inventando nubes
historias sobre unicornios,elefantes voladores...y todo lo que cabe en los sueños
Acerca de
a veces me siento un poco tonta en este mundo de listos, a veces soy yo la lista, la que no espera, la que se aprovecha, la que no duda. otras veces soy simplemente yo, la que me equivoco para aprender, la que me pongo nerviosa sin querer, la que me rompo por lo que pasó y no fue o por lo que fue porque pasó. pero solo a veces, durante un instante lo entiendo, y se que todo tiene más sentido así, en mi mundo, donde no eres listo ni tonto, donde los sueños no acaban donde terminan las almohadas y donde las mentiras son piadosas porque las pecadoras siempre son convincentes. y donde yo no soy yo, sino lo que está dentro de mi, las tentaciones que bajo letras forman un universo.
Sindicación
 
estaciones
Ayer hablaba con una pequeña niña rubia en mi habitación. No era la misma niña rubia que la de los cuentos y las sábanas azules. Esta niña es otra muy alejada de la primera. Es un regalo que me encontré al entrar en la universidad y que desde entonces me acompaña en los viajes más lejanos y a la vez más cercanos a mi. Es un hilo que me ata a la realidad cuando mi mente se encuentra muy lejos del suelo. Es mi mejor amiga y acompañante de mil aventuras y sueños.

Así que hablando entre risas nos dimos cuenta del viaje más largo de todos: la vida. Hablamos de un pacto con ella que nos invitaba a pasar por millones de estaciones de trenes, de autobuses, de aeropuertos, de puertos con mar. Tantos como hojas de esos árboles que renuevan sus ramas cada otoño.
Y luego, ya sola entre mis paredes pensé en un futuro que parecía más cercano cada día. Pensé en todas las estaciones por las que quería pasar. En algunas solo unas horas y muchos días en otras. También pensé en las personas que se quedan paradas en los bancos de las estaciones siempre mirando los trenes pasar sin atreverse a coger uno. Y supe que yo no quería ser una de ellas. Y me di cuenta que por ahora no era parte de esa larga cola que espera para sentarse a esperar. Recordé los innumerables trenes por los que había pasado. Los trenes materiales de interrail, los de París, Amsterdam, Cannes, Bruselas...los de Barcelona, Alicante.. y los inmateriales, los que me llevaron a lugares más bellos por los que no había pasado nadie. Los que me llevaron a los castillos de arena de la niña rubia, los que me dejaron en su estación durante muchos días que pasaron a ser meses. Me hizo tan feliz pensar que no había dejado pasar ese tren que la mandé un mensaje para agradecer mi estancia en su estación del mar. Ella me contestó que la vida es una playa en la que cada persona aporta un granito de arena a lo que puedes aprender. Y que había personas que aportaban un puñado. Y sonreí al leer la palabra playa. Porque ella sabe lo especial que es ese paisaje. Y también pensé en bajo que ella era una de esas que aportan un puñado.. y dos.

