Buenas noches
Y te desvistes entre las paredes que te vieron crecer, sin darte cuenta que ya no eres la misma niña que subía las escaleras para hacer los deberes. Aunque muchas veces no abrías los libros, simplemente te limitabas a ponerlos encima de la mesa para que de vez en cuando pesara en tu conciencia la falta de ganas de seguir una vida planificada. Te desvistes y ya no eres la niña que corría hacia la puerta cuando llegaban sus padres cargados de regalos y de viajes que después narraban en la cena improvisada del mantel de cuadros. Te desnudas y ya no se descubre ese cuerpo que ansiaba vivir deprisa y buscar continuamente. Dejas la ropa junto a la mesilla y ya no encuentras esa falta de responsabilidad, esas ganas de ser rebelde y tirar todo al suelo aunque fuese solo para demostrarte que estabas creciendo. Te acercas a la ventana y miras hacia fuera. La ventana de enfrente ya no tiene las cortinas azules con elefantes dibujados. La ventana de enfrente ahora tiene unas cortinas color salmón de Ikea que odias ver ahí colocadas. Ahí. Ahí no. En cualquier lugar menos ahí. Ella las hubiese odiado. Intentas bajar la persiana para huir de ese atroz espejismo, de esos recuerdos que se quieren colar por las rendijas de lo que querías olvidar. Pero la persiana sigue estropeada. Hacía mucho tiempo que no dormías ahí y nadie se dio cuenta de que había que arreglarla. Esta vez no te enfadas, ni siquiera te arrepientes de haber vuelto a esa habitación de la que huiste hace un par de años. Los suficientes para que la indiferencia quiera hacerse un hueco en tu corazón. En vano. Tu corazón nunca dejó que ese sentimiento entrase. Por eso te marchaste. No pudiste irte antes. Ella te hubiese odiado. Era más fácil dejarla marchar a ella y odiarla tú.
Desnuda miras tu reflejo en la ventana. Ya no eres una niña y no sabes porque has vuelto si ya no hay nada ahí. Casi no te reconoces en ese mismo lugar donde observabas como cambiaba tu cuerpo cada año. Sin darte cuenta sigues mirando las cortinas color salmón de la ventana de enfrente. Ya no se enciende una linterna a media noche, ya no hay códigos secretos envueltos en palabras bonitas, ya no hay miradas a través de sus cristales ni oscuridades bruscas al abrirse la puerta. Te das la vuelta y abres el armario. Ahí siguen tus pantalones de campana, tus chapas de colores, tus bufandas y tus gorros. En sus puertas siguen las entradas de conciertos que pegaste con esmero. Algunas de ellas están rotas por la mitad, recordándote el día que las arrancaste con toda tu furia, como si al hacerlo fueses a olvidar más rápido. Coges la primera camiseta que hay doblada encima de los cajones, no tienes ganas de abrirlos y dejar salir todo lo que no te llevaste de ahí. Casi sin mirarla te la pones y con su tacto recuerdas donde la compraste. Fue la primera vez que quedasteis a tomar un café. Después de pasear decidisteis entrar en la tienda que tanto le gustaba. Te miras al espejo y sonríes al ver el dibujo estampado en medio de tu pecho. Mazinger Z te reta a un duelo que ya no es el tuyo. Cierras el armario y te sientes cansada pero no tienes sueño. En realidad no te apetece nada estar ahí. Ya no.
Te acercas otra vez a tu ventana casi esperando que la de enfrente vuelva a tener sus cortinas azules de elefantes. Pero siguen colgadas las de color salmón. Tú empiezas también a odiarte por tus ingenuas ilusiones. Decides intentar dormir. Vas hacia la cama en la que te escondías del resto del mundo cuando ya no te entendían. La abres y te gusta ver tus sábanas tal y como las dejaste, con sus lunares azules en el mismo sitio que antes. Entras en ella como cuando te aislabas del mundo, como cuando ella se fue. Apagas la luz de la mesilla y ves el reflejo de las farolas contra el techo. Como antes. Como cuando el insomnio recorría tu cuerpo y sus besos no se iban en la oscuridad. Intentas no pensar y lo consigues.
