llovía zumo de las nubes naranjas
así que sentada en vi ventana me preguntaba porque tardo tanto en encontrarte. y me daba cuenta de que te veía en cada persona, y por eso nunca te encontraba entera. y lo pensé cuando vi unos ojos que se parecían a los tuyos pero no tenían tu brillo. nisiquiera ahora reconozco en tus ojos la luz que tenían antes. ahora están apagados, y me pregunto si los mios también serán tan tenues ahora que ha llovido tanto encima de mi cuerpo.
y siento que cada día exijo mas. y que cada día estoy más lejos de lo que buscaba. y esa niña que nunca crece mira por debajo de mis ojos con una mirada tan intensa que a veces duele. pero ya no quema. ya no siento con nadie ese deseo de ser un cuerpo. ya no me miro y veo un rostro reflejado. ya no me escondo en los besos de nadie. conozco personas que son una noche y noches que solo me traen recuerdos de olores que pierden calor a lo largo de la semana.
y sigo asomándome a la ventana hoy y preguntando al aire dudas que no saben deshacer el nudo de mis venas.
esa niña que se acurrucaba en un sillón con las manos en los bolsillos, y los bolsillos llenos de besos rojos. esa niña con los rizos despeinados de tanto pensar en ti. esa niña que quería verte cada madrugada con los dedos cruzados de tantas mentiras piadosas que tenía que decir en casa para que la dejaran estar más cerca de ti.
o esa otra niña que sonreía con las manos, que desnudaba con los ojos y besaba con el corazón. esa niña que también esperaba en un sillón con las manos en sus bolsillos, desgastados de guardar tantas noches junto a las estrellas.
ahora miro a la primera niña y la veo lejana estando tan cerca de mi. y no existe distancia que pueda explicar lo que echo de menos cruzar la ciudad con las alas de algodón que nos arropaban.
ahora el agodón que cura mis heridas escuece más que el que nos recogía al dormir. y las noches ya no son azules, son negras. pero todavía quedan estrellas a las que consolar y nubes por alcanzar.
buenas noches, a ti, que sueñas en el silencio que rompes para decirme que me echas de menos. algún día te sentarás junto a mi en la ventana en la que sólo llueve zumo, en la que lo más amargo es despertar.
y siento que cada día exijo mas. y que cada día estoy más lejos de lo que buscaba. y esa niña que nunca crece mira por debajo de mis ojos con una mirada tan intensa que a veces duele. pero ya no quema. ya no siento con nadie ese deseo de ser un cuerpo. ya no me miro y veo un rostro reflejado. ya no me escondo en los besos de nadie. conozco personas que son una noche y noches que solo me traen recuerdos de olores que pierden calor a lo largo de la semana.
y sigo asomándome a la ventana hoy y preguntando al aire dudas que no saben deshacer el nudo de mis venas.
esa niña que se acurrucaba en un sillón con las manos en los bolsillos, y los bolsillos llenos de besos rojos. esa niña con los rizos despeinados de tanto pensar en ti. esa niña que quería verte cada madrugada con los dedos cruzados de tantas mentiras piadosas que tenía que decir en casa para que la dejaran estar más cerca de ti.
o esa otra niña que sonreía con las manos, que desnudaba con los ojos y besaba con el corazón. esa niña que también esperaba en un sillón con las manos en sus bolsillos, desgastados de guardar tantas noches junto a las estrellas.
ahora miro a la primera niña y la veo lejana estando tan cerca de mi. y no existe distancia que pueda explicar lo que echo de menos cruzar la ciudad con las alas de algodón que nos arropaban.
ahora el agodón que cura mis heridas escuece más que el que nos recogía al dormir. y las noches ya no son azules, son negras. pero todavía quedan estrellas a las que consolar y nubes por alcanzar.
buenas noches, a ti, que sueñas en el silencio que rompes para decirme que me echas de menos. algún día te sentarás junto a mi en la ventana en la que sólo llueve zumo, en la que lo más amargo es despertar.
caos
a veces crees que no necesitas hablar con nadie. pero algo dentro de ti no deja de dar portazos porque intenta salir. Y ahí es donde estoy, donde me senté, donde supongo que llevo mucho tiempo. En el pasillo eterno que lleva a un lugar mejor, en la sala de espera de una consulta que nunca llega. Y sentada en el suelo, miro fijamente a la pared mientras suena la misma música que sonó ayer, y la semana pasada, y en las butacas de esta macabra sala de tortura siguen las mismas caras que veo cada día y que tuercen su rostro cada vez que abro la ventana para respirar. Y no entra aire porque es de ladrillo y no hay agujeros por los que me pueda colar, y no hay pintura para dibujar un tunel del tiempo que me lleve entre esas sábanas de papel que me esperaban al amanecer.
La niña de naranja se siente triste a veces. A veces cree que no encuentra a nadie que escriba para ella. Y otras veces cree que es la musa de muchos cuentos. pero hay días en los que su boli está desgastado de tanto pintar rostros sin mirada, y hay días en los que sus muñecas se quejan porque quieren dejar de escribir sobre las nubes, sobre nuestros colores y sabores, porque han dejado de creer en esas cosas. Y la niña se enfada con ellas y las llama traidoras, pero en el fondo comprende que sus manos se hayan cansado de escribir renglones sobre sensaciones que se escaparon hace mucho. Intenta hablar con ellas y convencerlas de que pronto llegará.. llegará el día en el que no tengan que escribir y puedan tocar. Pero no tocar como hacen algunos días de la semana, sino acariciar la piel que se esconde entre huesos de sal, y los cabellos dorados que guardan el sol. Entonces, ellas se encogen y hacen gestos de no entender muy bien a lo que se refiere la niña, pero siempre fieles, siguen garabateando cielos por descubrir.