De todas formas seguía obsesionada con la idea de las estaciones. Estaciones del año. Un viaje por el pasado o por el futuro que durase muchas estaciones. Compartir las olas en verano, una manta en invierno, una margarita en primavera o una tarde de lluvia en otoño.
Pensé que siempre tenías que estar atenta por si había algún tren que iba a hacer su entrada en tu pequeña estación. Puede que a primera vista quedases deslumbrada por un gran tren, por un AVE, un ALTARIA, un TGV... pero en esos no se cuentan cuentos. Quizás dejases pasar un viejo Talgo y te quedases medio vacía sin escuchar su ruido al salir, lleno de historias por contar y aprender. Por eso preparé en mi imaginación una mochila llena de utensilios insignificantes que me podría llevar la próxima vez. Me aseguré de llevarme cosas que alguna vez hubiese olvidado. Esta vez cogí madurez y ganas de escuchar y crecer. Me acordé de una vez en la que me faltaron esas cosas y me había tenido que bajar de un tren en marcha y sabía que esta vez solo querría bajar del tren cuando se acabase el trayecto. Cuando fuese la hora, ni antes ni después. En el bolsillo de adelante metí un poco de humildad y racionalidad. Porque en el último viaje que había echo hicieron falta muchos momentos de ambas. Y así, esta vez podría dejar fuera de mi equipaje ese gran bote de ego que había guardado hacía tiempo. En cuanto a la racionalidad, creo que solo vivir de mis sesiones de instinto era poco enriquecedor y ya había echo daño a bastantes viajeros en el pasado. No quería herir a nadie más solo por no haberme preparado antes de iniciar un viaje tan intenso.
A medida que iba llenando mi mochila tuve que vacíar muchos compartimentos que se habían atascado del peso que llevaban. Tuve que sacar mucho egoismo que ya casi había caducado del tiempo que llevaba ahí. Ese fue el tarro que más pesaba y que en el fondo más dolía. Dolía pensar que lo llevé muchos días encima. Dolía pensar que me perdí en mi estación preferida por llevar un mapa egoista.
Saqué unas bolsitas con nombres de conductores pasados. Creí que sería más fácil encontrar sin recuerdos. Los recuerdos solo me frenarían una vez más y esta vez mi camino estaba en frente de mis ojos, no al final de mis retinas. Ya llegarían fotos a mi memoria, no necesitaba tener también materiales para acompañarlas.
Cuando pensé que ya había vaciado mi mochila de aparatos inútiles vi de pronto un bolsillo que no había apreciado hasta ese momento. Estaba protegido con un pequeño candado rojo. Lo intenté abrir pero no había forma. Al final tuve que pensar a fondo en una clave que pudiese forzar la cerradura. Miré en mis pantalones haber si había algo, pero solo encontré una llave con un cartel que decía: cobardía. La tiré al suelo indignada porque una llave con mensajes irónicos en ese momento era lo último que necesitaba. Mientras tiraba con fuerza del candado como una pequeña niña que sólo piensa en destrozar el envoltorio de su regalo de Reyes, en vez de abrirlo despacio por donde está el celo, caí en lo que significaba la llave que acababa de tirar.
Esa llave era la que abría mi candado. Ese bolsillo no era más que el bolsillo rojo que dirigía todos los demás. Era el centro de la mochila. El bolsillo que guardaba esa valiosa brújula que había decidido los trenes que coger. Así que con mucho miedo metí la llave en la cerradura y se abrió de par en par. Miré dentro y estaba vacío. No podía ser de otra forma. Llevaba demasiado tiempo cerrado con esa llave tan feroz, tan despiadada como cruel. Y supe desde ese bolsillo con forma de corazón que el puerto que me esperaba sería distinto esta vez porque ya no tenía candados pesados a mis espaldas. Ahora tenía una gran mochila con ganas de hacerse y deshacerse un millón de veces, en manos de pasajeras de tierras exóticas, de huéspedes de mansiones deshabitadas o de niñas con los bolsillos tan llenos como los míos.

Así, entre carreteras desgastadas y raíles descosidos, puedo crear mi camino. Un camino que no traicione mis sentidos, un camino que no nuble mis días más claros. Porque quiero viajar descalza por las vías del tranvía más sincero de todos, por el que me abre sus puertas en silencio y me invita a contar cuentos en alto. Y allí donde mis pies quieran descansar, también lo hará mi corazón, entre sábanas blancas y almohadas sin sueño. Entre estaciones con farolas fundidas de tanto esperar, con bancos roídos de guardar los secretos de personajes desconocidos. Se abrirán las puertas que llevan tanto cerradas, con agujeros que ha formado una lluvia harta de caer sobre piedras que ya nadie colecciona. Donde habitan carteles con nombres de fantasmas que en un tiempo fueron ciudades, que guardaron el calor de los que allí dentro se querían. Volverán a encenderse esas luces de neón amarillas que algún día envolvieron árboles de navidad llenos de esperanzas y deseos para un año mejor. Y no se confundirán con las estrellas porque ellas harán guiños desde el cielo, festejando que llegaron nuevos habitantes, ofreciendo luz a los que vinieron para quedarse. Y la niña que llega no deshará las maletas esta vez, no se precipitará, pero tampoco volverá a cerrarlas. Simplemente dejará su mochila encima de la mesilla para cuando haya que regresar a la ciudad de las farolas, a la del oleaje de rostros. Y si un día siente que no tiene porque regresar ya podrá repartir sus viejos tarros de sentimientos por la habitación. Podrá llenar cajones de camisetas de valentía, de pantalones repletos de parches de coraje y bolsillos con ganas de vivir.

Pero nunca nunca haré planes a largo plazo, porque los viajes preparados solo podrán traerme sensaciones enfrascadas. Eso es lo único que aprendí de mis viajes atrasados. Seguiré en mi pequeña estación arreglando las bombillas que alumbran un camino borroso por el momento y no dudaré en ningún momento en subirme en el próximo tren que pare ante mi. Porque mi mochila ya está en mis hombros y las ganas ya inundaron mi bolsillo rojo que se liberó de candados que no entienden de atardeceres con sueños bajo los párpados.