Te duermes. Duermes como cuando eras una niña que cansada volvía a casa con un secreto que guardar. Duermes mientras en las demás casas otras niñas sueñan sin secretos debajo de sus almohadas. Duermes enfrente de otra casa con cortinas de color salmón. Duermes mientras alguien corre las cortinas de color salmón y mira hacia tus cortinas blancas con barcos rojos. Duermes mientras ella llora mirando tu ventana, mirando como sigue intacta a través de los años. Duermes cuando ella cierra sus cortinas pensando que no hay nadie en la casa de los barcos rojos. Duermes mientras ella piensa que tú odiarías que todo siguiese igual sin ti. Te has dormido y ella apaga la luz de su cuarto y coge el bolso de la mesilla. Duermes mientras ella vuelve hacia la ventana esperando que estés ahí, aunque sea la última vez. Pero tú ya estás dormida y no ves el reflejo de su ventana, el que hace tiempo te hubiese despertado corriendo a su encuentro. Tú sueñas ahora con sus cortinas de elefantes y ella apaga la luz antes de cerrar la puerta. Y mientas duermes como una niña no sabes que ha venido a buscarte, que solo ha venido esperando que hoy estuvieses mirando hacia su ventana. No sabes que ha estado con la linterna en la mano sintiéndose estúpida y siendo feliz al mismo tiempo. No sabes nada porque duermes cuando ella sale a la calle y mira por última vez hacia tu ventana antes de marcharse. No sabes nada porque si lo supieses al día siguiente te odiarías. Y ella también.
Desnuda miras tu reflejo en la ventana. Ya no eres una niña y no sabes porque has vuelto si ya no hay nada ahí. Casi no te reconoces en ese mismo lugar donde observabas como cambiaba tu cuerpo cada año. Sin darte cuenta sigues mirando las cortinas color salmón de la ventana de enfrente. Ya no se enciende una linterna a media noche, ya no hay códigos secretos envueltos en palabras bonitas, ya no hay miradas a través de sus cristales ni oscuridades bruscas al abrirse la puerta. Te das la vuelta y abres el armario. Ahí siguen tus pantalones de campana, tus chapas de colores, tus bufandas y tus gorros. En sus puertas siguen las entradas de conciertos que pegaste con esmero. Algunas de ellas están rotas por la mitad, recordándote el día que las arrancaste con toda tu furia, como si al hacerlo fueses a olvidar más rápido. Coges la primera camiseta que hay doblada encima de los cajones, no tienes ganas de abrirlos y dejar salir todo lo que no te llevaste de ahí. Casi sin mirarla te la pones y con su tacto recuerdas donde la compraste. Fue la primera vez que quedasteis a tomar un café. Después de pasear decidisteis entrar en la tienda que tanto le gustaba. Te miras al espejo y sonríes al ver el dibujo estampado en medio de tu pecho. Mazinger Z te reta a un duelo que ya no es el tuyo. Cierras el armario y te sientes cansada pero no tienes sueño. En realidad no te apetece nada estar ahí. Ya no.
Te acercas otra vez a tu ventana casi esperando que la de enfrente vuelva a tener sus cortinas azules de elefantes. Pero siguen colgadas las de color salmón. Tú empiezas también a odiarte por tus ingenuas ilusiones. Decides intentar dormir. Vas hacia la cama en la que te escondías del resto del mundo cuando ya no te entendían. La abres y te gusta ver tus sábanas tal y como las dejaste, con sus lunares azules en el mismo sitio que antes. Entras en ella como cuando te aislabas del mundo, como cuando ella se fue. Apagas la luz de la mesilla y ves el reflejo de las farolas contra el techo. Como antes. Como cuando el insomnio recorría tu cuerpo y sus besos no se iban en la oscuridad. Intentas no pensar y lo consigues.
