato en Estados Unidos, como mi madre. Ver puestas de sol sentado en una tumbona de una cálida playa, con una gruesa y cultísima novela en el regazo. Leer un montón de obras cultas (no conocía ninguna, pero soñaba con conocerlas todas). Ser un periodista que hiciera críticas inteligentes de cine, teatro, literatura... Os lo juro, soñaba con un futuro lleno de cosas así.
La primera de las dos cosas que chafaron mis planes fue darme cuenta, unos años después, de que detesto la lírica y todo lo que huela a poesía, y que donde esté una buena prosa...
La segunda fue el alma de poeta.
Hay quien dice que todos tenemos un poco de poeta dentro. Como un nivel de profundidad del alma del que yo carezco. Pues yo debo tener verdaderamente poco de poeta. El acto de embellecer algo, de adornar las palabras, de jugar con ellas para convertirlas en algo que exprese aquello que quiera decir, de manera que merezca la pena plasmarlo en alguna parte, es algo que se me escapa totalmente. Sí, sí, sé que que la poesía es mucho más que eso. Pero todo eso que es, también se me escapa.
También, quizá por ese mismo poético pedazo de mi alma que falta, lo que me resulta raro porque ni siquiera estoy muy seguro de creer en el alma, me resulta imposible decir las cosas como son. La cruda, cruel verdad, sin rodeos. La verdad liberadora, la que tanto alivio proporciona. Da igual si va a causar mal o bien, a mi mismo o a otros. Hablar frente a frente, discutir las cosas de verdad, a la cara, sincerarme, es algo que me aterra. Un terror que proviene de mi lado infantil, que creo que es bastante pero bastante grande.
Por eso todo lo que puedo decir suelen ser medias verdades, evasivas, insinuaciones que trato que muestren lo que estoy deseando decir y no me atrevo. Y por eso tardaré tanto en dejar de ser un niñato de mierda, por mucho que me cueste reconocerlo. Hay veces que tengo la impresión de que estoy atrapado en un círculo vicioso. Cuando escribo cosas como esta, o las digo, o las pienso, siento que estoy jugando a ser mayor de lo que soy. Me da miedo hacer el ridículo y me hundo un poco más en mi dominante parte de niñato.
Y me sale la envidia adolescente (debo decir que soy un rato envidioso). Y envidio con todo mi ser, por ejemplo, a Sísifo. Apenas le he leído, pero despierta en mí una admiración y una buena cantidad de envidia (más o menos sana)... Tal vez no sea una persona tan extraordinaria. Tal vez sea bastante corriente. De hecho, si pensamos objetivamente... bueno, tampoco vamos a empezar a despellejar al personal. De todos modos, sé que le tengo muy idealizado. Ni siquiera le conozco. Con que no le conozco, quiero decir que no le conozco en absoluto. Cero. Pero es una persona que, a mi parecer, tiene muy visible ese trozo de alma que yo no encuentro por ninguna parte, y es, aunque sea un poco, esa persona que yo quería ser. Y hay muchas personas así, a las que puedo escuchar embobado y a las que admiro fervientemente. Pero que muchas. Tal vez aún pueda ser esa persona, pero no estoy muy convencido.
Y sin embargo, siguiendo con el ejemplo de Sísifo, no podría mantener una conversación con él. No podría. Tendría muchas ganas de impresionarle, pero me quedaría callado por miedo a hacer el ridículo, a demostrar que soy un chiquillo. Y me sentiría tan avergonzado que me volvería aún más chiquillo. Soy así de tonto.
Y encima ahora debo parecer un groupie. Que Dios me perdone. Pero que conste que es sólo un ejemplo, y que es algo a lo que me aferro, tratando de aclarar la férrea incertidumbre que siento. Heisenberg, macho, le pusiste título a mi caótica, infantil y desquiciada mente.
Quiero saber cuando voy a crecer. Ser un niñato no es tan maravilloso, cuando te convences a ti mismo de que lo eres.
Ahora, con diecisiete años, mis aspiraciones de futuro, a lo que deseo llegar, es a tener un trabajo mediocre, algún que otro hijo al que criar y al que hace reír, y al que avergonzar, y alguien que me caliente los pies en la cama.
Ahora me despido. Sé que no he dicho todo lo que quería, y desde luego, no lo he dicho tan claro como pretendía. Si alguien encuentra el trozo de alma, o lo que sea, que me falta, que me lo haga saber. Hasta entonces podéis interpretar la parrafada anterior como os de la real gana, ya que pese a que me da auténtica vergüenza, no puedo evitarlo. Yo voy a comer un huevo cocido. Buenas noches.
