Sísifo, poetas, de todo, vamos
Estar encerrado en casa es como beber agua salada. Le da a uno alucionaciones. Empiezas a desvariar. Y ahí viene, señores. Pero estas son desde un punto de vista... alegre. Alegre de un modo retorcido. Casi malvado. Pero alegre.
Tengo diecisiete años. Con esto quiero decir que soy un niñato de mierda y tengo todo el derecho del mundo a serlo. Tengo derecho a pensar que el mundo es una mierda sin haber vivido en él aún, en el de verdad. A decir que odio a mis padres cuando, a su manera, se desviven por mí. A fingir que lo sé todo cuando en realidad soy más ignorante que una piedra a oscuras. A creerme adulto y comportarme como un crío. A fingir que poseo algún atisbo de madurez cuando en realidad carezco completamente de ella. A ser irresponsable porque me da a mi la gana. A ser la persona más egoísta y egocéntrica del planeta (y ahí tenéis una prueba del egocentrismo). A sumirme en reflexiones que yo creo profundas pero que harían estallar en carcajadas a cualquier psicólogo y/o humanista. A usar un lenguaje grandilocuente (justo ahí tenéis un buen ejemplo). Todo eso y mucho más son derechos inalienables de los niñatos. Y yo reveindico mi derecho a ser un niñato. Y lo seré tanto tiempo como me salga a mí de la napia. O hasta que deje de darme miedo la cruda realidad. Hasta que deje de darme miedo mirarme al espejo y ser consciente de que de verdad soy un niñato de mierda.
Eso en primer lugar. No sé si tiene siquiera alguna conexión con todo lo que viene después, pero me da absolutamente igual si no es así, porque soy un niñato.
Cuando yo tenía como una década menos (y eso nos deja con bastantes pocos años), no soñaba con ser futbolista, o simplemente no soñaba. Yo quería crecer y ser un escritor capaz de crear relatos que perduraran siglos. Viajar por Europa con un montón de amigos cultos, y leer poesía y filosofar (aunque no sabía lo que es filosofar. Sabía que era algo que hacía la gente culta y que de la gente que filosofaba se hablaba durante siglos). Mantener conversaciones en ese idioma tan chulo que no tenía ni idea de qué era y que ahora sé que es latín y lo odio. Hablar de política. Y también de cosas de lo más tontas y reirme mucho. Pasar un año del bachillerato en Estados Unidos, como mi madre. Ver puestas de sol sentado en una tumbona de una cálida playa, con una gruesa y cultísima novela en el regazo. Leer un montón de obras cultas (no conocía ninguna, pero soñaba con conocerlas todas). Ser un periodista que hiciera críticas inteligentes de cine, teatro, literatura... Os lo juro, soñaba con un futuro lleno de cosas así.
La primera de las dos cosas que chafaron mis planes fue darme cuenta, unos años después, de que detesto la lírica y todo lo que huela a poesía, y que donde esté una buena prosa...
La segunda fue el alma de poeta.
Hay quien dice que todos tenemos un poco de poeta dentro. Como un nivel de profundidad del alma del que yo carezco. Pues yo debo tener verdaderamente poco de poeta. El acto de embellecer algo, de adornar las palabras, de jugar con ellas para convertirlas en algo que exprese aquello que quiera decir, de manera que merezca la pena plasmarlo en alguna parte, es algo que se me escapa totalmente. Sí, sí, sé que que la poesía es mucho más que eso. Pero todo eso que es, también se me escapa.
También, quizá por ese mismo poético pedazo de mi alma que falta, lo que me resulta raro porque ni siquiera estoy muy seguro de creer en el alma, me resulta imposible decir las cosas como son. La cruda, cruel verdad, sin rodeos. La verdad liberadora, la que tanto alivio proporciona. Da igual si va a causar mal o bien, a mi mismo o a otros. Hablar frente a frente, discutir las cosas de verdad, a la cara, sincerarme, es algo que me aterra. Un terror que proviene de mi lado infantil, que creo que es bastante pero bastante grande.
Por eso todo lo que puedo decir suelen ser medias verdades, evasivas, insinuaciones que trato que muestren lo que estoy deseando decir y no me atrevo. Y por eso tardaré tanto en dejar de ser un niñato de mierda, por mucho que me cueste reconocerlo. Hay veces que tengo la impresión de que estoy atrapado en un círculo vicioso. Cuando escribo cosas como esta, o las digo, o las pienso, siento que estoy jugando a ser mayor de lo que soy. Me da miedo hacer el ridículo y me hundo un poco más en mi dominante parte de niñato.