Te duermes. Duermes como cuando eras una niña que cansada volvía a casa con un secreto que guardar. Duermes mientras en las demás casas otras niñas sueñan sin secretos debajo de sus almohadas. Duermes enfrente de otra casa con cortinas de color salmón. Duermes mientras alguien corre las cortinas de color salmón y mira hacia tus cortinas blancas con barcos rojos. Duermes mientras ella llora mirando tu ventana, mirando como sigue intacta a través de los años. Duermes cuando ella cierra sus cortinas pensando que no hay nadie en la casa de los barcos rojos. Duermes mientras ella piensa que tú odiarías que todo siguiese igual sin ti. Te has dormido y ella apaga la luz de su cuarto y coge el bolso de la mesilla. Duermes mientras ella vuelve hacia la ventana esperando que estés ahí, aunque sea la última vez. Pero tú ya estás dormida y no ves el reflejo de su ventana, el que hace tiempo te hubiese despertado corriendo a su encuentro. Tú sueñas ahora con sus cortinas de elefantes y ella apaga la luz antes de cerrar la puerta. Y mientas duermes como una niña no sabes que ha venido a buscarte, que solo ha venido esperando que hoy estuvieses mirando hacia su ventana. No sabes que ha estado con la linterna en la mano sintiéndose estúpida y siendo feliz al mismo tiempo. No sabes nada porque duermes cuando ella sale a la calle y mira por última vez hacia tu ventana antes de marcharse. No sabes nada porque si lo supieses al día siguiente te odiarías. Y ella también.
como un corazón
Ella me pidió un hogar. Yo sólo pude juntar mis manos y arroparla a mi lado. La había estado buscando y la había estado evitando. Había evitado buscarla en algún lugar, perdida entre mis miedos, escondida en la cajita de lo que quería y no podía ser. Me esperaba ahí, agachada, protegida por sus brazos. Cuidándose de mis ganas de destrozar lo que no conseguía romper, de ignorar lo que ya estaba reteniendo en mí.
Pero me empeñé en embriagarme de noches oscuras llenas de arañazos que se clavaban en mí como sus abrazos, sin querer soltarme, con miedo de que al curarse yo me fuese sin despedirme. Y ella seguía ahí, agachada, y mirándome desde su esquinita. Desde la lejanía. Desde la distancia que marcaban mis palabras. Ahora ella tenía menos miedo, y también menos esperanzas de encontrarme algún día. Y yo cada vez tenía más miedo de perderla en mi silencio, en mis ganas de odiar al mundo aunque no sirviese de nada.
Y la volví a ignorar, como a esa flor que crece en el salón de tu casa sin que te des cuenta porque nunca te molestas en regarla. Y sentada en mi extraña habitación sentía que la había perdido de verdad. Y por una vez en mi pequeña vida, no quise perderla en mis bolsillos. Y me acordé de las flores que regaban mis padres los domingos por la mañana. De cómo me decían que había que hablarlas para que no se sintieran solas. Así, poníamos música en el salón y bailábamos los tres como si pudiésemos alegrarlas con nuestra compañía. También recuerdo que no entendí porque días después había una flor muerta en el suelo. Pensé que con bailar con ellas ese día había sido suficiente. Mi padre me miró como miran los profesores a los niños que no se saben la lección. Me explicó que no bastaba con hacerlas caso un día. Que las plantas eran como las personas, a las que había que cuidar día a día para que no se entristecieran. Como si pudiesen morirse de tristeza. Y yo lo fui entendiendo poco a poco.
Decidí que no quería que la niña del corazón rojo se pusiese triste y perdiese su color. Y quise hablarla todas las noches para que no se sintiese sola, quise aprender a regarla con mis sueños, a quererla con mis labios y a cuidarla con mis manos.
Y sigo queriendo quererla como se merece. Y lo sigo intentando. De ese virus que habitaba en mí, solo recuerdo que lo olvidé. Para sobrevivir me agarré a ella como una cuerda. Como una cuerda anclada en mi oscuro pozo. Y así, día a día aprendí a vivir con algo muy grande dentro de mí. Tan grande que a veces todavía me siento muy pequeña al lado de ese reloj rojo que late muy deprisa cuando ella me besa.