La niña de naranja a veces no tiene razones para sonreir y aun así salta entre olas de asfalto y palmeras con bombillas. Imagina lugares maravillosos en medio de los ruidos de la ciudad. Imagina calas desiertas y atardeceres de color lila; arrecifes de colores y estrellas fluorescentes; un oasis en medio de la castellana, el templo en el que pueda salvarse de las miradas de incomprensión.
Esta niña que es pequeña pero que ha vivido una eternidad, llora en alto lo que no se atreve a decir en bajo. Susurra en bajo lo que luego grita en alto. Y así vive, al derecho y al revés. Andando hacia algún lugar con el pasado en los ojos. En esos ojos tan arañados que tantas veces distorsionan la realidad. Irás tu a vendárselos esta noche?
Lo único que quiere la niña de naranja es que la cojan de la mano para saltar de piedra en piedra por esos ríos granates que la recorren por dentro. Y quiere volar por debajo de la arena y acurrucarse con los erizos de mar. Meterse dentro de sus corazas verdes que la protegen del frío que hay en los otros corazones.
La niña de naranja se siente triste a veces. A veces cree que no encuentra a nadie que escriba para ella. Y otras veces cree que es la musa de muchos cuentos. pero hay días en los que su boli está desgastado de tanto pintar rostros sin mirada, y hay días en los que sus muñecas se quejan porque quieren dejar de escribir sobre las nubes, sobre nuestros colores y sabores, porque han dejado de creer en esas cosas. Y la niña se enfada con ellas y las llama traidoras, pero en el fondo comprende que sus manos se hayan cansado de escribir renglones sobre sensaciones que se escaparon hace mucho. Intenta hablar con ellas y convencerlas de que pronto llegará.. llegará el día en el que no tengan que escribir y puedan tocar. Pero no tocar como hacen algunos días de la semana, sino acariciar la piel que se esconde entre huesos de sal, y los cabellos dorados que guardan el sol. Entonces, ellas se encogen y hacen gestos de no entender muy bien a lo que se refiere la niña, pero siempre fieles, siguen garabateando cielos por descubrir.
La niña de naranja a veces no tiene razones para sonreir y aun así salta entre olas de asfalto y palmeras con bombillas. Imagina lugares maravillosos en medio de los ruidos de la ciudad. Imagina calas desiertas y atardeceres de color lila; arrecifes de colores y estrellas fluorescentes; un oasis en medio de la castellana, el templo en el que pueda salvarse de las miradas de incomprensión.
Esta niña que es pequeña pero que ha vivido una eternidad, llora en alto lo que no se atreve a decir en bajo. Susurra en bajo lo que luego grita en alto. Y así vive, al derecho y al revés. Andando hacia algún lugar con el pasado en los ojos. En esos ojos tan arañados que tantas veces distorsionan la realidad. Irás tu a vendárselos esta noche?
Lo único que quiere la niña de naranja es que la cojan de la mano para saltar de piedra en piedra por esos ríos granates que la recorren por dentro. Y quiere volar por debajo de la arena y acurrucarse con los erizos de mar. Meterse dentro de sus corazas verdes que la protegen del frío que hay en los otros corazones.
qué difícil es
Y qué fácil es refugiarse en brazos que se olvidan a los pocos días.
Y qué fácil es dejarte besar sabiendo que no recordarás su nombre mañana.
Y eso es lo que hace que sea tan difícil encontrarte.
Esta noche me voy, me voy muy lejos, tanto que desde allí no oiré tus gritos nunca más, ni tus lágrimas pesadas cuando caen al suelo, ni tus mentiras que son tantas que no puedo contarlas con los dedos de mis manos.
Pero quizás no sea tan lejos como para no oir tus susurros cuando me duerma en el silencio de unas velas. Y quizás no esté tan apartada de tu corazón y pueda oir su eco entre mis cuatro paredes. Y me volveré loca intentando romper mi alma en dos y lanzar tu lado muy lejos en el lago del olvido. Y me dolerá arrastrarme por los matorrales intentando dejar tus huellas por el camino, y me ahogaré en los mares más negros intentando dejar allí tu aliento para que no me atormente cuando intento respirar tan lejos de ti. Pero volveré y ya no te veré cuando mire al espejo. Lo único que veré será mi cara, y estará tan limpia que ya no la reconoceré como algo que te perteneció hace mucho tiempo. No quiero pertenecer a nadie. Quiero tocar mis rasgos y saber que son mios y que nunca me traicionarán. Quiero enseñar a mis ojos a no llorar cuando vean tus fotos; a mis labios que dejen de decirte en bajo que todavía te esperan; a mis dedos que dejen de escribir mil palabras al día sobre ti.