Y me sale la envidia adolescente (debo decir que soy un rato envidioso). Y envidio con todo mi ser, por ejemplo, a Sísifo. Apenas le he leído, pero despierta en mí una admiración y una buena cantidad de envidia (más o menos sana)... Tal vez no sea una persona tan extraordinaria. Tal vez sea bastante corriente. De hecho, si pensamos objetivamente... bueno, tampoco vamos a empezar a despellejar al personal. De todos modos, sé que le tengo muy idealizado. Ni siquiera le conozco. Con que no le conozco, quiero decir que no le conozco en absoluto. Cero. Pero es una persona que, a mi parecer, tiene muy visible ese trozo de alma que yo no encuentro por ninguna parte, y es, aunque sea un poco, esa persona que yo quería ser. Y hay muchas personas así, a las que puedo escuchar embobado y a las que admiro fervientemente. Pero que muchas. Tal vez aún pueda ser esa persona, pero no estoy muy convencido.
Y sin embargo, siguiendo con el ejemplo de Sísifo, no podría mantener una conversación con él. No podría. Tendría muchas ganas de impresionarle, pero me quedaría callado por miedo a hacer el ridículo, a demostrar que soy un chiquillo. Y me sentiría tan avergonzado que me volvería aún más chiquillo. Soy así de tonto.
Y encima ahora debo parecer un groupie. Que Dios me perdone. Pero que conste que es sólo un ejemplo, y que es algo a lo que me aferro, tratando de aclarar la férrea incertidumbre que siento. Heisenberg, macho, le pusiste título a mi caótica, infantil y desquiciada mente.
Quiero saber cuando voy a crecer. Ser un niñato no es tan maravilloso, cuando te convences a ti mismo de que lo eres.
Ahora, con diecisiete años, mis aspiraciones de futuro, a lo que deseo llegar, es a tener un trabajo mediocre, algún que otro hijo al que criar y al que hace reír, y al que avergonzar, y alguien que me caliente los pies en la cama.
Ahora me despido. Sé que no he dicho todo lo que quería, y desde luego, no lo he dicho tan claro como pretendía. Si alguien encuentra el trozo de alma, o lo que sea, que me falta, que me lo haga saber. Hasta entonces podéis interpretar la parrafada anterior como os de la real gana, ya que pese a que me da auténtica vergüenza, no puedo evitarlo. Yo voy a comer un huevo cocido. Buenas noches.
Gracias por atender a estar inseguridades que hacen que me sienta tan estúpido e infantil.
Tengo diecisiete años. Con esto quiero decir que soy un niñato de mierda y tengo todo el derecho del mundo a serlo. Tengo derecho a pensar que el mundo es una mierda sin haber vivido en él aún, en el de verdad. A decir que odio a mis padres cuando, a su manera, se desviven por mí. A fingir que lo sé todo cuando en realidad soy más ignorante que una piedra a oscuras. A creerme adulto y comportarme como un crío. A fingir que poseo algún atisbo de madurez cuando en realidad carezco completamente de ella. A ser irresponsable porque me da a mi la gana. A ser la persona más egoísta y egocéntrica del planeta (y ahí tenéis una prueba del egocentrismo). A sumirme en reflexiones que yo creo profundas pero que harían estallar en carcajadas a cualquier psicólogo y/o humanista. A usar un lenguaje grandilocuente (justo ahí tenéis un buen ejemplo). Todo eso y mucho más son derechos inalienables de los niñatos. Y yo reveindico mi derecho a ser un niñato. Y lo seré tanto tiempo como me salga a mí de la napia. O hasta que deje de darme miedo la cruda realidad. Hasta que deje de darme miedo mirarme al espejo y ser consciente de que de verdad soy un niñato de mierda.
Eso en primer lugar. No sé si tiene siquiera alguna conexión con todo lo que viene después, pero me da absolutamente igual si no es así, porque soy un niñato.
Cuando yo tenía como una década menos (y eso nos deja con bastantes pocos años), no soñaba con ser futbolista, o simplemente no soñaba. Yo quería crecer y ser un escritor capaz de crear relatos que perduraran siglos. Viajar por Europa con un montón de amigos cultos, y leer poesía y filosofar (aunque no sabía lo que es filosofar. Sabía que era algo que hacía la gente culta y que de la gente que filosofaba se hablaba durante siglos). Mantener conversaciones en ese idioma tan chulo que no tenía ni idea de qué era y que ahora sé que es latín y lo odio. Hablar de política. Y también de cosas de lo más tontas y reirme mucho. Pasar un año del bachillerato en Estados Unidos, como mi madre. Ver puestas de sol sentado en una tumbona de una cálida playa, con una gruesa y cultísima novela en el regazo. Leer un montón de obras cultas (no conocía ninguna, pero soñaba con conocerlas todas). Ser un periodista que hiciera críticas inteligentes de cine, teatro, literatura... Os lo juro, soñaba con un futuro lleno de cosas así.
La primera de las dos cosas que chafaron mis planes fue darme cuenta, unos años después, de que detesto la lírica y todo lo que huela a poesía, y que donde esté una buena prosa...
La segunda fue el alma de poeta.