Esta mañana me he vuelto a sentir pequeñita, como esa flor que estaba triste aunque todos los domingos bailase con ella una niña de cinco años. Pero me he acurrucado en su espalda y me he dado cuenta de algo que llevaba sintiendo unos meses. Soy feliz. Así, sin más. Aunque suene a anuncio, aunque parezca simple, aunque a veces haya querido herirme y no reconocer que todo podía ser más fácil. Ahora sí. Ahora soñamos desde mi cama. Ya no hay niñas rubias, ni cuentos amargos. No hay mentiras de acero ni decepciones de cristal. Ni siquiera hay lágrimas de plástico con sus fantasmas de colores. Ahora no somos más que un dos jugando a ser uno. Un ella y un yo que cada noche es un nosotras. Un nosotras que no juega a nada más que a viajar de la mano. A un viaje tan largo como un sueño sin final.
Pero me empeñé en embriagarme de noches oscuras llenas de arañazos que se clavaban en mí como sus abrazos, sin querer soltarme, con miedo de que al curarse yo me fuese sin despedirme. Y ella seguía ahí, agachada, y mirándome desde su esquinita. Desde la lejanía. Desde la distancia que marcaban mis palabras. Ahora ella tenía menos miedo, y también menos esperanzas de encontrarme algún día. Y yo cada vez tenía más miedo de perderla en mi silencio, en mis ganas de odiar al mundo aunque no sirviese de nada.
Y la volví a ignorar, como a esa flor que crece en el salón de tu casa sin que te des cuenta porque nunca te molestas en regarla. Y sentada en mi extraña habitación sentía que la había perdido de verdad. Y por una vez en mi pequeña vida, no quise perderla en mis bolsillos. Y me acordé de las flores que regaban mis padres los domingos por la mañana. De cómo me decían que había que hablarlas para que no se sintieran solas. Así, poníamos música en el salón y bailábamos los tres como si pudiésemos alegrarlas con nuestra compañía. También recuerdo que no entendí porque días después había una flor muerta en el suelo. Pensé que con bailar con ellas ese día había sido suficiente. Mi padre me miró como miran los profesores a los niños que no se saben la lección. Me explicó que no bastaba con hacerlas caso un día. Que las plantas eran como las personas, a las que había que cuidar día a día para que no se entristecieran. Como si pudiesen morirse de tristeza. Y yo lo fui entendiendo poco a poco.
Decidí que no quería que la niña del corazón rojo se pusiese triste y perdiese su color. Y quise hablarla todas las noches para que no se sintiese sola, quise aprender a regarla con mis sueños, a quererla con mis labios y a cuidarla con mis manos.
Y sigo queriendo quererla como se merece. Y lo sigo intentando. De ese virus que habitaba en mí, solo recuerdo que lo olvidé. Para sobrevivir me agarré a ella como una cuerda. Como una cuerda anclada en mi oscuro pozo. Y así, día a día aprendí a vivir con algo muy grande dentro de mí. Tan grande que a veces todavía me siento muy pequeña al lado de ese reloj rojo que late muy deprisa cuando ella me besa.
Esta mañana me he vuelto a sentir pequeñita, como esa flor que estaba triste aunque todos los domingos bailase con ella una niña de cinco años. Pero me he acurrucado en su espalda y me he dado cuenta de algo que llevaba sintiendo unos meses. Soy feliz. Así, sin más. Aunque suene a anuncio, aunque parezca simple, aunque a veces haya querido herirme y no reconocer que todo podía ser más fácil. Ahora sí. Ahora soñamos desde mi cama. Ya no hay niñas rubias, ni cuentos amargos. No hay mentiras de acero ni decepciones de cristal. Ni siquiera hay lágrimas de plástico con sus fantasmas de colores. Ahora no somos más que un dos jugando a ser uno. Un ella y un yo que cada noche es un nosotras. Un nosotras que no juega a nada más que a viajar de la mano. A un viaje tan largo como un sueño sin final.