Gracias por atender a estar inseguridades que hacen que me sienta tan estúpido e infantil.
Tengo diecisiete años. Con esto quiero decir que soy un niñato de mierda y tengo todo el derecho del mundo a serlo. Tengo derecho a pensar que el mundo es una mierda sin haber vivido en él aún, en el de verdad. A decir que odio a mis padres cuando, a su manera, se desviven por mí. A fingir que lo sé todo cuando en realidad soy más ignorante que una piedra a oscuras. A creerme adulto y comportarme como un crío. A fingir que poseo algún atisbo de madurez cuando en realidad carezco completamente de ella. A ser irresponsable porque me da a mi la gana. A ser la persona más egoísta y egocéntrica del planeta (y ahí tenéis una prueba del egocentrismo). A sumirme en reflexiones que yo creo profundas pero que harían estallar en carcajadas a cualquier psicólogo y/o humanista. A usar un lenguaje grandilocuente (justo ahí tenéis un buen ejemplo). Todo eso y mucho más son derechos inalienables de los niñatos. Y yo reveindico mi derecho a ser un niñato. Y lo seré tanto tiempo como me salga a mí de la napia. O hasta que deje de darme miedo la cruda realidad. Hasta que deje de darme miedo mirarme al espejo y ser consciente de que de verdad soy un niñato de mierda.
Eso en primer lugar. No sé si tiene siquiera alguna conexión con todo lo que viene después, pero me da absolutamente igual si no es así, porque soy un niñato.
Cuando yo tenía como una década menos (y eso nos deja con bastantes pocos años), no soñaba con ser futbolista, o simplemente no soñaba. Yo quería crecer y ser un escritor capaz de crear relatos que perduraran siglos. Viajar por Europa con un montón de amigos cultos, y leer poesía y filosofar (aunque no sabía lo que es filosofar. Sabía que era algo que hacía la gente culta y que de la gente que filosofaba se hablaba durante siglos). Mantener conversaciones en ese idioma tan chulo que no tenía ni idea de qué era y que ahora sé que es latín y lo odio. Hablar de política. Y también de cosas de lo más tontas y reirme mucho. Pasar un año del bachillerato en Estados Unidos, como mi madre. Ver puestas de sol sentado en una tumbona de una cálida playa, con una gruesa y cultísima novela en el regazo. Leer un montón de obras cultas (no conocía ninguna, pero soñaba con conocerlas todas). Ser un periodista que hiciera críticas inteligentes de cine, teatro, literatura... Os lo juro, soñaba con un futuro lleno de cosas así.
La primera de las dos cosas que chafaron mis planes fue darme cuenta, unos años después, de que detesto la lírica y todo lo que huela a poesía, y que donde esté una buena prosa...
La segunda fue el alma de poeta.
Hay quien dice que todos tenemos un poco de poeta dentro. Como un nivel de profundidad del alma del que yo carezco. Pues yo debo tener verdaderamente poco de poeta. El acto de embellecer algo, de adornar las palabras, de jugar con ellas para convertirlas en algo que exprese aquello que quiera decir, de manera que merezca la pena plasmarlo en alguna parte, es algo que se me escapa totalmente. Sí, sí, sé que que la poesía es mucho más que eso. Pero todo eso que es, también se me escapa.
También, quizá por ese mismo poético pedazo de mi alma que falta, lo que me resulta raro porque ni siquiera estoy muy seguro de creer en el alma, me resulta imposible decir las cosas como son. La cruda, cruel verdad, sin rodeos. La verdad liberadora, la que tanto alivio proporciona. Da igual si va a causar mal o bien, a mi mismo o a otros. Hablar frente a frente, discutir las cosas de verdad, a la cara, sincerarme, es algo que me aterra. Un terror que proviene de mi lado infantil, que creo que es bastante pero bastante grande.
Por eso todo lo que puedo decir suelen ser medias verdades, evasivas, insinuaciones que trato que muestren lo que estoy deseando decir y no me atrevo. Y por eso tardaré tanto en dejar de ser un niñato de mierda, por mucho que me cueste reconocerlo. Hay veces que tengo la impresión de que estoy atrapado en un círculo vicioso. Cuando escribo cosas como esta, o las digo, o las pienso, siento que estoy jugando a ser mayor de lo que soy. Me da miedo hacer el ridículo y me hundo un poco más en mi dominante parte de niñato.