Hay quien dice que todos tenemos un poco de poeta dentro. Como un nivel de profundidad del alma del que yo carezco. Pues yo debo tener verdaderamente poco de poeta. El acto de embellecer algo, de adornar las palabras, de jugar con ellas para convertirlas en algo que exprese aquello que quiera decir, de manera que merezca la pena plasmarlo en alguna parte, es algo que se me escapa totalmente. Sí, sí, sé que que la poesía es mucho más que eso. Pero todo eso que es, también se me escapa.
También, quizá por ese mismo poético pedazo de mi alma que falta, lo que me resulta raro porque ni siquiera estoy muy seguro de creer en el alma, me resulta imposible decir las cosas como son. La cruda, cruel verdad, sin rodeos. La verdad liberadora, la que tanto alivio proporciona. Da igual si va a causar mal o bien, a mi mismo o a otros. Hablar frente a frente, discutir las cosas de verdad, a la cara, sincerarme, es algo que me aterra. Un terror que proviene de mi lado infantil, que creo que es bastante pero bastante grande.
Por eso todo lo que puedo decir suelen ser medias verdades, evasivas, insinuaciones que trato que muestren lo que estoy deseando decir y no me atrevo. Y por eso tardaré tanto en dejar de ser un niñato de mierda, por mucho que me cueste reconocerlo. Hay veces que tengo la impresión de que estoy atrapado en un círculo vicioso. Cuando escribo cosas como esta, o las digo, o las pienso, siento que estoy jugando a ser mayor de lo que soy. Me da miedo hacer el ridículo y me hundo un poco más en mi dominante parte de niñato.
Y me sale la envidia adolescente (debo decir que soy un rato envidioso). Y envidio con todo mi ser, por ejemplo, a Sísifo. Apenas le he leído, pero despierta en mí una admiración y una buena cantidad de envidia (más o menos sana)... Tal vez no sea una persona tan extraordinaria. Tal vez sea bastante corriente. De hecho, si pensamos objetivamente... bueno, tampoco vamos a empezar a despellejar al personal. De todos modos, sé que le tengo muy idealizado. Ni siquiera le conozco. Con que no le conozco, quiero decir que no le conozco en absoluto. Cero. Pero es una persona que, a mi parecer, tiene muy visible ese trozo de alma que yo no encuentro por ninguna parte, y es, aunque sea un poco, esa persona que yo quería ser. Y hay muchas personas así, a las que puedo escuchar embobado y a las que admiro fervientemente. Pero que muchas. Tal vez aún pueda ser esa persona, pero no estoy muy convencido.
Y sin embargo, siguiendo con el ejemplo de Sísifo, no podría mantener una conversación con él. No podría. Tendría muchas ganas de impresionarle, pero me quedaría callado por miedo a hacer el ridículo, a demostrar que soy un chiquillo. Y me sentiría tan avergonzado que me volvería aún más chiquillo. Soy así de tonto.
Y encima ahora debo parecer un groupie. Que Dios me perdone. Pero que conste que es sólo un ejemplo, y que es algo a lo que me aferro, tratando de aclarar la férrea incertidumbre que siento. Heisenberg, macho, le pusiste título a mi caótica, infantil y desquiciada mente.
Quiero saber cuando voy a crecer. Ser un niñato no es tan maravilloso, cuando te convences a ti mismo de que lo eres.
Ahora, con diecisiete años, mis aspiraciones de futuro, a lo que deseo llegar, es a tener un trabajo mediocre, algún que otro hijo al que criar y al que hace reír, y al que avergonzar, y alguien que me caliente los pies en la cama.
Ahora me despido. Sé que no he dicho todo lo que quería, y desde luego, no lo he dicho tan claro como pretendía. Si alguien encuentra el trozo de alma, o lo que sea, que me falta, que me lo haga saber. Hasta entonces podéis interpretar la parrafada anterior como os de la real gana, ya que pese a que me da auténtica vergüenza, no puedo evitarlo. Yo voy a comer un huevo cocido. Buenas noches.
Gracias por atender a estar inseguridades que hacen que me sienta tan estúpido e infantil.
Comentario:
Ais, te valoras poco gachoncin ;)
Vales mas de lo que ese niñato que hoy escribe dice, porque hoy no escribes tu, sino la parte oscura que todos tenemos, la parte que se conforma con enrabietarse sin darse cuenta de lo que realmente vale, que es mucho.
Valorate más anda ;) que tu lo vales
Vales mas de lo que ese niñato que hoy escribe dice, porque hoy no escribes tu, sino la parte oscura que todos tenemos, la parte que se conforma con enrabietarse sin darse cuenta de lo que realmente vale, que es mucho.
Valorate más anda ;) que tu lo vales
Comentario:
Pasmado me hallo.
Ya puesto, ponme un enlacito que ayude a incrementar mis visitas, que eso siempre alimenta la autoestima.
¿Chateamos un día de estos?
Dí que sí.
Ya puesto, ponme un enlacito que ayude a incrementar mis visitas, que eso siempre alimenta la autoestima.
¿Chateamos un día de estos?
Dí que sí.