ya lo sé
Ya lo sé, que tienes razón. Que no hay que tener miedo a esa cosa pequeñita que se esconde debajo de mis sábanas de piel. A esa cajita minúscula que me dice que no quiere abrirse más. Ya se. No hace falta que me digas que soy cobarde, que no me he dejado llevar esta vez. Pero que voy le voy a hacer si ya me dejé llevar y naufragué. Si ya abrí esta cajita y ahora no quiere volver a llenarse de lágrimas rojas. Y puede que esta vez si que seas tu. Puede que esta vez si que sea verdad, que no te vas a ir, que esa playa es nuestra.
Y si, lo sigo sabiendo. Que en mi corazón hay todavía una isla. Aunque no me entere, tú lo ves en mis ojos. No lo puedo evitar. Y sé que algún día querré refugiarme sola. Porque solo una vez quise que en mi maleta viajase otra persona y desde que se bajó no tengo espacio para más. Lo sé y lo siento. Ya te he pedido perdón y sabes que por ahora no puedo hacer mucho más. Puedo inventarme que ya te quiero. Puedo crear miles de palabras bonitas que te hagan sentir segura a mi lado, que te hagan creer que ya te he dejado entrar, pero es que por el camino se me olvidó como mentir. Por el camino aprendí a levantarme con las rodillas, pero también olvidé como fingir que ya no estaba enferma. De ese virus tan torpe que no quiso dejarme en paz.
Y si, lo sigo sabiendo. Que en mi corazón hay todavía una isla. Aunque no me entere, tú lo ves en mis ojos. No lo puedo evitar. Y sé que algún día querré refugiarme sola. Porque solo una vez quise que en mi maleta viajase otra persona y desde que se bajó no tengo espacio para más. Lo sé y lo siento. Ya te he pedido perdón y sabes que por ahora no puedo hacer mucho más. Puedo inventarme que ya te quiero. Puedo crear miles de palabras bonitas que te hagan sentir segura a mi lado, que te hagan creer que ya te he dejado entrar, pero es que por el camino se me olvidó como mentir. Por el camino aprendí a levantarme con las rodillas, pero también olvidé como fingir que ya no estaba enferma. De ese virus tan torpe que no quiso dejarme en paz.
días grises para noches blancas
Hace dos años me gustaban estos días. No por las calles teñidas de falsas morales, ni por los deseos que no pretendían más que llegar al primer día de Enero para lavar una conciencia, ni por los adornos colgados de ventanas que guardan el cariño y la solidaridad de tres semanas.
Me gustaban porque había luces colgadas en los balcones de los que sí que querían quererse, de los que a veces sólo tenían velas con mechas que eran reales, mucho más que los sentimientos de cambiar el mundo que se van con los últimos rastros de nieve. Me gustaban porque mis manos no eran dos, sino cuatro sujetando un paraguas, porque los días no eran dos noches con grandes cenas, sino meses con estrellas en el cabecero de mi cama. Porque las noches no acababan desayunando churros en la puerta del sol, sino con besos en las esquinas de sus sábanas. Porque las almohadas no recogían propósitos de año nuevo, sino deseos de ser feliz con nuestras cuatro manos, de carreteras que querían recorrerse con cuatro pies y dos labios que inventaban canciones que podían convertirse en parte del viaje que era conocerse. Porque no sonaban villancicos en su coche, sino letras de aquellos que susurran sus viajes, de los que acompañan de verdad, de los que suenan todo el año. O todos los años. De los que odias escuchar ahora, cuando en tu casa solo hay dos manos haciendo la cena.