A veces una noche cambia todo. A veces crees que tienes tu vida organizada y aparece algo que remueve tus esquemas, y entonces intentas borrar lo que piensas que es una mancha. Y lo intentas con todas tus fuerzas hasta que te das cuenta que lo que parecía un borrón, es un renglón, y que ese renglón, quiere ser un párrafo de ese libro que vives a diario. Y cuando te das cuenta ese libro está lleno de renglones repetidos, y en todos ellos, puntos suspensivos que te hacen dudar de lo que sientes. Te paras a pensar y no te da tiempo llegar a una conclusión porque ya has terminado el epílogo y su nombre está antes del punto final. Y lees ese nombre una y otra vez, intentando descifrar su significado. Miedo. ¿Miedo? ¿A que? Nose. Demasiado tarde. Ya has dejado pasar mil sensaciones que se guardan en estuches de cristal. Y todo por esa sensación que recorre tu estómago y nubla tu vista, por eso que se cuela por tu espalda y te impide respirar, por esos gusanos que trepan por tus costillas hasta hacerte decir esas palabras que tanto odias que salgan de tus labios. Y oyes la risa nerviosa de los fantasmas que te esperan en el pasillo, y ves sus ojos rojos al fondo de tu cuarto y sientes su respiración en tu nuca cuando el insomnio te hace dar vueltas en la cama. Decides no volver a drogarte nunca más, o por lo menos no con esos polvos efímeros que no me van a llevar al otro lado de tu cama. Decides dejar de hacerte daño. Porque te das cuenta de que hacerte daño ahora ya sólo te duele a ti. A nadie más. Te levantas de la cama y subes unas persianas que se han pegado al balcón por el tiempo que llevaban siendo las guardianas de la oscuridad. Y en el espejo que hay enfrente aparece una figura que te cuesta reconocer. Solo ves unos ojos que hace un tiempo tenían algún brillo que ha debido de quedarse en la almohada desgastada de tanto buscar sueños que se esconden lejos de aquí. También hay unos labios que parece que hace tiempo eran bonitos, y un lunar en la barbilla que se ha difuminado. Todos esos rasgos te recuerdan a una persona que crees conocer, pero que perdiste de vista hace mucho. Asi que te apartas de esa imagen odiosa que has contemplado con repulsión, y te agachas hasta estar muy cerca del suelo. Sientes la superficie helada del marmol que es lo único que puede compararse con el hielo que hay dentro de ti.
Mañana volveré a pensar en ti, recordando mis sueños y reviviendo esa sensación tan extraña de confianza sin haberte conocido. Y miraré por la ventana para ver si te veo. Si pasas por mi lado mírame de reojo para ver si me entero. Quizás baje de mi mundo y te devuelva la mirada. Si no lo hago, ya lo haré otro día. Porque hay días como soles, y miradas como estrellas, algunas fugaces y tenues, y otras eternas y más brillantes aun. Y si no me doy cuenta de que eres tu, tu tampoco sabrás que soy yo. Porque cuando nos encontremos, nos miraremos a la vez. Y si no, yo te empujaré sin querer y retaré al destino para que nos reconozcamos.
Mañana...
Mañana el día será más claro y mi mirada más oscura porque habré pasado un día más lejos de ti.
Mañana no habrá nubes donde esconderse y yo estaré tapada bajo el velo de la soledad.
Mañana serás tu y yo seré el reflejo de alguien que fui.
Mañana será otro día, pero yo no podré ser otra, seré la que soy y la que fui, la que será y nunca podrá borrar de sus ojos la llama que se apagará cuando no amanezca más.
Qué dificil es esperar a mañana cuando quiero verte hoy.
Y qué fácil es dejarte besar sabiendo que no recordarás su nombre mañana.
Y eso es lo que hace que sea tan difícil encontrarte.
Esta noche me voy, me voy muy lejos, tanto que desde allí no oiré tus gritos nunca más, ni tus lágrimas pesadas cuando caen al suelo, ni tus mentiras que son tantas que no puedo contarlas con los dedos de mis manos.
Pero quizás no sea tan lejos como para no oir tus susurros cuando me duerma en el silencio de unas velas. Y quizás no esté tan apartada de tu corazón y pueda oir su eco entre mis cuatro paredes. Y me volveré loca intentando romper mi alma en dos y lanzar tu lado muy lejos en el lago del olvido. Y me dolerá arrastrarme por los matorrales intentando dejar tus huellas por el camino, y me ahogaré en los mares más negros intentando dejar allí tu aliento para que no me atormente cuando intento respirar tan lejos de ti. Pero volveré y ya no te veré cuando mire al espejo. Lo único que veré será mi cara, y estará tan limpia que ya no la reconoceré como algo que te perteneció hace mucho tiempo. No quiero pertenecer a nadie. Quiero tocar mis rasgos y saber que son mios y que nunca me traicionarán. Quiero enseñar a mis ojos a no llorar cuando vean tus fotos; a mis labios que dejen de decirte en bajo que todavía te esperan; a mis dedos que dejen de escribir mil palabras al día sobre ti.