“Y si vais a buscarme hacedlo allí: en cierto lugar, a mil millas o más, al norte de mí”.
 
terrazas que dan al mar
Ahí respiro. En las terrazas que dan al mar. Un mar tan inmenso que llega al cielo. Ese cielo que es una piscina artificial que me recuerda a tus ojos. Los que han perdido el sol que se bañaba en ellos al despertar. Porque el sol es el llanero solitario que alegra los corazones inquietos, los de aquellos que no duermen y se quedan a verle asomar. Los de todos los que todavía esperan a alguien aun sabiendo que cabe la posibilidad de no encontrar. Y esos cuerpos con llamas en los ojos no pueden soñar dormidos porque están agotados de vivir despiertos. Son aquellos a los que miramos de espaldas. Como enemigos porque se atreven a desafiar al tiempo. A ese tiempo que juega con ellos y les hace dar volteretas hacia atrás aunque no quieran. Y son ellos los que miran de frente y nunca de reojo, son los que caminan mirando al suelo, los que buscan con esperanzas de hallar. A todos ellos que llamamos locos, porque han crecido en la hierba y en el asfalto, porque han besado con los ojos cerrados y amado con las palmas de sus manos, con el cuerpo abierto y los ojos vendados. Porque desprenden gasas cuando andan, las que se les van callendo de las heridas que tuvieron hace mucho, las que curaron con sus dedos, las que se provocaron por volverse vulnerables.

Y en una de esas terrazas que dan al mar crecí cada verano, y desde ahí, te llamé muchas noches, solo para que no te olvidases de que la lejanía era física. En esas terrazas otros días pude robarte besos sin que te dieses cuenta de que también te robaba un poco el corazón. Sin darme yo cuenta de que tu me lo quitabas y ya era más tuyo que mio, porque hacía tiempo que a mi ni me escuchaba. Y tu te acordabas de hablarle a ratos, entre sueños, entre risas, entre besos y él sabía que nunca podría traicionarte, aunque luego hubiese en mi algo que mandaba más que ese viejo órgano en el que ya había dejado de creer.
Allí es a donde me dirijo. Allí. Aquí. Distancias. Metros que separan a las personas, kilómetros, millas, y a veces centímetros, milímetros. Otras ni eso. Entonces las matemáticas no existen. 1+1 no da siempre 2. A veces la suma de dos es tan profunda que no existen leyes racionales para describir una unión perfecta de dos en una misma forma. A veces estás más lejos de una persona en una habitación que de alguien que vive al otro lado del mundo. Y es esa la soledad. Estar rodeada de vacío. A veces la soledad es no encontrarte en los ojos de la persona que quieres. A veces eso también es tristeza o dolor. Otras veces eso no significa nada porque tu también has dejado de reflejar su mirada en tu pupila.
Algunas veces quieres mucho a una persona y no puedes hacer nada para salvarla. A veces está anclada en un pozo tan profundo que ninguna de tus cuerdas vocales llegaría a rescatarla. Y esas veces en las que sientes que has fallado no es eso, es que simplemente hay momentos en los que no puedes arreglar algo aunque lo intentes con todas tus fuerzas. Hay días en los que intentamos arreglar muñecos que nisiquiera están rotos, pero sentimos la necesidad o fobia de pensar que tenemos que hacer algo útil para lavar nuestra conciencia. Y es en ese momento cuando deberíamos darnos cuenta de que el verbo “querer” no es un cheque en blanco. Que querer no es siempre una mina sin fondo. Es un saco con descosidos y parches que se van cosiendo a lo largo del tiempo. Pero es al fin y al cabo algo con una entrada y una salida. La entrada siempre es más amplia, más fácil, más accesible. La salida no suele serlo. La salida es a veces tan pequeña que ni la ves, tan escurridiza que desearías ser un pez muy pequeñito para caber por cualquiera de esos pequeños agujeritos que se han formado en tu bolsa del amor. Esos que se formaron en el vacío que cabe en dos corazones.
Creo que son esas blosas las que ahora se reparten en el olvido. Creo que son esas las que guardo en mis cajones, llenas de recuerdos que a veces se escapan porque me olvidé de cerrarlas con nudos resistentes a la soledad de mis paredes. Pero son esos cajones los que hace mucho tiempo que no abro. Tanto, que están oxidados y no se podrán abrir más. Solo los abre mi memoria de vez en cuando para describir sus envoltorios cubiertos con palabras bellas sobre lo que fue, lo que pudo ser y ya no será. Como ahora, adornados con letras que intentan disimular que algún día me produjeron lágrimas que no pude guardar siempre dentro con ellos. Y son esas lágrimas las que oxidaron las cerraduras de los cajones y por eso aprendí que llorar podía curar, y podía enseñar. Y crecí un poco hasta llegar a todas mis estanterías y las pude mirar desde lejos pensando que ya era un poquito más fuerte y no necesitaría visitarlas de nuevo.
Y entonces me mudé de casa. A una con muebles que no tenían recuerdos. Y me acuerdo que deseé con todas mia fuerzas llevarme algunos de mi antigua habitación a esta nueva que me cubre ahora para poder sentir por las noches que no estaba sola. Pero en el fondo sabía que era mejor dejarlos allí. Nunca podría haber ordenado sola tantos cajones. Y ahora aquí todo es distinto. Tengo unas ventanas muy grandes desde las que veo mejor las nubes, y por eso escribo sobre ellas. Pero no son tan grandes como para ver la ventana de madera que tenía antes, en la que me sentaba acurrucada con un bloc de notas e intentaba escribir. Estas son más amplias y puedo estirar los pies pero me alejan más de la niña que escribía y tachaba palabras sobre otra niña con pecas en la nariz.