En realidad nunca me han gustado las navidades. Puede que sea porque cuando era pequeña siempre estaba con mi familia, no necesitábamos redondear una fecha en el calendario para que nuestras agendas coincidieran como una tradición. Porque éramos felices en otoño, porque celebrábamos cumpleaños en los jardines de la primavera y en los patios cubiertos de invierno. Porque tomábamos el sol en verano y hacíamos castillos de arena en nuestra playa. Porque a ti no te conocí en invierno, ni en primavera, ni en verano, sino en otoño. Cuando las hojas se caían y mis años crecían. Cuando había dos uniformes que sabían que estorbaban en los abrazos. Cuando tú eras tú y yo empezaba a ser yo. Cuando había un nosotras que se necesitaba, un dos que odiaba ser ese número. Cuando quería regalarte palabras y lo único que conseguía era mezclarlas con sonrojos. Empezaba a hacer frío y creíamos que nunca lo sentiríamos. Porque creíamos en algo.
Ahora los secretos se esconden por los pasillos de esos días que llenaron y vaciaron el tiempo con todas sus consecuencias. Como cuando no te lees las instrucciones de una estantería que acabas de montar. Y cuando se cae, te das cuenta de que montaste mal los cimientos. Pero eso no lo sabías antes. Y con tus dedos, construiste lo que creías que era una casa para dos, un palacio de cartón. Tan grande que cabían dos corazones. Tan pequeño que no se podían separar y cuando lo hicieron, ya no había espacio para jugar al escondite sin encontrarnos en las esquinas. Y ya no tenía sentido esperar con un ramo de flores. Porque ya estaban marchitas de los minutos que habían pasado sin buscarse. De los días, y meses que se dejaron secar al sol. En las paredes, frases, canciones que no dejaban de sonar y que intentaban derrumbar los muros que no pudimos sostener nosotras. Cada una en su habitación de papel, en la esquina de la confusión. Intentando llegar al pasillo del olvido cuando la única puerta que parecía estar abierta era la de los recuerdos. En ella, una decena de fotos que querían quedarse colgadas, una pila de Cd´s que se inclinaban hacia un viejo aparato de música, una caja de hojalata repleta de cartas que herían sin quererlo. Un manojo de llaves que iban a cerrar esa casa desahuciada por el vacío.
Pero eso no tiene nada que ver con que ya no me gusten estos días. O si. Pero me gusta que haya gente que disfrute estas fechas, pero de verdad. Que sonría porque son los únicos días que puede ver a los que quiere, a los que viven más lejos. Porque recuerdan a los que no están, a los que siguen estando en su corazón. En la habitación más bella de todas. Dentro del reloj rojo del centro del cuerpo. Porque ahí siempre estará su lugar. Y aunque haya días que se odien a si mismos por creer que han olvidado, saben que no es verdad. Que piensan en esa persona que se fue sin querer, sin que nadie avisara, sin poder luchar contra algo tan fuerte. Y no por falta de valentía, ni mucho menos, sino porque tuvo que ser así. No es resignación. Nunca. Es dolor, es rabia por no entender que la vida no está de tu lado, que te la jugó cuando te diste la vuelta, sin darte cuenta de que perdías la mitad de ti.
Y ahí si que estoy yo. Que no soy feliz porque es navidad, sino porque se que mi habitación roja está intacta. Y ahí estás tú. Siempre lo estarás. Unas noches a los pies de mi cama, arropándome cuando los demás se hayan ido, cuando sólo quiera estar contigo. Otros días en la calle, en un jardín que no quiere ver la luz, en un cuarto que quiere que entres por la puerta sin hacer ruido una vez más. Y yo te voy a cuidar así, dentro de mí, que es donde siempre podré refugiarme para soñar sin almohada.
Me gustaban porque había luces colgadas en los balcones de los que sí que querían quererse, de los que a veces sólo tenían velas con mechas que eran reales, mucho más que los sentimientos de cambiar el mundo que se van con los últimos rastros de nieve. Me gustaban porque mis manos no eran dos, sino cuatro sujetando un paraguas, porque los días no eran dos noches con grandes cenas, sino meses con estrellas en el cabecero de mi cama. Porque las noches no acababan desayunando churros en la puerta del sol, sino con besos en las esquinas de sus sábanas. Porque las almohadas no recogían propósitos de año nuevo, sino deseos de ser feliz con nuestras cuatro manos, de carreteras que querían recorrerse con cuatro pies y dos labios que inventaban canciones que podían convertirse en parte del viaje que era conocerse. Porque no sonaban villancicos en su coche, sino letras de aquellos que susurran sus viajes, de los que acompañan de verdad, de los que suenan todo el año. O todos los años. De los que odias escuchar ahora, cuando en tu casa solo hay dos manos haciendo la cena.