A veces una noche cambia todo. A veces crees que tienes tu vida organizada y aparece algo que remueve tus esquemas, y entonces intentas borrar lo que piensas que es una mancha. Y lo intentas con todas tus fuerzas hasta que te das cuenta que lo que parecía un borrón, es un renglón, y que ese renglón, quiere ser un párrafo de ese libro que vives a diario. Y cuando te das cuenta ese libro está lleno de renglones repetidos, y en todos ellos, puntos suspensivos que te hacen dudar de lo que sientes. Te paras a pensar y no te da tiempo llegar a una conclusión porque ya has terminado el epílogo y su nombre está antes del punto final. Y lees ese nombre una y otra vez, intentando descifrar su significado. Miedo. ¿Miedo? ¿A que? Nose. Demasiado tarde. Ya has dejado pasar mil sensaciones que se guardan en estuches de cristal. Y todo por esa sensación que recorre tu estómago y nubla tu vista, por eso que se cuela por tu espalda y te impide respirar, por esos gusanos que trepan por tus costillas hasta hacerte decir esas palabras que tanto odias que salgan de tus labios. Y oyes la risa nerviosa de los fantasmas que te esperan en el pasillo, y ves sus ojos rojos al fondo de tu cuarto y sientes su respiración en tu nuca cuando el insomnio te hace dar vueltas en la cama. Decides no volver a drogarte nunca más, o por lo menos no con esos polvos efímeros que no me van a llevar al otro lado de tu cama. Decides dejar de hacerte daño. Porque te das cuenta de que hacerte daño ahora ya sólo te duele a ti. A nadie más. Te levantas de la cama y subes unas persianas que se han pegado al balcón por el tiempo que llevaban siendo las guardianas de la oscuridad. Y en el espejo que hay enfrente aparece una figura que te cuesta reconocer. Solo ves unos ojos que hace un tiempo tenían algún brillo que ha debido de quedarse en la almohada desgastada de tanto buscar sueños que se esconden lejos de aquí. También hay unos labios que parece que hace tiempo eran bonitos, y un lunar en la barbilla que se ha difuminado. Todos esos rasgos te recuerdan a una persona que crees conocer, pero que perdiste de vista hace mucho. Asi que te apartas de esa imagen odiosa que has contemplado con repulsión, y te agachas hasta estar muy cerca del suelo. Sientes la superficie helada del marmol que es lo único que puede compararse con el hielo que hay dentro de ti.
Mañana volveré a pensar en ti, recordando mis sueños y reviviendo esa sensación tan extraña de confianza sin haberte conocido. Y miraré por la ventana para ver si te veo. Si pasas por mi lado mírame de reojo para ver si me entero. Quizás baje de mi mundo y te devuelva la mirada. Si no lo hago, ya lo haré otro día. Porque hay días como soles, y miradas como estrellas, algunas fugaces y tenues, y otras eternas y más brillantes aun. Y si no me doy cuenta de que eres tu, tu tampoco sabrás que soy yo. Porque cuando nos encontremos, nos miraremos a la vez. Y si no, yo te empujaré sin querer y retaré al destino para que nos reconozcamos.
Mañana...
Mañana el día será más claro y mi mirada más oscura porque habré pasado un día más lejos de ti.
Mañana no habrá nubes donde esconderse y yo estaré tapada bajo el velo de la soledad.
Mañana serás tu y yo seré el reflejo de alguien que fui.
Mañana será otro día, pero yo no podré ser otra, seré la que soy y la que fui, la que será y nunca podrá borrar de sus ojos la llama que se apagará cuando no amanezca más.
Qué dificil es esperar a mañana cuando quiero verte hoy.
ya no..
He estado pensando esta noche. Tanto, que al despertar me dolía la cabeza de intentar averiguar la solución de esta incógnita constante que plantean mis sentidos. Y es que este puente ha sido especial. Por mil cosas o ninguna en particular que me han hecho ver que esperar en el portal de esa calle no es tan interesante como ir a recogerte al tuyo. Y además ayer estuve hablando con la niña de las nubes y expliqué mi preocupación. Dije que todo el mundo se pensaba que yo estaba obsesionada con la niña rubia y que no era así. Que simplemente relleno hojas sobre ella porque es mi forma de darla las gracias por enseñarme a querer. Y ella me repondió que hay muchas rubias. Y yo sonreí sin que se diese cuenta y pensé que tenía razón. Además este fin de semana he visto nubes de colores en el cielo y me ha hecho mucha porque sabía que algunas eran para mí.
El jueves me encontré a alguien que hacía mucho tiempo que no veía. Y odié verle ahí, rodeado de gente que no tiene nada que ver con él. Y odié que llevase su máscara de buena persona que oculta el corazón tan negro que tiene. Pero sin duda, lo que más me dolió es que pudiese engañar a tanta gente, que pudiese manipular a personas que se dejan llevar pensando que tiene el alma más claro de lo que es en realidad. Pero yo le miré y ahí pudo encontrar un pozo vacío, que es lo que dejó en mí. Y su mirada era igual de obsesiva que la última vez. Y sus ojos eran los mismos que a mí nunca me engañaron. Y su sonrisa era igual de falsa que siempre, con esos labios torcidos reflejan su alma corrompida. Le saludé y le sonreí. Le sonreí con el corazón porque nunca me había alegrado de olvidar a alguien hasta ese momento. Y era una sonrisa de felicidad porque me había equivocado y nunca una equivocación podía haber sido tan bella como esta. Una noche pensé que nadie podría volver a tocarme sin que yo sintiese ira y repulsión, pero no fue así. Y tan pronto como me alejé de él, empecé a creer otra vez en las personas. Y me di cuenta de que a veces en un rosal había una plaga venenosa, que mataba a todo lo que le rodeaba, pero que una vez acabada, el rosal seguiría eternamente bello y con los mismos colores que enamoran las retinas de los más sensibles. Así que acabe con ese veneno que me había intoxicado poco a poco durante meses. Y me refugié en dos personas que me hicieron volver a ver una luz al fondo que se parecía al sol. Y así descubrí que era el sol, que siempre había estado ahí. Y que ahora podía jugar bajo su luz cuando quisiera. Y lloré un poco por haber estado tanto tiempo bajo unas bombillas desgastadas. Pero supe que desde ese momento cada vez que saliese el sol, allí estaría yo como un pequeño caracol, para deslizarme con los pies desnudos por todas las texturas que se extendiesen ante él. Y así lo hice, y a veces corría por la hierba recién regada; y otras, andaba arrastrando los pies por la arena ardiente de la playa. Algunos días me conformaba con las maderas de mi casa, y otros corría a la orilla del mar para aliñar mis pies con aguas saladas. Y por eso ahora cuando llueve no llevo paraguas, y por eso cuando hace viento me suelto el pelo, y cuando hace sol le guiño un ojo.