Y me sale la envidia adolescente (debo decir que soy un rato envidioso). Y envidio con todo mi ser, por ejemplo, a Sísifo. Apenas le he leído, pero despierta en mí una admiración y una buena cantidad de envidia (más o menos sana)... Tal vez no sea una persona tan extraordinaria. Tal vez sea bastante corriente. De hecho, si pensamos objetivamente... bueno, tampoco vamos a empezar a despellejar al personal. De todos modos, sé que le tengo muy idealizado. Ni siquiera le conozco. Con que no le conozco, quiero decir que no le conozco en absoluto. Cero. Pero es una persona que, a mi parecer, tiene muy visible ese trozo de alma que yo no encuentro por ninguna parte, y es, aunque sea un poco, esa persona que yo quería ser. Y hay muchas personas así, a las que puedo escuchar embobado y a las que admiro fervientemente. Pero que muchas. Tal vez aún pueda ser esa persona, pero no estoy muy convencido.
Y sin embargo, siguiendo con el ejemplo de Sísifo, no podría mantener una conversación con él. No podría. Tendría muchas ganas de impresionarle, pero me quedaría callado por miedo a hacer el ridículo, a demostrar que soy un chiquillo. Y me sentiría tan avergonzado que me volvería aún más chiquillo. Soy así de tonto.
Y encima ahora debo parecer un groupie. Que Dios me perdone. Pero que conste que es sólo un ejemplo, y que es algo a lo que me aferro, tratando de aclarar la férrea incertidumbre que siento. Heisenberg, macho, le pusiste título a mi caótica, infantil y desquiciada mente.
Quiero saber cuando voy a crecer. Ser un niñato no es tan maravilloso, cuando te convences a ti mismo de que lo eres.
Ahora, con diecisiete años, mis aspiraciones de futuro, a lo que deseo llegar, es a tener un trabajo mediocre, algún que otro hijo al que criar y al que hace reír, y al que avergonzar, y alguien que me caliente los pies en la cama.
Ahora me despido. Sé que no he dicho todo lo que quería, y desde luego, no lo he dicho tan claro como pretendía. Si alguien encuentra el trozo de alma, o lo que sea, que me falta, que me lo haga saber. Hasta entonces podéis interpretar la parrafada anterior como os de la real gana, ya que pese a que me da auténtica vergüenza, no puedo evitarlo. Yo voy a comer un huevo cocido. Buenas noches.
Gracias por atender a estar inseguridades que hacen que me sienta tan estúpido e infantil.
Cuando los intestinos atacan
Siempre que me veo en una situación de nervios, de ansiedad, o que no sé cómo llevar, me ocurre lo mismo. Es la respuesta de mi cuerpo. La odiosa respuesta de mi cuerpo. Me pasa cuando, por ejemplo, cuando estoy de exámenes. Y hoy me ha vuelto a pasar.
Dos palabras.
Tengo-diarrea(-¡joder!).
Dos palabras.
Tengo-diarrea(-¡joder!).
Destapando mentiras
He dicho una gran mentira, y ahora me retracto de ella. Dije que con esta semana bastaba, que era todo el verano que necesitaba. Y creo que es la mayor mentira que he dicho nunca, lo que, teniendo en cuenta que soy mentiroso por naturaleza, no es poco. Necesito varios meses más de verano. Seis o siete, por lo menos.
Dony se ha ido. Se iba a ir después de comer, íbamos a despedirnos, iba a haber abrazos, ella iba a llorar, yo puede que llegara a llorar también. Hubieramos balbuceado posibles fechas para que bajara a Jaén, sabiendo que, si algún día bajaré o no es un misterio. Iba a ser un intercambio de mimos y besos, y si no se me humedecía la cara con mis lágrimas, lo hubiera hecho con las suyas.
Iba a ser muy triste. Iba a haber montones de promesas, de vernos, de mil cosas distintas. Lo que es más importante, por fin, en esa despedida, iba a darme cuenta realmente que se marchaba, porque me lo he negado sistemáticamente a mí mismo. Iba a abrir los ojos y a aceptar que se marcha, y por fin poderme tan triste como quisiera estar.
Pero no nos hemos despedido. Ella pensaba que se iba después de comer, pero su padre ha insistido para que salieran hacia las nueve y...
No sé, simplemente, no he podido despedirme.
Lo que significa que no se ha ido.
Hoy iba a ser un día muy triste, hubiéramos pasado la tarde todos juntos, y luego Perséfone, Glassy y yo teníamos un cumpleaños, pero no voy a ir. En vez de eso, estoy en casa con mi padre convaleciente de la boca, mi madre de la rodilla y cinco niñas de nueve años.
Y sin saber cómo debería sentirme. ¿Alguien tiene idea de cómo debería sentirme?