En realidad nunca me han gustado las navidades. Puede que sea porque cuando era pequeña siempre estaba con mi familia, no necesitábamos redondear una fecha en el calendario para que nuestras agendas coincidieran como una tradición. Porque éramos felices en otoño, porque celebrábamos cumpleaños en los jardines de la primavera y en los patios cubiertos de invierno. Porque tomábamos el sol en verano y hacíamos castillos de arena en nuestra playa. Porque a ti no te conocí en invierno, ni en primavera, ni en verano, sino en otoño. Cuando las hojas se caían y mis años crecían. Cuando había dos uniformes que sabían que estorbaban en los abrazos. Cuando tú eras tú y yo empezaba a ser yo. Cuando había un nosotras que se necesitaba, un dos que odiaba ser ese número. Cuando quería regalarte palabras y lo único que conseguía era mezclarlas con sonrojos. Empezaba a hacer frío y creíamos que nunca lo sentiríamos. Porque creíamos en algo.
Ahora los secretos se esconden por los pasillos de esos días que llenaron y vaciaron el tiempo con todas sus consecuencias. Como cuando no te lees las instrucciones de una estantería que acabas de montar. Y cuando se cae, te das cuenta de que montaste mal los cimientos. Pero eso no lo sabías antes. Y con tus dedos, construiste lo que creías que era una casa para dos, un palacio de cartón. Tan grande que cabían dos corazones. Tan pequeño que no se podían separar y cuando lo hicieron, ya no había espacio para jugar al escondite sin encontrarnos en las esquinas. Y ya no tenía sentido esperar con un ramo de flores. Porque ya estaban marchitas de los minutos que habían pasado sin buscarse. De los días, y meses que se dejaron secar al sol. En las paredes, frases, canciones que no dejaban de sonar y que intentaban derrumbar los muros que no pudimos sostener nosotras. Cada una en su habitación de papel, en la esquina de la confusión. Intentando llegar al pasillo del olvido cuando la única puerta que parecía estar abierta era la de los recuerdos. En ella, una decena de fotos que querían quedarse colgadas, una pila de Cd´s que se inclinaban hacia un viejo aparato de música, una caja de hojalata repleta de cartas que herían sin quererlo. Un manojo de llaves que iban a cerrar esa casa desahuciada por el vacío.
Pero eso no tiene nada que ver con que ya no me gusten estos días. O si. Pero me gusta que haya gente que disfrute estas fechas, pero de verdad. Que sonría porque son los únicos días que puede ver a los que quiere, a los que viven más lejos. Porque recuerdan a los que no están, a los que siguen estando en su corazón. En la habitación más bella de todas. Dentro del reloj rojo del centro del cuerpo. Porque ahí siempre estará su lugar. Y aunque haya días que se odien a si mismos por creer que han olvidado, saben que no es verdad. Que piensan en esa persona que se fue sin querer, sin que nadie avisara, sin poder luchar contra algo tan fuerte. Y no por falta de valentía, ni mucho menos, sino porque tuvo que ser así. No es resignación. Nunca. Es dolor, es rabia por no entender que la vida no está de tu lado, que te la jugó cuando te diste la vuelta, sin darte cuenta de que perdías la mitad de ti.
Y ahí si que estoy yo. Que no soy feliz porque es navidad, sino porque se que mi habitación roja está intacta. Y ahí estás tú. Siempre lo estarás. Unas noches a los pies de mi cama, arropándome cuando los demás se hayan ido, cuando sólo quiera estar contigo. Otros días en la calle, en un jardín que no quiere ver la luz, en un cuarto que quiere que entres por la puerta sin hacer ruido una vez más. Y yo te voy a cuidar así, dentro de mí, que es donde siempre podré refugiarme para soñar sin almohada.