Y mañana tengo clase y no quiero irme a dormir. Porque he estado pensando en las niñas rubias y en sus zapatos de colores; en los niños morenos que me regalaban flores. Y en que hace dos años estaba durmiendo entre unas sábanas de elefantes azules, y jugábamos antes de dormir. Y yo me hacía la valiente cuando veíamos una película de terror y hacía que no me daba miedo tu interminable pasillo oscuro. Y tu me mirabas con ojos orgullosos aun sabiendo que lo hacía para impresionarte. Y yo sólo podía mirarte con ojos de arena y sal, con ojos de una playa que escondía nuestros mejores días. Y me pregunto que hubiese pasado si nos hubiésemos ido muy lejos, como algún día dijimos. Aunque creo que no existe el lugar al que queríamos viajar. Ningún lugar habría sido demasiado lejos para ocultar algo que no podía guardarse en secreto más. Yo podría haber jurado que no te quería, pero no podría habértelo dicho mirándote a los ojos. Y podría haber gritado que te odiaba, que ya no éramos cómplices ni amantes, pero no lo podría haber dicho sin que se me aflojase la garganta.
Y ningún barco de papel nos llevaría tras la cascada del olvido; y ningún avión de acero pesaba tanto como tus mentiras; y ningún tren tenía tanto carbón como para escapar de un mundo que no tenía más salida que enfrentarse a él por una causa tan tonta y simple como el amor. Aunque fuese un amor infantil, sin sentido, con todos ellos, con más miradas que estrellas, con mas caricias que olas, con más besos que amaneceres. Y ese amor nos quiso y nos traicionó. ¿O fuimos nosotras las que jugamos sin dados? Seguramente quisimos retar al tablero de los sentimientos, porque hubo una época en la que creímos que eramos tan valientes que no exisitía la criptonita que nos hiciese caer de ese bello mundo creado para dos. Y ahí fue donde tropezamos. Y no había tanta mercromina para curar esa herida tan profunda. Nisiquiera las tiritas que pusimos unas encima de otras lograron parar esa hemorragia del color del corazón. Así que nos sentamos en el banco de la indiferencia esperando que pasara algún tren que nunca llegaría. Pero si que vimos tu isla aparecer a lo lejos, tan gris como siempre, tan tenebrosa como falsa. Y te fuiste sin darte la vuelta. Quizás porque si lo hubiese echo, nunca habrías sido parte de ese lugar. Y yo me quedé allí, entre el asfalto y la hierba. Y no dudé en quitarme los zapatos y dejar que mis sentidos me guiasen una vez más, aunque me ofreciesen despedidas con lágrimas. Y mis pisadas se marcaron en la hierba, y así, caminando me fui lejos de los ruidos de la ciudad gris. Y con un hilo atado a la mano llegué a un mundo mejor. Y ese hilo sujetaba una nube mojada que había estado llorando encima de mi todo el camino. Y yo no tenía fuerzas para desatarlo, así que lo dejé en mi mano hasta que se desgastó con el tiempo.
Y ahora esa nube es naranja y ya no está atada a mi muñeca porque aprendió a volar sin mi. Y ahora pinto las demás desde mi ventana para que me recuerden a aquella que nos llevó volando al cielo para que viesemos la luna de cerca.
Quizás estaba en nuestro destino huir, olvidar, curar nuestras heridas, las que nosotras mismas creamos, las que se infectaron con el veneno de nuestras palabras... o quizás no. Quizás somos simples marionetas del destino cuyos hilos nunca estarán unidos.
Ahora sé que cada amanecer es distinto; que existen tantos secretos como lunares; que las nubes no se cuentan, sino que se dibujan; y que la luna no está lejos si sabes volar.
Algún día soñarás a mi lado y nuestros hilos se enredarán bajo las sábanas de mi cama; y los desharemos mientras te cuento secretos que se lleva el viento. Y otro día no muy lejano aparecerá una nube atada en tu muñeca, y no será un día de despedida, sino un regalo que quiero que guardes para que veamos el cielo sin movernos de tus ojos. Así que di a la niña rubia que ya no es todos y cada uno de los renglones que he escrito, que ella es en mi el recuerdo de una nube que no dejaba de llorar sobre mis pies descalzos. Y que ahora tu eres el calor que buscan mis sábanas por la mañana y los abrazos que llenan mis manos cada noche.