Pero se que es muy pronto para crear recuerdos, y en mi habitación ya tengo cuadros en las paredes, pero no son óleos, ni acuarelas, nisiquiera carboncillos. Son imágenes de momentos importantes que ya he pasado aquí. De personas que han dejado huellas que solo se ven por la noche. De música y voces que adornan mis desnudas paredes.
Echo de menos crear nuevos recuerdos, tan nuevos que no se parezcan a nada que he vivido. Paseos por mares que no hayan sido antes ni ríos, nisiquiera charcos de cristal. Risas que no hayan resonado antes entre mis oidos. Canciones que se inventen en una noche para poder guardarlas en los cajones vacíos de mi nuevo cuarto.
Te acuerdas de la niña del sillón? La que te esperaba con alas de papel? Pues hace tiempo que se fue. Y es ella la que ha inventado un nuevo mundo. La que no quiso conformarse con el gris al que te fuiste tu. Y en su mundo ha conocido cosas que son tan bellas que nunca se atrevieron a aparecer en sus sueños. Y en él, una noche que parecía cualquiera, llena de rostros amargos sin pupilas apareció uno que nunca había sido desconocido. Lleno de historias que contar y sonrisas para regalar. Con unos bolsillos enormes con ganas de guardar días y noches y cartulinas de colores. Y ella, como un personaje de un bellísimo cuento “llevaba sobre su hombro una bolsa con los colores del arcoiris, llena de artilugios para hacer reir o sonreir a la gente”. Sólo que casi nadie se fijó. Y yo tuve suerte de ver que era distinta al resto, porque apareció como una estrella fugaz cuando nadie se lo espera. Me alegré de haber estado mirando al cielo, sino nunca la hubiese visto pasar. Y así, en lo que fueron solo dos noches, la niña de naranja supo que las aceras se pintaban con los pies de dos, “en los pasos de un paseo”.

Esta noche también es distinta, esta noche nos esperan esas terrazas que dan al mar, esas que están resguardadas por el jardín secreto de los grandes sueños.
 
tinta roja
Hay noches en las que se reparten lacasitos naranjas por la calle. Y el viernes fue una de esas noches. En las que se oía el mar desde una terraza en el centro de Madrid.
Una noche de caras que lanzaban fuego por la boca y seres con los ojos achinados que vendían peces fosforitos. De conversaciones bajo el canto de dos pájaros transnochadores. Y me di cuenta de que hay niñas que saben ver figuras donde el resto sólo ve azulejos, y que saben lo importante que es que alguien comparta contigo lo que sentía cuando era una niña pequeña y soñaba con elefantes que volaban y se escondían debajo de su cama. Y ahora creo un poquito más en las personas, y nose si ha sido por esa noche. Pero estoy un poco más contenta. Contenta con la gente y conmigo. Ojalá hubiese podido inventarme algún cuento viejo de esos que a veces recuerdo el principio, pero supongo que el silencio era lo único que me acompañaba y que las palabras las tenía por dentro haciendo una montaña de pensamientos. Y al llegar a casa lo único que sentía era el vacío de las palabras que no dije. Y sentía la necesidad de irme a la playa y volver a contar esas historias que dejan de interesar a las personas. Y quería escaparme para volver a repetir todas esas tonterías que hacía de pequeña en el patio de mi casa y saber si a alguien le producían algún sentimiento, aunque fuera de aburrimiento. Hace tiempo que me di cuenta de que hay personas que nisiquiera sienten aburrimiento.

