inventando nubes
historias sobre unicornios,elefantes voladores...y todo lo que cabe en los sueños
Acerca de
a veces me siento un poco tonta en este mundo de listos, a veces soy yo la lista, la que no espera, la que se aprovecha, la que no duda. otras veces soy simplemente yo, la que me equivoco para aprender, la que me pongo nerviosa sin querer, la que me rompo por lo que pasó y no fue o por lo que fue porque pasó. pero solo a veces, durante un instante lo entiendo, y se que todo tiene más sentido así, en mi mundo, donde no eres listo ni tonto, donde los sueños no acaban donde terminan las almohadas y donde las mentiras son piadosas porque las pecadoras siempre son convincentes. y donde yo no soy yo, sino lo que está dentro de mi, las tentaciones que bajo letras forman un universo.
Sindicación
 
contigo
Cuando era pequeña iba con mis padres a Ginebra en navidades. Mis abuelos vivían allí y tenían un apartamento pequeñito y cálido en frente de un colegio. Me acuerdo que muchos días después de desayunar miraba a los niños jugar en el patio y me gustaba esa ciudad en la que nadie tiraba basura al suelo, en la que los buenos días no te los daba nadie en la calle, pero no por falta de educación, sino porque allí tu vida te pertenecía a ti, y no existía esa curiosidad obscena que se pasea por otros lugares de conocer la vida de tu vecino.

Una noche en la que dormíamos los cinco repartidos por el salón y el dormitorio, soñé que me despertaba y estaba sola. Buscaba a mis padres pero no estaban allí. Al despertar encontré a mi madre sentada encima de mi cama acariciándome el pelo, con su blanca sonrisa diciéndome que había tenido una pesadilla. Entonces yo la pregunté que si iba a estar siempre al borde de mi cama por si volvía a soñar algo feo. Ella me dijo que sí, que siempre estaría. Y yo la creí, porque siempre la he creído en todo. Porque sus ojos siempre me daban las respuestas que necesitaba oir, aunque a veces no supiese apreciarlas. Porque tenía tatuado en sus retinas una serenidad y amor incondicional que la hacía más bella aún. Y me contó un secreto. El más real de todos. Uno que necesitaba mucho tiempo de asimilación. Me dijo que algún día ellos no podrían estar aquí, pero que yo ya sería muy mayor, ya tendría hijitos a los que cuidar por las noches y un marido que me cuidase y quisiese a mi lado. Me contó que ese secreto me haría crecer aunque ahora doliese. Tuvo razón una vez más. Me dolió y me hizo menos pequeña.

Luego crecí más. Una noche mucho más fría, más ensordecedora, más cruel y más desoladora me di cuenta de que si volvía a tener una pesadilla tendría que acurrucarme en la cama hasta que desapareciera el miedo. Pero ya nadie me acariciaría el pelo consiguiendo con una caricia, eliminar todo el dolor y la confusión de una niña que se hace preguntas demasiado difíciles para su edad. Ya nadie abriría los ojos al otro lado del pasillo en cuanto me oyese toser. Y me enfadé muchísimo y grité a la luna que me había mentido, que era una traidora por no haber cumplido el trato. La chillé que yo no era muy mayor, ni tenía hijos a los que cuidar, ni marido que me secase las lágrimas. Que era injusto darse cuenta de que los padres no son inmortales. Es muy difícil, muy duro, muy complejo. Demasiado para una niña de diecinueve años. Una mujercita para algunos, una cría para otros. Una niña. Una niña con los ojos muy pequeñitos, tan pequeñitos como los tenía esa noche en la que supo el secreto de la vida. Pequeñitos de llorar, de derramar mares que nunca te llevan a un lugar mejor; pequeñitos del miedo a abrirlos del todo; pequeñitos y llenos de una ingenua esperanza de sentir su mano acariciando tu pelo al abrirlos, como aquella noche en Ginebra.
Nunca se podría escribir el epílogo del libro de autoayuda capaz de salvarte de un momento así. Nadie podía dar consejos, ni contar cuentos adecuados para esos oídos tan hartos de escuchar, para esas manos tan cansadas de luchar. Pero que no se habían dado nunca por vencido y no entendía entonces cual había sido la causa de esta derrota. De esta derrota con la venganza más cruel de todas, con la única sala de espera al lugar donde entras para quedarte. Y no quería coserse una falsa resignación, ni cubrirse con el velo de la aceptación. Había hechos que debían aceptarse, pero éste, al intentarlo se clavaba como astillas de la puerta que se había cerrado sin pedir permiso ni perdón. Cada vez que recordaba alguna frase, alguna mirada, nacía una chincheta en mi corazón cansado de agradecerlo con latidos sin eco.