El jueves me encontré a alguien que hacía mucho tiempo que no veía. Y odié verle ahí, rodeado de gente que no tiene nada que ver con él. Y odié que llevase su máscara de buena persona que oculta el corazón tan negro que tiene. Pero sin duda, lo que más me dolió es que pudiese engañar a tanta gente, que pudiese manipular a personas que se dejan llevar pensando que tiene el alma más claro de lo que es en realidad. Pero yo le miré y ahí pudo encontrar un pozo vacío, que es lo que dejó en mí. Y su mirada era igual de obsesiva que la última vez. Y sus ojos eran los mismos que a mí nunca me engañaron. Y su sonrisa era igual de falsa que siempre, con esos labios torcidos reflejan su alma corrompida. Le saludé y le sonreí. Le sonreí con el corazón porque nunca me había alegrado de olvidar a alguien hasta ese momento. Y era una sonrisa de felicidad porque me había equivocado y nunca una equivocación podía haber sido tan bella como esta. Una noche pensé que nadie podría volver a tocarme sin que yo sintiese ira y repulsión, pero no fue así. Y tan pronto como me alejé de él, empecé a creer otra vez en las personas. Y me di cuenta de que a veces en un rosal había una plaga venenosa, que mataba a todo lo que le rodeaba, pero que una vez acabada, el rosal seguiría eternamente bello y con los mismos colores que enamoran las retinas de los más sensibles. Así que acabe con ese veneno que me había intoxicado poco a poco durante meses. Y me refugié en dos personas que me hicieron volver a ver una luz al fondo que se parecía al sol. Y así descubrí que era el sol, que siempre había estado ahí. Y que ahora podía jugar bajo su luz cuando quisiera. Y lloré un poco por haber estado tanto tiempo bajo unas bombillas desgastadas. Pero supe que desde ese momento cada vez que saliese el sol, allí estaría yo como un pequeño caracol, para deslizarme con los pies desnudos por todas las texturas que se extendiesen ante él. Y así lo hice, y a veces corría por la hierba recién regada; y otras, andaba arrastrando los pies por la arena ardiente de la playa. Algunos días me conformaba con las maderas de mi casa, y otros corría a la orilla del mar para aliñar mis pies con aguas saladas. Y por eso ahora cuando llueve no llevo paraguas, y por eso cuando hace viento me suelto el pelo, y cuando hace sol le guiño un ojo.
Y mañana tengo clase y no quiero irme a dormir. Porque he estado pensando en las niñas rubias y en sus zapatos de colores; en los niños morenos que me regalaban flores. Y en que hace dos años estaba durmiendo entre unas sábanas de elefantes azules, y jugábamos antes de dormir. Y yo me hacía la valiente cuando veíamos una película de terror y hacía que no me daba miedo tu interminable pasillo oscuro. Y tu me mirabas con ojos orgullosos aun sabiendo que lo hacía para impresionarte. Y yo sólo podía mirarte con ojos de arena y sal, con ojos de una playa que escondía nuestros mejores días. Y me pregunto que hubiese pasado si nos hubiésemos ido muy lejos, como algún día dijimos. Aunque creo que no existe el lugar al que queríamos viajar. Ningún lugar habría sido demasiado lejos para ocultar algo que no podía guardarse en secreto más. Yo podría haber jurado que no te quería, pero no podría habértelo dicho mirándote a los ojos. Y podría haber gritado que te odiaba, que ya no éramos cómplices ni amantes, pero no lo podría haber dicho sin que se me aflojase la garganta.
Y ningún barco de papel nos llevaría tras la cascada del olvido; y ningún avión de acero pesaba tanto como tus mentiras; y ningún tren tenía tanto carbón como para escapar de un mundo que no tenía más salida que enfrentarse a él por una causa tan tonta y simple como el amor. Aunque fuese un amor infantil, sin sentido, con todos ellos, con más miradas que estrellas, con mas caricias que olas, con más besos que amaneceres. Y ese amor nos quiso y nos traicionó. ¿O fuimos nosotras las que jugamos sin dados? Seguramente quisimos retar al tablero de los sentimientos, porque hubo una época en la que creímos que eramos tan valientes que no exisitía la criptonita que nos hiciese caer de ese bello mundo creado para dos. Y ahí fue donde tropezamos. Y no había tanta mercromina para curar esa herida tan profunda. Nisiquiera las tiritas que pusimos unas encima de otras lograron parar esa hemorragia del color del corazón. Así que nos sentamos en el banco de la indiferencia esperando que pasara algún tren que nunca llegaría. Pero si que vimos tu isla aparecer a lo lejos, tan gris como siempre, tan tenebrosa como falsa. Y te fuiste sin darte la vuelta. Quizás porque si lo hubiese echo, nunca habrías sido parte de ese lugar. Y yo me quedé allí, entre el asfalto y la hierba. Y no dudé en quitarme los zapatos y dejar que mis sentidos me guiasen una vez más, aunque me ofreciesen despedidas con lágrimas. Y mis pisadas se marcaron en la hierba, y así, caminando me fui lejos de los ruidos de la ciudad gris. Y con un hilo atado a la mano llegué a un mundo mejor. Y ese hilo sujetaba una nube mojada que había estado llorando encima de mi todo el camino. Y yo no tenía fuerzas para desatarlo, así que lo dejé en mi mano hasta que se desgastó con el tiempo.
Y ahora esa nube es naranja y ya no está atada a mi muñeca porque aprendió a volar sin mi. Y ahora pinto las demás desde mi ventana para que me recuerden a aquella que nos llevó volando al cielo para que viesemos la luna de cerca.
Quizás estaba en nuestro destino huir, olvidar, curar nuestras heridas, las que nosotras mismas creamos, las que se infectaron con el veneno de nuestras palabras... o quizás no. Quizás somos simples marionetas del destino cuyos hilos nunca estarán unidos.
Ahora sé que cada amanecer es distinto; que existen tantos secretos como lunares; que las nubes no se cuentan, sino que se dibujan; y que la luna no está lejos si sabes volar.