La niña de naranja, la de tantas emociones rotas y miradas perdidas. La que se esconde cuando tiene vergüenza y da la cara por causas tan perdidas para el resto del mundo como el amor. La niña que tiene rotos los pantalones de andar por un desierto sucio y lleno de mentiras. La que siempre se desliza por un camino y lleva su cabeza por otro. La que no puede evitar mirar hacia atrás de vez en cuando y desear tiempos pasados. La misma niña que cuando tiene miedo escribe como si al sacar palabras de su interior fuese a desalojar los fantasmas que la cubren por dentro.
Y esa niña es la que escribe hoy. La que se ha dado cuenta de que no puede seguir engañándose, la que tiene todos los hilos enredados de intentar ordenar algo que siempre ha estado cruzado y hoy más que nunca.
Y quiere soltar esa cuerda que la sujeta y lanzarse al único mar por el que siempre quiso navegar. Y poder reconocer que sus ojos siempre se han fijado en personas de las que su mente ha huido. Y darse cuenta de que a veces no hay lugares donde esconderse en una casa vacía. Y que los muebles no se van solos, que a veces el vacío se lo provoca ella con el eco de las palabras que no siente. Y sabe mentirse porque no se puede mirar a los ojos. Por eso nunca se mira en los espejos, porque sabe que no se puede enfrentar a esa mirada herida de tanto esconder. Sus ojos ya están difuminados de tanto evitar su reflejo. Pero a veces cuando los ve, lo único que siente es odio por seguir adelante con la máscara más artificial que ha podido crear.
Por eso hoy la niña de naranja escribe desde el corazón, y por eso la tinta de sus palabras es roja como los sentimientos que nacen ahora en su piel. Pero no está triste. Creo que está más contenta que nunca porque sabe que ya no necesita encajar en ningún lugar. Hace poco una niña muy especial le contó un cuento sobre un niño que paseaba al lado de un muro por el que desde una ventana se asomó una niña. Él, se enamoró de ella y quiso atravesar el muro para encontrarla. Al final, vió una puerta que daba al otro lado pero era demasiado pequeña. Aun así, el niño que sentía que tenía su corazón al otro lado, se amputó cada miembro de su cuerpo que le retenía lejos de ella. Y así llegó a su ventana. Ella cuando le vió se quedo horrorizada y le explicó que ella también se había enamorado, pero no de lo que había quedado de él. Que hubiesen sido felices si hubiesen encontrado la puerta por la que cupiesen los dos y su amor, pero no había sido así. Y así, en esa noche de lacasitos, la niña de naranja se dio cuenta de que no hacía falta mutilarse para llegar a algún lugar. Que no hay que forzar los sentimientos ni ocultar las emociones. Que a veces hay un puente entre dos personas y otras veces no. Y no hace falta constuir murallas de papel que se van a derrumbar con el desprecio de los dos. No hace falta inventar túneles que nos lleven cerca de personas que no nos van a llenar más que de palabras superficiales que ni rozan la piel. La niña de naranja solo camina, sin saber hacia donde. Ya ha dejado de mirar hacia atrás y esa cadena que llevada atada al pie ya se aflojó y no lleva la carga de dos, sino de una niña con sueños de aire.

Así que nose, que siempre acabo aquí, sentada en mi ventana blanca mirando lo azul que está el cielo hoy, tan limpio, que da vergüenza dibujar nubes. Y dejo de imaginar porque en mi pequeño cerebro esta tarde no queda mucho espacio para inventar. A veces es mejor dejar cerrado el frasco de pensamientos rotos y abrir el de los deseos. Y ese es el que dejo abierto hoy en mi barandilla. Con deseos nuevos para esparcir, y lamentos viejos para olvidar en el fondo. Hoy si que me siento una nueva niña de naranja, con ilusiones azules tan profundas como el mar y tristes recuerdos tan lejanos como las nubes grises que no quieren volver a aparecer.
Así que se despide la niña de la playa, la que tiene ojos de arena y huesos de sal.