Y entonces vino otra vez a visitarme. Pero esta vez no fue una bruma que pasó de cerca. Era un huracán de silencio, un diluvio de nada. Un inmenso pozo vacío desbancó a mi corazón. Quería ser parte de un río, fundirme en la oscuridad del agua y desembocar en un mar muy lejano. Donde no hubiese pisado nadie. Donde nadie pudiese contaminar con sus sucias palabras la belleza terrenal. Y el vació crecía tanto a través de las ramificaciones de mi cuerpo, que se hacía casi imperceptible. Tan inmensa la hemorragia, tan intensa la sensación de ser de piedra, tan roto el corazón.

Fui a curarme a la playa y conseguí un vendaje resistente al agua. Conseguí ser menos niña, tal y como me dijo esa noche mi madre en mi pequeña cama. Me di cuenta de que la vida había jugado haciendo trampas, de que me había desvalijado y quitado todo lo que poseía. Y que yo no era una jugadora rencorosa. Aprendí que cada día contaba. Y eso, aunque creía saberlo antes, no era cierto. Supe escuchar a mi padre por las noches, supe que tenía que ser yo la que debía estar al borde de su cama estos días. Supe que tendría que acariciarle el pelo y contarle cuentos de lugares exóticos a los que viajaremos juntos para encontrarnos de nuevo en el patio de un colegio de Ginebra, a un lado de la cama del cielo donde congelar el tiempo para siempre.
Supe que tenía que tragarme las lágrimas por dentro y sacar las palabras bellas afuera. Supe que el odio no era el tren que me esperaba y que el tiempo si era el avión que me sacaría de ese pantano que parecía aclararse con el sol de levante.
Así que rodeada de pequeños seres de un bosque familiar pude pasar semanas alejada de la tristeza de una ciudad que no llora, que no se moja por el llanto de una niña que creció en una noche. Apareció un nuevo “troll” en ese mundo de fantasía que crearon mis amigos para hacerme sonreir. Era un niño que venía del otro lado del charco. Un muchacho con voz de Calamaro y corazón de Sabina. Un niño con los ojos en calma, tan plácidos como la almohada de sus brazos que me acunaba al llorar. Y él me llevó a la isla de la esperanza. Nunca había estado allí y todo en aquel lugar me pareció maravilloso. Encontré hamacas con ganas de vivir, chiringuitos con recuerdos y tiempo para repetir, sombrillas llenas de deseos que se renuevan cada mañana, y miles de toallas con lugares para descubrir y razones para no rendirse. Y me traje un poco de esa isla en mi corazón porque sabía que la iba a necesitar. A él no pude traérmelo, pero se que también viaja en la cala que robé de la isla para llevar encima. Y vi que a veces no necesitas enamorarte de alguien para viajar a un mundo paralelo al tiempo. Que a veces basta con enamorarte de la persona, enamorarte de su forma de hablar, de ver la vida, de su acento de tiempos pasados, de sus ojos de estrellas de mar. Que no tenemos porque conformarnos con nada, sino viajar y viajar hasta cruzarte con quien esté dispuesta a acariciarte el alma en medio de tus miedos.

Y ahora si que viajo de verdad. Mañana me voy a un lugar a trece mil kilómetros de aquí. Cuando regrese la isla que descubrí ya será parte de mí y entonces las orillas de mis venas estarán llenas de sombrillas con deseos, de chiringuitos de buenos recuerdos y millones de hamacas con ganas de vivir.

Antes lloraba y lloraba por corazones que mentían, por ojos que no reflejaban el mar. Ya no. Ahora sólo sonrío con la esperanza de volver a verte. Con el corazón en la mano y con los susurros que te hablan cada noche para agradecerte mi vida. Con la brecha en el alma de una herida que conseguiré vendar pero no curar por el olvido. Porque no quiero olvidar, sino recordar que siempre estuviste ahí, y sobre todo sentir que sigues al borde de mi cama, y que ahí te puedo encontrar cuando cierre las persianas. El dolor es la llave de una cerradura oxidada que te ha mantenido demasiado tiempo en el trastero de una casa que todavía no conoces. La vía para descubrir son las lágrimas que desatascan los candados, porque a través de esa puerta empiezas a creer de verdad en los sueños.