Algún día soñarás a mi lado y nuestros hilos se enredarán bajo las sábanas de mi cama; y los desharemos mientras te cuento secretos que se lleva el viento. Y otro día no muy lejano aparecerá una nube atada en tu muñeca, y no será un día de despedida, sino un regalo que quiero que guardes para que veamos el cielo sin movernos de tus ojos. Así que di a la niña rubia que ya no es todos y cada uno de los renglones que he escrito, que ella es en mi el recuerdo de una nube que no dejaba de llorar sobre mis pies descalzos. Y que ahora tu eres el calor que buscan mis sábanas por la mañana y los abrazos que llenan mis manos cada noche.
sábanas que echan de menos
Hoy cuando me he despertado he sentido el tacto frío de unas sábanas que echaban de menos esconder el calor de otros días pasados. Y he querido abrazarme a mi misma para protegerme de ese vacío que amenazaba con llevarme a un lugar al que no quería regresar. Y me he abrazado muy fuerte y quizás hasta haya pensado que eras tu que me recogía por detrás para acunarme una vez más. Pero mis manos no son como las tuyas y no me he podido mentir por mucho tiempo. No he podido perderme en ninguna mirada, sino en el cielo azul que entraba en mi habitación y que era más oscuro que tus ojos. Y entonces he deseado ser una estrella para acariciarte cada noche sin que te des cuenta. He deseado ser una estrella fugaz para que cuando me vieses pudiese oir el deseo que suspirases. Luego me he sentado en la cama y he desayunado con el sol que también entraba por mi ventana. Pero el sol no brillaba tanto como tus ojos al despertar, así que he bajado las persianas porque así sería más facil imaginar lo que estarías haciendo en esos momentos. ¿Habrías desayunado tu también con el sol? Seguro que si. Y seguro que le sonreirías pensando que tus ojos guardan muchas más cosas que su ácida luz.
Y todavía me acuerdo de cuando te sentaron a mi lado en clase. Nunca me había fijado en ti hasta ese día en el que yo estaba entrelazada con los barrotes de metal del colegio. Y al día siguiente no quería sentarme en la última fila en mi sitio. Me daba miedo estar tan cerca de ti. Me daba miedo que llegase hasta mi tu olor, o encontrarme con tus ojos si miraba hacia la derecha, o rozar tu mano al coger un lapiz. Y miraba sin querer hacia donde sabía que iba a encontrar tu mirada, y la encontraba. Y las dos mirábamos hacia otro lado como si al mantener la mirada nos fuesemos a quemar. Y es verdad que nos quemaba por dentro. Y no podía evitar pasar por detrás de ti para ir a la puerta en lugar de ir por mi lado que estaba más cerca. Y no podía evitar ponerme camisetas que sabía que te gustaban, o quedarme dormida en clase porque sabía que me observarías de reojo. Y no me atrevía a mirarte a los ojos cuando te contaba algo sobre ese rubito que quería salir conmigo. Y cuando lo hacía, tu escondías tu mirada herida. Yo torpemente cambiaba de tema y te hacía reir quitando importancia a la necesidad que tenía de que me dijeras porque tenías los ojos llorosos. Y te miraba cuando hablaba con algún chico de clase y te veía disimular simulando que te divertías con conversaciones que no te interesaban nada. Y me dormía a tu lado mirándote en la oscuridad y te oía respirar al ritmo que respiraba yo. Me acuerdo de las mini camisetas que me ponía cuando dormías en mi casa, o de los calzoncillos-pijama de cuadros que se me caían cuando hacíamos en tonto en la cama. Recuerdo el día que me preguntaste si besaría alguna vez a una chica y te respondí que si. Recuerdo tu cara ilusionada cuando preguntaste sabiendo la respuesta que a quien elegiría para probar. Y te dije que nunca te besaría a ti porque tenía miedo de lo que pasaría si lo hiciese. Tu me miraste con el alma inocéntemente dolido y me besaste. Desde ese día no pude separarme de ti, y tal y como te había dicho, cada día tenía más miedo de que nos acabásemos abrasando con el juego que nos incitaba cada día a cruzar los límites de la entrega. Y aun así yo no me daba cuenta de que te hacía daño con mi rebeldía infantil. Y no me daba cuenta los primeros meses de que llorabas muchas veces por mi culpa. Un día te llevé lejos de Madrid porque quería estar sólamente contigo. En un colchón en el desván de esa casa tan grande a la que nos escapamos estuvimos una semana entera. Y allí me dijiste todo, y por primera vez escuche con todos los sentidos las palabras que abrían el alma. Y supe que te quería tanto que no podía soportarlo. Y luché contra las lágrimas que se derramaban por mis mejillas. Porque ellas mostraban que era vulnerable a tu lado, mostraban que ante ti estaba desprotegida. Y me arañaban la cara como puñales traicioneros que escondían un destino injusto. Pero tus labios me curaron como harían durante muchos meses más. Y tus hombros siempre me recibirían como aquel día. No fue la última vez que lloré en tus brazos, y tampoco fue la primera que llorabas tu. Como dos niñas pequeñas nos acurrucamos en el colchón desgastado que nos recogía desde hacía una semana. Me abrazaste por detrás y supe que ya no podría despertar sola nunca más sin echarte de menos. Y es así como me he despertado hoy.
Debería dejar de escribir sobre esa niña rubia que me miraba sin cesar, de esa niña rubia que me enseño a querer, a desear, a llorar de felicidad y de dolor, a reir por vergüenza y por ilusión, a besar de mil maneras.. a sentir, que es al final lo que queda. Haber sentido. Porque hay días en los que desearía no haber mirado a esa niña rubia en el patio, porque así no la echaría en falta. Pero me doy cuenta de que es lo mejor que me pudo pasar, porque ahora se lo que vale una sonrisa, y lo que miden cien palabras, se lo que me dice un abrazo y lo que se calla una mirada. Y también se que la persona que esté a mi lado será igual de especial que ella o un poco más. Y puede que no sienta lo mismo por mi que lo que sentía la niña rubia, pero yo intentaré contar cuentos cada noche y me inventaré nubes en las que volar antes de dormir; y dibujaré amaneceres nuevos cada día y estrellas más brillantes cada noche. Y así, poco a poco puede que llegue un día en el que se despierte a mi lado con una mirada más radiante que la del sol, y entonces puede que el sol se enfade tanto que esté lloviendo un mes sobre la ciudad. Y ese mes podremos navegar desde mi ventana con el mar en sus ojos y una barca en los míos.