Dony se ha ido. Se iba a ir después de comer, íbamos a despedirnos, iba a haber abrazos, ella iba a llorar, yo puede que llegara a llorar también. Hubieramos balbuceado posibles fechas para que bajara a Jaén, sabiendo que, si algún día bajaré o no es un misterio. Iba a ser un intercambio de mimos y besos, y si no se me humedecía la cara con mis lágrimas, lo hubiera hecho con las suyas.
Iba a ser muy triste. Iba a haber montones de promesas, de vernos, de mil cosas distintas. Lo que es más importante, por fin, en esa despedida, iba a darme cuenta realmente que se marchaba, porque me lo he negado sistemáticamente a mí mismo. Iba a abrir los ojos y a aceptar que se marcha, y por fin poderme tan triste como quisiera estar.
Pero no nos hemos despedido. Ella pensaba que se iba después de comer, pero su padre ha insistido para que salieran hacia las nueve y...
No sé, simplemente, no he podido despedirme.
Lo que significa que no se ha ido.
Hoy iba a ser un día muy triste, hubiéramos pasado la tarde todos juntos, y luego Perséfone, Glassy y yo teníamos un cumpleaños, pero no voy a ir. En vez de eso, estoy en casa con mi padre convaleciente de la boca, mi madre de la rodilla y cinco niñas de nueve años.
Y sin saber cómo debería sentirme. ¿Alguien tiene idea de cómo debería sentirme?
La gran sincronía
He desaparecido seis días. Pero es que estaba de acampada. El verano pasado también fui de acampada, dos veces. Y siempre me lo paso muy bien. Aunque las acampadas siempre son tristes.
Pero al fin y al cabo, han sido seis días. Perséfone, Boeder, Glassy, Osano, Iturri, Dony, Lilith y Gachón, seis días. En estado natural.
La verdad es que lo de "estado natural" es un decir. Ha sido un asilvestramiento parcial, porque nuestras acampadas no son en el monte con las cabras. En ese sentido somos algo tramposos: vamos a un campo cerca de un pueblo, que es del abuelo de Lilith.
Tenemos un establo con su nevera y su cocina. Y una cabina de la ONCE con un retrete y una fosa séptica. Incluso tenemos dos alargadores que nos permiten tener electricidad en la zona de las tiendas. No da para gran cosa: una lamparita, un portátil en el que ver películas y poco más.
La novedad es que este año el establo estaba ocupado por una vaca y dos terneras. La vaca estaba preñada. Y ya me parecía a mi raro, cuando el miércoles estábamos sentados fuera y yo veía al abuelo de Lilith con la vaca:
" Oye, ¿no le está metiendo la mano a la vaca por...?"
" Qué va" me decían ", ya estás delirando otra vez"
" Pero, ¿cómo que delirando? ¡Pero mirad, si le ha metido el brazo hasta el codo!"
Y no me creían los jodidos. Pero resulta que estaba de parto, y alumbró un ternero al que Glassy ha bautizado con el nombre de Hare Krishna Ricitos (qué queréis, el otro día vimos Hair). Jamás volverán a dudar de mí cuando les diga que un anciano le está metiendo una mano en la vagina a una vaca. No es que me parezca algo cochino, yo he pasado media infancia entre vacas, pero salvo una vez que vi una pariendo mellizos, no había visto nunca a una vaca parir con ayuda.
También hemos visto muchas películas. Bueno, abre comillas muchas cierra comillas. Una de Drácula, Smoochy, Happy Feet, Desayuno en Plutón y Cadena de Favores. Si alguna vez os habéis preguntado si se pueden juntar en una misma película drogas, enanos, francotiradores, nazis, rinocerontes rosas, minirinocerontes nazis y mafiosos, ved Smoochy y tendréis vuestra respuesta.
Nos ha llovido mucho, ha hecho mucho frío y creo que no he tomado una comida caliente en toda la semana. El jueves hice una pequeña escapada a casa para ducharme. Una ducha caliente que me supo a gloria.
Y también hemos dicho muchas burradas, y muy grandes. Durante casi una semana, la frase "pollazos en la cara" ha sido repetida hasta la saciedad. Hemos tenido conversaciones muy escatológicas. Y, por supuesto en broma, hemos afirmado una y otra vez que el lugar de las mujeres no es otro que la cocina, además de que son, junto con los judíos, el cáncer de nuestra sociedad. Así, llegamos a la conclusión de que no hay nada peor que un judío hembra (insisto, en broma y para molestar a las féminas). Durante unas horas, incluso, fuimos otras personas.
Pero no se han podido evitar los momentos apáticos, las tardes aburridas. Boeder y Dony apenas salían de su tienda, como tratando de aprovechar hasta el último segundo para tratar de beberse el alma del otro. O como si quisieran amortizar los condones. Lilith se ponía hosca y se encerraba en su tienda. Iturri se echaba una siesta tras otra. Perséfone hablaba por teléfono con su recién estrenada novia y mataba arañas.
