La férrea incertidumbre
Si es que donde no hay mata... no hay patata
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Joven e inexperto, sediento de experiencia vital. Y de zumo. Mi vida es una petardada hilarante entremezclada con algunos indeseables momentos de bajón. Y un montón de gente viviendo una telenovela a mi alrededor. Sigo queriendo zumo. Para el que quiera preguntarme qué se siente cuando un avestruz te roba el bocadillo: delpanteonalacuna@gmail.com
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Pálpito
Los días han ido pasando, y se ha acabado el verano. El de verdad, el de las vacaciones. El mundo ha recibido su muerte con lluvias, relámpagos y mucho frío, aunque parece que el mal tiempo ha pasado. He vuelto a clase con falsas energías. Entre mis profesores hay algunos energúmenos que preferiría tener lejos, así como entre mis compañeros de clase. Este año daré francés, porque no quedaba sitio en ninguna otra optativa. El problema es que doy francés sin tener base de francés. Tendré que apañármelas.

Pero el verano no había acabado aún para todos. Perséfone bajaba el viernes en avión hacia el sur para arrancar de las garras de la diosa rubia y traicionera que es Málaga a su particular Adonis femenina, Jun. Allí pasarían una noche, para después encaminarse, juntas y felices, a Granada, hogar de la construcción más bella en la que jamás me he personado. Allí pasarían un día, tal vez dos, antes de volver a Málaga.

Anoche, ya comenzaco el día de hoy, fui despertado por mi teléfono móvil. Al contestar escuché la voz de Perséfone, que hablaba en susurros para no despertar a Jun, dormida junto a ella. Sufría la pobre de dolor de corazón y de ovarios. En medio de la noche le había dado una angustia, una presión en el pecho que le hizo llamarme buscando consuelo.

Perséfone es y siempre ha sido (os lo digo yo, que la conozco desde el día siguiente a mi nacimiento) una chica tremendamente sensible e intuitiva. Eso y muchas otras cosas han hecho que se ponga sobre los hombros un manto de soberbia, fortaleza y arrogancia que sólo en momentos como esos se quita, cuando se juntan el bajón y el síndrome premenstrual.

Me contaba que no sabía qué hacia allí. Sentía que había obligado de alguna manera a Jun a abandonar su casa y a separarse de su abuelo. Jun, lesbiana recta, familiar y creyente donde las haya, siente auténtica adoración hacia su abuelo, un hombre tan anciano como enfermo al que siempre ha cuidado con una veneración y ternura sin igual, y que ya la semana pasada estaba más enfermo que viejo. Temía mi amiga que si al abuelo le pasaba algo esa noche, habría sido ella la que hubiera alejado a su nieta de él en sus últimos momentos.

Entre que ella hablaba en susurros, y que mi oído no es ningún portento, apenas me estaba enterando de nada, así que la tranquilicé como pude, y le di las buenas noches con la promesa de llamarla al día siguiente (ese mismo día, en realidad).

Quién sabe si perceptiva ella como es, en ocasiones va un paso más allá. Si lo que la despertó a la una y media no era angustia sino premonición. La opresión del pecho bien podría haber sido pálpito o corazonada, una de esas cosas que sabes sin saber que las sabes, una terrible certeza disfrazada de mal sueño y endometrio revoltoso.

Las dos, Perséfone y Jun, amanecieron con la noticia de la muerte del abuelo de ésta, ocurrida sobre las cinco de la mañana. De esto me enteré cuando la llamé al mediodía. Sólo a veces tengo la sensación de que la conozco cuando está triste. Hoy era así, y comprendía aunque ella no me lo dijera que se sentía casi tan mal como por la noche, responsable y monstruosa. Buscaba consuelo y distracción, mientras Jun iba al entierro, en las aventuras gráficas que tanto le gustan, pero puedo imaginármela fingiendo haber estado sin hacer nada a la vuelta de Jun, sintiéndose culpable de su frivolidad.

Málaga, divinidad caprichosa y vengativa, se tomó venganza contra Adonis y Perséfone.

Volverá el martes, y no sé cómo estará. Su propia abuela murió no mucho ha, y la verdad es que poco le importó, porque hace años que su familia paterna no quiere tener que ver con ella.

Hasta que regrese, esperar, ir a clase y dejar que los días sigan pasando.
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