Te esperaré justo aquí, en la calle que recordarás algún día, en un número apuntado entre los papeles de tu bolsillo. Y estaré sentada en el portal con una canción en los labios y el cielo en los ojos. Cuando llegues pregúntame por las nubes, y así sabré que eres tu.
Y todavía me acuerdo de cuando te sentaron a mi lado en clase. Nunca me había fijado en ti hasta ese día en el que yo estaba entrelazada con los barrotes de metal del colegio. Y al día siguiente no quería sentarme en la última fila en mi sitio. Me daba miedo estar tan cerca de ti. Me daba miedo que llegase hasta mi tu olor, o encontrarme con tus ojos si miraba hacia la derecha, o rozar tu mano al coger un lapiz. Y miraba sin querer hacia donde sabía que iba a encontrar tu mirada, y la encontraba. Y las dos mirábamos hacia otro lado como si al mantener la mirada nos fuesemos a quemar. Y es verdad que nos quemaba por dentro. Y no podía evitar pasar por detrás de ti para ir a la puerta en lugar de ir por mi lado que estaba más cerca. Y no podía evitar ponerme camisetas que sabía que te gustaban, o quedarme dormida en clase porque sabía que me observarías de reojo. Y no me atrevía a mirarte a los ojos cuando te contaba algo sobre ese rubito que quería salir conmigo. Y cuando lo hacía, tu escondías tu mirada herida. Yo torpemente cambiaba de tema y te hacía reir quitando importancia a la necesidad que tenía de que me dijeras porque tenías los ojos llorosos. Y te miraba cuando hablaba con algún chico de clase y te veía disimular simulando que te divertías con conversaciones que no te interesaban nada. Y me dormía a tu lado mirándote en la oscuridad y te oía respirar al ritmo que respiraba yo. Me acuerdo de las mini camisetas que me ponía cuando dormías en mi casa, o de los calzoncillos-pijama de cuadros que se me caían cuando hacíamos en tonto en la cama. Recuerdo el día que me preguntaste si besaría alguna vez a una chica y te respondí que si. Recuerdo tu cara ilusionada cuando preguntaste sabiendo la respuesta que a quien elegiría para probar. Y te dije que nunca te besaría a ti porque tenía miedo de lo que pasaría si lo hiciese. Tu me miraste con el alma inocéntemente dolido y me besaste. Desde ese día no pude separarme de ti, y tal y como te había dicho, cada día tenía más miedo de que nos acabásemos abrasando con el juego que nos incitaba cada día a cruzar los límites de la entrega. Y aun así yo no me daba cuenta de que te hacía daño con mi rebeldía infantil. Y no me daba cuenta los primeros meses de que llorabas muchas veces por mi culpa. Un día te llevé lejos de Madrid porque quería estar sólamente contigo. En un colchón en el desván de esa casa tan grande a la que nos escapamos estuvimos una semana entera. Y allí me dijiste todo, y por primera vez escuche con todos los sentidos las palabras que abrían el alma. Y supe que te quería tanto que no podía soportarlo. Y luché contra las lágrimas que se derramaban por mis mejillas. Porque ellas mostraban que era vulnerable a tu lado, mostraban que ante ti estaba desprotegida. Y me arañaban la cara como puñales traicioneros que escondían un destino injusto. Pero tus labios me curaron como harían durante muchos meses más. Y tus hombros siempre me recibirían como aquel día. No fue la última vez que lloré en tus brazos, y tampoco fue la primera que llorabas tu. Como dos niñas pequeñas nos acurrucamos en el colchón desgastado que nos recogía desde hacía una semana. Me abrazaste por detrás y supe que ya no podría despertar sola nunca más sin echarte de menos. Y es así como me he despertado hoy.
Debería dejar de escribir sobre esa niña rubia que me miraba sin cesar, de esa niña rubia que me enseño a querer, a desear, a llorar de felicidad y de dolor, a reir por vergüenza y por ilusión, a besar de mil maneras.. a sentir, que es al final lo que queda. Haber sentido. Porque hay días en los que desearía no haber mirado a esa niña rubia en el patio, porque así no la echaría en falta. Pero me doy cuenta de que es lo mejor que me pudo pasar, porque ahora se lo que vale una sonrisa, y lo que miden cien palabras, se lo que me dice un abrazo y lo que se calla una mirada. Y también se que la persona que esté a mi lado será igual de especial que ella o un poco más. Y puede que no sienta lo mismo por mi que lo que sentía la niña rubia, pero yo intentaré contar cuentos cada noche y me inventaré nubes en las que volar antes de dormir; y dibujaré amaneceres nuevos cada día y estrellas más brillantes cada noche. Y así, poco a poco puede que llegue un día en el que se despierte a mi lado con una mirada más radiante que la del sol, y entonces puede que el sol se enfade tanto que esté lloviendo un mes sobre la ciudad. Y ese mes podremos navegar desde mi ventana con el mar en sus ojos y una barca en los míos.
Te esperaré justo aquí, en la calle que recordarás algún día, en un número apuntado entre los papeles de tu bolsillo. Y estaré sentada en el portal con una canción en los labios y el cielo en los ojos. Cuando llegues pregúntame por las nubes, y así sabré que eres tu.