La lluvia era como una señal divina. La forma de la naturaleza para hacer obvio el aura de despedida. Tres de los que hemos estado allí se mudan este verano, lejos, y cada día se iba notando más.
Mientras tanto, yo me hundía en no demasiado profundas reflexiones. No acerca de la situación, sino reflexiones egocéntricas, que posiblemente plasme en la siguiente entrada.
Y con la recogida de tiendas, ha empezado el verano. Sólo queda una semana para que termine. Para nosotros, para mí, va a ser un verano corto. Pero con esta semana me ha bastado.
Pero al fin y al cabo, han sido seis días. Perséfone, Boeder, Glassy, Osano, Iturri, Dony, Lilith y Gachón, seis días. En estado natural.
La verdad es que lo de "estado natural" es un decir. Ha sido un asilvestramiento parcial, porque nuestras acampadas no son en el monte con las cabras. En ese sentido somos algo tramposos: vamos a un campo cerca de un pueblo, que es del abuelo de Lilith.
Tenemos un establo con su nevera y su cocina. Y una cabina de la ONCE con un retrete y una fosa séptica. Incluso tenemos dos alargadores que nos permiten tener electricidad en la zona de las tiendas. No da para gran cosa: una lamparita, un portátil en el que ver películas y poco más.
La novedad es que este año el establo estaba ocupado por una vaca y dos terneras. La vaca estaba preñada. Y ya me parecía a mi raro, cuando el miércoles estábamos sentados fuera y yo veía al abuelo de Lilith con la vaca:
" Oye, ¿no le está metiendo la mano a la vaca por...?"
" Qué va" me decían ", ya estás delirando otra vez"
" Pero, ¿cómo que delirando? ¡Pero mirad, si le ha metido el brazo hasta el codo!"
Y no me creían los jodidos. Pero resulta que estaba de parto, y alumbró un ternero al que Glassy ha bautizado con el nombre de Hare Krishna Ricitos (qué queréis, el otro día vimos Hair). Jamás volverán a dudar de mí cuando les diga que un anciano le está metiendo una mano en la vagina a una vaca. No es que me parezca algo cochino, yo he pasado media infancia entre vacas, pero salvo una vez que vi una pariendo mellizos, no había visto nunca a una vaca parir con ayuda.
También hemos visto muchas películas. Bueno, abre comillas muchas cierra comillas. Una de Drácula, Smoochy, Happy Feet, Desayuno en Plutón y Cadena de Favores. Si alguna vez os habéis preguntado si se pueden juntar en una misma película drogas, enanos, francotiradores, nazis, rinocerontes rosas, minirinocerontes nazis y mafiosos, ved Smoochy y tendréis vuestra respuesta.
Nos ha llovido mucho, ha hecho mucho frío y creo que no he tomado una comida caliente en toda la semana. El jueves hice una pequeña escapada a casa para ducharme. Una ducha caliente que me supo a gloria.
Y también hemos dicho muchas burradas, y muy grandes. Durante casi una semana, la frase "pollazos en la cara" ha sido repetida hasta la saciedad. Hemos tenido conversaciones muy escatológicas. Y, por supuesto en broma, hemos afirmado una y otra vez que el lugar de las mujeres no es otro que la cocina, además de que son, junto con los judíos, el cáncer de nuestra sociedad. Así, llegamos a la conclusión de que no hay nada peor que un judío hembra (insisto, en broma y para molestar a las féminas). Durante unas horas, incluso, fuimos otras personas.
Pero no se han podido evitar los momentos apáticos, las tardes aburridas. Boeder y Dony apenas salían de su tienda, como tratando de aprovechar hasta el último segundo para tratar de beberse el alma del otro. O como si quisieran amortizar los condones. Lilith se ponía hosca y se encerraba en su tienda. Iturri se echaba una siesta tras otra. Perséfone hablaba por teléfono con su recién estrenada novia y mataba arañas.
La lluvia era como una señal divina. La forma de la naturaleza para hacer obvio el aura de despedida. Tres de los que hemos estado allí se mudan este verano, lejos, y cada día se iba notando más.
Mientras tanto, yo me hundía en no demasiado profundas reflexiones. No acerca de la situación, sino reflexiones egocéntricas, que posiblemente plasme en la siguiente entrada.
Y con la recogida de tiendas, ha empezado el verano. Sólo queda una semana para que termine. Para nosotros, para mí, va a ser un verano corto. Pero con esta semana me ha bastado.